Políticos mediocres
© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (4 de enero de 2002)

La extrema mediocridad de la "clase política" española no es un fenómeno aislado, sino que se integra en la presente degradación ideológica y moral planetarias. Con todo, nuestro país muestra rasgos paradigmáticos...

A raíz del último debate sobre el estado de la nación fueron múltiples los comentaristas que se refirieron a su bajo nivel parlamentario, entendido éste como la escasa brillantez oratoria tanto en los aspectos más formales como en los más sustanciales.

Pero, que sepamos, nadie llegó al fondo del asunto: nadie diagnosticó ese bajo nivel, ya habitual desde hace años, como un síntoma de la extrema degradación moral de la política en nuestro país.

Resulta escandalosa la mediocridad entre la "clase política" española (llamada así con justicia, pues como clase, y aun como casta, funciona). Agregaré, sin acritud, que genera un cierto aturdimiento constatar los niveles que ha alcanzado. Baste recordar, para hacerse cargo de ello, quiénes son los tres líderes políticos principales de ámbito estatal: Aznar, Zapatero y Llamazares. Y los dos dirigentes sindicales máximos en ese mismo orden territorial: Fidalgo y Méndez. 'Aburridos', 'sosos', 'plomizos', 'insípidos', 'anodinos', 'soporíferos'... son palabras que se quedan cortas para describirlos, por más cariño que uno ponga a la hora de valorar sus cualidades. Y lo cierto es que en un hipotético Premio al Líder Público Más Insulso costaría demasiado esfuerzo decidir cuál de ellos acredita mayores méritos al trofeo.

Realidad que resulta tanto más lamentable si se recuerda a los políticos y sindicalistas más representativos de la llamada transición democrática: Suárez, González, Fraga, Carrillo, Camacho y Redondo. Entre ellos –es cierto–, algún delincuente inconfeso; pero cualquiera de ellos, más brillante que los cabecillas políticos actuales.

Se dice a menudo que son preferibles la integridad moral y la eficacia al carisma y la brillantez. Es completamente cierto. Con todo, en la selva humana que constituye el mundo de la política, ¿cabe concebir alguien realmente íntegro que no sea a la vez ameno e interesante? En medio de tantas fieras, ¿no debería destacar –por su dignidad–, y llamar la atención –por su rectitud– el cordero justo y manso? Rodeado de corruptos, mendaces y demás mediocres morales, ¿no habría de resplandecer la pureza del líder idealista y veraz, su fuerza de convicción moral?

Suele afirmarse también que en los períodos de crisis marcada tienden a aparecer los dirigentes con la talla precisa para afrontarla. Así, se añade, ocurrió en los tiempos de nuestra transición política.

Ahora bien, ¿acaso en nuestros días no hay una crisis aún mayor, caracterizada por la desvalorización moral de la sociedad, el derrumbe de la izquierda ideológica, la ausencia de auténtica cohesión social, el recorte de las libertades con la infame excusa del terrorismo, el advenimiento de la sociedad multiétnica...? ¿Por qué no aparecen esos líderes que los tiempos necesitan: audaces pero prudentes, firmes pero compasivos, idealistas pero eficaces, brillantes pero honrados...?

El fenómeno de la mediocridad intelectual y moral de los políticos es, sin embargo, el hijo natural de esta época enferma, aquejada del mal del simulacro, el economicismo neoliberal y el pensamiento débil; mezquina, gris y desesperanzada; más proclive al espectáculo huero que valerosa en afrontar sus grandes problemas.

Así, hoy por hoy, entre los que tocan poder en España, el único dirigente carismático se llama Xabier Arzallus, hombre réprobo donde los haya (y aquí los hay...). Anticipo, tal vez, de los líderes carismáticos que vendrán: como él, totalitarios. Un panorama desolador.

Pero es que la corrupción y su básica impunidad no han salido gratis, ¿qué nos creíamos? La masa social y electoral consintió demasiado durante demasiado tiempo, y he aquí el precio de tanta tolerancia de lo intolerable. Pero sólo estamos empezando a pagarlo...

Da igual, aun así seguiremos oyendo, justamente en los labios de esos políticos mediocres, las falsas cantinelas que dicen cosas como: "El pueblo siempre tiene razón", y similares. Y a ese pueblo consentidor escucharla seguirá sin provocarle naúseas.

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