| |
Ahmed
Rashid: Los talibán. El Islam, el petróleo
y el nuevo "Gran Juego" en Asia Central
Barcelona:
Ediciones Península, 2001. 375 páginas.
Sobre
un régimen con los días contados
Cuando,
hace algo más de un año, el inteligente y sobrio periodista
paquistaní Ahmed Rashid daba los últimos toques a esta obra
maestra de historia contemporánea, seguramente no imaginaba cuál
iba a ser el desenlace de un régimen que, en justicia, cabría
calificar como nazislámico.
Hoy,
en cambio, escasos días después del emblemático 11.9.01,
sí es posible es fácil, incluso vislumbrar el destino
de esos extraños fanáticos y de su pobre y quebrantado país:
han osado enfrentarse al imperio el mismo que otrora los aupóö
y el precio será su destrucción.
Por
eso, para el observador preocupado por comprender los desastres de este
tiempo abyecto, resulta ahora aún más necesario conocer
los orígenes de los ya famosos "estudiantes del Islam"
(eso significa 'talibán'). Y nada mejor como introducción
que el magnífico libro de Rashid, fruto de la más rigurosa
documentación y, sobre todo, de su experiencia personal en Afganistán
(incluidas numerosas entrevistas con los nazislámicos) y en toda
la región del Asia Central.
Quizá
el símbolo más notorio de este régimen impío
lo constituya ese velo tristemente célebre, la burkha,
una auténtica cárcel ambulante para las mujeres afganas,
que las cubre de arriba abajo y apenas les permite ver al caminar. Pero
no es más que una entre tantas atroces costumbres impuestas por
esos "guerreros santones" (como les llama el autor) a partir
de una interpretación de El Corán tan abusiva como
desalmada.
Las
amputaciones de miembros a los ladrones, los fusilamientos públicos
en recintos deportivos, los encarcelamientos y detenciones por cualquier
causa («La Policía Religiosa tiene permiso para efectuar
controles en cualquier momento y nadie podrá impedírselo»,
reza un decreto talibán de noviembre de 1996), la prohibición
öbajo pena de prisiónö del maquillaje en las mujeres, del afeitado
y el pelo largo (Çal estilo británico y norteamericanoÈ) en los
hombres, del transporte durante las horas reglamentarias de oración,
de la música en las bodas (pero también en las tiendas,
en los hoteles, incluso en los vehículos...), del juego con palomas
y del vuelo de cometas... No me es posible ser exhaustivo. Bastarán
estos ejemplos para caracterizar a un régimen afanado en un medievalismo
islámico que, seguramente, habría aterrorizado al mismísimo
Mahoma.
Rashid,
de hecho, habla de un auténtico "desafío al Islam"
por parte de los talibán: por ejemplo, cuando exterminan a otros
mahometanos por criterios sectarios o etnicistas, aunque la excusa sea
eliminar a musulmanes corruptos y malignos (los talibán son mayoritariamente
de la etnia pashtún durrani, sólo una entre las varias que
pueblan Afganistán); o cuando reducen a las mujeres a una condición
de inmovilidad, algo que repugna incluso a otros grupos islamistas radicales
(como los muyahidín que combatieron contra la Unión Soviética);
o, en fin, cuando cultivan heroína cuyo consumo se prohíbe
a los afganos con el hipócrita argumento de que la destinan a
los occidentales "no creyentes" en el Islam.
Pues
se da la circunstancia de que estos puristas extremos no están
libres de corrupción. No sólo han hecho de la droga su principal
fuente de recursos (Afganistán es hoy el primer exportador mundial
de heroína), sino que, a lo largo de la guerra prolongada y sangrienta
que les ha llevado a controlar el 95% del país, hicieron uso continuo
del soborno y no albergaron escrúpulos a la hora de aliarse con
la mafia del transporte. Ciertamente, los líderes talibán
no parecen haberse lucrado personalmente, pero eso no purifica los medios
por ellos utilizados para hacerse con todo el poder en el país.
Ahora
bien, el libro de Rashid no se limita a describir las fechorías
de los talibán. Efectúa asimismo un recuento de los apoyos
que tuvieron para llegar a controlar su país.
En
primer lugar, Pakistán, una república islámica
aliada de Occidente, que ha sostenido a los nazislámicos desde
mucho antes de conquistar Kabul. Las madrasas (escuelas coránicas)
paquistaníes fueron el semillero de miles y miles de guerreros
talibán.
En
segundo lugar, Arabia Saudí, otra república islámica
aliada de Occidente, y un régimen no mucho menos duro, por cierto,
que el que nos ocupa (ver "Los
otros talibán"). La monarquía saudí ha sido
la gran fuente financiera de los nazislámicos afganos.
En
tercer lugar, los Estados Unidos de Norteamérica, una república
no islámica que, a través de la CIA, impulsó la guerra
islamista contra la Unión Soviética en los años 80.
Y que nunca vio con malos ojos el auge talibán: tanto el gobierno
estadounidense como las compañías petroleras occidentales
(muchas de ellas, norteamericanas) sintieron que solamente los nazislámicos
serían capaces de unificar el país y garantizar un mínimo
de estabilidad. Estabilidad necesaria para permitir la construcción
y el funcionamiento de los deseados oleoductos y gasoductos en Afganistán.
Hagamos constar aquí que este país es un enclave geoestratégico
de vital importancia para el transporte de gas y petróleo en la
región.
Rashid
alude también, de manera extensa, a la figura del rico asesino
saudí Osama Bin Laden, hoy ya celebérrimo tras haber sido
declarado enemigo número uno de los Estados Unidos. En esta hora
en que, con la excusa de detenerlo, la única superpotencia planetaria
va a lanzar una masiva y duradera operación bélico-terrorista,
conviene recordar una declaración del multimillonario islamista
en 1998: «Establecí mi primer campamento [en la frontera
entre Pakistán y Afganistán], donde esos voluntarios [islamistas
venidos del exterior] eran entrenados por oficiales paquistaníes
y norteamericanos. Estados Unidos aportaba las armas y los saudíes
el dinero.» Su desencuentro con Norteamérica se produjo
a raíz de que el ejército estadounidense, con motivo de
la Guerra del Golfo, mantuviera tropas «en el más sagrado
de los lugares, la península arábiga», es decir, en
Arabia Saudí.
©
Juan Fernando Sánchez Peñas [juanfernandosanchez@laexcepcion.com]
(19 de septiembre de 2001)
©
LaExcepcion.com
|