Vidas prohibidas
© Juan Ramón Junqueras, director del programa de radio ONGente (www.ongente.org)
www.laexcepcion.com (10 de enero de 2005)

Cientos de miles de inmigrantes pueblan ya buena parte de nuestras ciudades y nuestros pueblos. ¿A qué han venido? ¿Son un problema, o parte de la solución? Responder razonablemente a estas preguntas es tan importante, que el futuro de nuestra convivencia depende de ello.

Nos invaden los inmigrantes. La frase, fácil de escuchar y cada día más popular, encierra también un juicio de valor que equipara a los recién llegados con lo indeseable. Sí, nos invaden. Se presentan con los bolsillos vacíos y el corazón lleno de esperanza, ocupan puestos de trabajo que nadie aceptaba y pueblan comarcas desiertas, cuyos antiguos habitantes también emprendieron antaño el camino hacia otras tierras lejanas en pos de una vida más digna. Vienen y, cuando a regañadientes les admitimos, por necesidad o conveniencia, les negamos el derecho a progresar y a integrarse, obligándoles a mendigar papeles legales, cuando debería ser suficiente que los lleven en el corazón.

Sí, no todo es trigo limpio entre ellos, pero tampoco lo es a este lado de la línea de la opulencia. Nunca es justa la generalización, el prejuicio como norma; menos aún cuando se basa en algo tan superficial como el color de la piel o el origen. El mestizaje está llamado a salvar nuestro ombligo de su aislamiento egocéntrico y a mostramos el valor de la diversidad, esas diferencias que enriquecen y que, con tanta frecuencia, utilizamos no como argumentos de paz y armonía, sino como arma ofensiva y racista.

Además, prohibir la vida es imposible, porque la vida tiene poder, y se hace paso. Crea sus propios caminos, que no entienden de fronteras. Y cuando las encuentra, las supera irremediablemente, por arriba o por debajo; saltando vallas y alambradas o excavando túneles subterráneos, método este último que preferimos, para no tener que verlos pasar. Y esta hipocresía nos lleva a un grado de esquizofrenia tal, que nos declaramos a favor de la globalización pero, a la vez, protestamos porque los hijos de la mundialización se quedan nuestros trabajos. Entonces, nos convertimos en actores de esa línea de pensamiento que consiste en no pensar, sino sólo reaccionar. El pensamiento ensimismado, preventivo hasta el extremo de recelar de sí mismo, paranoico hasta el ridículo, que consigue, en consecuencia, provocar lo que él mismo temía. Porque, probablemente, nos gusta el miedo, el miedo útil. El miedo al otro.

A mí, sin embargo, me dan mucho miedo otros emigrantes. Los que, por ejemplo, se empeñan en emigrar para tomar Faluya o Costa de Marfil a sangre y fuego, y llevar no sé qué perversión de la democracia. Esos emigrantes sí que me aterrorizan. Prefiero antes a los que vienen a compartir nuestra riqueza. Riqueza, por cierto, escandalosa, que no se conforma con autoabastecerse, sino que mete las manos en la bolsa medio vacía de quienes no tienen otra cosa. Y cuando terminamos de esquilmarlos, y los dejamos con una mano delante y la otra detrás, nos molesta que vengan aquí a cobrarse una pequeña parte de los intereses. Sin caer en la cuenta de que detrás de cada historia de emigración hay una triste historia. El drama de quien debe morir a su vida de siempre, para intentar nacer entre nosotros. No dejarles sobrevivir, convertirlos en vidas prohibidas es, a mi juicio, un crimen contra la humanidad del que ninguno de nosotros debería quedar impune.

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