¿Podemos ser amigos los musulmanes y los cristianos?
© Jerald Whitehouse (julio de 2004)

[Como valiosa reflexión para unos tiempos cada vez más peligrosos y enloquecidos, publicamos este artículo aparecido por primera vez hace dos años. Su autor tiene experiencia como director de un centro mundial para las relaciones entre cristianos y musulmanes, con sede en Estados Unidos.]

La última mitad del siglo pasado ha sido testigo de la intensificación del conflicto entre Oriente Próximo y los países de Occidente, que alcanzó su punto álgido con los ataques terroristas sobre Nueva York el 11 de septiembre de 2001. ¿Qué subyace detrás de este conflicto y qué podemos hacer para ponerle fin?

Cuando los pueblos se ven atacados es natural que adopten una postura defensiva contra el enemigo común; esta respuesta no es exclusiva de Estados Unidos, sino que se trata de un fenómeno universal, propio de la naturaleza humana. Durante varias décadas, si no siglos, el islam, y especialmente el mundo árabe, se ha considerado a sí mismo bajo el punto de mira. Y de la misma manera que nuestra actitud defensiva implica en ocasiones extrañas alianzas, la reacción del mundo musulmán ha unido a liberales y moderados con radicales fundamentalistas.


¿Qué ha puesto a los musulmanes a la defensiva?

Para responder esta pregunta es necesario echar un vistazo a la historia tal y como la ven los musulmanes. Pero antes es preciso hacer una aclaración: debemos diferenciar entre el sistema de creencias en sí mismo y los seguidores de ese sistema que se apoderan de él y distorsionan la imagen de Dios que este presenta.

Casi todos los sistemas de creencias están comprometidos con la paz, la tolerancia y el respeto. Sin embargo, es un hecho histórico que se ha derramado más sangre en las así denominadas guerras religiosas, incluidas las guerras cristianas, que bajo cualquier otra bandera. La religión debería potenciar la paz y la seguridad, pero con demasiada frecuencia se ha utilizado con fines políticos, y de esta manera se ha convertido en una fuerza a favor del odio, la intolerancia y el derramamiento de sangre. Esto ha sido así a pesar de que la mayoría de las personas implicadas en los conflictos condenaban el uso de la religión para promover la violencia y obtener fines políticos.


Nadie a quien culpar

Durante los primeros siglos del cristianismo la persecución de los herejes llegó a convertirse en un deporte. Los católicos ortodoxos tenían en su punto de mira a los judíos y a los cristianos disidentes. La Iglesia Cristiana de Occidente (Roma) excomulgó y persiguió a la Iglesia Cristiana Ortodoxa o Iglesia de Oriente (nestoriana). Y a pesar del modo relativamente generoso en que los musulmanes trataron a los cristianos de Oriente1, aquellos fueron pronto incluidos en la lista de herejes e infieles. Como consecuencia, el cristianismo se rebajó hasta lo sumo; se llevaron a cabo olas de cruzadas en Oriente Próximo para librar la Tierra Santa de los “infieles” judíos y musulmanes.

La imagen creada por los cruzados de que la población cristiana perseguida de Palestina se encontraba unida ante la adversidad y esperando la liberación por Roma era falsa. Aunque en aquella época los musulmanes constituían una mayoría relativa en Siria y Palestina, convivían con los cristianos en un clima de coexistencia y de mucha menor tensión de lo que los europeos querían creer… De hecho, los fatimíes de Egipto, que en aquel entonces gobernaban Jerusalén, mostraban un nivel de tolerancia mayor que ninguna otra sociedad de las existentes hasta entonces.2

Cuando la primera cruzada obtuvo el control de Jerusalén, en el año 1099, ni un solo musulmán o judío fue dejado con vida en la ciudad.3 En contraste con esto podemos ver la respuesta del musulmán Saladino (Salah ed-Din) en 1187. Cuando recuperó el dominio de Jerusalén ordenó que cesaran las matanzas. Ni un solo civil judío o cristiano fue herido, ni se dañó ninguna propiedad.4

El recuerdo de las cruzadas permanece vivo en Oriente Próximo y condiciona el concepto que tienen los musulmanes de Europa, como un poder agresivo y fanático. Esta memoria histórica se vio reforzada durante los siglos XIX y XX, cuando los colonizadores europeos de nuevo intentaron sojuzgar y colonizar territorios de Oriente Próximo.5

En la actualidad las políticas exteriores de Occidente respecto a Oriente Próximo son consideradas como una continuación de las cruzadas. Los dos puntos más controvertidos del conflicto son: el fracaso de Occidente para asegurar el derecho de los palestinos a tener su propio estado a la vez que se garantiza ese mismo derecho a Israel, y la presencia, desde la “Tormenta del Desierto”, de tropas extranjeras en tierra árabe que los musulmanes consideran santa.

El lugar más santo del islam es la Meca, especialmente la ka’aba de la gran mezquita, y los musulmanes consideran la presencia de las tropas estadounidenses en Arabia una profanación de su tierra santa. A continuación los siguientes lugares santos en importancia son la Cúpula de la Roca y la mezquita de Al-Aqsa en Jerusalén. Los cristianos han profanado ambos lugares santos, el más reciente de ellos la mezquita de Al-Aqsa en el año 1979, y lo que es más, estos lugares permanecen todavía bajo soberanía no musulmana.

Desde la perspectiva occidental podemos considerar que estos asuntos son meramente políticos, pero lo cierto es que para los musulmanes constituyen un problema religioso. De hecho, el musulmán militante cree que el cristianismo pretende dominar, e incluso destruir, la fe musulmana. En consecuencia, la respuesta contra los neocruzados es la solución islámica de la yihad: los musulmanes deben luchar hasta que el último invasor haya sido expulsado, no importa cuántos mártires caigan, ni cuánto tiempo lleve lograrlo.6

Pero existe un elemento más en esta mezcla explosiva: los musulmanes consideran que la moralidad que enseña el islam se ve amenazada por el hedonismo y el materialismo que Occidente está infiltrando en sus hogares a través de los medios de comunicación (televisión, vídeos, etc.) y del dominio económico. Consideran que esto está minando el corazón de su fe.


Sin justificación

Con esta breve explicación introductoria no se pretende justificar las actuales actitudes y actividades terroristas. No existe ninguna justificación para ellas ni para el sacrificio de vidas inocentes que conllevan, violando así los derechos humanos. El mal no conoce fronteras de religión o credo; sigue siendo mal, no importa dónde resida. Sin embargo, es importante que conozcamos los motivos que han llevado a la situación actual para poder comprender la razón por la cual el islam ha tomado una actitud defensiva contra la amenaza de Occidente a sus valores, a su autodeterminación política y económica, a sus lugares santos y a su misma existencia. El conocimiento de estas bases históricas debería arrojar luz sobre por qué no se unen más musulmanes en protesta contra los extremistas.

Ciertamente la amenaza ha producido extrañas alianzas. Los musulmanes serios y moderados se encuentran entre la espada y la pared. Aunque la mayoría se opone al terrorismo, en líneas generales sí están de acuerdo con los motivos que lo inspiran. La idea de que se encuentran amenazados y de que necesitan unirse contra la amenaza común les dificulta el poder expresar su opinión con nitidez. A pesar de ello muchos musulmanes levantan su voz para condenar la violencia. Desde el 11 de septiembre de 2001 se han llevado a cabo numerosas reuniones interconfesionales en diversas mezquitas para dialogar sobre el asunto, a iniciativa de los propios musulmanes. Han creado una nueva organización: Musulmanes Contra el Terrorismo (Muslims Against Terrorism), con el propósito de rescatar la verdadera identidad musulmana de la ideología de los extremistas. Los musulmanes intelectuales se dan cuenta de que los acontecimientos del 11-S han precipitado la necesidad de reconsiderar y enfatizar nuevamente el verdadero significado del islam tal como lo define el Corán en uno de sus pasajes:7

«¡Hombres! Os hemos creado de un varón y de una hembra y hemos hecho de vosotros pueblos y tribus, para que os conozcáis unos a otros» (Sura 49, vers. 13). No para que os odiéis unos a otros.

«No cabe coacción en religión. La buena dirección se distingue claramente del descarrío» (Sura 2, vers. 256).


El consejo bíblico

¿Cómo nos aconseja la Biblia que respondamos? En primer lugar debemos reconocer que la retórica prejuiciada que presenta al otro lado como arraigado en la violencia sesga los hechos históricos y empeora las cosas más que mejorarlas. Adicionalmente, algunos han argumentado que una respuesta de compasión es “cobardía”, pero esa es una grave distorsión del mensaje bíblico. El intento de justificar la violencia como un medio cristiano legítimo para restablecer la justicia cae en la misma trampa que ocasionó los primeros actos violentos. Aquellos que defienden la respuesta basada en la violencia también se acercan peligrosamente al uso de la religión con fines políticos. El «ojo por ojo, diente por diente» se queda corto frente a la forma que tiene Dios de tratar con la rebelión.

¿Qué debemos hacer? Aquí presentamos algunas sugerencias prácticas:

  • Apoyar los esfuerzos de los musulmanes por entablar un diálogo con otras confesiones religiosas que permita que existan comprensión y respeto mutuo. Donde resulte posible debemos unirnos a las iniciativas de las mezquitas locales para intentar rescatar y preservar los valores comunes y la calidad de vida.
  • Apoyar y colaborar especialmente con aquellos musulmanes que se manifiestan en contra del terrorismo a través de organizaciones como Musulmanes contra el Terrorismo: www.matusa.org
  • Eliminar de nuestro vocabulario palabras que resultan particularmente ofensivas cuando se emplean en relación con los musulmanes, como ‘infieles’ o ‘impíos’. Para un musulmán el uso del término ‘cruzada’ referido a la predicación de las doctrinas cristianas constituye una incongruencia, y resulta tan ofensivo como hablar de “limpieza étnica”.
  • Darnos cuenta de cuán triunfalista y antibíblico resulta nuestro lenguaje cuando presentamos el gobierno del reino de Dios a través del dominio de los “países cristianos” sobre las naciones. Nuestra lucha no es contra el islam, sino contra el mal. Lo que es más, Cristo declaró: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían.»8
  • Erguirnos como una fuerza de orden en medio del caos, una fuerza de reconciliación entre los pueblos, así como entre los seres humanos y Dios.9 Somos embajadores de la reconciliación, mediadores del amor, la sanidad y el perdón de Dios, en un mundo que se quiebra por causa del egoísmo, la venganza, el odio y la desconfianza.


El hijo pródigo

La situación actual se caracteriza por la venganza. Esa es la “respuesta correcta” en las sociedades basadas en la deshonra y el honor. Pero esta respuesta solamente produce una sucesión de acontecimientos trágicos. Aunque el pecado y la rebelión han mancillado el universo divino, Dios no depende de los métodos de venganza del ser humano para recuperar su honor. La parábola del hijo pródigo simboliza el modo en que Dios trata con la rebelión.10

Esta parábola cuenta la historia de un hijo que deshonró a su padre. La sociedad de Oriente Próximo esperaría que el padre repudiara a su hijo como represalia, pero este se lamenta y ora por él. Y cuando el anciano padre ve a su hijo a la distancia no se avergüenza de salir corriendo al encuentro de ese hijo harapiento, convertido en un despojo humano, sino que corre a su encuentro, lo cubre con el símbolo de su justicia y lo restaura a su antigua posición, colocando de nuevo en su dedo el anillo de su propia autoridad y pidiendo que lo dispongan todo para celebrarlo.

Para romper el actual círculo de venganza debemos comprender y aceptar primeramente por nosotros mismos que es Dios quien nos devuelve el honor que hemos perdido. Después debemos comunicar el carácter de Dios a todos los que se están hundiendo en la forma satánica de tratar con la deshonra: la venganza. Sí, es necesario reducir la posibilidad de que exista más terrorismo y proteger a las personas inocentes de convertirse en sus objetivos. El papel que Dios ha asignado a los cristianos en estos últimos días es el de proclamar su modo de restaurar el honor.

El pueblo del Libro debería liderar un frente: el de aliviar el dolor, mediar en los conflictos y favorecer la reconciliación. La paz no llegará a fuerza de misiles, sino por la renovación del corazón. Cada uno de nosotros debe pesar cuidadosamente la diferencia entre la responsabilidad civil de los gobiernos de proteger a sus ciudadanos y sus libertades, y nuestra responsabilidad personal como mediadores de la gracia de Dios y embajadores de la reconciliación.


Referencias

1.    Moffet S. H., A History of Christianity in Asia, Naryknoll, Nueva York, Orbis, 1998, tomo 1, págs. 325-373.

2.    Courbage Y. y Fargues P., Christians and Jews Under Islam, Nueva York, I. B. Tauris Publishers, 1998, pág. 45.

3.    Runciman S., A History of the Crusades, Cambridge, Cambridge University Press, 1951, tomo 1, pág. 287.

4.    Ibíd., tomo 2, pág. 466.

5.    Ahmed A. S., Living Islam, Londres, 1995, pág. 76, citado en Carole Hillenbrand, The Crusades: Islamic Perspectives, Nueva York, Rutledge, 2000, pág. 590.

6.    Ibíd., pág. 605.

7.    Yusuf Ali A., The Qur’an, Text, Translation and Commentary, Elmhurst, Nueva York, Tahrike Tarsile Qur’an, Inc., 1987.

8.    Juan 18: 36.

9.    2 Corintios 5: 17-21.

10.  Lucas 15.

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