PSOE: En vías de extinción
© Juan Fernando Sánchez Peñas [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (28 de septiembre de 2003)

A los casi 125 años de su fundación, el partido político convertido en lo opuesto de lo que un día fue se encamina aceleradamente hacia su probable final. [Dedicado a todos aquellos españoles que se sienten genuinamente socialistas, sean o no votantes de ese partido.]

«La voz de Pablo Iglesias tenía para mí el timbre inconfundible de la verdad humana»
(Antonio Machado)

El anuncio central de este artículo no responde a un deseo particular. Actualmente su autor no desea la disolución del PSOE (Partido Socialista Obrero Español), entre otras cosas porque ya llega tarde y en razón de ello resultará bastante inútil para regenerar la política española.

Distinto habría sido que hubiera tenido lugar a principios de la década de los noventa del siglo ya expirado, cuando la corrupción galopante de esta formación política era ya de dominio público, y los crímenes de estado relacionados con sus gobiernos ya se hallaban expuestos a la consideración general. Pero entonces, lejos de brotar del propio seno del PSOE la imperiosa necesidad de una autodisolución, su militancia y, en particular, sus dirigentes optaron por un “prietas las filas” del que no se desmarcó ni un solo líder afiliado a la organización. Antes bien, aquellos fueron años en los que el partido de la corrupción se vio, incluso, reforzado por nuevas y notorias adhesiones o incorporaciones al mismo.

Tampoco el mencionado anuncio deriva de una aversión especial (y de ninguna aversión personal hacia los dirigentes del PSOE, y mucho menos hacia los miembros del mismo que todavía se mantienen en él porque conservan una adhesión sentimental hacia sus siglas). Tengo la convicción de que este partido ya ha hecho prácticamente todo el daño que podía hacer a este país, y ésa es justamente una de las razones por las que afirmo que su ciclo vital se encuentra agotado. Además, aquí no se trata de inducir, siquiera desde la modestia de este medio, el voto de nadie, y mucho menos en favor del partido actualmente en el poder. Así pues, mis queridos simplistas bipolares (ver Los hinchas políticos y el nuevo fascismo), absténganse de extraer conclusiones precipitadas.


Desideologización, corrupción e impunidad

El Partido Socialista Obrero Español nació el 2 de mayo de 1879, fundado clandestinamente en una taberna de la calle Tetúan de Madrid, donde se reunieron 25 personas encabezadas por Pablo Iglesias.

Se trataba de una formación claramente marxista (conocida es, por cierto, la correspondencia de Iglesias con Federico Engels), que aspiraba a la toma del poder por la clase trabajadora, a la reforma agraria radical y al fin de los privilegios sociales y económicos de las oligarquías. Aunque con altibajos en su vehemencia, mantuvo un carácter revolucionario desde su origen hasta la Guerra Civil.

De aquel PSOE sólo quedan las siglas. Con la oscura irrupción de “Isidoro” (Felipe González) y compañía en el Congreso de Suresnes (durante el exilio en Francia bajo el franquismo, en octubre de 1974), desplazando a la vieja guardia, la desideologización pronto adquirió un ritmo galopante. Si ya durante el franquismo el partido había estado, con honrosas excepciones, clamorosamente ausente (al celebrarse el centenario, no pocos maliciosos agregaron al lema “Cien años de honradez” la coletilla “y cuarenta de vacaciones”), ahora se iniciaba el camino hacia una completa metamorfosis que haría de él, simplemente, otra cosa: pronto, ya en la transición democrática, se abandonaría el marxismo; y finalmente, cualquier parecido del PSOE con el socialismo sólo podría deberse a una simple ilusión óptica.

Se confirmaba así que donde no hay idealismo acaba por no haber ideología. Eso sí, a cambio de ella, el PSOE de Felipe González y Alfonso Guerra ofrecía carisma en abundancia. (En cuanto al bueno de Ramón Rubial, viejo metalúrgico que luchó contra el franquismo, su papel como presidente honorario servía para legitimar [es decir, disimular] la deriva corrupta de la organización).

El mismo partido (¿el mismo?) que en 1934, en coherencia con su índole subversiva, abanderaba la revolución de Asturias, hoy representa los intereses del grupo mediático más poderoso del país, el imperio PRISA. Las mismas siglas que promoviesen el izquierdista Frente Popular de 1936 sirven hoy como principal referente del escándalo de transfuguismo y grosera especulación inmobiliaria en la Comunidad de Madrid, que obliga a repetir las elecciones autonómicas. Con tal escándalo, por cierto, ha quedado patente que en la Federación Socialista Madrileña los empresarios proliferan como setas. El arraigo de tal profesión, de lo más respetable en principio, resulta con todo chocante en un partido que se llama “socialista obrero”, pero adquiere connotaciones ya más que sospechosas desde que se ha hecho público que muchos militantes la ejercen en su faceta especuladora, en unos momentos en que toda España, y en especial Madrid, vive la polémica de unos precios de la vivienda completamente inflados e inasequibles para muchas jóvenes parejas (justo las mismas a las que la demagogia del PSOE suele reclamar el voto con particular empeño). Añádase el dato de que entre esos militantes-empresarios hay no pocos concejales y diputados autónomos…, y el show de la corrupción está servido. El hecho de que otras formaciones políticas (PP, incluso IU) no parezcan ajenas al festín, en nada mitiga las vergüenzas del PSOE, que es a fin de cuentas de quien hablamos, ni justifica sus desvergüenzas.

Pero el inicuo historial de este partido ya tiene sus años. La impunidad que gozaron sus mentiras e incumplimientos de las promesas electorales, sistemáticamente premiados por la mayor parte de los votantes en los ochenta y principios de los noventa, sembraron el terreno para una corrupción creciente, que no es el caso detallar aquí. Contra lo que suele afirmarse, esa corrupción moral no se limitó al latrocinio financiero, al control político de los medios de comunicación y a los crímenes de estado. La degradación general de la conducta, típica de la mentalidad progre (ver Progres: El ocaso de una pose) encarnada por el PSOE, se disparó desde los años ochenta en forma de un descarado auge de las drogas, el sida, el ruido, la juerga, la permisividad, el “botellón” (o, antes, la “litrona”) y el hipersexualismo. La sociedad en su conjunto, y muy particularmente la juventud, quedaba impregnada de la corrupción general fruto de la cultura psoez.

«Separemos a los jóvenes de las plazas de toros, de los templos, de las tabernas, de la juerga, de los abusos alcohólicos. Que todo el ardor, todo el bello atrevimiento de los jóvenes de quince a veinte años, se oriente por el camino de las ideas revolucionarias. Organicemos para la lucha la mocedad socialista.» La cita, por supuesto, no es de los González y Guerra, ni siquiera de los Zapatero y Caldera, sino de Tomás Meabe, el joven bilbaíno que fundó en 1903 las Juventudes Socialistas. De su añejo programa para la mocedad, es obvio que el PSOE actual sólo ha cumplido el punto referente a “los templos”. Y que en lugar de orientarla “por el camino de las ideas revolucionarias”, ha contribuido a fraguar una juventud hedonista, consumista y adocenada, huérfana de ideales y referentes éticos, despojada de cualquier otra ilusión que no sea la de servir, de un modo u otro, a los mecanismos de reproducción del sistema.

La más somera indagación en las biografías de hombres como Meabe, Julián Zugazagoitia, o incluso Julián Besteiro no puede sino conmover a quien la efectúe, aunque sea desde la distancia ideológica, como es el caso del autor de estas líneas. Hombres ante cuya honestidad todos los actuales dirigentes y destacados militantes del PSOE simplemente deberían, en un insólito arrebato de lo mismo, batirse en retirada. Por desgracia, se lo impedirá su mediocridad, la cual comparten con toda la “clase política” española actual (ver Políticos mediocres), y la misma que llevará al PSOE, salvo improbable milagro, a su extinción.

Pues al final, el castigo que no recibió el partido a manos de un sistema que le regaló la impunidad, se lo dará su propia actitud suicida. A ésta se llega después de que, durante años, la corrupción alimentada en su seno (apenas) haya encontrado el más mínimo obstáculo. Como fruto de ello, el PSOE ha devenido poco más (digámoslo en honor de los militantes honestos que aún puedan quedar) que una simple plataforma de arribistas y aprovechados, en la que se ha hecho cotidiano el tráfico de influencias, cuando no el navajeo y la traición entre compañeros. Lo de Tamayo y Sáez es sólo su exponente más público, pero las corruptelas locales también han llegado, por ejemplo, a Marbella; en el terreno estrictamente político, Maragall y Elorza, por un lado, guerrean con las tesis de Bono, Ibarra y Chaves, por otro, mientras el pobre Zapatero, sin fuste ni muste, intenta poner orden…; y en el simple marco de las luchas intestinas, con trasfondo político o económico (PSE-EE, FSM, etc.), las puñaladas traperas dejan cadáveres a su paso (el último sacrificio predeterminado responde al nombre de Rafael Simancas, que pasará al ostracismo el 27 de octubre, al día siguiente de su estrepitosa derrota electoral).

Medularmente corrupto, el PSOE es hoy un partido sin otro norte que las ansias de sus líderes y liderillos: ansias de poder, ansias de dinero, ansias de figurar (dicho sea con las lógicas y honrosas excepciones de quienes se juegan la vida ante el terrorismo etarra, pero sin caer en la excusa demagógica que las instrumenta). Su dirección carece, paradójicamente, de dirección, salvo una inercia hacia la nada más absoluta. Sin idealismo y sin ideología, el PSOE actual ya ni siquiera tiene el carisma (la seductora cara dura) de los dirigentes de Suresnes. Por eso está llamado a desaparecer, y cuando se piensa en su negro destino ya casi empieza a inspirar más pena que aversión.


¿Alternativas?

En su momento, ya sin el gobierno de la nación (o sea, desde 1996), el PSOE intentó poner freno a su declive mediante el recurso a los paños calientes. Incapaz de enfrentar de verdad su metástasis interna, que hubiera exigido la extirpación de tantos próceres y quizá también de tantos cómplices, jugó a seguir engañando al electorado. Pero en la oposición, y aunque no carente de poderosa influencia, semejante proceder ya no resultaba tan fácil ni rentable, sobre todo ahora que el gobierno del PP podía empezar a presumir de una buena gestión (logro nada difícil, pues cualquier comparación con el pasado inmediato le resultaba ventajosa). Y así, los sucesivos lavados de cara fueron fracasando: las “primarias” internas, al igual que las elecciones generales, no servían más que para quemar dirigentes (Borrell, Almunia) sin verdadera pasta de líderes.

El 35º Congreso Federal del partido habría de encontrar la solución, pero el tiempo ha demostrado que allí sólo se trató de hacer un nuevo lavado de cara, que es a lo que ha quedado reducido (¡en el mejor de los casos!) el célebre “cambio tranquilo” de José Luis Rodríguez Zapatero. Porque, en realidad, de cambio nada, salvo en lo que ha supuesto de total pérdida de liderazgo por parte de la secretaría general del partido, mientras las viejas glorias se mantenían en él más o menos agazapadas…, sin duda inquietas, aunque cada vez en menor grado, por su posible horizonte penal.

Lo curioso es que Zapatero aún no ha perdido unas elecciones. Es más, las únicas de alcance nacional a las que se ha presentado su partido desde que lo “dirige” (las municipales y autonómicas del 25 de mayo) le han reportado un triunfo global en términos de votos. Pero un triunfo que, paradójicamente, es correcto interpretar como una derrota política, dada la escasa ventaja obtenida en comparación con las felices expectativas que tras el hundimiento del Prestige y la guerra de Irak muchos habían concebido. La amarga victoria del 25-M, rubricada en Madrid por el bochornoso escándalo destapado a raíz de la traición de Tamayo y Sáez, ha supuesto a la postre la confirmación de que el PSOE tiene un futuro cuando menos alarmante y un candidato a presidente no más fiable que Joaquín Almunia, humillado por José María Aznar en la cita electoral del año 2000.

En esta situación, queda por ver cómo se profundiza el resquebrajamiento de la figura de Zapatero a raíz de las nuevas elecciones para la Comunidad de Madrid, y si la posterior cita electoral de noviembre en Cataluña le puede proporcionar algún respiro (que sería, de producirse, harto engañoso, habida cuenta de cuáles son las veleidades políticas de Maragall). De todos modos, y en condiciones normales, parece sensato pensar que las elecciones generales del próximo marzo de 2004 se ciernen sobre Zapatero como una sombra amenazante: el endeble candidato del PSOE nada tendría que hacer frente a un hipotético Aznar, y no parece que vaya a lograr mucho más ante Mariano Rajoy, el candidato real del PP. Esto es algo que no se ignora en la sede nacional de la calle Ferraz…

¿Qué puede hacer el partido frente a esta deriva aparentemente inexorable? ¿Esperar y ver? ¿Confiar en el historial de buena estrella de su aún joven dirigente? (No se olvide que su victoria en el último congreso del partido llegó de manera imprevista y por un estrecho, pero suficiente, margen inferior al 1% de ventaja sobre José Bono). ¿Aguardar a que algún golpe de suerte “rectifique” la actual tendencia?

¿O, tal vez, preparar desde ahora mismo el líder que lo sustituya? En principio, parece que pensar en una catástrofe como la defenestración de Zapatero antes de las elecciones de marzo de 2004 resultaría excesivo. Parece de rigor ético y obligada cortesía, incluso en un partido que no se distingue por tan elevadas virtudes morales, permitir a su líder probar suerte en esa contienda electoral. Pero, en vista del formidable batacazo que casi todos prevén, tampoco se antoja muy desafortunado ir buscándole sucesor.

El problema, de cara a esta tarea, es que el PSOE es un partido que, por su misma condición agónica, no atrae a líderes con verdadero peso y auténtica proyección. Con todo, es de suponer que habrá pensado en varias opciones:

  1. José Bono, derrotado por el propio Zapatero en el último congreso, ha visto acrecentada su figura en paralelo con la mengua de éste. Sin embargo, sus desavenencias con destacados líderes de la vieja guardia –evidenciada en aquella asamblea partidaria–, su excesivo populismo de claro sabor demagógico, y su imagen españolista –de efectos ambiguos pero en todo caso poco fiables– no contribuyen a hacer de él un candidato sólido. Junto a ello, el PP tendría fácil explotar el dato histórico de que fue derrotado “hasta por Zapatero” (en el citado último congreso). Seguramente el tiempo de Bono ya pasó.

  2. Alberto Ruiz Gallardón, comprometido de momento con sus tareas como alcalde de Madrid… en el PP –tareas que a buen seguro no deben de satisfacerle–, es pese a ello una de las posibles bazas para un (futuro) partido con imagen no derechista. La incógnita es saber hasta qué punto estaría dispuesto a meterse en un embolado como el del PSOE (y éste, a contar con él, aunque la desesperación obliga…). Parece más razonable, y menos contra natura, ver en Gallardón el líder de un partido nuevo, de centro izquierda no socialista, tal vez el sucesor del PSOE…

  3. Antonio Gutiérrez, el ex líder del sindicato Comisiones Obreras (al que llevó en su día muy cerca de la órbita del PSOE), cuenta seguramente con no menos carisma que los anteriores, a la vez que con un pasado más limpio, al no haberse involucrado nunca en la política propiamente dicha. Cuesta creer que un hombre de su relativa juventud se haya retirado para siempre de la escena pública; pero también, que esté dispuesto a intentar salvar una nave que tan claramente naufraga. Es, con todo, quizá la alternativa más plausible desde el punto de vista de los intereses del PSOE, y sin duda resulta más natural que la de Ruiz Gallardón.

Otras opciones no se avistan en un partido que lleva años encumbrando a auténticas mediocridades en cargos dirigentes, y ya resulta sintomático que haya que recurrir a dos personajes ajenos al partido (uno de ellos, miembro del partido rival…) para buscarle una solución de futuro.

Pero es que ni siquiera tales alternativas garantizan que, a medio, o incluso a corto plazo, el PSOE perviva como tal. Está demasiado quemado, y sus propias siglas tienen poco que ver con su presente identidad: la de un partido meramente electoralista y, en el fondo, escasamente crítico con el sistema globalista unipolar que domina el planeta (a pesar de cierto discurso radicalillo de los últimos meses, nada creíble en un partido que, con dirigentes de más fuste, ejecutó durante más de trece años de mandato políticas muy similares a las del gobierno actual).


Conclusiones

Hoy por hoy, el PP no tiene rival político (algo muy triste, tratándose de un partido que, entre otras vilezas, ha embarcado a España en una odiosa guerra fundada en las más ruines mentiras). Incluso se diría que la sola existencia del PSOE favorece su perpetuación en el poder. Sólo un partido realmente nuevo podría aspirar a hacerle frente (otra cosa es que su aparición sirviese para regenerar un sistema que ya parece irregenerable). La impunidad disfrutada por el PSOE ha sido, finalmente, un aliado del PP, que ha encontrado en ella un continuo filón para aludir explícita o implícitamente al pasado de un gobierno ultracorrupto. (En su día, Aznar habló de “pasar página”…, ¿un hábil ardid, quizá, para volver a ella siempre que lo estimase oportuno?).

El problema es que ni los propios líderes del PSOE creen ya en su partido. No tienen proyecto común, ni ideales, ni carisma. Al final, están sucumbiendo a ese total abandono ideológico que ellos mismos, y sus predecesores de los que nunca han renegado, impulsaron. Forman parte de una entidad política sin otra ilusión que la de retornar al poder; y, para colmo, esa ilusión les parece en el presente una quimera. Viven, por lo demás, sobre el fondo de un choque interparadigmático en el que el suyo, el paradigma progre, pierde la partida a manos de una cosmovisión presuntamente opuesta (ver La Brigada Antiprogre) y nada reacia a revisar la historia española de los últimos setenta años.

Y entretanto, siguen tratando de medrar en un partido desmoralizado y agónico, donde la convivencia no es precisamente la propia de conmilitones entusiastas y mutuamente solidarios; antes bien, se caracteriza por la lucha y el recelo, así como por el crudo conocimiento de las miserias propias y las del “compañero”... Aun los más cínicos, en tales condiciones, no pueden sino acabar sintiendo náuseas.

Mientras, al pueblo se le sigue ofreciendo el rutinario dilema “PSOE(-IU) versus PP”: se le sigue invitando, así, a ser cómplice de la abyección. Allá cada cual con su conciencia.

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Para escribir al autor: juanfernandosanchez@laexcepcion.com y laexcepcion@laexcepcion.com

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