El refugio de la ilusión
© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (julio de 2001)

Desprovistos de horizontes colectivos, de ilusiones realmente legítimas, jóvenes y mayores entregan hoy su atención a banales sucedáneos. El fútbol es, quizá, el más significativo de todos ellos.

Tal vez sea falso que la naturaleza tenga horror al vacío, según ha verificado la ciencia posterior a Descartes. Pero el hombre común sí lo tiene. En concreto, al vacío espiritual, ese que nos amenaza cuando se tambalean las ilusiones que creíamos puras y legítimas, la confianza básica en un futuro mejor.

Sucede que en la coyuntura del cambio de milenio el ser humano ha visto ya caer demasiadas referencias ilusionantes: primero, la religión; después, las ideologías seculares; finalmente, la fe en el progreso como solución general de sus problemas.

Son demasiados golpes, y donde antes hubo esperanza los corazones humanos contemplan, con horror, la creciente presencia del vacío.

Es así como se recurre a sucedáneos. Progresivamente, variados segmentos de la realidad global se impregnan del espíritu del simulacro. Si antaño se creía en Dios o se admiraban las gestas de los mártires –religiosos o seculares–, hoy se idolatra a los famosos por el mero hecho de serlo. Y si en otro tiempo se admitía que lo más importante –en un sentido existencial– era lo que más interés merecía, en nuestros días lo trivial y lo accesorio ocupan el primer lugar de la atención de las gentes, y (casi) nadie se molesta en discutir la nueva jerarquía.

Destacado ejemplo de ello es el fútbol, antaño un bello deporte, hoy casi una religión de múltiples "sectas"... Junto con la lotería y poco más (como se barruntara George Orwell), la nueva versión del viejo "pan y circo".

Todo ello· ¿fruto de una manipulación orquestada? Sin duda la hay, pero no olvidemos que muchas de sus presuntas víctimas le otorgan asentimiento, que su ignorancia es relativa, y que les va el show de los fichajes millonarios y las declaraciones altisonantes, el morbo de las guerras de audiencia y la ruindad de los personajes de todo ese cosmos de intereses económicos y publicitarios, con sus violencias verbales y físicas.

Y el paradigma de tales supuestas víctimas, el hincha... Pero es que este intuye que el fútbol es uno de sus últimos refugios, acaso el último. De algún modo, experimenta que aquello que la política le niega, la participación efectiva, el fútbol se lo da. Un voto en la urna no es garantía de ser oído por quienes olvidan sus promesas. Tampoco ve clara la relación causa-efecto entre pagar impuestos y un satisfactorio derecho a exigir. Vagamente, en el mejor de los casos, percibe que hay demasiados mecanismos interpuestos.

Pero un grito en el estadio, un grito multiplicado por miles, un paroxismo colectivo de pañuelos blancos, eso sí da resultado. Allí, el pueblo (la "afición") sí parece soberano. Incluso en casa, frente al televisor, el aficionado se siente partícipe, refrendado por los foros mediáticos a cuya difusión contribuye, calentado luego por la charla de café, y animado finalmente por los frutos que llega a ver brotar.

Pues en el fútbol las cosas sí cambian cuando van mal. Si el equipo no marcha, el entrenador es cesado o se fichan nuevos jugadores. Si el problema persiste, hasta la cabeza presidencial se ve seriamente amenazada. Mientras en otras esferas, las manifestaciones espontáneas de indignación están brillante y vergonzosamente ausentes (escándalos políticos, por ejemplo), el montaje en torno al fútbol las concita cada vez más, bien para echar a un directivo o para que el equipo no pierda la categoría. Sí, tal vez los suyos no ganen la liga, pero el hincha participa, se siente tenido en cuenta.

Sucedáneo de la política, el fútbol es guarida de ilusiones. Poco importa que en su seno la ética no sea menos infame que fuera de él; que se aplauda, si es a favor, "el penalti injusto y en el último minuto"; que el entrenador estimule a sus jugadores a fingirlos, aunque luego clame al cielo cuando les castigan con uno fingido; que los presidentes de los clubes se insulten aún con menos compasión que los políticos; que los árbitros sufran ataques y presiones aún más feroces que los jueces independientes; o que los informadores deportivos estén enzarzados en guerras aún más cruentas que los periodistas políticos.

Por otra parte, a diferencia de la política, en el fútbol todo parece más tolerable. A fin de cuentas, se trata de un juego. Todo está teñido de cierto espíritu festivo, no cabe tomarlo plenamente en serio. La paradoja reside en que, pese a ello, aun así se vive el fútbol como un asunto de mayúscula importancia, lleno de realidad, incluso como el centro de la vida. Pero el hombre ha sido siempre un gran simulador... Le gusta que lo engañen porque en el fondo no lo engañan: se engaña él a sí mismo, autoconvenciéndose de que lo que le ofrecen no son señuelos, por más que sepa que lo son.

Y así es como los hombres se entregan en manos de un supuesto "interés general", peligroso disfraz del pensamiento único, germen del totalitarismo que acecha al mundo desarrollado.

Todo es como siempre, pero tal vez peor. Mas no hay que dramatizar. La realidad ya es lo bastante patética. Además, seguro que a ti, querido/a lector/a, te puede gustar el fútbol, pero tú no eres un forofo acrítico, ¿verdad? Sabes separar el trigo de la paja, y te consta que el montaje futbolero es paja. Y que forma parte de esa comedia secular que los hombres nos hemos venido forjando.

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¡Qué poco gusta el fútbol!
© G.S.V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (julio de 2001)

Son pocas las personas que muestran una afición auténtica por el fútbol como deporte, y muchas las que se entusiasman por "victorias" localistas o nacionales. ¿No se podrían rescatar los valores auténticos de este deporte, y hacer de la sana afición motivo de alegría sin caer en la manipulación social?

La afición por un objeto o por una actividad suscita en la persona interés por dedicarle tiempo y disfrutar de ella. Dada la diversidad humana, lo más frecuente es que los gustos de una población sean variados. Sorprende por tanto que un porcentaje tan desmesuradamente grande de españoles sean "aficionados" al fútbol, dado que existen otros deportes que también exigen habilidad, fuerza, ingenio, entrenamiento, coordinación, o cualesquiera de las capacidades humanas que dan valor al deporte como espectáculo. Para comprender este fenómeno no se me ocurre otra explicación que la siguiente: a poca gente le gusta realmente el fútbol.

Si a muchos les gustara el fútbol, las cadenas televisivas se esforzarían por retransmitir, además de los encuentros con participación de equipos nacionales, más partidos entre los grandes equipos extranjeros. Si la gente disfrutara con el fútbol en sí, reconocería con admiración y satisfacción las buenas jugadas de cualquier futbolista, con independencia del equipo en el que jugara.

No parece apropiado usar la palabra Īgustoā para referirse a esas masas de fervorosos patriotas que, curiosamente, expresan su patriotismo a distintos niveles, en función del encuentro: son de su ciudad cuando "su" equipo juega contra el de otra ciudad española (en este caso la segunda localidad sería la rival); son de su país cuando un equipo nacional (que quizá hace una semana era un rival) juega contra otro país. Se mueven por resortes de afinidad que activan mecanismos de exclusión, pulsiones de rechazo, muy frecuentes entre los aficionados medios (no estamos hablando de los grupúsculos más fanatizados de hinchas), y más entre los adolescentes y jóvenes. No es infrecuente ver asociada la "afición" a un equipo con un desprecio visceral hacia quien se considera el contrario.

En los deportes competitivos, y especialmente en el fútbol, no existe tanto una afición al deporte en sí, cuanto una devoción hacia un equipo (o varios), con todo lo que eso representa: orgullo, patrioterismo, superioridad local o nacional, catarsis colectiva... En definitiva, una perversión de los otros valores previos, muy superiores, basados en unas relaciones personales y grupales sanas: la familiaridad por lo cercano, la amistad, la ilusión por comprobar la superación personal de personas a las que apreciamos...

El problema de estos deportes es que la competencia ha llegado a anular casi por completo la deportividad. El fútbol como deporte no es mucho más atractivo que otros; si la afición por él no estuviera mediatizada por las presiones sociales, ésta dependería de los gustos particulares, y sería sin duda menor (y mayor la afición por otros). Pero el fútbol resulta ahora omnipresente, y se ha mercantilizado, deshumanizado y sublimado hasta una posición casi religiosa, aniquilando en él los valores que, en su etapa de inocencia, podría tener: esfuerzo, colaboración, promoción de la salud, camaradería...

Nos quejamos de la competitividad a la que nos conduce el sistema económico actual, pero en aquellas parcelas de nuestra vida que todavía podemos (¿podemos?) controlar, cuales son nuestros gustos y aficiones, la fomentamos y contagiamos a nuestro entorno.

¡Qué triste espectáculo se presencia cuando se celebra una "victoria"! Padres adoctrinando a niños, casi bebés, en los himnos y trances de esta religión moderna; respetables ciudadanos –que seguramente despotrican contra las tribus urbanas– invadiendo los espacios y los monumentos públicos; y quienes desprecian el fanatismo nacionalista, mostrando abiertamente sus pulsiones patrioteras, amparados por la masa y el anonimato.

Si se diera a estas "victorias" el valor que les corresponde, esos días no quedaría más opción que mantener la radio apagada para no tener que soportar los infinitos lamentos o congratulaciones (qué más da) de aficionados o detractores. O lo que es peor, comentarios en las tertulias, "análisis" del tema en profundidad, como si se pudiera ir más allá en temas tan superfluos. No sólo es triste; también da miedo. No sólo por la degradación extrema en que puedan incurrir algunas minorías violentas (desgraciadamente, cada vez más presentes), sino sobre todo por la tragedia de comprobar cuáles son los motivos que movilizan a una gran parte de la población. Ni siquiera es el fútbol, no, eso no daría tanto miedo; es el sentimiento atávico y excluyente de pertenencia a un colectivo.

Todas esas personas, por el hecho de ser muchas, se creen en el derecho de invadir la calle sin tener en cuenta las mínimas normas de convivencia o los derechos de quienes no comparten su fervor. El día de la victoria no puede haber voces discrepantes. ¿Surtiría efecto una llamada a la calma, a la reflexión? ¿Qué reacción tendrían todos estos ciudadanos ante una situación de auténtica crisis, o ante proclamas de movilización manipuladas por grupos poderosos? ¿Sabrían actuar independientemente, con criterio propio, con la serenidad necesaria?

Se nos quiere convencer de que avanzamos hacia una sociedad diversa, multiétnica, en la que están representados numerosos colectivos, para poner así fin a los modelos, antiguos o modernos, de exclusión de minorías. Ahora que la mundialización tiende a imponernos la diversidad, tan temida por el poder en privado como alabada en público, estas celebraciones alienantes, junto con las tradicionales (desfiles, procesiones...) vienen a desempeñar el papel aglutinador necesario para la construcción de una sociedad inmovilizada. Junto con el consumismo y las adicciones más diversas, son uno de los factores que homogeneizan la sociedad. ¿Oiremos alguna vez a un político hacer un comentario mínimamente crítico sobre el gran montaje futbolístico? Lo dudo.

Cuando un equipo local o nacional pierde, unos pocos (pero respetables) ciudadanos podrán dormir ese día, salir a la calle sin ser avasallados por las masas de aficionados. Aunque no creo que muchos la aprovechen, cada derrota proporciona a millones de forofos una oportunidad más de valorar la vida en su justa medida, y descubrir si aquello en lo que depositan las esperanzas del día, de la semana, de la temporada (a veces de la vida) merece tanto la pena. Muchos esperarán meses, años, una revancha. El azar (unido a las sumas millonarias que deciden qué equipo es "mejor") les da la oportunidad de bajar los humos de sus fuegos internos e, incluso, de pensar.

En cierta ocasión entré con un amigo en una tienda de comestibles. El dependiente parecía estar atento al desarrollo de un partido de fútbol retransmitido por la radio. "Está emocionante el partido, ¿no?", le preguntó mi amigo. El otro, mientras bajaba el volumen con una expresión de desinterés, dijo: "La verdad es que no. Me gustaba el fútbol... cuando era fútbol."

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