El jefe del Vaticano quiere ver al PP en el gobierno
© Juan Fernando Sánchez Peñas / Guillermo Sánchez Vicente
www.laexcepcion.com (10 de febrero de 2008), ampliación corredactada del artículo con el mismo título en El Blog de Cordura

Todos los católicos romanos («la muchedumbre de los fieles») deben obediencia al papa, quien tiene «la potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad». O sea, como le dé la real gana. Esto atañe en particular a sus obispos, los cuales han de ejercer siempre su ministerio «en comunión con el obispo de Roma», el «jefe» y «cabeza» del «colegio episcopal» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1992, págs. 210-211).

Sobre esa base hay que leer la nota de la Conferencia Episcopal Española (CEE) hecha pública el 30 de enero, un acto electoral más a favor del PP. No se olvide que un mes antes, el 30 de diciembre de 2007, el propio Ratzinger apareció por videoconferencia en la madrileña Plaza de Colón. El motivo era apoyar la concentración que, con la excusa de la familia, convocaron los obispos españoles en su campaña antigubernamental (ver “No es fenómeno político sino una Celebración litúrgica”).


El contenido de la nota

Particular atención merece la alusión al terrorismo que hace el punto 8 de la nota obispal, donde se rechaza la interlocución política entre los gobiernos y las bandas terroristas. Lo llamativo no es sólo que redunde en el tema estrella del PP contra el gobierno, sino el hecho de que la propia Iglesia Católica Romana (ICR) es experta en promover y efectuar contactos diversos con bandas terroristas. En el caso etarra son célebres, por discretamente que se realizasen, las mediaciones de Roger Etchegaray, todo un cardenal, a quien se relacionó también con el proceso de paz derivado de la última tregua etarra (sin duda aludida por el comunicado obispal). O las del cura norirlandés Alec Reid, quien afirmó contar con el beneplácito de Roma, sin que desde allí se desmintiera tan relevante afirmación. Conocidos son también los ejemplos de los obispos Setién y Uriarte, ambos de la diócesis de San Sebastián en distintas épocas, declarados partidarios del diálogo con ETA (línea que también apoyó en su momento el obispo de Bilbao, Ricardo Blázquez, actual presidente de la CEE). O, ya al margen del caso vasco, la pública mediación de los obispos colombianos entre el gobierno de Uribe y las sanguinarias FARC.

Todo esto, aunque escandaloso, en realidad no es raro tratándose de la ICR, entidad adicta al Principio de sí Contradicción. La propia nota obispal que nos ocupa contiene al menos un par de ejemplos más de su doble juego. En el punto 9 de la misma afirma: «La Iglesia reconoce, en principio, la legitimidad de las posiciones nacionalistas que, sin recurrir a la violencia, por métodos democráticos, pretendan modificar la configuración política de la unidad de España.» Aunque la frase resulta jesuíticamente ambigua, como siempre cabe esperar, es obvio que concede al nacionalismo periférico una “legitimidad” que el principal órgano mediático oficial de la ICR en España, la Cadena Cope, niega tajantemente todos los días.

En el punto 5, los obispos afirman: «...no pretendemos que los gobernantes se sometan a los criterios de la moral católica. Pero sí que se atengan al denominador común de la moral fundada en la recta razón y en la experiencia histórica de cada pueblo.» Pero sabido es qué entiende la ICR por “la moral fundada en la recta razón” (en todo caso, la que así lo esté según ellos) y a qué “experiencia histórica” se refiere en el caso español (la nacional-católica).

El punto 7, más que evidenciar el típico carácter contradictorio de la ICR, entraña una implícita declaración de su voluntad de poder: «No es justo tratar de construir artificialmente una sociedad sin referencias religiosas, exclusivamente terrena, sin culto a Dios ni aspiración ninguna a la vida eterna.» En otras palabras, consideran injusto que un gobierno, aunque sea democráticamente elegido, gobierne al margen de su tutela moral-religiosa.

El último punto de la nota recoge, como para cubrir el expediente, un listado de cuestiones sociales variadas, sin duda mucho menos importantes para los obispos que todo lo anterior, dada la extensión que se les dedica: la situación de los inmigrantes, las prostitutas, las mujeres maltratadas, los niños, los sin techo…

Sólo una breve frase para cuestiones globales: «En el orden internacional, es necesario atender a la justa colaboración al desarrollo integral de los pueblos». En un momento histórico en el que diversas formas de terrorismo y, en especial, la “guerra contra el terror” de Bush y sus aliados, amenazan la escasa justicia y libertad que hay en el mundo, los obispos españoles no dedican la más remota mención a las guerras que asolan el planeta; algunas de las cuales apoya el PSOE (véase el caso de Afganistán), pero que conciernen especialmente al PP por la contribución de Aznar al golpe de estado planetario que supuso la cumbre de las Azores, y por la obstinación de este partido, todavía hoy, en no querer afrontar la mortífera calumnia de las “armas de destrucción masiva”. No debería sorprender a quienes ya se dieron cuenta en su día que el papa anterior apoyó a Bush en su “cruzada” (ver Juan Pablo II: ¿”el papa de la paz”?).


Cinismo

Los jerarcas católicos insisten en que su nota no orienta el voto a ningún partido en concreto; algunos de ellos incluso han afirmado que el PSOE no tiene por qué darse por aludido, si realmente no ha considerado a los terroristas como interlocutores políticos. En tal caso, ¿a qué viene esa referencia a ETA en el comunicado? Por medio de su lenguaje pseudorreligioso y desde la autoridad moral que detentan, reproducen las acusaciones de negociar con ETA que el PP y la extrema derecha han venido haciendo al gobierno. Así lo han entendido medios derechistas como el diario ABC. Pero los obispos dicen que en realidad ningún programa político puede representar al “evangelio” (por cierto, ¡como si ellos lo representaran!).

El colmo del cinismo lo encontramos en las declaraciones del portavoz de la CEE, el jesuita Martínez Camino, quien, al ser preguntado sobre el voto al PP o al PSOE, dijo: «¿El voto por el mal menor? Pues sí. O el voto por el bien mayor, que es la otra cara de la misma moneda. Del voto moral depende la democracia». Mal menor y bien mayor no son caras de la misma moneda, sino conceptos en cierta medida antagónicos: el bien mayor representa excelencia; la opción por el mal menor, tolerancia hacia ciertos males con el objeto de evitar otros peores. Pero es evidente que para el portavoz episcopal hay un partido que representa el “bien mayor”

El gobierno de Zapatero, que durante cuatro años ha mantenido y concedido incontables privilegios a los voraces obispos, está demostrando una vez más una gran torpeza. El ministro de Exteriores Moratinos manifiesta: «No entendemos esta postura, y sobre todo reitero que lo digo como católico.» Y añade ingenuamente: «Creía que la división entre Estado e Iglesia era una asignatura ya superada y no entiendo cómo se vuelve a utilizar la política en materia religiosa» (El País, 2.2.08). El ministro de Defensa, José Antonio Alonso, se mostró «más que sorprendido, alucinado» por el «bofetón político en periodo electoral» y consideró «insólita» la posición de la jerarquía eclesiástica (Periodista Digital, 5.2.08). A través del embajador español en el Vaticano, el gobierno ha expresado al estado papal su «sentimiento de perplejidad y sorpresa» por la nota electoral de la CEE. Es decir, comunican su estupor por el trato episcopal… ¡al responsable último de este trato! (ver La Santa Sede defiende que los obispos entren en la campaña electoral). Si el gobierno ni siquiera es capaz de entender la estrategia vaticana, ¿cómo vamos a esperar una reacción adecuada?

Como señala el magistrado Martín Pallín en un acertado artículo, los obispos romanistas «conservan intacta su condición de parte contratante de un Tratado Internacional y al mismo tiempo se disfrazan de su condición de españoles para disparar contra los programas de determinados partidos políticos» (El País, 6.2.08). La posición de privilegio de esta entidad político-religiosa sólo puede tratarse con justicia de un modo: denunciando los injustos acuerdos de 1979, algo a lo que Zapatero no se ha atrevido en cuatro años; para colmo, sometido a un creciente acoso en los últimos meses, ha prometido que no los revisarán en caso de ganar las elecciones. Tras la última puñalada, Manuel Chaves, presidente federal del PSOE, declaró que «por el momento» el gobierno no debe denunciar los acuerdos, pero que la «actitud» de los obispos «condicionará en el futuro las relaciones» (El País, 1.2.08). Declaraciones que muestran una vez más la debilidad del gobierno, y alientan nuevos ataques episcopales.

Más torpe todavía resulta el secretario de organización del PSOE, José Blanco, quien advirtió que quizá es el momento de que los obispos «avancen hacia la autofinanciación», añadiendo: «Nada será igual después de las elecciones» y «en la próxima legislatura habrá que hablar y avanzar hacia un nuevo modelo» (El País, 5.2.08). ¡Como si los ataques del papa y de sus obispos fueran una novedad! El momento de cambiar el modelo fue cuando negociaron la rendición financiera ante los jerarcas; ahora ya es demasiado tarde, y las amenazas del PSOE resultan inverosímiles y patéticas, con lo cual fortalecen la postura de la ICR y acrecientan su victimismo. Se diría que al partido en el poder le interesa más utilizar el asunto como arma electoral, para atraer a la izquierda radical y anticlerical, que afrontarlo y resolverlo como es debido.

El victimismo de la ICR se viene manifestando de la forma más descarada. Como muestra, las declaraciones del obispo de Sigüenza y miembro de la comisión permanente de la Conferencia Episcopal, José Sánchez: «Yo le recomendaría al señor Zapatero que no usara a los obispos para agitar a las masas», afirma uno de los máximos agitadores. El coautor de la nota electoralista a favor del PP añade: «¿No será una estrategia electoral? ¿No será que necesitan un 'pin pan pun'?». Este representante de los insultos y descalificaciones que durante cuatro años ha recibido Zapatero, afirma: «Lo de ayer ha sido un auténtico vapuleo contra los obispos. Nos hemos visto insultados». El heredero histórico de los inventores de esa prenda de siniestro recuerdo que se colgaba a los reos de herejía condenados por la Inquisición, acusa al presidente del Gobierno de «colgar el 'Sambenito' a un colectivo, y poner el 'Sambenito' a un colectivo ha traído consecuencias nefastas en nuestro país». Uno de los que se ha dado prisa en publicar una nota electoral difamatoria contra el gobierno, pide ahora serenidad: «¿No será mejor esperar a que termine la campaña electoral para sentarnos en una mesa como interlocutores civilizados?» (El País, 2.2.08). El mundo al revés, como venimos viendo en los últimos cuatro años.

Un ejemplo más de que a la ICR no le interesan tanto los principios (que con tanta firmeza dice defender) como el poder, en este caso a través del PP, es el relativo al aborto. Se trata de un asunto en el que, verbalmente, la ICR suele poner un énfasis decisivo. En el punto 6 de la nota obispal, citando al papa, se advierte contra «el peligro de opciones políticas y legislativas que contradicen valores fundamentales y principios antropológicos y éticos arraigados en la naturaleza del ser humano, en particular con respecto a la defensa de la vida humana en todas sus etapas, desde la concepción hasta la muerte natural».

En relación con ello, cabe recordar que el PSOE no ha ampliado la ley del aborto en estos últimos cuatro años y que ha anunciado que tampoco piensa hacerlo si gana las próximas elecciones. Por su parte, el PP ha declarado que mantendrá la ley tal cual está. Frente a ellos, hay partidos como Familia y Vida o Alternativa Española (ambos, católicos romanos declarados) que defienden la total prohibición de las prácticas de interrupción del embarazo. ¿Los respalda la ICR? Todo lo contrario: su radio oficial, la Cadena Cope, veta sistemáticamente las intervenciones de esos grupos políticos en su programación (pese a las amargas quejas, p. ej., del segundo partido citado).


Conclusión

En realidad el comunicado obispal no aporta nada nuevo. Pide el voto al PP, en coherencia con la línea seguida por la ICR en estos cuatro años. Muchos progres pánfilos seguirán creyendo que es porque en la CEE ha triunfado el “ala dura” (por cierto, a pesar de que Blázquez tampoco ha dimitido esta vez...; ver Cope: La prueba de Blázquez). Se empeñan en ignorar u olvidar quién dirige la ICR, una organización político-religiosa estrictamente jerarquizada.

El hecho es que, una vez más, cierto jefe de estado extranjero se muestra empeñado en que se produzca un cambio de gobierno en España. Y no nos referimos ni a Bush, ni a Sarkozy, ni a Merkel (todos ellos, amigos del Vaticano), quienes también están por la labor, sino al que es a la vez el líder del catolicismo romano en todo el mundo, y que no ignora el dulce momento que vive su opción de poder planetario en los albores de la Era Neorreligiosa.

Pues resulta necio olvidar que en la época de la globalización (unipolar, pero bicéfala) la coyuntura internacional es decisiva para lo que ocurra en España (un país que, además, es contemplado como laboratorio vaticano de cara a ulteriores conquistas mundiales).

Con estos mimbres, quizá no lleguemos nunca a ver a Mariano Rajoy bajo palio (tal vez porque tiene menos carisma que el “Caudillo”). Pero, desde luego, el carácter aconfesional del estado español quedará cada vez más en entredicho.

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