Nuevo Orden Mundial, democracia y libertades
© G.S.V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (2 de octubre de 2001)

Desde que en la primavera de 2001 La Excepción salió a navegar al espacio cibernético, nuestro lema ha sido "Una respuesta al totalitarismo emergente". Hasta el 11.9.01, numerosas tendencias de la política y sociedad mundiales venían avisando de la emergencia de una mentalidad totalitaria global. Y no obstante, hasta entonces, era difícil escuchar voces que explícitamente clamaran por la implantación de un sistema en el que no se respetaran las garantías jurídicas de las personas y de los pueblos. Desde ese día, en cambio, esas voces se han multiplicado y predican desde tribunas prestigiosas.

La democracia sólo puede subsistir cuando hay garantías de orden; la historia de la democracia moderna, en gran medida deudora de los Estados Unidos, es la historia de la tensión por mantener el orden interior de los sistemas democráticos a base de implantar el desorden en el exterior. Los países en los que se han alcanzado altas cotas de participación ciudadana han sido casi siempre países con una acción exterior en ocasiones brutal, bien mediante el colonialismo (hasta mediados del siglo XX) o el neocolonialismo (desde la descolonización), bien mediante el desarrollo de conflictos en la periferia (durante la guerra fría).

Aunque en ocasiones la izquierda radical pueda llegar a exagerar en la culpabilización de los países occidentales y, sobre todo, en la desculpabilización de los países pobres, es innegable que la teoría de la dependencia se puede aplicar de forma general a la geopolítica de los últimas décadas. Ni siquiera los más astutos neoliberales podrían negar que la internacionalización de los flujos productivos, comerciales, financieros y geopolíticos de Occidente ha sido un factor de desestabilización de numerosas áreas de la periferia. Desde posturas derivadas del darwinismo social podrían alegar que si los países occidentales no hubieran ocupado esos espacios, otras potencias lo habrían hecho. Seguramente es cierto, pero, ¿exime esa afirmación de responsabilidad a quienes han dominado y dominan gran parte del mundo?

La democracia es un sistema muy frágil. Durante los pocos siglos de su limitadísima gestación e implantación, ha subsistido en un contexto internacional cada vez más destructivo (guerras coloniales, guerras mundiales, conflictos de la guerra fría, conflictos de la era global...) y bajo numerosos "estados de excepción" que podrían inducir a cuestionar su propia existencia real (limitación de las libertades civiles, militarización de la sociedad, guerras sucias, crímenes por razón de estado, corrupción, despolitización social...).

Por otro lado, la democracia se ha logrado como resultado de ciertos consensos sociales e ideológicos, que han superado incluso los cuestionamientos que desde dentro del propio sistema (tanto desde la derecha como desde la izquierda) la han asediado.

Además de todos los elogios que la democracia como sistema merece, es necesario comprender su fragilidad para poder utilizar el término correctamente. Si concebimos este sistema como algo dado, como algo natural a las sociedades (o por lo menos a las occidentales), algo que hemos logrado ya y que sólo enemigos externos nos pueden arrebatar, es fácil incurrir en los abusos a los que este término viene siendo sometido últimamente, y más desde el 11.9.01.

Los gobiernos occidentales, y muy especialmente el estadounidense, vienen utilizando de forma indiscriminada y acrítica la palabra 'democracia' como un término absoluto, identificando este sistema con los países occidentales. Por supuesto, si hay países en el mundo en los que se pueda hablar de grados de democracia alcanzados a nivel institucional, éstos son los occidentales, por numerosas razones históricas que no viene al caso analizar (reconocerlo no implica ningún desprecio hacia otros países con dinámicas históricas distintas). Pero ningún país, y menos en el ámbito de las relaciones internacionales, puede considerarse con dosis suficientes de democracia como para estar vacunado contra el virus del totalitarismo. Ningún país, por ser democrático con sus ciudadanos, lo será necesariamente con los ciudadanos o súbditos de otros países. De hecho, suele darse lo contrario.

Además, cuanto más poderoso es el país a nivel internacional, más antidemocráticamente suele comportarse en la aplicación de su política exterior. De ahí que Estados Unidos, con una política exterior progresivamente más activa a lo largo de su historia, sea una buena muestra de este terrible principio. Paralelamente, en su desarrollo interno ha habido una lucha por alcanzar mayores cotas de participación ciudadana y democrática (proceso muy obstaculizado por el propio sistema, pero admirable en tantas dimensiones de la vida social de este gran país).

Este abuso del término 'democracia' es uno de los numerosos signos del Nuevo Orden Mundial del que, especialmente desde la guerra del Golfo, se viene hablando. Bajo los auspicios de este programa de reorganización mundial, se abre el camino hacia un nuevo totalitarismo global, con consecuencias no sólo en el ámbito internacional, sino también en el de las libertades en los países democráticos. Buena muestra de ello son algunas de las afirmaciones que se han podido leer desde el 11.9.01, como la siguiente de José Antonio Zarzalejos, director de ABC: «La devastación de Manhattan [...] adelanta con inminencia un nuevo orden mundial en el que la defensa de los sistemas políticos basados en la democracia retomarán la fuerza, revisarán sus fundamentos dialécticos e identificarán –esta vez ya de verdad– a sus auténticos enemigos que son –lo han venido siendo– los nacionalismos, los fundamentalismos religiosos y supuestamente trascendentes y los fanatismos étnicos que han gozado de espacios de comprensión teórica y práctica de la mano amable y generosa del multiculturalismo, la dilución de la fortaleza de los Estados nacionales, el neorromanticismo racista e idiomático y la convivencia mansa con las dictaduras nucleares con estructuras terroristas incardinadas en respetables gobiernos que arrojaban contra el imperio americano la fortaleza de su presunta debilidad» (ABC, 12.9.01). Un auténtico programa de persecución política y social entre cuyos objetivos humanos, junto con los grupos agresivos, se podrían confundir todo tipo de personas y organizaciones sospechosas de compartir algún rasgo con ellos.

Federico Jiménez Losantos completa el panorama incluyendo a «los terroristas antiglobalización», «los apocalípticos de pacotilla», «los enemigos de Occidente» (El Mundo, 12.9.01), «todo ese periodismo-basura de la progresía occidental», «la marabunta antiglobalización, con el grupo "Attac" de los Ramonet y compañía como vanguardia intelectual de la lucha contra las libertades de Occidente, y con las hordas de Génova como semillero de complicidades terroristas» (Libertad Digital, 15.9.01).

Comienza un proceso de difamación de colectivos críticos, tengan que ver o no con el terrorismo internacional, he incluso se les equipara con los terroristas en la medida en que «se diferencian en los medios, pero coinciden en los fines», (Enrique de Diego, Libertad Digital, 18.9.01), en alusión al espíritu antinorteamericano que inspira a algunos de estos grupos. Empiezan a proliferar las afirmaciones de carácter totalitario por su tono y contenido, y en las que, paradójicamente, se pretende rechazar el totalitarismo: «El terrorismo integrista sí es la globalización. El terrorismo es el mal absoluto. El integrismo es el enemigo absoluto de la libertad, lo demás es comentario» (Enrique de Diego, Libertad Digital, 12.9.01)

Siguiendo un esquema de pensamiento burdamente maniqueo, numerosos políticos (empezando por Bush) y líderes de opinión exigen a los ciudadanos que demuestren de qué lado están. La dinámica que mueve las guerras fuerza a los que se encuentran en medio de ellas a que se decanten por un bando; no se admite que no se pueda estar ni con unos ni con otros. Algunos pretenden aplicar esa dinámica a nivel global, por primera vez en la historia. El propio "escenario" de la guerra, tan difuso, podría inducir a generalizar este esquematismo bélico a toda la sociedad.

Este Nuevo Orden Mundial traerá unidad de acción internacional (militar, penal, política, ideológica, neorreligiosa), no según el sueño utópico de la solidaridad, sino según los tradicionales programas prágmáticos de seguridad garantizada por el uso de la fuerza.

 

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