Son mis hermanos
© G. S. V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (7 de abril de 2002)

Cuando paseo por la antigua judería de la ciudad andaluza donde, de momento, se han detenido mis andanzas, contemplo la estrella de David en los modillones de las portadas medievales. Paso la mano por ella, palpo su relieve, y pienso en los que habitaban esas moradas y adoraban en esas sinagogas, los que ya no están entre nosotros.

Evoco aquella mañana de marzo de hace quinientos diez años, cuando ellos, y miles de sus hermanos, escucharon de los pregoneros el edicto que los expulsaba definitivamente de su tierra. Pienso en el niño que, como hicieron sus antepasados, le preguntó a su padre: «¿Por qué nos tenemos que ir? ¿Adónde vamos?» Y me imagino la voz temblorosa del padre: «Hasem proveerá, hijo.»

Una pregunta y una respuesta que se han seguido haciendo hasta hoy. Me gustaría saber cómo habría sido la historia de mi país si nunca se hubieran tenido que pronunciar. Cómo sería esa judería por donde paseo y donde encuentro hoy a algunas familias de gitanos, los otros proscritos de nuestra historia, que viven en casas en cuyas portadas se grabó el signo de purificación étnica: "IHS", "MA"; "Jesús", "María". Dos nombres hebreos que se tornan blasfemos cuando pretenden limpiar el estigma de los deicidas que habitaron aquellas viviendas.

Aquel niño nunca comprendió las oscuras y debatidas razones de estado que le empujaron a una tierra desconocida. Pero muchos han celebrado –y lo siguen haciendo– aquella medida y la unidad nacional que trajo. No sé cómo habría sido mi país con la presencia de los judíos los últimos cinco siglos. Quiero intuir que un poco mejor; pero quizá también con un destino más trágico, como en Europa. Pero en realidad no me importa. Sólo me importa aquel niño que no entendió.

Algunos han vuelto hoy. He tenido la oportunidad de visitar a un pequeño grupo en una sinagoga de Madrid. Celebré con ellos, de corazón, la entrada del Shabat; escuché la predicación, en la que un rabino joven y cultivado habló del amor, y también mencionó –casi pidiendo perdón a sus hermanos– a un tal Yeshúa. Me ofrecieron de su comida y charlé con ellos, menos tiempo del que habría deseado. ¡Qué triste saber que el acceso a la otra sinagoga está muy restringido a extraños por medidas de seguridad!

Diez años antes también había comido en una sinagoga, en Londres. En mi sexto día en una ciudad extraña, balbuceando un inglés de secundaria, encontré aquellas puertas abiertas en un Shabat. Presencié una ceremonia similar a aquellas en las que estoy acostumbrado a participar. Algo pude entender del inglés; nada del hebreo, desgraciadamente, excepto los términos sagrados que nuestras biblias nos han transmitido. También me acordé de las acusaciones de formalismo que Yeshúa hizo a sus antepasados... y que me sigue haciendo a mí hoy cuando leo sus palabras. Felicité al rabino que se iba a casar unos días después. ¡Me invitaba a asistir a la ceremonia!

También evoco el día en que hace casi cuatrocientos años una niña preguntó a su madre adónde iban. Todavía son más los que se alegran de aquel día. Igualmente me pregunto qué habría sido de esta tierra sin aquel día. Hay muchas explicaciones, muchas razones de estado y de civilización que me hacen temblar. Para muchos, soy un irresponsable histórico: no me importa qué habría sido de mi país. Quizá soy quien soy, como soy, gracias a aquel día. Pero, no puedo evitarlo, sólo me importa aquella niña. Quizá se llamaba Fátima, y se dijo de ella que, al crecer, sería cómplice del apoyo a la quinta columna, como se ha dicho de la Fátima de hoy (si de mayor fuera guardia civil, llevaría velo y "sería capaz de quitarse [el tricornio] para facilitar la entrada de musulmanes por las costas españolas", escribió uno que afirma ser cristiano). Quizá su padre era polígamo, y practicaba muchas otras costumbres que ya entonces me amenazaban a mí, en el futuro. Pero sólo pienso en ella. No lo puedo evitar.

Pienso en la niña que ha nacido en una colonia judía en Cisjordania, el día en que ve volar a su padre tras una fuerte explosión. Se podría llamar Débora, como la heroína de Israel. De mayor irá a servir al ejército, le guste o no. Todo el que vive allí sabe que la fuerza es el único argumento, y que la paz es muerte. Y nadie quiere que le maten.

¿Nadie? Quizá haya valientes que prefieran morir a matar. Quizá algunos prefieren que se deshaga su sueño milenario. ¿Habrá quienes, antes de creer formar parte de un pueblo, se crean soberanos de sí mismos? Yo mismo dudo si estoy entre ellos. Siempre he vivido seguro, cómodo, protegido. Nunca me han amenazado llamándome "judío", aunque en parte lo soy (quizá hasta soy cosas peores). No sé cómo reaccionaría si me ocurriera. Confío en que no apelaría a más fuerza que a la de Hasem, bendito sea su nombre. A veces pienso: ojalá me llamaran "judío", un término tan elogioso...

Pero dicen que hay razones de estado, que hay una lucha de civilizaciones por la que estoy abocado a tomar parte, a salvar el mundo, mi mundo. Hay patrias, fronteras, ejércitos que me protegen. Hay un avance inevitable en la historia que borrará la violencia descontrolada... mediante la violencia controlada y dosificada. Habrá orden, y se preservará mi mundo, dicen. No sé si estas explicaciones le valdrán a Débora. Seguramente sí, y de mayor irá al servicio militar con coraje y sentido de la historia.

Iconoclasta como soy, entre los pocos adornos del salón de mi casa exhibo la menorah que unos amigos me trajeron de Israel, una tierra a donde me gustaría ir. No porque la considere "Tierra Santa", sino por afán de conocimiento, en el sentido más profundo del término (en el sentido judío del término). Sé que algún día iré a Jerusalén.

Nadie me creerá: me gustaría estrechar allí la mano de quienes una vez fueron asesinos, por cualquiera de las causas por las que allí se combate. Pero esto ya es más que un sueño. Tristemente, hoy no abrazaría a ninguno de los principales responsables de tanta matanza, y dudo que alguna vez sean ya algo distinto de lo que son. Afortunadamente para mí, no seré yo quien tenga que juzgarlos. ¿O sí? No lo sé muy bien...

Gandhi decía que era musulmán cada vez que uno de sus hermanos hindúes agredía a un seguidor de Mahoma. En ese sentido, todos somos palestinos cuando lloramos la muerte de un niño en los territorios ocupados, aunque creamos que es un error que la máxima aspiración de una persona sea tener una nación propia. 'Judío' es una palabra que, para mí, ha perdido casi toda su carga sagrada, y no sólo por razones históricas; pero todos somos judíos cada vez que sufrimos con el judío oprimido, sea israelí o no; aunque no seamos ni sionistas ni antisionistas, aunque las patrias no nos importen demasiado.

Somos lo que nos toca ser. Pero sobre todo llegamos a ser personas cada vez que nos duele la muerte de una persona; dejamos de serlo, poco a poco, cuando nos alegramos de la muerte de cualquier niño o adulto, bueno o malo.

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