Fahrenheit 9/11
Estados Unidos, 2004

Director

Michael Moore

Guión

Michael Moore

Producción

Kathleen Glynn
Jim Czarnecki

Intérpretes

Kurt Engfehr
Christopher Seward
T. Woody Richman

Fotografía

Mike Desjarlais

Música

Jeff Gibbs

Duración

121 minutos

Linchar (verbalmente, de momento…) a Michael Moore, autor de libros y películas de temática social, se ha convertido en el hobby de muchos, y no sólo en Estados Unidos, su país. Allí se le acusa, en particular, de “antiamericano” y, por tanto, “antipatriota”. Fuera y dentro de allí, de mentiroso, excesivamente comercial, defensor de dictaduras como la de Castro… y gordinflón.

¿Qué ha hecho este hombre para concitar tales odios? Ha osado tocarle las narices al poder, en concreto a la extrema derecha que gobierna esa nación (y por ende, el mundo) desde que un tal George robase la presidencia. Y lo ha hecho denunciando el fraude electoral; las relaciones de la familia del usurpador con la familia de Bin Laden antes, durante y después del 11-S; el uso del terror como instrumento de dominación por la camarilla gobernante tras esa macabra fecha; las motivaciones reales de la guerra de Irak; el recorte de los derechos en “el país de la libertad”… Lo ha hecho, además, montando un puzzle genial llamado Fahrenheit 9/11, formado por piezas que no son sino imágenes y declaraciones rigurosamente reales, encadenadas con sabiduría narrativa y ritmo trepidante.

Todo ello, demasiado grave como para que le dejen en paz, y más en año electoral.


Trágica y estremecedora

La limusina presidencial del usurpador aparece impregnada de yema de huevo en el día del juramento del cargo… Como fondo, los sones del Réquiem en memoria de Benjamin Britten, de Arvo Pärt, una pieza tan hermosa como trágica. Fahrenheit 9/11 está hecha, en gran medida, en clave de humor, pero que nadie se engañe: nunca deja de ser un humor amargo, desengañado, inútil para librarse de la tristeza radical que en ningún momento abandona al espectador…, cuando menos al que es consciente de la realidad que la película refleja, denuncia y condena.

Al poco de empezar la cinta se nos presenta a varios sujetos maquillándose antes de su comparecencia, por separado, frente a las cámaras de televisión: se trata de la cuadrilla de facinerosos (ladrones, golpistas y asesinos) que protagonizan la historia, los demonios (Dostoyevski me entendería…) que han convertido al planeta en su juguete particular, y a las vidas que lo habitan en meros peones manipulables, y aun sacrificables, a discreción.

Decía Stanley Kubrick que el montaje es el elemento cinematográfico más genuino y distintivo del séptimo arte. Pues bravo entonces por Moore y sus montadores, ya que han hecho cine del bueno, secuenciando una historia (con preparación, cumbre y desenlace) siempre sobre la base de documentos reales. Han sabido dar sentido a hechos y palabras tomados aquí y allá, han hilado la lógica interna del terrible presente que nos ha tocado vivir…

¿Panfletariamente? De acuerdo, Fahrenheit 9/11 es pura propaganda, un opúsculo iconográfico que pretende impactar y conmover para encauzar la reacción del público en una línea preestablecida… De acuerdo también en que, como buen panfleto, incurre más de una vez en cierto grado de simplismo (no creo que bipolar); es el precio inevitable de la verdad cruda y descarnada que anhela exhibirse sin demora ante la gente (el tiempo es corto, el usurpador ha de ser definitivamente desenmascarado, reemplazado por el otro, sea cual sea este otro…, la actual impunidad debe terminar, algún escarmiento es imperioso, ¡aunque sólo sea por dignidad…!).

Sí, el precio inevitable de la verdad, porque la película de Moore no engaña, no distorsiona la realidad del modo en que lo hacen, por sistema, quienes aparecen en ella retratados y todos sus siniestros corifeos (ver Los hinchas políticos y el nuevo fascismo). No es Moore, al menos de momento, un propagandista más en nuestra era bipolarista y pretotalitaria. Es un provocador en el más noble sentido de la palabra, que lejos de poses esteticistas denuncia con amargura –suavizada por la ironía– y aportando una documentación abrumadora (presente también, por ejemplo, en el libro de temática afín Estúpidos hombres blancos), la espantosa tragedia de nuestro tiempo. Estamos ante un radical, un idealista lúcido que desde su personal punto de vista (tan diferente ideológica y filosóficamente del mío, por cierto) se niega a tolerar lo intolerable. Y que para combatirlo está dispuesto, si es preciso, a hacer el payaso acercándose a saludar al usurpador, sugiriéndoles a los congresistas de su país que alisten a sus hijos en la guerra de Irak, y voceándoles la lectura de la ominosa Patriot Act (la ley antiterrorista que facilita el totalitarismo interno, y que fue aprobada con nocturnidad y sin que fuera leída siquiera por quienes la votaron). Sabio payaso…, nada que ver con las humoradas impertinentes y pedantescas de subproductos como “Caiga quien caiga”. Moore se la juega de verdad porque no se limita a la sátira: aspira a cambiar la historia.

Y para ello, ya que se dirige a sus compatriotas, no está de más cierta expansión lacrimógena (a fin de cuentas, son aquéllos los que votan en noviembre), para recordar lo real que es la guerra mostrándonos el dolor de la madre de un soldado norteamericano muerto, de los parientes y amigos de las víctimas del 11-S…, pero también de los familiares de los iraquíes masacrados. Un político ruin y rastrero, que todavía medra por ahí, se quejaba allá por 1991 de que se hablase de los muertos, con ocasión de la primera guerra del Golfo. El “demagógico” Moore se detiene en ellos, y en los mutilados de ambos bandos (que no suelen ser contabilizados en las estadísticas, a pesar de su abundancia). Nos enseña, sin morboso regodeo, sus carnes laceradas, sus miembros rotos, sus vidas deshechas.

Y hace bien: la guerra es eso, aunque para los protervos asesinos que la emprendieron sea una dulce bicoca, una bendita ocasión en la que acaparar petróleo y hacer dinero (obscenas resultan las escenas en que los “reconstructores” se frotan públicamente las manos ante las “oportunidades de negocio” que ofrece el Irak devastado, pero aún rico en oro negro; aunque no más que esa otra en la que el usurpador, rodeado de trajeados ricachos en una cena de postín, proclama risueño: “Estas son mis bases”).

A Moore le llaman “antiamericano” los que, a falta de argumentos, sólo pueden descalificarle, pero el patriotismo de este hombre es mucho mayor que el de todos ellos juntos (ver Las máximas del “patriota”), pues no soporta ver cómo hunden la imagen externa de su país, cómo a su pueblo le quitan la libertad, y cómo a sus compatriotas pobres los convierten en carne de cañón. Reivindica, en otras palabras, las mejores tradiciones liberales (y, no se olvide, igualitarias) de su país.

En razón de cuanto antecede, todos los norteamericanos con derecho a voto deberían ver (dos, tres, cuatro veces…) este documental político de Moore, en el que podrán enterarse al fin de algunas cosas que los europeos sabemos sobradamente desde hace mucho, pero que los “patrióticos” medios de comunicación estadounidenses han venido censurando hasta el día de hoy. El exitazo de Fahrenheit 9/11, el mayor de una película de este género en toda la historia, supone una prueba de que aquel país aún no es una dictadura (como de veras lamenta el usurpador, por irónicamente que lo diga). Y ofrece, además, un rayito de esperanza sobre su posible influencia en las elecciones del próximo noviembre.

Pero, y Moore lo sabe, ni él ni su película pueden hacer milagros. Aunque esta vez cayera el usurpador, en lo básico el mundo seguirá igual que ahora: podrido a la vez que violento.

Con todo, igual que fue desalojado del poder en España el simple mortal con bigote, es preciso que en Estados Unidos sea expulsado el referido usurpador…, cuando menos proveerá un respiro, una oportuna frenada en la dinámica enloquecida que la ultraderecha de ese país viene imprimiendo al mundo desde el 11-S. Gracias, amigo Michael, por intentarlo.

© Juan Fernando Sánchez
(agosto de 2004)
© LaExcepción.com

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