Zapatero presidente: ¿más de lo mismo?
© Guillermo Sánchez Vicente / Juan Fernando Sánchez Peñas  [laexcepcion@laexcepcion.com] (19 de marzo de 2004)

El 14-M, con su aparente vuelco de la realidad política española, implica al menos para España un relativo frenazo a la aceleración histórica que sufríamos desde el 11-S. Pero sin lanzar las campanas al vuelo...

Cuando escribimos estas líneas, ya es conocido por todos el maremoto producido en la sociedad española hace escasas jornadas. El 11-M es ya una nueva fecha emblemática, por el carácter trágico y repulsivo del macroatentado cometido en ese día contra varios trenes cargados de pasajeros. Por su parte, el 14-M queda para la historia como el día de una victoria política inesperada y que, para la inmensa mayoría de los analistas, tiene mucho que ver con lo acontecido en los días inmediatamente previos.

En La Excepción no sentimos la menor inclinación hacia ningún partido, parlamentario o extraparlamentario, del sistema político español. Es por ello que nadie, llevado por el simplismo bipolar, debiera interpretar este artículo como la apuesta o la preferencia por cualquier opción política.

Nuestros lectores habituales conocerán las frecuentes críticas de nuestra revista contra el que llegó a ser conocido como “el partido de la corrupción y de los GAL”. En PSOE: En vías de extinción, cuyo análisis no se fundaba en deseos personales en uno u otro sentido, llegábamos incluso a pronosticar el declive y desaparición de este partido, a tal punto estimábamos, y estimamos, que se halla corroído por su propia podredumbre moral. Entre otras cosas, en ese artículo su autor decía:

«De todos modos, y en condiciones normales, parece sensato pensar que las elecciones generales del próximo marzo de 2004 se ciernen sobre Zapatero como una sombra amenazante: el endeble candidato del PSOE nada tendría que hacer frente a un hipotético Aznar, y no parece que vaya a lograr mucho más ante Mariano Rajoy, el candidato real del PP» (cursiva añadida).

Mantenemos, en general, el análisis efectuado en ese trabajo, recordando que el 14-M no se desarrolló “en condiciones normales”. Incluso cabe preguntarse cuánto durará el nuevo “efecto Zapatero” (¿llegará, por ejemplo, con la misma fuerza hasta las elecciones europeas del próximo mes de junio?), y si se trata de algo más que un bluff básicamente provocado por el impacto del atentado y la penosa gestión que, en relación con éste, llevó a cabo el gobierno “popular”. Por lo demás, seguimos pensando que es de tal gravedad la enfermedad interna del PSOE que difícilmente su reciente llegada al poder supondrá otra cosa que un “canto del cisne”.


Alivio relativo

Expresado lo anterior hemos de añadir, sin embargo, que el resultado del 14-M no nos parece el peor escenario concebible antes de esa fecha. Y ello, básicamente por dos razones: la primera, que el Partido “Popular” tendrá que abandonar el poder; y la segunda, que el Partido “Socialista” gobernará sin mayoría absoluta (no ignoramos las consecuencias perversas que puede tener su necesidad de alianzas con otros grupos, pero partimos de la base, suficientemente avalada por la experiencia, de que no hay nada más pernicioso que las mayorías absolutas).

Los resultados electorales suponen, al menos por un tiempo, el fin de la PrePotencia. Aprovechando una coyuntura internacional enloquecida y diabólica, y con la excusa de una “buena gestión económica”, los gobiernos de Aznar habían uncido a España al carro imperial. Todos conocemos las consecuencias: promoción y desarrollo de una canallesca guerra en el exterior, y creciente autoritarismo en el interior.

El colmo llegó con ocasión del atentado del 11-M. A raíz de este horrible suceso, hemos contemplado cómo el gobierno sometía la información a su más grosera manipulación, con propaganda electoral subliminal incluida. En el no va más de su soberbia, pensaron que la gente era tonta (y la gente es mala, sí, pero no tonta...). Se empeñaron en trasladar el mensaje de la autoría de ETA, cuando las evidencias estaban muy lejos de apuntar en esa dirección. Osaron, a través de la ministra de Exteriores, imponer a la ONU una resolución que atribuía el atentado a ETA (resolución que luego habría que rectificar). E incluso, después de admitir (primero, tácita, y luego expresamente) la improbabilidad de esa hipótesis, siguieron paradójicamente abonándola (como lo prueban las repentinas emisiones, por parte de las radios y televisiones públicas, de programas dedicados a la historia de la banda; y el colmo de los colmos: Telemadrid emitía el viernes 12 una película sobre el asesinato de Fernando Buesa, y a la noche siguiente TVE volvía a emitir la misma película... ¡para sorpresa de la propia Fundación Fernando Buesa, que manifestó su protesta! [Véase, por ejemplo, Yahoo! Noticias, 14.3.04]).

Parece evidente que tanto exceso, añadido a los de sus años de gobierno, les ha pasado factura. Y que nada, ni siquiera la respuesta (también descaradamente manipulatoria), del entorno PSOE-PRISA (y en particular, de la Cadena SER) ha servido para compensar, mucho menos legitimar, los crasos desmanes del gobierno aznarista.

No han sido los aciertos del PSOE..., han sido los errores (y los crímenes, ¿por qué no decirlo?) del PP los que hoy lo han echado del poder. Su gobierno inspiraba la mayor aversión, incluso auténtico terror, en muchas personas sinceras y despiertas. Para ellas, contra lo que Aznar y los suyos pretendían, la economía no lo es todo (habría, por cierto, mucho que discutir sobre la “buena gestión económica” del PP, sin negar sus logros). A la gente, si no la ética, también le importa la paz social (incluida esa seguridad que el gobierno había prometido frente al terrorismo externo, y que no fue capaz de garantizar). Y le importa, probablemente, no en un alarde de pacifismo altruista, sino de simple –y, en algún grado, legítimo– egoísmo. Con su desprecio por la verdad, por la libertad, por la paz y por la gente, los señores y las señoras del PP, junto con sus entusiastas partidarios en los medios de comunicación, han dado vida a un partido que era ya prácticamente un cadáver: el mismo que hoy ha ganado las elecciones.

Hay que recordar que en La Excepción no albergamos la menor ilusión acerca de una solución política o humanista a los problemas del mundo, incluida España. Nuestra Esperanza es de otra índole. Sin embargo, al observar el presente resultado electoral, sentimos que ha llegado hasta nosotros, cuando menos, un respiro. El partido gobernante hasta el día de hoy estaba conduciendo a nuestro país a tumba abierta hacia caminos de confrontación tanto en el exterior como en el interior. Mediante las armas del odio y la mentira, y la más absoluta indiferencia hacia la voluntad de la gente, mayoritariamente pacífica, venía crispando y polarizando cada vez más la realidad interna de nuestro país, a la vez que contribuía de manera importante al más execrable belicismo imperial. Como seguidores de los principios de paz de Jesús de Nazaret, llamado el Cristo, no podemos sino saludar que los resultados de estas elecciones nos hayan proporcionado un cierto alivio (que, nos tememos, será sólo momentáneo) a quienes amamos la libertad y la convivencia de las personas y los pueblos.

Los jerarcas del PP se llegaron a creer electoralmente invencibles. En su soberbia y prepotencia, quisieron imponer sus posiciones a todo el mundo: Europa, nacionalistas vascos, nacionalistas catalanes, actores... Instrumentalizaron la Asociación de Víctimas contra el Terrorismo, promovieron una guerra atroz y mentirosa (¡y nunca se apearon de sus mentiras ni de su belicismo!), identificaron por definición nacionalismo regional con terrorismo, amenazaron (mejor dicho: anunciaron) con incluir en el Código Penal duros castigos de cárcel a quienes osasen manifestarse en el futuro contra sus guerras, neoconfesionalizaron el estado... Para colmo, ni siquiera garantizaron la seguridad de los españoles, después de habernos asegurado con jactancia que España no corría peligros de sufrir atentados de “Al Qaeda”.

Resulta evidente que este gobierno caído suponía un claro baluarte de los más atroces signos de los tiempos. Su entusiasmo en favor de Bush y los suyos no podía sino acelerar aún más el terror y el totalitarismo a escala mundial, con una ultraviolencia creciente y una cada vez mayor persecución de quienes deseamos pensar por nuestra cuenta. En España, pese a sus proclamas en favor de la unidad de la patria (con una concepción, por cierto, muy cercana a la franquista), el PP ha contribuido a romperla tanto como el que más, al tensar la cuerda y negar todo diálogo hasta extremos agobiantes: el Plan Ibarretxe, el Plan Maragall y el tremendo ascenso de ERC (¡de uno a ocho diputados!) son los resultados de esa política enloquecida... Enloquecida y, por desgracia, mezquina, pues siempre contaron con que su “firmeza” les daría réditos electorales.

Nuestra modesta impresión es que, quizá por primera vez en décadas, puede que en siglos, buena parte de la población española ha actuado de manera digna y sensata (seguramente, no por repentina conversión alguna, sino en vista de a dónde estaba llevando la constante política de confrontación, en el interior y en el exterior, que lideraba el señor Aznar). Es triste, muy triste, que a ello haya contribuido, en mayor o menor medida, el terrible 11-M, que no hará sino alargar la ya inmensa sombra de terror proyectada por el 11-S. Cabe, incluso, preguntarse qué habría sucedido sin el horrible atentado de ese jueves negro... No, nuestro alivio no obedece a que hayamos percibido ningún progreso moral repentino en el electorado español. Es sólo el fruto de contemplar cómo el insano proyecto de un partido que se creía electoralmente invencible ha sufrido un saludable frenazo.

Por otro lado, no podemos olvidar, con aprecio sincero, a los propios dirigentes, militantes y simpatizantes del Partido “Popular”... (Nuestra crítica a las ideas que no compartimos, nuestra condena de los actos que rechazamos, nunca deben tomarse como un ataque a las personas en tanto que tales). Aquéllos tienen ahora una preciosa oportunidad para recapacitar en sus errores, de distinta gravedad según la responsabilidad ejercida y el poder ostentado. La derrota suele ser más fecunda en sabias lecciones que la victoria.

Insistamos en ello: no nos hacemos vanas ilusiones. Se trata sólo, ya lo hemos dicho, de un respiro. Antes del 14-M nos sentíamos, como ciudadanos españoles, dentro de una botella cuya boca estaba obturada, herméticamente cerrada, por un grueso y sólido tapón. Después experimentamos la sensación de que ese tapón ha sido agujereado y ya podemos respirar un poquito. Algo es algo.

Pero el tapón sigue ahí, esperando que alguien venga pronto a “reparar” el agujero. El pasado del PSOE no invita al optimismo, por más que el talante de su actual líder, en apariencia, resulte mucho más manso y modesto que el de Aznar y los suyos. A lo largo de este artículo analizaremos hasta qué punto, respecto al Partido “Socialista”, es más bien una actitud pesimista la más razonable. Cosa que afirmamos pese a tener en cuenta que el discurso progre es, al menos sobre el papel, mucho más proclive a la defensa de los derechos humanos que otros paradigmas (ver Progres: El ocaso de una pose y La Brigada Antiprogre).

La situación internacional, por lo demás, tampoco permite dar saltos de alegría. Reiteramos que no será humana la solución para el cáncer que, a todos los niveles, aqueja a este planeta. Pero nada de eso impide que al menos hoy podamos saborear una leve y dulce brisa de libertad. Sin bajar la guardia.


ZP-PSOE: pasado y futuro

Durante los primeros meses de la guerra de Irak el PSOE obtuvo en las elecciones municipales (25 de mayo de 2003) un número total de votos mayor que el PP, pero ese resultado se acompañó de un relativo retroceso en cuanto a la cuota de poder local de aquel partido. Es bien sabido que el voto en las municipales difiere sustancialmente del voto en las legislativas. En las elecciones del 14-M la sombra de la guerra (reavivada por los atentados del 11-M en Madrid) ha movilizado muchos votos indecisos que esperan de Zapatero una forma distinta de gobernar. No es descabellado suponer que buena parte del llamado “voto de la vergüenza” ha sentido, esta vez, demasiada vergüenza o mala conciencia como para seguir votando al partido en el gobierno.

Aun a riesgo de caer en cierto grado de especulación, trataremos de vislumbrar qué novedades puede aportar el gobierno de Zapatero, especialmente en lo que se refiere a nuestras principales preocupaciones: los derechos humanos y las libertades individuales y sociales. Por eso, nos preguntaremos cuál ha sido hasta hoy la actitud del PSOE en relación con las tendencias crecientemente unilateralistas de la política internacional.

Desde que en 1989 la crisis interna de los regímenes comunistas de la Europa del Este, con el decisivo empujón de la “Santa Alianza” de Reagan y el papa, resultó en la caída del Muro de Berlín y el consiguiente desmantelamiento de dichos regímenes, el rumbo que enfila la política internacional está bien definido: el control del mundo por parte de Estados Unidos, mediante la destrucción de los equilibrios de la posguerra y la guerra fría. Este nuevo orden mundial se ha venido ejecutando mediante pasos progresivos.

Primer paso: En 1990, tras permitir que Sadam invadiera Kuwait, Estados Unidos conduce a la ONU hacia la sangrienta guerra del Golfo, irrumpiendo de forma definitiva en Oriente Próximo. El gobierno del PSOE apoyó incondicionalmente a Bush padre, el entonces presidente norteamericano. Zapatero justificaba hace un año en la SER la brutal masacre que supuso esta guerra, que, según los datos disponibles, ocasionó todavía muchos más muertos que la todavía reciente e inconclusa invasión de Irak. Ciertamente, en aquella ocasión no se dieron algunos agravantes que se han dado en el caso actual (la ONU, por ejemplo, no fue tan descaradamente ignorada), pero eso difícilmente consolará a las víctimas, motivo por el cual no existe una diferencia ética esencial entre ambos episodios.

Segundo paso: en 1999 la OTAN, dirigida por el ex ministro socialista español Javier Solana, sin autorización de la ONU e invocando una nueva doctrina sobre la extensión geopolítica del “Atlántico Norte”, bombardea Serbia para frenar la salvaje opresión sobre Kosovo. El PSOE apoya a Solana y al gobierno de Aznar en este episodio de “bombardeo humanitario” sobre civiles.

Tercer paso: con la excusa de que Bin Laden se refugia en Afganistán, la OTAN invoca por primera vez el artículo V del Tratado y arrastra a la ONU, nuevamente, a una guerra brutal. Zapatero, junto a la inmensa mayoría de líderes mundiales, apoya la intervención (a los pobres afganos les tocó de lleno el efecto 11-S).

Cuarto paso: En el otoño de 2003 Estados Unidos evidencia sus intenciones bélicas con respecto a Irak. A pesar de que el número de muertos de esta guerra puede que, todavía, haya sido menor que el de otras, su importancia en el proceso de destrucción del derecho internacional es decisiva (ver Golpe de estado planetario, guerra y NOM). Resultó curioso comprobar la manera en que quienes habían apoyado más o menos enérgicamente la guerra de Afganistán fueron decantándose, a medida que la invasión de Irak parecía más cierta, hacia una oposición cada vez más frontal a la intervención. Éste fue el caso de Zapatero, entre muchos otros (el Vaticano entre ellos, por ejemplo; pero ver Juan Pablo II: ¿el “papa de la paz”?).

En esta escalada hacia el unilateralismo, el PSOE apoyó los tres primeros pasos y, hasta hoy, ha condenado el último. Lo ha hecho, por cierto, no sin vacilaciones iniciales (recuérdese que sólo se sumó a las manifestaciones antibélicas cuando la protesta empezó a adquirir notables dimensiones). Con tales precedentes, no parece muy creíble que, en sus rasgos generales, la política internacional de España en esta nueva etapa vaya a cambiar mucho. Tengamos en cuenta que ahora el PSOE estará en el gobierno, donde nunca osó en el pasado distanciarse de quienes marcan el rumbo belicista del planeta. Otra cosa es que la presión del electorado, que supuestamente votó a favor de la paz, pueda condicionar determinados gestos y medidas (aun así, las cuatro mayorías del PSOE entre 1982 y 1993 demostraron las enormes tragaderas del electorado “de izquierda”).

Con el gobierno de Zapatero puede ocurrir lo que ya sucedió durante los gobiernos de Felipe González, con o sin mayoría absoluta del PSOE: la coincidencia del voto del PP y del PSOE en temas tan trascendentales como la política exterior (apoyando ambos las guerras mencionadas) o incluso la economía (el PP apoyó casi todas las contrarreformas laborales del PSOE que, no olvidemos, modificó el Estatuto de los Trabajadores y abrió las puertas a los contratos basura). En realidad, como ya denunciaba Julio Anguita, secretario general de Izquierda Unida en aquellos años (a quien el PSOE acusaba de actuar conjuntamente con el PP y en contra del gobierno), la auténtica pinza parlamentaria la constituían el PP y el PSOE, los cuales votaron juntos en muchísimas más ocasiones que PP e IU. Aunque el panorama actual no apunte hacia esos derroteros, no hay por qué descartar que, en circunstancias más o menos “excepcionales”, bajo el gobierno de Zapatero se renueve esa alianza de facto con el PP en temas clave (ver Bipartidismo).

Parecería que el PSOE “se ha radicalizado” últimamente, ha tomado la pancarta y ha asumido objetivos propios de los movimientos sociales, incluido el pacifista (con todas las reservas que se pueden aplicar al uso de tal término en relación con las movilizaciones contra la guerra). Pero no hay que olvidar datos importantes, como el que Felipe González, que mueve todavía algunos hilos en el PSOE (y más los movía hace un año) firmara en junio pasado (mientras engañaba al electorado con intervenciones públicas supuestamente en contra de la guerra de Irak) un manifiesto de personalidades europeas promoviendo la renovación del vínculo trasatlántico entre Europa y Estados Unidos como «una prioridad urgente», para lo que «la Alianza Atlántica renovada sigue siendo el principal pilar de la asociación entre Europa y Norteamérica»; por ello «el desarrollo de una defensa eficaz (para Europa) no compromete a la OTAN; al contrario, reforzará a la Alianza si las dos riberas del Atlántico lo desean con firmeza» (Libertad Digital, 20.6.03).

Y es que no hay que olvidar que fue precisamente este presidente quien, tras ganar las elecciones de 1982 con el ambiguo lema “OTAN, de entrada no”, dirigió al país a la integración en la Alianza Atlántica, tras el referéndum de 1986 en el que el gobierno propuso exactamente lo contrario a lo que había prometido (pese a lo cual, ese mismo año sus electores le renovaron la mayoría absoluta).


El “nuevo orden mundial” de Zapatero

Zapatero es diputado desde 1986. Con su voto ha aprobado medidas legislativas en el terreno laboral que sobrepasan infinitamente las disposiciones del “decretazo” del PP de 2002 (por el que se convocó la huelga del 20 de junio). Con su voto ha apoyado todas las estrategias del PSOE de exonerar de culpa alguna a los responsables del episodio más vergonzoso y macabro del terrorismo de Estado ejercido dentro de España, el GAL. Y no se tiene la menor noticia de que, jamás, se haya opuesto con su voto (ni con su abstención o con sus declaraciones públicas) al modo en que el gobierno del PSOE afrontó sus propios e innumerables escándalos de corrupción, ni que pronunciara la menor reconvención contra la “cultura del pelotazo”, auspiciada por compañeros suyos como Carlos Solchaga, cuando era ministro de Economía. Tampoco le consta a nadie la crítica de Zapatero ante episodios tan ominosos como la Ley Corcuera de la “patada en la puerta” (1992), o las intrusiones en la casi totalidad de los medios de comunicación, incluida la total usurpación de la radiotelevisión pública.

Lo más probable es que este cambio de gobierno adormezca nuevamente a muchos votantes socialistas en un letargo progre que conduzca, bajo la máscara de la alegría hedonista y las buenas formas de Zapatero (si se mantienen), a perpetuar las estructuras de un sistema injusto. A pesar de que, según Jesús Caldera (portavoz parlamentario del PSOE), el éxito de Zapatero «abre un nuevo orden mundial basado en la legalidad» (El Mundo, 17.3.04), el planeta ha tomado hace tiempo un rumbo que ni la inercia ni los intereses creados de los poderes fácticos permitirán que varíe fácilmente. Resulta increíble pensar que el gobierno de España, una potencia menor, pueda tener la capacidad de influir decisivamente en semejante cambio de rumbo. Desgraciadamente, será mucho mayor el peso del macabro apoyo de Aznar a la guerra del imperio en la cumbre de las Azores, que el efecto positivo de la retirada de tropas españolas de Irak, en el caso de que la misma llegara a producirse.

Nuevo orden mundial... ¿Acaso Zapatero hará algo por reducir las escandalosas cifras de la exportación de armas de nuestro país a todo tipo de regímenes en el mundo? Quizá ni siquiera sus bases sociales apoyasen medidas en esta línea, siendo tantos los puestos de trabajo que dependen del sector. Como acertadamente señalaba uno de los más destacados arietes de la derecha belicista española, los sindicatos se rigen por el lema “no a la guerra, pero sí a la fabricación de barcos de guerra”. ¿Existe un gobierno que afirme estar dispuesto a reconvertir un sector de peso en la economía nacional en aras de la paz? Aquí también el precedente “socialista” es siniestro: los gobiernos de González incrementaron las exportaciones de armamento, a la par que obstruían cualquier posibilidad de control parlamentario sobre la naturaleza y el destino de estas operaciones. Otro tanto siguió haciendo Aznar.


Política económica

No pocos votantes del PSOE, encandilados por la imagen de unos dirigentes socialistas sujetando una pancarta, han querido ver en ellos a una especie de líderes del movimiento antiglobalización. Parecería que se han olvidado de lo que significaron los ministros “socialistas” Boyer, Solchaga o Solbes durante el felipismo. Ellos sentaron las bases de gran parte de la política económica que la “izquierda” critica ahora en el PP (así lo ha reconocido implícitamente este partido en más de una ocasión, en relación con la convergencia hacia la moneda única europea, por ejemplo). Fueron ellos también, los que iniciaron las masivas privatizaciones de grandes empresas públicas, incluidas algunas muy rentables (como Telefónica o Repsol).

En líneas generales, la política económica de Aznar ha sido la continuación lógica de la de González; ¿será Zapatero más de lo mismo? Piénsese en la presión auténticamente coactiva (en clave neoliberal) que la creciente globalización de la economía mundial ejerce sobre todas las economías nacionales. Al margen de las valoraciones que nos merezcan, planteamientos innovadores como el de Lula en Brasil no dejan de ser excepciones (muy limitadas, por cierto) y pende sobre ellos el riesgo de bascular hacia una mayor tensión social o hacia el populismo. No es previsible que, mutatis mutandis, Zapatero sea el Lula de la economía española, a pesar de que muestre sus simpatías hacia el modelo brasileño.

Para aquellos que se hacen ilusiones de que el nuevo gobierno traería un “nuevo orden mundial”, el responsable del programa económico del PSOE, Miguel Sebastián, ha declarado que apoyará la candidatura del ex ministro popular Rodrigo Rato a presidir el Fondo Monetario Internacional (FMI). Es decir, el PSOE contribuye a exportar al sistema económico mundial la gestión ultraliberal que, aparentemente, tanto criticaban en el equipo de Aznar. El gobierno que llega proclamando solidaridad internacional (con intención incluso de que el Ministerio de Asuntos Exteriores sea también “de la Cooperación”) consagra el modelo globalista de los organismos internacionales, considerados como instrumentos de opresión por los movimientos sociales alternativos (sí, ésos que han desplazado su “voto útil” al PSOE). La razón de este apoyo: según Sebastián, porque conviene a «los intereses de España» (Iberoamérica Empresarial, 16.3.04); todo un canto al internacionalismo solidario de la izquierda. ¿Convendrá la gestión de Rato a los intereses de los países endeudados?

Por si fuera poco, y como ya anunciara hace años Jordi Sevilla –el anterior responsable de economía del PSOE en la oposición–, este partido se manifiesta dispuesto a seguir bajando los impuestos, con especial referencia al IRPF. Pero ya se sabe que, en virtud del carácter progresivo de esta modalidad impositiva, semejante medida tendría un carácter regresivo. Dicho de otro modo, supondría, como ya ha venido ocurriendo (aunque de manera atenuada por la bonanza económica coyuntural), una progresiva transferencia de renta de los pobres hacia los ricos, pues la disminución de la recaudación por ese concepto amenaza las prestaciones sociales y/o inevitablemente se tenderá a compensar por medio de gravámenes de tipo indirecto. Cuando el país entre en recesión, lo que sucederá antes o después, empezaremos a ver más claramente los efectos de semejante política.

Ya lo han señalado algunos expertos, como Ramón Tamames: los programas económicos del PSOE y el PP se parecen «como una gota de agua a otra» (Economistadigital.com, 11.2.04). No es de extrañar que conspicuos representantes de la ultraderecha neoliberal, como Federico Jiménez Losantos, hayan visto con buenos ojos el programa económico del PSOE, a pesar de las conocidas fobias que le despiertan estas siglas. Quizá es que el “cambio tranquilo” que propugna Zapatero, al menos en este campo, sea más tranquilo que cambio.


Estado laico y neoconfesionalismo

En los últimos años, y en gran parte al abrigo del gobierno del PP, la Iglesia Católica Romana (ICR) ha lanzado una fuerte ofensiva de reconfesionalización de España. Ésta se ha desarrollado en el contexto de una mayor intervención del Vaticano en la política mundial, con campañas como la de exigir el reconocimiento de las “raíces cristianas” de Europa (ver ¿Una Europa confesional?) o con la sigilosa pero claramente diseñada reedición de la “Santa Alianza” (ver El eje Washington-Vaticano). Las modificaciones en relación con la asignatura de religión en las escuelas públicas son un dato más entre los muchos que conforman esta tendencia. El Partido Socialista habla de decretar que no se compute la religión en los expedientes académicos, y quizá establezca alguna modificación con respecto a la alternativa a la religión; pero resulta difícil creer que vaya a frenar la escalada “nacionalcatólica” de la Conferencia Episcopal. ¿Por qué?

Al margen de lo difícil que es frenar a los poderes fácticos, sobre todo cuando se les acaba de estimular con recientes prebendas, hay que recordar que ya los gobiernos de González supieron compaginar un discurso progre y anticlerical, provocando incluso algunos enfrentamientos abiertos con la jerarquía católica (para eso contaban con el vicepresidente Alfonso Guerra, en su papel de “malo de la película”) con una política de claudicación absoluta a las exigencias de esta institución, especialmente en lo referido a la financiación (ya entonces y hasta hoy, la ICR siguió nutriéndose de los Presupuestos Generales del Estado).

Ciertamente, en 1992 el gobierno socialista firmaba unos históricos acuerdos con las comunidades protestante, musulmana y judía de España, reconociendo no pocos derechos (quizá también algunos privilegios, lo cual no es positivo) de estas minorías históricamente marginadas en nuestro país. Bajo el gobierno del PP, aparte de algunos aciertos en la gestión de la Dirección General de Asuntos Religiosos, el tratamiento concedido por Aznar a las minorías religiosas ha sido mucho más discriminatorio que antes (a modo de ejemplo, hay que recordar que la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España, asociación que congrega a la mayoría de los protestantes españoles, ha estado durante ocho años solicitando audiencia al presidente del gobierno, quien los ha ignorado por completo). Promover los derechos de estas minorías es uno de los retos de la política social de Zapatero.

Por otro lado, a través de su programa “Cristianos en el PSOE” se ha podido apreciar un acercamiento de este partido hacia los cristianos en general (y los católicos en particular), hecho que en sí no necesariamente ha de ser negativo, en la medida en que los valores auténticamente cristianos pudieran influir en él. Sin entrar aquí en análisis más extensos, mucho nos tememos que esta iniciativa resultará más en la influencia psocialista sobre esos cristianos, que viceversa. Además, algunos gestos institucionales del partido ya permiten entrever que gran parte de este acercamiento es hacia la jerarquía episcopal (cuyos intereses políticos son evidentes), más que hacia los cristianos de base de las distintas confesiones.

Finalmente, cabe preguntarse cuál será la posición oficial del PSOE en relación con la exigencia vaticana de citar las “raíces cristianas” de Europa en la Constitución de la UE: ¿La del grupo socialista en el Parlamento Europeo, contraria a esta mención, o la de no pocos dirigentes socialistas europeos y algunos españoles favorable a la misma? (ver Las “raíces cristianas” de Europa: una exigencia confesional).


Conclusión

A todo gobernante que comienza su mandato ha de concedérsele la oportunidad de demostrar si cumplirá o no su programa. Resulta sano y deseable conceder al que llega el mínimo beneficio de la duda, e incluso cooperar con él para ayudarlo (si es preciso, desde la crítica o incluso la denuncia) a cumplir las promesas de su programa relativas a medidas que nos parecen justas y necesarias. Semejante actitud responde a un deber cívico y democrático, salvo que creamos que la democracia se reduce al enfrentamiento de dos o más fuerzas políticas, con el pueblo como simple espectador (y, a consecuencia de ello, sufridor...).

Felipe González dedicó catorce años a incumplir casi todas las promesas de su programa, para regocijo de los poderes fácticos internacionales y nacionales; sus electores lo sobrellevaron bastante bien, “premiándoselo” con renovadas mayorías (absolutas o no).

Aznar, para similar regocijo de esos mismos poderes, cumplió la mayor parte de sus promesas, que no fueron sino anuncios explícitos en su programa de su disposición a seguir aplicando las medidas que el PSOE ya venía incorporando en su praxis (aun cuando éste, por obvio complejo de culpa y de cara a su galería izquierdista, mantuviera su discurso progre).

¿Será Zapatero más de lo mismo? Nos gustaría creer que no. Pero, por desgracia, el análisis del pasado no avala ninguna perspectiva ilusionante.

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