Progres: El ocaso de una pose
© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (28 de marzo de 2002)

Aunque pocos parecen advertirlo, es sintomático el declive de un espíritu que había devenido intratable rodillo sociocultural. La pregunta es: ¿Cabe alegrarse de este declive?

«Todo está al servicio de la barbarie que se aproxima,
todo, incluso el arte y la ciencia de este tiempo»

(F. Nietzsche, Consideraciones intempestivas, III, § 4)

Es un hecho de lo más significativo que el término ‘progre’ ha vuelto a ser crecientemente usado en los últimos tiempos. Lo paradójico, sin embargo, es que el motivo no reside en el auge de su referente sino en sus horas bajas. Aun cuando muchos –sobre todo, entre los mismos progres– no parecen enterarse, asistimos al crepúsculo de una pose que dominaba desde hacía décadas el "pensamiento" de nuestro país. Es tiempo, en efecto, de diagnosticar que ese espíritu tan falso (en lo que tenía de pseudoprogresista) como arrogante (en tanto que dogmático) se halla herido de muerte.

Y son aquellos con más ganas de enterrarlo quienes, sobre todo desde el 11-S, han vuelto a poner de moda la otrora famosa palabrita. Y quienes, con tal propósito y a partir de esa fecha, han cohesionado sus posturas con una disciplina rayana en lo militar y un fervor explícitamente militarista. Pero de ellos nos ocupamos en otra parte (ver La Brigada Antiprogre). Aquí haremos, a continuación, un mínimo análisis filosófico del fenómeno progre, con vistas a contextualizar su predominio y actual declinar.


El paradigma progre o modernista desde el punto de vista filosófico

La civilización que trajo la Modernidad se encuentra hoy en su lecho de muerte; tanto es así que entre nosotros es común referirse a nuestro tiempo como la Posmodernidad, apelativo que certifica ya la defunción de aquélla. Y el cual designa un momento histórico que ha dejado de creer sinceramente en las metas del progreso, al igual que en los "grandes relatos" (ideologías) que las exigían como su desenlace lógico y/o deseable.

Decimos "sinceramente", porque nuestra sociedad aún simula creer, al menos en cierta medida, en el progreso y en la Modernidad. Los "progres", aunque cadáveres, todavía dominan las esferas sociales e intelectuales más influyentes; su espíritu, que ha impregnado las más variadas corrientes políticas, ideológicas, artísticas y académicas, aún es el que prevalece. Cierto que cada vez menos, pero su mentalidad (muy abarcante, como luego veremos) aún ganará alguna batalla, como dicen que hacía el Cid después de muerto.

Con todo, se trata de una mentalidad que, hablando en términos colectivos, carece de futuro, y de una actitud que ya no cuadra con el presente. Y en unos tiempos que la contradicen, ¿cabe algo más absurdo que la prevalencia de un espíritu, como el moderno, cuya naturaleza exige precisamente marchar de acuerdo con los tiempos?

Vivimos, sí, en el ocaso de una pose: la "progre" o modernista (el modernismo es en este contexto el talante entronizado por la Modernidad, fruto inevitable de su filosofía dominante: la ilustrada en versión superficial, fuertemente crítica respecto al pasado y obsesionada por una determinada concepción dogmática del progreso). Encierra, como toda pose, una dinámica autodestructiva, que se agrava con ese afán modernista por lo nuevo, actitud que a su vez, antes o después, promueve la autocontemplación de la propia obsolescencia. Pues el modernismo, matriz lógica del actual posmodernismo, mata la novedad de tanto buscarla; y en ese proceso de cuestionarlo todo, acaba segando la hierba bajo sus propios pies. Se topa, eso sí, con un límite de tipo material tanto o más que ideológico: el capitalismo. Éste, reacio a dejarse "cortar", engulle al modernismo, lo monetariza y lo mete en su caja registradora. Lejos de quedar mareado por el vértigo modernista, es él quien atonta al modernismo, al punto que hasta las más audaces vanguardias antisistema contribuyen a la frenética acumulación de capital. La burguesía, finalmente, ganó la batalla. Los progres hace ya tiempo que se han hecho burgueses. (Aunque bien pensado, ¿alguna vez no lo fueron?).

Pero eso no detiene el proceso nihilista de la razón progre o modernista. Aun cuando ese límite –el del capitalismo– es un hecho, aquélla no deja de cuestionarlo, como hace con todo lo demás. No ha de sorprender que, llegado un momento, el modernismo tenga en el plano cultural a la nada por suelo. Ahora bien, la nada es, precisamente, el "suelo" o fundamento, o más bien el no-fundamento, del posmodernismo.

Dicho en otras palabras, la Posmodernidad se inicia cuando el modernismo ha completado su labor de siega y ha tocado fondo. Un fondo nihilista, por supuesto. Y sin embargo, no por eso la siega (la discusión, el cuestionamiento, el afán de provocar y de epatar...) ha terminado –aunque no quede nada sustancial por segar, salvo acaso la siega misma–, pues se mantiene la inercia aludida. De hecho, la Posmodernidad es la inercia de la Modernidad, lo único que ya queda de ésta. Es lógico, pues, que mientras dure esta inercia sigan dominando los mismos que prevalecían en la Modernidad. Pero ya se sabe que la fuerza de inercia es limitada, y que su resistencia se agota en cuanto una fuerza superior la contrarresta... ¿Qué será entonces de la propia Posmodernidad? ¿Ha llegado ya ese momento?

Lejos van quedando ya las lúcidas, atinadas y en parte proféticas palabras que el crítico Hal Foster pronunciara en los 80:

«El modernismo, al menos como tradición, ha "ganado", pero la suya es una victoria pírrica que no se diferencia de la derrota, pues ahora el modernismo ha sido absorbido en gran parte. El modernismo fue inicialmente un movimiento de oposición que desafió el orden cultural de la burguesía y la "falsa normatividad" (Habermas) de su historia. Hoy, empero, es la cultura oficial. Como observa Jameson, somos nosotros quienes lo mantenemos: sus producciones, otrora escandalosas, están en la universidad, en el museo, en la calle. En una palabra, el modernismo, como escribe incluso Habermas, parece "dominante pero muerto"» (Hal Foster, La Posmodernidad, Barcelona, Kairós, 1998 [4ª ed.], págs. 7-8).

Hoy, traspasado ya el umbral del tercer milenio, la muerte del modernismo se empieza a acompañar del declive inexorable de su influjo. La inercia todavía mantiene muchas de sus "aportaciones" en la cresta de la ola, pero justamente por eso el espíritu progre o modernista es hoy más pose que nunca, y más vacía, al no haber ya nada detrás. Ocurre, sin embargo, que siempre lo fue, y casi siempre de modo central. Desde que la Modernidad, en su versión más panfletaria, se propusiese cancelar el fundamento religioso de la moral, el esteticismo ha sido una tentación constante en el proyecto moderno. [No es extraño que el progre actúe habitualmente de cara a la galería, ni que le obsesione experimentar la complicidad social. Ninguna otra como la mentalidad progre ha contribuido tanto a convertir al conjunto de los individuos primero en pueblo (en sentido moderno e ideológico-reivindicativo) y luego en público (en sentido posmoderno, relativo al espectáculo, pero también sociológico-electoral: "la opinión pública"). Negando, de paso, a los propios individuos en tanto que tales, en aras de su visión colectivista (Modernidad), o más bien socialera (Posmodernidad).]

Hemos insistido en que el aludido afán desfundamentador tiende a cuestionar cuanto se le pone por delante. Como resultado, acaba relativizándolo todo. El modernismo ha sido históricamente, sin duda contra su voluntad, un poderoso aliado y agente del relativismo. A nadie debería sorprender, por ello, que la cultura progre haya erosionado tanto los valores morales, llevando a la sociedad a su casi completa degradación.

Hoy "todo vale", lo mismo en arte que en filosofía de la ciencia, en ética que en política. No hablamos, claro está, en un sentido absoluto. Las comillas advierten que estamos citando el espíritu de nuestro tiempo. Es cierto que no todo el mundo lo comparte, pero su notable extensión (de manera destacada, en medios influyentes) lo "legitima"entre nosotros.

Por eso es más preciso decir que, gracias a la cultura progre, hoy vale el "todo vale". Es decir, que se siente como una de las opciones válidas la del relativismo extremo, dado que en el actual contexto axiológico, estético y filosófico no existen razones para considerarla ilegítima. He aquí un fenómeno nuevo en la historia occidental, al menos desde Sócrates (el sabio antisofista) hasta nosotros. Su peligro radica en que, con la pérdida de una ética y de un lenguaje moral mínimamente compartidos y sólidamente fundados, la opción del "todo vale" (engendrada, justamente, por esa pérdida) se muestra capaz de introducir indefensión en todos los órdenes de nuestra civilización.

Esta es la extraña y novedosa cosmovisión aún dominante en nuestro tiempo, configuradora de una mentalidad humana donde todo parece llamado a naufragar. Y este es el paradigma (en el sentido de Thomas Kuhn, en su Estructura de las revoluciones científicas) hoy ya condenado a perder esa posición preeminente, por causa del advenimiento de la Época Neorreligiosa, sucesora de la efímera Posmodernidad. Es, en parte, justamente el desprecio modernista por la religión (con la ignorancia sobre ella que involucra) lo que impide a los progres interpretar correctamente los actuales signos de los tiempos. Signos ante los que vienen manifestando una extrema distorsión cognitiva (que les hace dar palos de ciego) o, simplemente, perplejidad.


Espíritu progre: rasgos psicológicos, sociológicos y morales

El rodillo progre ha generado toda una cultura de lo "políticamente correcto", que por una parte ha concitado adhesiones prácticas (por miedo a violar el tabú) y por otra ha despertado protestas crecientes. En los momentos actuales, en los que ese rodillo se desintegra, empieza a llamar la atención la magnitud de su inmerecido éxito en el pasado, y no viene mal recordar las dos razones sociopsicológicas que lo propiciaron:

1. "Complejo de carca". Consistente en sentir que si se transgredía cualquiera de los dogmas progres (sobre todo, de índole política o de "moral y costumbres"") se estaba violando un tabú social. Llegó a ser tal el peso de las tesis modernistas, tan generalmente admitida la inevitabilidad del "progreso", que oponerse a esa corriente fue sentido como negar, y aun entorpecer, la fatal "marcha de los tiempos". Implicaba, en suma, ser considerado un retrógado.

2. Inclinaciones naturales. Pues buena parte de los contenidos progres (sobre todo, en el área de los sentidos) no son más que un laissez-faire moral; o en otros términos: "Dale al cuerpo lo que te pida." En este sentido, la cultura modernista encontró un excelente aliado en la propia naturaleza humana. A ésta, por cierto, los progres siempre la tuvieron por moralmente buena. Pero los devastadores efectos sociales del rodillo progre, que tanto contribuyó a liberar los más elementales instintos, deberían valer como un indicio más de la maldad natural del ser humano.

Junto a ello, hay una serie de notas características de la actitud progre ante la vida, que en mayor o menor medida nos definen a casi todos. Podemos destacar las siguientes:

  • Simplismo bipolar (ver El condenado y el sistema y Una fecha y sus secuelas), particularmente en el ámbito sociopolítico. A resultas de los planteamientos basados en él, se han establecido los criterios del "bien" y del "mal" (aunque, por cierto, evitando el empleo de estos términos). Se considera "bueno" lo antiautoritario, lo progresista, lo feminista (en plan más bien radicalillo), lo tolerante (incluso con la corrupción política y excepto con los ajenos al espíritu progre), lo popular, lo natural..., conceptos todos ellos entendidos a la manera modernista. "Malo" sería todo lo que se opusiera a esa concepción.
    Pero el simplismo bipolar es una tendencia psicológica muy humana, no sólo presente entre los progres, quienes no deberían ser criticados por ella más que muchos otros.

  • Extrema permisividad moral y tendencia al relativismo en casi todos los planos de la vida. El espíritu progre se caracteriza por un rechazo visceral a toda norma tradicional sobre moralidad de costumbres. La única base de toda conducta sería la libertad (prácticamente) irrestricta, así como un vago respeto al "bien común". Los frutos de ello van desde la "movida" hasta la "ruta del bakalao", incluyendo la apología más o menos explícita de toda clase de drogas. Y pasando, claro está, por la los abyectos shows de la telebasura y por invención de toda suerte de "opciones sexuales" (entre las que tiende a excluirse, por aburrida, la del matrimonio monogámico estable).

  • Predominio de un vacuo esteticismo que, desde las artes (supuestamente vanguardistas), ha ido impregnando cada vez más parcelas de la existencia, convertida paulatinamente en una pose: la pose progre, superficial y hedonista, cuyas raíces históricas se encuentran en las versiones más triviales del modernismo, las que trajeron el hiperlúdico posmodernismo presente.

  • Desprecio de la religión, enraizado en la Ilustración, pero basado en sus panfletarios (Voltaire, Diderot y compañía) mucho más que en sus mejores filósofos (Rousseau, Kant). Desprecio sistemático que ha llevado a una casi absoluta ignorancia del hecho religioso por parte de las masas.

  • Falso progresismo, dado que en la práctica los progres adaptan por completo su visión de la realidad a su concepción previa, superficialísima, y más basada en la conveniencia que en la honesta reflexión. De hecho, es frecuente comprobar que el progre da la impresión de que le importa más defender sus puntos de vista (en la práctica, su estilo de vida) que mejorar realmente la sociedad.
    Así se explica, por ejemplo, la típica postura progre ante el fenómeno del tabaquismo, del alcohol u otras drogas, y del sexualismo, postura basada en la permisividad (cuando no la promoción), la legalización, la promiscuidad, etcétera. Se rehúye toda "moralina" al respecto (si algo odia el progre es el puritanismo, término que ha logrado connotar de la manera más despectiva). El motivo de fondo es que el progre siente que los consejos morales amenazan su estilo de vida, al que bajo ningún concepto está dispuesto a renunciar. Esta actitud, lejos de progresista y autocrítica, refleja un egoísmo extremadamente reaccionario.

  • Negativismo y espíritu de confrontación, derivados del pathos modernista que hemos descrito más arriba. El típico progre va a la contra: es hipercrítico (o más bien, criticón), burlón, ultrarreivindicativo...siempre que encuentre asenso social a sus posturas. Pues el progre, sin la masa (la "mayoría", la "basca", el "personal", los "colegas"...) no es nadie. De ahí que también hablemos de su...

  • Instinto de rebaño. He aquí la diferencia entre el progre y el progresista genuino, equivocado o no. Este último (por ej., el revolucionario coherente) mantendrá sus posturas, personalmente asumidas, aun cuando la mayoría no las acepte. Es persona de principios, no de modas. Puede estar defendiendo un error, pero siente que es su conciencia la que se lo dicta. El progre, en cambio, se mueve al compás de la gente. Es un hijo del siglo y nada más.

  • Moderadamente izquierdista, pero también de centro o de derecha "moderna". Frente a lo que a menudo se cree, los valores progres son políticamente transversales. Dado que su espíritu consiste en un compromiso con la "marcha de los tiempos", no es compatible con una visión que pretenda alterar decisivamente esa marcha. Se comprende así que haya izquierdistas que no sean progres, y derechistas que sí lo sean (los hay muchos, por ej., en materia sexual o abortiva).
    Sin entrar en calificaciones personales, y por poner un ejemplo dentro del ámbito de la izquierda sociológica española, remontémonos a los primeros años 90 y a la coalición Izquierda Unida de aquellos tiempos: convivían en su seno dos líderes, Julio Anguita y Cristina Almeida, uno de los cuales no era un progre. No dudamos de que el lector español sabrá a cuál nos referimos.


Perspectivas

Cuando uno pasea sus oídos por el dial radiofónico español puede descubrir que el sueño de la máquina del tiempo se ha hecho realidad. Esto ocurre, sobre todo, cuando se traslada desde "La Linterna" de la COPE al magazine y/o tertulia que a la misma hora emite la Cadena PSOER. Si en otro tiempo, pongamos por ejemplo hace diez años, semejante trayecto solía interpretarse como un progresista viaje al futuro, el oyente avisado lo verá hoy más bien como un auténtico "regreso al pasado".

No se me entienda mal: lo anterior no supone una personal toma de partido. Es simplemente una constatación de la nueva marcha de los tiempos, a la que muchos progres se mantienen paradójicamente ajenos, lo cual hace de ellos cadáveres culturales. Caído el Muro, con todas sus implicaciones posteriores, e iniciada la campaña "Maldad Duradera", la pose progre es algo que pertenece al pasado, y sólo la inconsciencia permite que siga proyectándose al presente.

En su lugar emerge una corriente aún más peligrosa, capaz de hacer daños todavía mayores (ver La Brigada Antiprogre). Aunque tibiamente y sobre el papel, la progresía siempre proclamó la defensa de la libertad y los derechos humanos como algo irrenunciable, como principio último. Ya hemos visto que, en la práctica, anteponía valores más egoístas, pero su expresión verbal de esa defensa no debe ser menospreciada. Un mínimo idealismo, siquiera inercial, cohabitó siempre en la esencia del espíritu progre.

En contraste, la fuerza que ya está preparada para tomar el relevo, por más que enarbola el (neo)liberalismo, está demostrando no tener muchos reparos a la hora de justificar las violaciones de los derechos humanos, incluido el derecho a la vida. Su mentalidad pragmática, e incluso maquiavélica, supedita la libertad real a su idea de la libertad. Su instrumentación de la religión y su expreso apego al poder establecido le dan un aire tenebroso. Al paso que va, esta fuerza emergente conseguirá hacer buenos a los representantes de la cultura en declive.

Concienciándose de estas tendencias, muchos progres podrían y deberían asumir una actitud práctica y militante en defensa de la libertad amenazada. Es evidente, sin embargo, que apenas lo están haciendo. En parte, porque eso les obligaría a ir contra la marcha de los tiempos, algo poco afín al espíritu modernista. No es raro que destacados personajes progres estén dando, más bien, un viraje hacia posiciones abiertamente liberticidas.

En La Excepción, por tanto, entendemos que vano es esperar nada de uno u otro paradigma. Por supuesto, habrá personas que individualmente comprendan los signos de los tiempos y la necesidad de afrontarlos de manera ética. Pero ningún indicio permite vaticinar que colectivamente vaya a haber un esperanzador cambio de tendencia (ver ¿Fin del optimismo humanista? y Antiglobalistas por la globalización).

Las visiones humanistas (globalistas o "antiglobalistas", progres o neoliberales...) están condenadas al fracaso. Decir esto no es, con todo, negar la esperanza. El mundo está loco y percatarse de ello genera una lógica angustia. Ahora bien, siempre nos quedan las palabras vivas de quien dijo: «En el mundo tendréis aflicción. Pero tened buen ánimo, yo he vencido al mundo» (Juan 17: 33).

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