Los rostros de la barbarie
© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (23 de diciembre de 2001)

Aunque el 11-S propició una aceleración histórica en el proceso de extensión de la barbarie, ésta no se hallaba ausente del mundo occidental antes de tan emblemática fecha. Con este artículo inauguramos una serie mediante la cual La Excepción pretende desenmascarar los rostros de la realidad totalitaria.

«Todo está al servicio de la barbarie que se aproxima,
todo, incluso el arte y la ciencia de este tiempo»
(F. Nietzsche, Consideraciones intempestivas, III, § 4)

Lo bárbaro es lo contrario a la sociedad civilizada, entendida ésta como la que se atiene a unas normas justas y está dotada de suficientes garantías jurídico-sociales, a la vez que promueve una cultura ennoblecedora del espíritu humano. Sobre la base de la tradición judeocristiana, de la filosofía griega y el derecho romano, del Renacimiento, de la Reforma protestante y de la Ilustración (con secuelas tan importantes como la Revolución Francesa), resulta un lugar común considerar que Occidente es sinónimo de civilización.

En la práctica, la barbarie nunca ha estado ausente de la historia occidental, ni siquiera en sus etapas más florecientes. Las "zonas grises" (por utilizar la expresión de Alain Minc, relativa a las áreas al margen de la ley), la violencia, la explotación y la arbitrariedad encuentran en esa historia muchos de sus más destacados ejemplos. Occidente no escapa a la caracterización que merece el devenir de la humanidad en su conjunto: la historia humana es, en pocas palabras, la historia de la injusticia y la atrocidad. Barbarie es su misma sustancia.

Con todo, parece de rigor admitir que Occidente (por seguir empleando una expresión que oculta una realidad pluriforme) es el ámbito del planeta que ha conocido las mayores cotas de civilización. Algo que no debería enorgullecernos demasiado, pues lo que básicamente refleja es la triste condición histórica del resto del mundo, y no un panorama lo bastante halagüeño de nuestra propia cultura. Ha sido en Occidente, en cualquier caso, donde se han alcanzado los mayores progresos, siquiera sobre el papel (y generalmente, mojado). Ahora bien, esto último tampoco es desdeñable: las leyes, normas en las que se ha plasmado ese progreso de papel, han provisto a los ciudadanos occidentales de una valiosa referencia social que, de uno u otro modo, ha podido ser invocada frente al atropello. Así es como se ha logrado, al menos, frenar la total consunción de la comunidad bajo el rodillo de la barbarie. Y gracias a ello las occidentales devinieron las sociedades más "abiertas" (como Popper las llamó) sobre la faz de la tierra.


El impacto del 11 de septiembre

Pero, según parece, ha llegado la hora del cerrojazo también para Occidente: de la mano del poder unipolar en el ámbito de un mundo globalizado, la barbarie echa nuevas raíces incluso en los marcos políticos más abiertos (ver Una fecha y sus secuelas).

La lógica del terror, usado como arma pero también como pretexto, da como resultado la aceleración histórica en el advenimiento general de una barbarie que, en realidad, llevaba tiempo gestándose. Ya la caída de la mayoría de los regímenes comunistas totalitarios, aunque comprensiblemente aplaudida como una reducción de la barbarie, abrió la puerta a un mundo "definitivamente" posmoderno (desideologizado y radicalmente desencantado), y dio paso a la progresiva hegemonía irrestricta de un solo país sobre todo el planeta. El 11-S proveyó la excusa perfecta –el terror– para acelerar el proceso y llevarlo a su cenit.

En este contexto, la obsesión por la seguridad prevalece sobre el amor a la libertad. Ambos valores, seguridad y libertad, son sin duda necesarios. Frente al progre clamor que durante años se dedicó a contraponerlos, no cabe hablar de libertad real (al menos, libertad de acción) sin unos mínimos de seguridad. Pero el problema en nuestro tiempo es que la seguridad que se busca defender no es, pese a lo que arguye la propaganda oficial, la del conjunto de la sociedad (mucho menos, la de todos y cada uno de los individuos), sino la seguridad del poder económico y político. Es la estabilidad de los mercados y la garantía de la hegemonía geopolítica lo que realmente se esconde bajo esa obsesión por la seguridad. Y todo lo que las ponga en entredicho quedará bajo sospecha. Sospecha, por cierto, no de cualquier cargo, sino de uno tan grave como el de terrorismo o complicidad con él.

Es así como, para el ciudadano independiente, lo que hay es una creciente inseguridad. Tampoco éste es un fenómeno enteramente surgido del 11-S. Con anterioridad a esa fecha, ya venían siendo mal vistos los discrepantes con las líneas oficiales o partidocráticas de las democracias formales occidentales. Oponerse al sistema era sinónimo de exponerse, cuando menos, al público oprobio promovido desde los medios de comunicación afines al mismo, es decir, casi la totalidad de los realmente influyentes. La tendencia al pensamiento único no empieza a raíz del 11-S. Y la oligopolización de las economías capitalistas occidentales ya era un hecho desde hace años, con sus inevitables consecuencias de indefensión del ciudadano frente a los abusos de la banca y las grandes empresas.

Pero tras el 11-S se ha encontrado el pretexto para apuntalar el poder económico y político, y para hacerlo, si es preciso, a costa de las libertades individuales. Blandiendo la peregrina excusa de que el terrorismo islamista era capaz de amenazar la civilización occidental (defendida incluso, por sonrojante que parezca, por intelectuales venidos a menos como Gabriel Albiac), Occidente ha iniciado una vertiginosa carrera de restricción de los derechos ciudadanos. Ha sido esta excusa peregrina, y no aquel infame terrorismo, la que ha aproximado la barbarie a las áreas de la tierra donde tradicionalmente estaba peor vista.


Barbarie brutal y barbarie sutil

La salvaje y archicriminal actuación del terrorismo islamista contra Nueva York y Washington desató la reacción norteamericana en forma de fiera venganza. Y, como suele ocurrir en toda humana vendetta, los resultados no se limitaron a la venganza misma, sino que innumerables víctimas inocentes perdieron sus vidas, hogares y pobres haciendas.

Se iniciaba así un periodo nuevo, en el que la propaganda a favor de la "guerra justa" sustituye al énfasis en el "juicio justo". A falta de un serio derecho internacional (en este sentido, el mundo entero es una inmensa "zona gris"; o en términos más clásicos, una "selva"), la superpotencia humillada maneja a su antojo la ONU y promueve la militarización del mundo: los tribunales militares nos retrotraen a los juicios sumarísimos de las peores dictaduras del siglo XX, al tiempo que la dinámica belicista anuncia la sujeción de todos los países supuestamente díscolos a la bota estadounidense, y de paso (en parte por el temor que inspira su prepotencia), la de los demás estados.

Pero, junto a este rostro brutal de la barbarie, hay otro más sutil y enmascarado, aunque no menos culpable. No me refiero al siniestro cinismo con que muchos líderes de opinión (políticos, periodistas, pseudointelectuales...) han apoyado la creciente brutalidad. Más grave aún me parece, por su extensión (aunque no por su intención), la pasividad con que el mundo entero ha aceptado aquella barbarie evidente. Todavía, y aun a sabiendas de las razones económicas de fondo, no puede dejar de asombrarnos la manera prácticamente incondicional en que el resto del mundo (incluidos los países "fuertes", entre los que cabe recordar a antiguos rivales como Rusia y China, pero también a la Unión Europea en su conjunto) ha concedido plenos poderes a los Estados Unidos de América. Tan plenos que pronto lo realmente grave no será que el fin justifique los medios: es que ni siquiera necesitará justificarlos.

Hay, con todo, algo aún más lamentable y que, en parte, explica ese apoyo acrítico de los gobiernos del mundo: hablo de la casi absoluta dejación de sus deberes cívicos que los individuos y los pueblos han demostrado en la presente coyuntura histórica. Abandono que repercutirá en la restricción de sus derechos, como siempre ocurre cuando se pierde el sentido de la propia dignidad.

La gravedad de esta actitud de inhibición, rayana en la indiferencia, quizá no conozca en los tiempos modernos un antecedente más claro que la forma en que la población alemana consintió el ascenso del nazismo en los años 30. El totalitarismo presente resulta, en cierto modo, aún más ominoso que el dominio hitleriano, habida cuenta de que, por ser mundial su campo de acción, dejará menos resquicios a eventuales contrapoderes, lo que facilitará su consolidación en el tiempo.

Una de las facies de esta barbarie sutil que venimos comentando, no por escandalosa ha merecido la menor reflexión pública entre los analistas de los medios principales. Tiene que ver con la aprobación tácita de la pena de muerte por parte de muchos declarados contrarios a la misma. Entre los numerosos valedores públicos y anónimos de la campaña "Libertad duradera" en los países occidentales, incluidos amplios sectores de la población, hay sin duda muchos detractores de la pena capital que se han venido oponiendo, y seguirían haciéndolo, a su implantación en países como España. Pero su apoyo a las represalias norteamericanas con el argumento de la "legítima defensa" deja al descubierto su radical incoherencia: es evidente que en el marco de la citada campaña muchos han muerto y seguirán muriendo como castigo por su condición (supuesta) de terroristas; pero, ¿no es eso otra versión de la pena de muerte? ¿Dónde están ahora, por ejemplo, las voces de muchos de los que, en las manifestaciones de las "manos blancas" contra ETA, acallaban los gritos extremistas que pedían la ejecución de los etarras?


La barbarie viene de atrás

Conviene insistir en que la historia –esta historia– no nació el 11-S. La barbarie tiene otros rostros específicos que eran perfectamente reconocibles con anterioridad a esa fecha. Su profundo arraigo entre nosotros ayuda a explicar la penosa reacción, o falta de la misma, por parte de los occidentales a la presente aceleración histórica del totalitarismo.

En sucesivos artículos, La Excepción analizará cada uno de los rostros de la barbarie por separado. En lo que resta de estas líneas me limitaré a presentarlos sin ánimo exhaustivo y a caracterizarlos mínimamente. Todo ello, con la mayor brevedad posible.

En la conformación de ciudadanos acríticos frente al sistema varios elementos han desempeñado un papel decisivo. La televisión ha sido, seguramente, la punta de lanza a tal efecto. Como medio de manipulación de masas, sin duda no conoce parangón, y sus "cualidades" como vehículo de entretenimiento y pasivización de la gente han alcanzado grados de eficacia que al mismo George Orwell hubieran maravillado.

La violencia que, en dosis abrumadoras, expele este medio ha proporcionado una vía pseudocatárquica y, en la práctica, potenciadora de la propia agresividad del espectador. Acostumbrado al guión en que el violento "bueno" (agente de policía, sheriff...) acaba atrapando al violento "malo", el teleadicto ha encontrado de lo más natural la historia de un país (Estados Unidos, curiosamente el productor de la mayor parte del cine televisivo) que envía a sus "comandos especiales" a combatir y capturar a la encarnación del mal (por ejemplo, Osama Bin Laden). Desensibilizado por miles de escenas violentas que, desde el televisor, han pasado ante sus ojos, el ciudadano medio del mundo occidental no ha puesto excesivos reparos a una campaña bélica que, además, no le mostraba los muertos. E, incluso, en no pocos casos (como delata el frecuente tono cantarín de los locutores) ha gozado con el relato de la misma. Es así como las tramas de la actual coyuntura histórica se parecen más que nunca a los argumentos de una película norteamericana. Los muertos, sin embargo, son de carne y hueso.

El proceso de manipulación y adocenamiento de las masas se ha valido de otras instancias. La degradación de la educación académica es una de las más destacables. Ésta, que debería ser fuente de formación integral (fundada sobre el pensamiento crítico) y de orientación constructiva para niños y adolescentes, lleva décadas convertida en triste cantera de seres vacíos que, por lo común, a lo más que llegan es a formarse como profesionales especialistas en áreas muy concretas, con una crasa ignorancia e incapacidad para pensar sobre los temas fundamentales de la vida.

Repetidamente se atribuye esta penosa realidad a la progresiva marginación de las asignaturas humanísticas en los planes de estudios. Se confunde así la consecuencia con la causa del problema, pues, ¿cómo puede nadie creer, seriamente, que es posible preservar el prestigio de unas materias, como la filosofía, la historia, la ética o las lenguas clásicas, cuando sus campos de atención privilegiada han sido previamente sometidos a un implacable y sistemático cuestionamiento "científico" por la versión progre de la Modernidad? Si se marginan y relativizan los valores morales y humanos, condenándolos al plano de la mera subjetividad, negándoles otro estatuto que el de la doxa o mera opinión (frente al exigente rigor de la ciencia), ¿cabe esperar que las disciplinas humanísticas mantengan ellas mismas su valor en una sociedad regida por el utilitarismo?

Pero no pretendo hacer aquí un canto elegíaco a las llamadas "Humanidades". Sin desdeñar lo que pueda tener de benéfico su estudio, es preciso denunciar, esperando que sirva de precedente, la manera acrítica, por indiscriminada, en que se asume y fomenta el mismo. La versión progre de la Ilustración ha banalizado hasta la bajeza una máxima ilustrada, más o menos implícita y ya de por sí arbitraria. Según ella, "la cultura redime". En virtud de lo cual, nuestra sociedad no se contenta con depositar en el mismo saco redentor a Homero y a la Biblia, sino que, yendo más allá, mezcla bajo el epígrafe "cultura liberadora" a Johann Sebastian Bach con Apártate que piso mierda, y a Almodóvar con Ingmar Bergman, tarea a la que contribuyen alegremente los departamentos culturales de los más variados estamentos públicos.

En particular, se enfatiza la relevancia formativa que supone leer... lo que sea. Tanto dan El Quijote o Crimen y castigo como el cómic más chabacano o la última bazofia de Ray Loriga, pues "está demostrado" que lo importante es iniciarse en la lectura. Y así no es de extrañar el entusiasmo que ha despertado en numerosos adultos bienintencionados comprobar cómo sus niños han dejado las videoconsolas para enfrascarse en los libros de Harry Potter. Ignorando que puede haber culturas, y lecturas, que lejos de redimir más bien pueden alienar. Hay mucha barbarie implicada en todo esto.


Otros rostros

Existen muchos otros rostros de la barbarie que iremos desgranando en artículos sucesivos. Mencionemos aquí, no obstante, que la manipulación ejercida por el poder se vale muy significativamente de otras formas de entretenimiento, como el fútbol, cuyo espectacular montaje es capaz de enajenar hasta una condición animal incluso a personas ilustradas (ver Pan y fútbol); o las loterías, mediante las cuales los estados lanzan a sus pueblos una apetitosa carnaza de la que siempre los primeros se quedan con la mejor tajada, mientras embrutecen a los segundos estimulando su adoración al dios Mamón.

El electoralismo, síntoma de la extrema avidez de poder de los políticos, hace uso de la más burda propaganda para, entonteciendo a los electores, arrancarles el voto a cambio de vaporosas promesas. De este modo, como ya denunciara Platón hace miles de años, la democracia deviene demagogia; la oratoria, mera sofistería; y la gestión pública, corrupción.

Por esas vías, y por muchas otras (como la continua apelación al sexualismo) se adormecen las instancias críticas de la gente y se la prepara para aceptar, sin la menor protesta, e incluso con la mayor de las complacencias, las sucesivas líneas de barbarie que se van imponiendo: son algunas de ellas la globalización ético-política, con la que en el fondo están de acuerdo hasta los más recalcitrantes "antiglobalistas" (ver Antiglobalistas por la globalización); la neorreligiosidad (que va camino de proveer la neoideología que tan imperiosamente el sistema necesita, de la mano del engañoso ecumenismo); y el competitivismo extremo, que lejos de favorecer la "competencia perfecta" (término que en la teoría económica designa el equilibrio y la eficiencia en los mercados), estimula la formación de arrogantes oligopolios y convierte el mundo entero en un campo de batalla comercial... y literal.

Es tan fuerte la presión de la barbarie, en sus formas brutales y sutiles, que se logra instalar en el ciudadano una fatal resignación, entendida como la actitud de quien se siente forzado a aceptar lo que tiene remedio. Pues se le hace creer que, pese a todo, vive en el mejor de los mundos posibles (la trampa del posibilismo), o cuando menos en uno de los menos malos. Mediante la continua reiteración propagandística de los hitos configuradores del actual statu quo (como, en España, la casi constante invocación a la "ejemplar transición democrática"... de hace ya varias décadas), se recuerda a la gente la supuesta grandeza de su forma de vida, por más que sus evidencias cotidianas le informen de una realidad bien distinta. El enfoque colectivo y sus vanos consuelos, hábilmente manipulados, consiguen disimular en buen grado las numerosas grietas del sistema, y de paso ahogar la insatisfacción del individuo frente a ellas.

Con el mismo fin, y a pesar de los más atroces signos de los tiempos (machaconamente exhibidos por los medios de comunicación), se pretende conservar el optimismo humanista (ver ¿Fin del optimismo humanista?) como vía segura hacia un mundo mejor. Pasando por encima del macabro presente, se deposita la confianza en el futuro en tanto que futuro, de acuerdo con esquemas historiográficos de corte evolucionista. Es la consagración del pasivo ojalá frente a la humana acción transformadora. Se venden, así, quimeras peligrosas que, en el fondo, nacen de posiciones profundamente reaccionarias, en cuanto relativizadoras del mal presente y reacias a admitir el nulo potencial regenerador de los archiensayados caminos habituales.


Conclusión

La anterior exposición quizá en algún lector haya motivado una saludable protesta: "Pero bueno, ¿acaso todo es culpa de los poderes orquestados, que conspiran al unísono para eliminar todo vestigio de espíritu crítico en los habitantes de la tierra?" Evidentemente no. La tremenda responsabilidad de cada individuo (sobre todo, en el Occidente opulento) frente a lo que acontece no debe infravalorarse. Si la televisión lo manipula, es porque acepta dócilmente que el televisor es un electrodoméstico imprescindible en el hogar. Si la violencia y el sexualismo campean en el mundo del entertainment (y en el de la pura realidad), es porque se abandona mórbidamente a sus más bajas pasiones, como le aconsejan las pérfidas sugestiones del facilismo. Si lo alienan y embrutecen la (pseudo)cultura y las distracciones de masas, se debe a que prefiere la cómoda vía de la inmersión en el rebaño a la disidencia que conlleva el riesgo de la impopularidad. Si, en suma, la barbarie acabará con todo resto de su dignidad personal, es porque él mismo ha facilitado su advenimiento, tras desoír una y otra vez el clamor de su conciencia.

Pero nada de eso, por supuesto, exime de su responsabilidad al poder constituido. No todo es conspiración sistémica, pero sin duda la hay. Y si no es aún más eficaz por sí sola, es porque entre los poderosos no hay una perfecta confluencia de intereses; la lucha por el poder entre aquéllos mitiga su eficacia totalitaria..., pero esto se compensa gracias a los regalos suplementarios de las masas acríticas.

Una crítica del poder será objeto de futuros textos en La Excepción. Pero del poder en un sentido amplio, entendido como poder del hombre sobre el hombre. Algo no muy alejado de la nietzscheana voluntad de poder, aunque aquí procuraremos tratarlo en su auténtica perspectiva (crítica y no reaccionaria): la del afán de poder presente en todo corazón humano, por lejos que se encuentre de los "aparatos de poder" (oficiales o fácticos), y que mientras pervive tiende a pervertir toda solución política y/o social que se aplique en nuestro planeta. La del afán de poder como suprema manifestación del misterio de la maldad.

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