¿Cuál es la posición de la Iglesia Católica sobre el preservativo?
© Guillermo Sánchez Vicente
www.laexcepcion.com (13 de julio de 2010)

En el avión en que viajaba a África en 2009, los periodistas preguntaron a Benedicto XVI sobre la posición de la Iglesia Católica Romana (ICR) respecto a la lucha contra el sida. En su respuesta, el papa dijo: «No se puede solucionar este flagelo sólo distribuyendo profilácticos: al contrario, existe el riesgo de aumentar el problema» (Zenit, 18.3.09).

Esas declaraciones suscitaron una gran polémica. Muchos han acusado a esta iglesia de fomentar la transmisión de enfermedades como el sida y una natalidad descontrolada, al insistir en la prohibición moral de utilizar el preservativo y los métodos anticonceptivos en general. Existe infinidad de documentos y declaraciones oficiales que dejan pocas dudas sobre la firmeza de este precepto, que constituye una de las enseñanzas papales más impopulares, hasta el punto de que la mayoría de los católicos la rechazan, y muchos la transgreden. Seguramente por ello es éste un asunto en el que la jerarquía católica recurre a la estrategia del Principio de Sí Contradicción, y de vez en cuando alguna autoridad católica lanza algún “guiño permisivo” que deje la sensación de que la cosa no es para tanto, a pesar de la dureza oficial de la condena a quienes incumplan el mandato. Veamos algunos ejemplos destacados.


Martínez Camino acepta el preservativo

En enero de 2005, el portavoz de la Conferencia Episcopal Española, Juan Antonio Martínez Camino, declaró que la ICR, «para prevenir el sida, está en contra de la generalización sistemática y unilateral del preservativo como única medida profiláctica». Camino aseguró que «la Iglesia está “muy preocupada y muy interesada” por este “problema grave”, y garantizó que la postura del Episcopado “está avalada también por propuestas científicas”, como la llamada “Estrategia ABC”, siglas inglesas de abstinencia (“abstinente”), fidelidad (“be faithfull”) y preservativos (“condoms”)» (Zenit, 18.1.05). Camino añadió que «los preservativos tienen su contexto en una prevención integral y global» de la pandemia (La Razón, 19.1.05).

Esta referencia a los preservativos como última opción frente al sida fue entendida de forma generalizada como un cambio en la posición oficial de esta iglesia; los medios titularon: “La Iglesia española, a favor del preservativo para prevenir el sida” (El Mundo, 18.1.05); “La Iglesia aprueba el uso del condón dentro de una prevención integral del sida” (El Correo, 19.1.05). Incluso el titular del diario ultracatólico La Razón rezaba: “Martínez Camino no descarta el condón frente al sida, pero apuesta por la abstinencia y la fidelidad”.

Según un editorial del también católico diario ABC, Martínez Camino aclaró «que la doctrina de la Iglesia no opone reparos morales al uso del preservativo con el único fin de prevenir el contagio del sida por vía sexual. En los demás casos, continúa mereciendo la misma consideración negativa. No se trata de un cambio en la doctrina moral de la Iglesia, sino de una puntualización, y esto sólo para este caso concreto. La Iglesia española no modifica su posición tradicional, sino que muestra su flexibilidad para adaptar las exigencias morales a la necesidad de combatir una plaga atroz que tanto sufrimiento provoca en todo el planeta» (19.1.05).

Ante este cambio de posición, llegaron las felicitaciones, como las del ministro de Trabajo y Asuntos Sociales, Jesús Caldera, o de la presidenta de la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transexuales (FELGT), Beatriz Gimeno, quien dijo que le parecía «que era absolutamente inevitable»  que se cambiara de postura, y que «si es así, creo que significa un cambio que espero que siga la Iglesia católica en otros países. Ojalá que sea cierto, y es que no me lo acabo de creer» (El Mundo, 19.1.05).

Al día siguiente de las declaraciones, la Conferencia Episcopal emitió una “Nota de prensa sobre el sida y el preservativo”, en la que se explicaba que la declaración de Camino «ha de ser entendida en el sentido de la doctrina católica que sostiene que el uso del preservativo implica una conducta sexual inmoral» y que de acuerdo con los principios católicos «no es posible aconsejar el uso del preservativo, por ser contrario a la moral de la persona. Lo único verdaderamente aconsejable es el ejercicio responsable de la sexualidad, acorde con la norma moral. En conclusión, a diferencia de lo afirmado desde diversas instancias, no es cierto que haya cambiado la doctrina de la Iglesia sobre el preservativo» (destacado en el original). Hay que precisar que, efectivamente, Camino de ningún modo aconsejó el uso del preservativo, pero es obvio que aceptó la posibilidad de que se usara, de ahí que la interpretación general de los medios fue correcta. Por otro lado, la nota no acababa de aclarar si el uso excepcional señalado por Camino es aceptable o no, pero al calificar de inmoral es uso del preservativo parecía rechazar ese uso.

La posición de Camino resultaba chocante y contradictoria con la rigidez habitual, pero incluso el analista conservador José Luis Restán salió en defensa de sus declaraciones: «La Iglesia siempre ha reconocido que las políticas y legislaciones (que sí deben tener un sólido fundamento moral) no pueden reflejar, ni siquiera en el mejor de los casos, el cien por cien de la exigencia moral católica. La encíclica Libertas, de León XIII, reconocía que en ciertas ocasiones los poderes públicos deben tolerar el mal, si con ello aseguran mejor el bien común. Entonces, ¿por qué asombrarse de que Martínez Camino llevase bajo el brazo el susodicho ABC para hablar con la ministra? ¿Dónde están la novedad o el escándalo?» (Libertad Digital, 26.1.05; destacados añadidos en todas las citas). No es habitual oír este tipo de argumentación flexible por parte de los católicos oficialistas en debates sobre temas sociales en los que están en juego sus principios; ¿por qué en este caso sí?

El portavoz papal, Joaquín Navarro-Valls, se limitó a remitir a la nota oficial de la CEE, y a señalar que el preservativo «más que un tema moral, es un tema antropológico». «Sé que la hipótesis del telefonazo de Roma a Madrid circula, pero lo desmiento; nunca llamé. No ha habido ninguna llamada ni actuación por mi parte», dijo (Zenit, 21.1.05). Él no llamaría, pero sí que hubo una llamada a Martínez Camino del secretario del Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud, José Luis Redrado (ABC, 20.1.05). El propio Camino reconoció en la cadena Cope que Roma le llamó para responder “conjuntamente” a la polémica. Era de esperar que Camino se ajustara entonces a la posición oficial: el preservativo es inmoral, y por tanto inaceptable en todos los casos.

Pero en esas mismas declaraciones, “sorprendentemente”, y a pesar de la nota de “desmentido” de los obispos, Camino defendió de nuevo el uso excepcional del preservativo: según él, lo ideal es «la abstención de relaciones sexuales de riesgo, además de la fidelidad, y sólo como último recurso y para determinados grupos de riesgo se plantea el uso del preservativo». Y añadió unas palabras que mantenían el juego de equilibrios, un tanto confuso: la Iglesia coincide «no plenamente, pero sustancialmente» con esta política. «Repetí a los periodistas», dijo, que se trataba «de una estrategia», para indicar que ésa no era la que la Iglesia defendía (¡¡!!). Reconoció que sus declaraciones al término del encuentro habían sido “incompletas” por no haber matizado que del ABC la Iglesia sólo apoya el AB. A continuación afirmó que los condones no son seguros, pero insistió en que había excepciones que podían recomendar su utilización. «Si está usted ya para allá» puede usarlo, sabiendo que «no se trata de sexo seguro», sino de «sexo menos inseguro», recalcó. «Si usted anda jugando a ponerse el preservativo, ahí es donde está usted corriendo riesgos» (El País, 21.1.05). Cabe preguntarse si hablar así consiste en aclarar el asunto, o enturbiarlo más…


Recogiendo frutos

Mientras tanto, las palabras del portavoz episcopal iban recogiendo sus frutos. Por ejemplo, el teólogo católico José Ignacio González Faus, siempre crítico con la jerarquía, le escribía una carta abierta: «Querido Juan Antonio Martínez Camino: Cuando el pasado martes te vimos por la televisión en los informativos de la noche, hubo entre los que estaban conmigo dos reacciones: la mayoría profetizó con ironía sabia y levantando la voz: “¡La que se va a armar!”. Y acertaron. Yo me sentí más bien en sintonía contigo porque, por una vez, te vi humano en tu esfuerzo por buscar las palabras y por decir las cosas de una manera suficientemente clara pero no estruendosa. Seguramente no diste con las palabras más adecuadas, pero era casi imposible en momento tan difícil. Lo que me conmovió fue verte humano. ¡Estamos tan poco acostumbrados a que detrás de las palabras de algún señor con mitra se adivine un ser humano, en lugar de un disco rayado! Pues bien, te pase lo que te pase, ahora quiero darte las gracias por ello» (El País, 22.1.05).

Voces no católicas interpretaron las declaraciones de Camino, no tanto como un giro de rumbo, sino como la certeza de que, tarde o temprano, la ICR cambiará sus posiciones oficiales en este tipo de asuntos. Por ejemplo, Mario Vargas Llosa escribió: «Tengo la convicción absoluta de que el condón y sus equivalentes acabarán por ganar la aquiescencia de la milenaria institución y profetizo que el desenlace de esta antigua guerra ocurrirá en un futuro más bien próximo. Veo en este confuso episodio sucedido en estos días en España el vislumbre anticipatorio de la gran revolución, en la que el Vaticano bendecirá el condón como terminó, a regañadientes al principio, por bendecir la democracia, la libertad, el mercado, que antes anatematizaba en nombre de la fe». Y destacaba el papel de liderazgo sociopolítico que esta institución puede desempeñar si se adapta a los tiempos: «Para poder seguir existiendo como esa fuerza viva y operante que fue en tantos momentos del pasado, cuando representó un progreso intelectual, político, científico y moral sobre los cultos y religiones de la antigüedad, o en la Edad Media, cuando fue prácticamente la sola institución capaz de aglutinar y dotar de un sentido y un orden a una comunidad estremecida por el miedo, la confusión y las guerras, la religión necesita adaptarse a las realidades de la vida y no exigir a sus adeptos lo imposible. ¿Acaso la supervivencia de la Iglesia católica no vale un condón?» (El País, 23.1.05).

Vargas Llosa no comprende que precisamente la “adaptación a los tiempos” de la ICR consiste en mantener su discurso tradicionalista y férreo en asuntos como el condón o el celibato; esa obstinación en preservar sus posiciones históricas, a pesar del rechazo social que provoca, contribuye a mantener su imagen de institución sólida, coherente, insobornable. Por otro lado, resulta inquietante que el escritor, un sedicente liberal, sólo evoque de la Edad Media el carácter integrador de la ICR, y no los métodos utilizados para esa integración: la imposición religiosa y la persecución de la disidencia y “la herejía”. Finalmente, Vargas Llosa, como tantos otros, se quedó con la esperanza que ofrecían las declaraciones de Camino: esperanza de que algún día la jerarquía cambie. Una esperanza que mantiene en el seno de esta iglesia a los católicos descontentos y que despierta en los no católicos la ilusión de que algún día el papado será como a ellos les gustaría que fuera.


Más clérigos a favor del preservativo

Varias voces oficiales más intervinieron en el asunto: El cardenal Georges Cottier, teólogo del papa (por entonces, Juan Pablo II), señaló que el uso del preservativo «es lícito en circunstancias particulares como, por ejemplo, en ambientes donde circula mucha droga, allí donde exista una gran promiscuidad humana, o allí donde esta promiscuidad vaya unida a la miseria como, por ejemplo, en zonas de África o Asia donde la gente es prisionera de esta situación»; según él, dos motivos justifican esa excepción: «Primero, por el riesgo inminente de contagio y la imposibilidad de utilizar las vías normales de respeto a la sacralidad del cuerpo humano para hacer frente a la epidemia. Segundo, porque el virus se transmite en un acto sexual que puede transmitir la vida pero incluye el riesgo de transmitir la muerte. En este punto se aplica el mandamiento de “No matarás”. Se debe respetar, ante todo, la defensa de la vida». Y el cardenal Javier Lozano Barragán, presidente del Consejo Pontificio de la Pastoral Sanitaria, volvió a confirmar que, al igual que «en la legítima defensa de la propia vida se puede llegar incluso a matar al agresor», «en el caso de un marido enfermo de sida, la esposa tiene derecho a que su cónyuge utilice el condón» (ABC, 1.2.05). Ambas autoridades se posicionaban claramente en contra de la nota de la CEE (que no aceptaba el preservativo bajo ninguna circunstancia) y en contra de la posición papal. En este caso, como apenas tuvieron repercusión mediática, nadie las desautorizó; pero ahí quedaron.

Al año siguiente el cardenal Carlo Maria Martini declaró que en algunas circunstancias el preservativo no puede ser más que “un mal menor”: «El esposo aquejado de sida está obligado a proteger a su pareja y éste también debe poder protegerse». La cuestión, sin embargo, subrayó Martini, «es más bien si se acuerda que sean las autoridades religiosas las que publiciten ese medio de defensa, casi considerando que los demás medios moralmente sostenibles, incluida la abstinencia, sean colocados en segundo plano» (Religión Digital, 21.4.06).

Los “progres” católicos recibieron entusiasmados este posicionamiento; un editorial de Religión Digital señaló que constituía una denuncia profética” (¡¡!!) hecha “desde dentro y desde arriba”, y destacaba que «en muchos ámbitos eclesiales se han acogido con gozo las palabras del cardenal Martini. Hay esperanza en la Iglesia. Hay entrañas de misericordia en algunos jerarcas de la Iglesia. Todavía se puede respirar. Pero que el Papa no tarde mucho en abrir las ventanas, porque muchos corren el riesgo de asfixiarse. Y salir huyendo» (RD, “Rumores de Ángeles”, 21.4.06). El jesuita Martini, candidato favorito del sector católico-progre al papado, volvía a cumplir su función de retener a la “izquierda” eclesial mediante expectativas esperanzadoras.

El Vaticano entonces anunció un “estudio” (que no sería un “documento”, señalaban, sin explicar la diferencia) sobre preservativo y sida a cargo de la Congregación para la Doctrina de la Fe (Zenit, 25.4.06). Un oficial de ésta aclaró que «el condón es una falsa solución»; «en la estrategia ABC contra el sida -Abstinencia, Fidelidad [en inglés “Be faithful”], Condón- las dos primeras, castidad y fidelidad conyugal, son válidas para la iglesia. Pero la tercera no lo es. La C no debería significar Condón, sino Cura, curarse de una enfermedad. La enseñanza y acción públicas de la Iglesia deberían destacar este punto. Los casos concretos, la comprensión y la compasión competen al confesor y al misionero» (www.chiesa, 28.4.06). Nótese en estas declaraciones que, por un lado, persiste la firmeza oficial sobre el asunto (y por tanto la desautorización implícita de Camino y de los cardenales Cottier, Lozano Barragán y Martini), pero a la vez se deja abierto el “coladero moral” de la confesión auricular, sacramento católico a través del cual la ICR siempre ha mostrado “compresión y compasión” para quienes se saltan preceptos que se entiende que son muy difíciles de guardar en ciertas circunstancias.

El estudio sobre el preservativo fue entregado al papa meses después por parte de la Congregación para la Doctrina de la Fe. En nombre de ésta, el cardenal Lozano Barragán insistió en que no le tocaba a esa institución decidir si es necesario pronunciarse o si hay que responder a la cuestión del preservativo, y dijo que ésta quedaba en manos de la «sabiduría especial» del papa Benedicto XVI y de su «carisma» de sucesor de Pedro, asistido por el Espíritu Santo (Zenit, 21.11.06). Hasta donde tenemos noticia, no ha vuelto a hablarse oficialmente sobre ese “estudio”, si bien el papa se posicionó en 2009 con las polémicas declaraciones que citábamos al principio del artículo.


Conclusiones

1. Algunas autoridades católicas de alto nivel han pronunciado ocasionalmente declaraciones comprensivas con el uso del preservativo en circunstancias excepcionales, pero nunca los papas han mostrado tal flexibilidad, sino que se han atenido siempre, con rigor, a la enseñanza oficial. De este modo el papa no puede ser acusado de contradecirse.

2. Juan Antonio Martínez Camino, cuando aprobó el uso excepcional del preservativo, estaba hablando como portavoz de la Conferencia Episcopal Española. Aunque al día siguiente una nota de la CEE pareció rectificar sus declaraciones, Camino se reiteró en ellas públicamente. Hubo una especie de doble discurso oficial; al analizarlo, se percibe más confusión que claridad, por lo que cada corriente de la ICR cuenta con una línea oficial u oficiosa con la que identificarse.

3. Nadie más que el propio Camino puede asegurar cuál fue su verdadera intención al insistir en su sorprendente y “ambigua afirmación” (La Razón, 19.1.05). Pero hay que tener en cuenta lo siguiente: 1) Es un portavoz muy hábil que siempre mide sus palabras. 2) Sabía perfectamente que la estrategia ABC incluye el condón, y que apoyarla implicaba aceptarlo, aunque sea en última instancia. 3) También sabía que sus palabras (pronunciadas tras un encuentro acerca del sida con la ministra de Sanidad) serían recogidas con interés por los medios, que destacarían especialmente cualquier referencia al preservativo.

4. La jerarquía católica romana insiste una y otra vez en la importancia del asunto de los anticonceptivos, que según la doctrina oficial descansa sobre unos sólidos principios. Cuando en los medios se critica al papa por su rigidez en este punto, el Vaticano despliega una defensa contundente. Por ello resulta sorprendente, o extraño, que se permita a varios cardenales y al portavoz de una importante conferencia episcopal disentir sobre este punto. Más que entender estas declaraciones calculadas, sutiles y la vez contradictorias como muestras del pluralismo de posiciones en el seno de esta institución, la lógica indica que el uso de este doble lenguaje se trata, una vez más, de un juego a dos bandas, característico de la estrategia que podemos denominar Principio de Sí Contradicción (PsíC), que reporta sustanciosos frutos: hemos visto cómo los “progres” se aferran a las rendijas de flexibilidad y a la esperanza del cambio, y así permanecen en esta iglesia, mientras que los “retros”, aunque incómodos por las fisuras abiertas, confían en la firmeza papal y saben que nada cambiará realmente.

5. La Estrategia ABC ha resultado bastante exitosa cuando se ha fomentado en ciertos países africanos, lo cual la ha convertido en popular. Implica un orden de prioridades según el cual las autoridades han de promover conductas sanas en la población, entre las que, aunque sea en último lugar, se encuentra el condón. En principio la posición oficial de la ICR es que A y B sí, pero C no, aunque luego no se recata en adueñarse de los éxitos de dicha estrategia, incluida la C, como ocurrió respecto a Uganda.  Mientras algunos jerarcas llegan a admitir el preservativo, se sigue manteniendo el discurso condenatorio de este método de protección, hasta el punto de que el cardenal Alfonso López Trujillo se atrevió a tergiversar por completo el significado de la tercera sigla: «El ABC suena más claramente en inglés, ya que se lo inventaron en Estados Unidos. A, de abstinencia; B, de Be faithful, ser fiel. Y la C no es de condón como dicen algunos. La C es de castidad» (Religión Digital, 4.5.06). Ésta es la posición oficial apoyada por el papa (se aprueba A y B y se condena C), pero debido a la confusión generada por algunos representantes también de alto rango, muchos católicos creen, y llegan a defender públicamente, que el Vaticano aprueba la Estrategia ABC.

6. La posición de la Iglesia Católica sobre los anticonceptivos en general, y sobre el preservativo en particular, es tan respetable como cualquier enseñanza religiosa, pero no tiene fundamento bíblico (como ocurre con muchas otras doctrinas de esta iglesia, basadas exclusivamente en la tradición). Aunque últimamente teólogos y clérigos católicos han potenciado otras dimensiones de la sexualidad humana, en la enseñanza oficial el principalísimo objetivo de ésta es la procreación, y planea sobre el sexo una alargada sombra de culpabilidad y represión vinculada a la concepción dualista del hombre, la cual condiciona otras creencias, como la de la contracepción o el concepto de matrimonio (ver Un desprecio al matrimonio). La Biblia, en cambio, concibe al ser humano como una entidad indivisible, destinada a desarrollar todas sus dimensiones, incluida la sexual (ver Génesis 2: 24, 1 Corintios 7: 4-5, o el libro bíblico Cantar de los Cantares, dedicado por completo al encuentro sensual y placentero entre un hombre y una mujer).

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