Recalificando conciencias
© Juan Ramón Junqueras, director de ONGente.
www.laexcepcion.com (14 de noviembre de 2006)

Me gustaría contarles que estoy contento, que la alegría me invade, que soy feliz como una lombriz, y todas esas zarandajas. Me encantaría comenzar estas líneas, que me hacen la bondad de leer (aún no sé cómo tienen ustedes tanta paciencia conmigo), diciéndoles que se ha hecho justicia. Que el revolcón electoral sufrido por George W. Bush, el dueño del cortijo orbital, mejorará las cosas y nos llevará a todos (porque a todos nos gobierna) en dirección a tiempos mejores.

Querría creer que los estadounidenses de Norteamérica han dado un escarmiento al aprendiz de brujo (a quien hasta una escoba se le sube a las barbas por querer pasarse de listo), y lo han castigado por sumergir al mundo entero en una guerra indigna (¿hay alguna digna?), injusta (¿hay alguna justa?) e ilegal (no sé qué guerras me dan más miedo, las legales o las ilegales)

He leído, visto y oído en multitud de medios de comunicación exclamaciones de júbilo, alegrías incontenidas (¿incontinentes?) y caras de satisfacción al colegir, de los resultados electorales norteamericanos, un gesto de desprecio del pueblo a la política imperialista e invasiva de su actual presidente.

Pero permítanme que les diga que yo no me lo creo. Los que me conocen saben que soy optimista por naturaleza, lindando casi con el papanatismo. Pero en este caso, mal que me pese, no me lo trago. Porque antes de éstas hubo, en el año 2004, otras elecciones, presidenciales en esa ocasión. Para entonces, el sherif del Lejano Oeste ya había entrado en Irak como elefante en una cacharrería. Y ganó a John Kerry, el candidato demócrata, por goleada. El pueblo norteamericano tuvo, en ese mismo momento, la oportunidad de castigar a Bush por su afán asesino, por sus mentiras y por su sed de sangre. Y no lo hizo. Lo que me hace pensar que, esta vez, lo que los estadounidenses han despreciado es el goteo constante de bolsas con cuerpos de marines dentro, y no la guerra en sí misma. La pregunta que queda en el aire es qué hubiera ocurrido con las elecciones si Bush hubiera aplastado ya a la insurrección iraquí, sin tantas pérdidas de efectivos propios. Para saber lo que creo yo, no tienen más que leer un poquito más arriba.

Ahora que se habla tanto de pelotazos urbanísticos y de recalificación de terrenos, les propongo una reflexión sobre un pecado, a mi entender, mucho más degradante: la recalificación de las conciencias. Estamos asistiendo, con una tibieza casi repugnante, a la muerte de la moral, a la defenestración de una mínima ética humanitaria. Para los poderosos, el fin siempre ha justificado los medios, aunque fueran brutales, desmedidos e indignos. Pero la novedad del siglo XXI va a ser, si no somos capaces de remediarlo, que la sociedad civil se contagie de esta filosofía abyecta, y dé su beneplácito a actuaciones gubernamentales tendentes, tan sólo, al aplastamiento del diferente y a la prevalencia del pensamiento único, con tal de que lo nuestro, o los nuestros, no corran peligro. Esto, amigos míos, es muy peligroso para nuestra alma, o para los retazos de la misma que aún nos queden.

Hablando de imperios, si puedo elegir entre Séneca y Nerón, me quedo con el primero. La razón antes que el salvajismo. La palabra antes que los muertos. La justicia antes que la sangre y la carne quemadas.

Me da mucho miedo el emperador Bush y su locura preventiva. Como su colega romano, y sin aprender la lección de dos mil años de violencia, considera un simple daño colateral quemar ciudades  Y más terror siento cuando a su ecuación, en la que seguridad es igual a la muerte del otro, añade el nombre de Dios, justificante supremo, en su argumentación iluminada y visionaria, de esta cauterización de las conciencias a la que asistimos. Meter a Dios en todo esto es, además de terrible, una blasfemia contra todo lo divino y contra todo lo humano.

Hace unos años cometí un tremendo error. Analizábamos, en un programa de radio, las consecuencias de la primera elección como presidente de George W. Bush. Juanjo Morales, mi mentor en estos pastos del periodismo, estaba muy preocupado. Yo, sin embargo, sostenía que, al menos, ya no tendría la oportunidad de firmar más sentencias de muerte como gobernador de Tejas. No me daba cuenta, por aquel entonces, que aunque ya no tiene esa prerrogativa, tiene otras peores. Sepan ustedes cuánta vergüenza siento por mis necedades pasadas. No sé cuándo aprenderé a mantener la boca cerrada. Perdona, maestro Morales. Una vez más, en lo que respecta a la prudencia, no he logrado seguir tu consejo.

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