Tabaco, higiene, delación y libertad
© Guillermo Sánchez
www.laexcepcion.com (9 de enero de 2011)

Reflexiones sobre la nueva Ley Antitabaco y respuestas a sus detractores.

Principios de los años noventa. En el salón de actos de un colegio mayor universitario está a punto de comenzar una conferencia. Uno de los asistentes enciende un cigarrillo y empieza a echar humo detrás de mí. Me vuelvo:

–Hombre, por favor, ¿no has visto que hay carteles que prohíben fumar aquí?

–Sí –me responde–, pero yo me pongo a fumar, y si alguien me dice que le molesta, lo apago.

Así (y peor) era España hace veinte años.

Finales de los años noventa. En la consulta de un hospital público, el otorrinolaringólogo nos recibe con un cigarrillo encendido. Así era España hace diez años.

Afortunadamente, y aunque de forma muy lenta e insuficiente, las cosas han ido cambiando. Durante décadas, por no decir siglos, los no fumadores hemos sufrido el humo del tabaco en todas partes, incluidos los centros educativos, los hospitales y centros de salud, los comercios... No hace tanto que se permitía fumar en los transportes públicos, hasta en los urbanos. Luego se prohibió en éstos, pero en los autocares interurbanos se delimitaron dos zonas: una de fumadores (atrás) y otra de no fumadores (adelante). Sobra decir que los que sacábamos billete de “no fumador” teníamos que tragarnos los humos de los de atrás. Y cuando no quedaban tales billetes, viajábamos durante horas envueltos en la intensa peste tabáquica del fondo del vehículo. Por entonces en los espacios permitidos nadie preguntaba si molestaba al fumar. El capricho de una sola persona podía fastidiar a decenas, sin que éstas pudieran hacer nada.

En mi clase de la universidad una alumna padecía asma, y un día pidió tímidamente que los demás compañeros no fumaran (sí, en clase; ya estaba prohibido, por supuesto, pero ¿quién lo respetaba?). Apagaron sus cigarros aquel día, pero al siguiente todos estaban (estábamos) fumando otra vez. Algunos pedimos al profesor que interviniera, pero dijo que ese asunto disciplinario correspondía al decano y que no pensaba implicarse en él. Los suelos de las aulas, de material sintético, estaban llenos de colillas, que permanecían allí hasta el día siguiente, y de las marcas negruzcas correspondientes, que quedaban para siempre.


¿”Sociedad nazi-policial de delatores”?

Un minusválido va a cruzar con su silla de ruedas un paso de peatones, donde se topa con un coche aparcado que le fuerza a dar un rodeo de 100 metros. Aunque ya ha sorteado el obstáculo, llama a la policía para que retiren el vehículo. ¿Calificaríamos esa conducta de “delación”, o es simplemente un acto de necesidad y justicia?

Un paseante observa cómo un perro defeca en medio de la vía, mientras su dueño espera pacientemente, y tras la deposición se aleja del lugar del crimen. El paseante avisa a un policía local y le ayuda a identificar al distribuidor de heces. ¿Se trata de un chivato, o de un ciudadano responsable?

Una familia viaja en un tren, charlando de forma entretenida. En el asiento de enfrente un joven pone en funcionamiento un aparato de música, proporcionando a los viajeros un concierto heavy gratuito. Le piden que lo apague, pero como se niega, la familia avisa al revisor. ¿Sociedad policial o acto cívico?

Un día sales de tu casa y compruebas que alguien te ha decorado la fachada con un vistoso graffiti. La noche siguiente haces vela en la ventana, con tal fortuna que los artistas urbanos se acercan a pintar la fachada del edificio de enfrente. Llamas a la policía. ¿Eres un delator, o alguien que cuida por lo suyo y por lo de los demás?

El 2 de enero de 2011, un trabajador español va a tomar su desayuno al bar de enfrente de su oficina, algo que muy ocasionalmente había hecho hasta entonces, pues prefería comer en el despacho a exponerse a la nube tóxica habitual. El caballero a su lado enciende un puro y se lo fuma. El trabajador insta al barman a que se lo impida, pero éste encoje sus hombros y sigue sirviendo. El oficinista denuncia a ambos. De acuerdo con algunas opiniones vertidas en la prensa estos días, es un pérfido delator, azuzado por la odiosa Ley Antitabaco, un producto “talibanesco”, según el presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, y además “nazi y estalinista”, según el periodista Alfonso Ussía (La Razón, 7.1.11), quien, por cierto, se olvida de añadir “franquista” (¿quizá por simpatía hacia el régimen en cuestión?). Ussía muestra también su apoyo al propietario rebelde del Asador Guadalmina de Marbella, convertido en héroe nacional por los medios (pseudo)liberales y de derechas (por cierto, ¿no eran ellos los guardianes de las libertades y de las buenas costumbres, respectivamente?).

«No se puede asestar un golpe tan brutal y certero a millones de españoles», escribe Ussía. Incluso con las restricciones de leyes anteriores, muchos millones más hemos estado recibiendo, nosotros sí, golpes brutales. Nuestro derecho a la salud y a la higiene estaba permanentemente amenazado, por el simple hecho de que a otros les apetecía fumarse un cigarrillo, o no podían aguantar el síndrome de abstinencia. La mamá de un bebé de dos meses me comentaba que está encantada de poder darle teta en cualquier cafetería a partir de ahora; hasta hace unos días lo hacía a la intemperie, en pleno invierno; ¿no era eso un ”golpe brutal y certero”, señor Ussía?


Higiene y tolerancia

Recuerdo un cartel, hace quince años, en un ambulatorio: “Prohibido escupir en el suelo”. Un día entendí por qué estaba ahí: esperando a la consulta del médico, una anciana sentada enfrente aspiró sus mocos, entreabrió las piernas y lanzó un viscoso gargajo al suelo. Así ha sido España durante mucho tiempo. Aunque el acto de la viejita siempre se consideraría inapropiado, hasta hace unas décadas era común ver escupideras en espacios privados y públicos. Tengamos en cuenta que, objetivamente, sacar una flema puede ser para quien lo hace una necesidad mayor que fumarse un cigarro (la clave está en que usando un pañuelo discretamente sobra la escupidera); y desde el punto de vista sanitario, higiénico y estadístico, el esputo, aunque implica riesgos de contagio, es menos dañino para el prójimo que el humo tabáquico. Si tienes la mala suerte de pisar uno, te lo llevas sólo en la suela del zapato; pero con el humo cargas en los pulmones y en cada prenda, sí o sí. Cuántas veces los sufrientes no fumadores hemos tenido que volver a poner en la lavadora la ropa recién lavada por haberla expuesto brevemente a la tóxica impregnación ambiental. Si escupir o sacarse un moco en público es una guarrada, fumar junto a no fumadores también lo es (ver vídeo, humorístico y muy breve, como todos los enlazados en este artículo). Si las costumbres han cambiado en aquello, también pueden cambiar en esto.

Algunos piden “tolerancia”. Pero la tolerancia es una concesión ante un defecto ajeno; por encima de ella está el respeto a los derechos. Ante ciertas lacras sociales se pide, con justicia, tolerancia cero, es decir, intolerancia, pues tolerarlas implica la conculcación de derechos de terceros, generalmente mucho más sagrados que el placer que obtiene el trasgresor. El vecino que celebra una fiesta en el piso de arriba a las tres de la madrugada te puede pedir tolerancia, y hasta se lo puedes aguantar un día por simpatía, pero no serás un “intolerante” si no se la concedes.

Por supuesto, la nueva ley ocasionará que unos pocos no fumadores maleducados se pongan excesivamente quisquillosos frente a algunos fumadores (quienes, a fin de cuentas, son víctimas de la adicción a una droga). Y bien que se están encargando algunos medios de comunicación de airear esos casos anecdóticos. Pero, aun admitiendo que la mayoría de los fumadores sean respetuosos (no dejemos de elogiar, cuando corresponda, sus gestos de respeto y atención a los demás), por cada no fumador impertinente hay mil casos de fumadores insolentes, carentes de la más mínima empatía. Los fumadores irrespetuosos, aun si fueran minoría, suman una gran cantidad de contaminadores de las narices, prendas y espacios ajenos, máxime cuando el fumar es un tipo de molestia en la que uno solo puede fastidiar a muchos. De ahí la necesidad de la nueva ley.


Libertad

Mucho de los que critican al gobierno tienen razón en algunos puntos. Por ejemplo, hay que exigir a las autoridades que sean coherentes, pues resulta éticamente insostenible que el gobierno se lucre con los impuestos de una droga legal, droga contra la que a la vez se considera que hay que luchar por lo dañina que resulta para la salud y para la economía nacional. (Aunque a la vez el hecho de que existan tales impuestos, y de que se suban periódicamente, seguramente disuade a más de un fumador, al menos haciéndole fumar menos). Es decir, que el asunto no está cerrado. Pero mientras se espera a que el gobierno sea coherente y ético, es necesario proteger a la población de la invasión de malos humos que tanto tiempo lleva soportando. Independientemente de las intenciones de las autoridades, la gran bondad de esta ley reside no en que sea necesaria para los fumadores (algunos de los cuales, tras siglos de campar a sus anchas sin respetar a los demás, se ven ahora ¡como víctimas!), sino imprescindible para proteger a la inmensa mayoría de la población (especialmente la más desprotegida), que tiene el derecho fundamental a la higiene, la salud y la normalidad ambiental. La cuestión es tan evidente que resulta inconcebible que algunos se empeñen en distorsionarla tanto, y que invoquen la libertad para poder seguir fumando en sitios inapropiados, cuando en realidad se trata simplemente de la imposición de sus hábitos nocivos, la contaminación inmisericorde del prójimo y, a fin de cuentas, la falta más básica de civismo y de educación (vídeo).

La cuestión tabáquica no sólo está relacionada con el respeto al prójimo y con la salud de uno mismo y del entorno. A quien fuma y no quiere abandonar el hábito, y a quien quizá en el futuro pueda empezar a fumar, le planteo un supuesto: si fumar no fuera malo para la salud; es más, si fumar fuera incluso nutritivo, ¿merecería la pena hacerlo? Sopesemos por un lado los beneficios de fumar (placer, socialización…), y por otro los perjuicios. Entre éstos hay muchos que considero que pesan más que los pros: la higiene de habitaciones, objetos y ropa (incluyendo los cuellos de las camisas amarillentos de la nicotina; compruébelo los grandes fumadores en verano), el aliento y el color de los dientes (varios vídeos), la economía personal y familiar, las relaciones sociales, las posibilidades de encontrar pareja (vídeo)… Pero, sobre todo, la libertad: no estar atado a una necesidad innecesaria, a un pequeño tubo que dicta los ritmos de mi vida, que se me impone como obligatorio cuando menos me lo espero, que me exige que lo absorba, cuando realmente es él quien me absorbe, como magistralmente ilustra Quino en la tira de Mafalda adjunta.

Muchos fumadores se refieren a los (raros) casos de familiares o conocidos que, siendo fumadores empedernidos, vivieron muchos años y con una salud aceptable. Les pregunto: ¿Eran libres? ¿No lo habían sido más (y más ricos, y más limpios…) sin fumar? Fumar acarrea tantos perjuicios que, incluso si no fuera nocivo para la salud, sería un hábito que no merecería la pena. Cada cual es libre de hacer lo que quiera con su salud y con sus adicciones, pero creo que merece la pena mandar a la porra a ese tiránico cilindro.

Para escribir al autor: guillermosanchez@laexcepcion.com
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