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El
mundo de los adultos con vocación de niños
Llegamos
al final, amigos/as (gracias por haberme permitido así llamaros).
El paseo por el desierto concluye aquí.
Pero, ¿concluye también el desierto...?
¡Gracias por vuestra compañía, siquiera presentida
o, cuando menos, imaginada!
"Veo que estás
en hiel de amargura y en prisión de maldad."
Y dondequiera que vayas esparcirás tus amargas heces.
Y esas funestas semillas alumbrarán nuevas almas resentidas, cautivas
del mal.
Y también ellas irán sembrando posos de amargura.
Y todo se llenará, aún más, de odio, violencia y
muerte.
Ha sido tu hiperconsciencia,
tu visión clara y distinta, tu mirada más profética
que creyente.
Ha sido ella la que te ha mostrado la verdad del mundo de los "adultos".
Ha sido esa bomba de elemental sabiduría la que ha hecho de tu
alma un secarral.
Llevas ya unos años
naufragando entre corazones "adultos", dobles y duros, y aunque
no te gusta admitirlo has llegado a ser uno de ellos. Te has enfangado
en su pozo de malicia que tú has ayudado a llenar hasta el desbordamiento.
Incluso has presenciado cómo sus miasmas rebosantes anegaban mundos
antes menos maleados, así el de los niños. Y cómo,
metódicamente, la infancia misma quedaba aniquilada, de manera
que (salvo en las edades más tiernas, más inconscientes)
hoy el mundo de los "adultos" lo invade ya todo, instalando
en las almas el reino de la desesperanza progresiva. De este modo la niñez,
que podía resultar ejemplar, va quedando sumida en el cosmos de
la puerilidad "adulta"; en la edad de la inmadurez devenida
podredumbre sin estados intermedios.
Con todo, aun en ese
vertedero de las ilusiones, eres capaz de adivinar almas sedientas como
la tuya. Son, como tú, secarrales consumados o en potencia, pero,
aunque muertas o moribundas, milagrosamente no han desaprendido la sed.
Pues inútil es engañarse con que uno puede llegar al acomodo
en fríos y duros asientos, aparentar impavidez sin un temblor o
un parpadeo, enfrentarse a esta vida macabra sin quedar mellado por el
filo de su traicionera guadaña. Hasta el corazón más
belicoso (¡y son tantos los que cobijan guerras sin tregua!) experimenta
un inmarcesible anhelo de paz, acaso escondido bajo risueñas bravatas
y sardónicas bengalas dialécticas.
No en vano fuimos
hechos para vivir en un jardín.
Y para corretear por él sin inhibiciones, como los críos
en los tiempos aquellos en que jugaban en la calle.
Para cantar nuestra melodía de alegres niños eternos, henchidos
de confianza básica en la vida.
Expandiendo nuestro pecho en risotadas puras y oxigenadas, nacidas del
gozo interior, ya no de la ruda inmadurez ni de la cínica amargura.
Arrojándonos sobre el césped de verdor inmaculado, ribereño
de las aguas en las que el cielo se espeja y, sólo por eso, nuestra
sed calman para siempre.
Y luego, arrodillándonos, ya sin contrición alguna, para,
con la satisfacción que hace brotar la sonrisa más auténtica,
musitar emocionados: "¡Abbá, Padre!"
"Gracias, ahora sé que todo valió la pena, incluso
ver mis años agostarse y mi alma convertida en un desierto. Ahora
sé que eso era parte del proceso, pues a la vez que dolorosamente
moría la ilusión maldita (la que espera bendiciones de los
hombres), tú seguías avivando en mí la sed edénica."Así
es el mundo de los adultos con vocación de niños: un inmenso
jardín donde la hierba no amarillea. Y aun los más áridos
secarrales lo seguimos añorando.
¡Ah, sí, te amo, hermano/a, quienquiera que seas!
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