“Tierra Santa”
© G. S. V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (27 de marzo de 2002)

La contribución de la mediación vaticana para resolver el asedio a la basílica de Belén ha puesto en evidencia que en el conflicto palestino-israelí, además de los factores puramente políticos, intervienen otros de carácter sociorreligioso, estrechamente imbricados con aquéllos.

Como ha demostrado la intervención del Vaticano en la crisis suscitada a raíz del asedio por tropas israelíes de la basílica de Belén ocupada por milicianos palestinos, el principal interés de este estado en Oriente Próximo se centra en los “lugares santos”. Por otro lado el papado, que en sus estrategias territoriales siempre ha valorado mucho la presencia de importantes núcleos de población católica, está preocupado por el éxodo de cristianos de las ciudades palestinas como consecuencia de la guerra.

La intervención del Vaticano en el conflicto palestino-israelí, de momento limitada, puede llegar a ser decisiva como «potencia moral» (así la denominó el arzobispo Tauran, secretario para las Relaciones con los Estados; ver el boletín de la agencia vaticana Zenit, 9.8.2000). Ya desde la época del gobierno de Clinton, Estados Unidos estableció numerosos contactos con el Vaticano en la búsqueda de una solución. Hace dos años George Shultz, entonces consejero de política exterior del candidato presidencial George W. Bush y anteriormente secretario de Estado con Ronald Reagan, apoyó la propuesta de Juan Pablo II para conseguir un estatuto internacional para Jerusalén (Zenit, 28.7.00).

Quizá el Vaticano sea el único estado del mundo que ha sabido mantener relaciones fluidas con los dos bandos. Los contactos con la Autoridad Nacional Palestina vienen siendo frecuentes, y las relaciones entre Wojtyla y Arafat excelentes (ver El Vaticano ante la guerra de Afganistán). El papa suele asociar el derecho de los palestinos a organizarse como estado con la necesidad de pacificar “Tierra Santa”. Arafat, por su parte, ha hecho varios llamados pidiendo la intervención del prestigioso liderazgo del obispo de Roma.

Paralelamente, las relaciones con Israel han progresado de manera sorprendente. Ya en 1993 Israel y el Vaticano firmaban un Acuerdo Fundamental. Durante el gobierno de Barak, su ministro de Justicia Yossi Beilin reconocía los enormes avances diplomáticos y desentrañaba las dimensiones ecuménicas de los mismos: «Ciertamente, el acuerdo es un acuerdo político entre dos Estados, pero nadie puede ignorar las implicaciones positivas que el acuerdo ha tenido para todas las Iglesias cristianas en el mundo. Es algo irreversible; hemos cambiado el estilo de una relación que duraba miles de años» (Zenit, 8.12.2000).

El rabino Michael Melchior, actual viceministro de Asuntos Exteriores de Israel, y líder del partido religioso Meimad, en su encuentro con Juan Pablo II para pedirle el apoyo del Vaticano en la pacificación de Oriente Próximo, declaró: «Necesitamos el apoyo del Vaticano. [...] Es necesario lanzar un proceso de legitimación de la paz. Creemos que el mundo católico, y el papa como jefe del mundo católico, nos pueden dar un fuerte apoyo» (Zenit, 13.3.02).

Desde hace tiempo el papado se está ofreciendo como mediador en el conflicto. Ante la intensificación de los enfrentamientos entre israelíes y palestinos en los últimos meses, desde organismos vaticanos se ha clamado por «la necesidad de una instancia de mediación para resolver el conflicto», y se ha lanzado la pregunta: «¿Dónde están las Naciones Unidas, Estados Unidos y Europa?s» (Zenit, 6.3.02). Jean-Louis Tauran, secretario vaticano para las Relaciones con los Estados apeló a «la fuerza de la autoridad moral de Juan Pablo II» al ofrecer la ayuda vaticana en la crisis de Belén (Zenit,† 11.4.02).

En los últimos meses la Iglesia Católica Romana ha activado numerosas iniciativas de carácter simbólico para fomentar la paz en Oriente Próximo: marchas, llamados a la oración, declaraciones... Alguna de ellas (por ejemplo, las declaraciones de Michel Sabbah, patriarca latino –católico romano– en Jerusalén) han despertado las iras de los sectores más sionistas, tanto judíos como “cristianos”.

Junto a los actos simbólicos, también ha habido importantes movimientos politico-diplomáticos. Los avances de la jerarquía eclesiástica en este sentido son todavía modestos. Se concretan en el éxito de la colaboración entre la CIA, el Shin Bet (Servicio General de Seguridad de Israel) y el Vaticano en la crisis de Belén, tras intensísimos contactos diplomáticos al más alto nivel orquestados por el papado, que alcanzan tanto a los embajadores de Israel y Estados Unidos en el Vaticano como a representantes de la Liga Árabe (Zenit, 7.4.02), sin olvidar la carta de Wojtyla a Bush instando a la intervención de Estados Unidos en la resolución global del conflicto (Zenit, 9.4.02).

Tras este primer éxito político (que también ha soliviantado a los sectores pro-israelíes por “premiar” a los milicianos palestinos con un “exilio dorado”), la decisión vaticana de mediar en Oriente Próximo es firme. Todavía en plena crisis, el presidente del Pontificio Consejo para Justicia y Paz, el cardenal Van Thuan, reafirmando la «neutralidad de la Santa Sede entre israelíes y palestinos» (Zenit, 10.4.02), declaró: «En Tierra Santa los cristianos pueden ser un puente entre musulmanes y judíos porque comparten con los musulmanes la lengua y la cultura, mientras con los judíos comparten la tradición bíblica. En la Iglesia ha sido superado todo prejuicio hacia Israel y, por eso, es erróneo acercarse sólo a uno de los contendientes» (La Razón, 10.4.02; negrita añadida).

Pero hay otros factores de índole religioso-política que deben tenerse en cuenta: la decidida apuesta oficial de Estados Unidos por Israel no proviene sólo del lobby judío, sino también de la mayor parte de las iglesias protestantes (en realidad, y paradójicamente, gran parte de este lobby está constituido por “cristianos”; ver Marty Jezer, “Playing the Anti-Semitism Card”, AlterNet, 29.4.02). Muchos evangélicos sienten una especie de simpatía “bíblica” (de raíces calvinistas) hacia el antiguo pueblo de Dios. Además, están muy difundidas las concepciones escatológicas dispensacionalistas en las que el estado (y el propio territorio) de Israel desempeñarían, supuestamente, un importante papel en acontecimientos cercanos al fin del mundo (como la batalla de Armagedón predicha en Apocalipsis 16). Es significativa la inclinación de Bush, Ashcroft y otros dirigentes importantes de la nación hacia muchas de las posturas de la “derecha cristiana”, y no menos importante la enorme cercanía humana entre el presidente y el papa.


Sacralización

Jerusalén está considerada la “quintaesencia” del conflicto, por la presencia en ella de “lugares santos” de las tres religiones monoteístas. El diálogo ecuménico ha avanzado de manera increíble en los últimos años; no tanto entre musulmanes y judíos, lógicamente, pero sí entre el catolicismo y cada una de las otras religiones. El Vaticano, nuevamente, se yergue como vértice de confluencia. En el encuentro interreligioso de Asís promovido por Wojtyla, el rabino francés Samuel-Henry Sirat hizo una afirmación cargada de simbolismo escatológico: «Cuando haya paz en Jerusalén, habrá paz en todo el mundo» (Zenit, 25.1.02).

Pero el clima de diálogo que se pretende construir está contaminado por enfrentamientos interreligiosos. Donde hoy se levantan las mezquitas de al-Aqsa y el Santuario de la Roca, se alzaba en la antigŁedad el templo de los judíos, cuya reconstrucción es una de las obligaciones establecidas en el Talmud. La disputa secular sobre este Monte del Templo, al que los musulmanes se niegan a dar acceso a los judíos, aflora incluso en encuentros ecuménicos como el organizado en Egipto por el arzobispo anglicano de Canterbury, en el que se firmó la Primera Declaración de Alejandría de los Líderes Religiosos de Tierra Santa (Zenit, 25.1.02).

Para muchas confesiones cristianas, especialmente para la católica romana, tradicionalmente son objeto de veneración y peregrinación los lugares donde vivió, murió y resucitó Jesús. Pero también hay roces, como la disputa en torno a la construcción de una mezquita ante la Basílica de la Anunciación, en Nazaret. La Iglesia Católica denunció constantemente que era una iniciativa de integristas musulmanes cuya intención era provocar a los cristianos; el 4 de marzo de 2002 el gobierno israelí prohibió las obras. Las principales autoridades religiosas islámicas de la región y del mundo parecían haberse pronunciado en contra del proyecto, con lo que una vez más se cumple la tendencia marcada en el mundo musulmán desde el 11-S: supresión del islamismo radical y potenciación del islam “moderado”, de perfil cada vez más ecuménico.

Los líderes de las grandes religiones se afanan hoy por tender puentes de diálogo. Junto al nivel intelectual, filosófico, discurre un proceso paralelo, de carácter popular. Ambos se retroalimentan; de alguna forma el primero instrumentaliza al segundo, canalizando las tendencias populares hacia los intereses deseados. Ambos comparten un núcleo simbólico común, en el que espacios, personas, consignas adquieren un valor sagrado. En este punto, en Jerusalén confluyen corrientes sacralizadoras de las tres religiones monoteístas. En un momento de máxima agresión a la vida humana, un comunicado del Vaticano afirmaba que el respeto de los Santos Lugares es una «prioridad absoluta» (Zenit, 8.4.02). El papado despunta, al igual que en tantos procesos sociorreligiosos, como el principal motor de estas corrientes, en clara oposición al principio desacralizador del evangelio. Dijo Jesús a la mujer samaritana: «Llega la hora en que ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. [...] Los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad» (Juan 4: 21, 23).

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