No fue una buena noticia
© J. F. S. P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (19 de diciembre de 2003 – 20 de enero de 2004)

El apresamiento del asesino Sadam Huseín (13.12.03), llamado “captura”, ha sido recibido por la gran mayoría de los comentaristas, incluidos muchos detractores de la guerra contra Irak, como una buena noticia...

«El que de vosotros esté sin pecado, tire la primera piedra»
(Jesús de Nazaret, Evangelio de Juan 8: 7)

A raíz del golpe de estado planetario del pasado 16.3.03 en Las Azores, el secretario de las Naciones Unidas, Kofi Anán, emitió un breve comunicado que ya apenas se recuerda (el sistema ha tenido a bien silenciarlo al máximo). En él declaraba que esa guerra se hacía al margen del derecho internacional, por emprenderse sin el consentimiento de la ONU.

Es imprescindible evocar esa ilegalidad a la hora de analizar el reciente apresamiento de Sadam Huseín, ex tirano iraquí y responsable de miles de muertos en guerras y masacres en “tiempo de paz”.

Se ha llamado “captura” a dicho apresamiento. Según el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), ‘capturar’ es, en su primera acepción: «Aprehender a persona que es o se reputa delincuente, y no se entrega voluntariamente.» Sólo en una segunda acepción se hace extensivo el término al acto de aprehender a cualquiera «que ofrezca resistencia». Pero, habida cuenta de que se considera una y otra vez a Sadam un criminal (i.e., un delincuente, y no de los más moderados), no cabe duda de que el uso de ‘capturar’ hace aquí referencia a la primera acepción del DRAE.

A primera vista, la argumentación parecería impecable. Nos hallamos, en efecto, ante un consumado asesino. Tras llegar al poder en 1968 mediante un golpe de estado (ciertamente, incruento), procedió a eliminar a sus opositores. En alianza con un Occidente encabezado por Estados Unidos, emprendió y sostuvo durante los años ochenta una larga guerra contra Irán, causante de muchas decenas de miles de muertos. A finales de aquella década masacró a la población kurda de su país, siendo aún aliado de Occidente (que, por cierto, no condenó tales crímenes). En 1990 procedió a la invasión de Kuwait (aprobada, como es sabido, por la embajadora norteamericana), que se produjo de manera no incruenta. Tras la retirada de la “coalición internacional” que lo expulsó del emirato (no sin “castigar” de paso con miríadas de bombas Bagdad, Basora y otras ciudades iraquíes, ocasionando decenas de miles de civiles y militares muertos), Sadam procedió a masacrar de nuevo a los kurdos y, adicionalmente, a los chiítas a principios de los noventa. Por si fuera poco, a raíz de su derrocamiento en la primavera de 2003, lideró una resistencia (o parte de ella) a las fuerzas invasoras que ocasionó numerosas muertes de civiles y militares (ver La resistencia iraquí, ¿terrorista?). Nos las vemos, pues, con un dirigente cuya hoja de servicios se halla completamente teñida de sangre. Entonces, ¿qué problema puede haber en relación con su apresamiento? (En La Excepción somos, por lo demás, radicalmente contrarios a la impunidad).

No entraremos demasiado aquí en las dificultades que entraña su consideración como delincuente, en particular desde el punto de vista del derecho internacional. [Las condenas de la ONU, las que habrían justificado su captura, estaban condicionadas a un solo requisito: que obraran en poder del régimen iraquí “armas de destrucción masiva” (ADM). Pero esas armas nunca aparecieron, ni siquiera una vez “capturado” el presunto “delincuente”. Es más, el mismo día que se declaró la guerra ilegal contra su país, Irak estaba eliminando de manera pública armas de cierta potencia pero que difícilmente, como entonces se reconoció, podían merecer la consideración de ADM (los misiles Al Samud).] A pesar de dichas dificultades, admitiremos aquí dicha condición delictiva, habida cuenta, por ejemplo, de sus masacres bélicas, que le adjudicarían el cargo de criminal de guerra.

Digamos, pues, que Sadam es un delincuente. Un delincuente que, obviamente, llevaba meses resistiéndose a su aprehensión. Pero, aunque en su primera acepción de ‘capturar’ el DRAE no explicita quién debe apresar a un delincuente, resulta incuestionable que subyace a ella la exigencia de que sea la ley, y quienes la representan, los únicos legitimados para cumplir esa misión. No en vano se define ‘delito’ (que es lo que hacen los delincuentes) como «Culpa, crimen, quebrantamiento de la ley» (las demás acepciones abundan en esta idea). 

Dado que la operación que concluyó en el apresamiento de Sadam se produjo en el contexto de una invasión ilegal de Irak (algunos argüirán que después quedó “legalizada”, pero es obvio que a lo sumo eso sólo podrá decirse de facto, nunca de iure [como, en efecto, no se ha dicho en ningún momento], y mucho menos desde el punto de vista moral), sólo cabe concluir que el apresamiento de Sadam no es en modo alguno una captura, sino un secuestro.

En estas condiciones, y dado el mencionado vicio de raíz, su juicio será, con independencia de las “garantías” que lo acompañen y de los cargos que se invoquen contra Sadam, un proceso ilegal. Y en caso de que tenga por sentencia la pena de muerte, y ésta llegase a ejecutarse, estaremos ante un asesinato.

Muchos leguleyos, naturalmente, podrán objetar a esta tesis recurriendo a la jerga en la que son tan duchos (y, tal vez, a la catadura moral que es necesaria para semejante objeción). Pero las almas libres y sensibles, por muy antipática que les resulte la figura del asesino Sadam, considerarán la argumentación previa, en su forma, y sobre todo en su fondo, irrefutable.


La dignidad humana de Sadam Huseín

«Creo que debería recibir la pena máxima por lo que ha hecho a su pueblo; es un asesino, que merece ser sometido a la justicia última» (El Mundo, 16.12.03). Quien afirma esto es George W. Bush, y ciertamente no lo dice de sí mismo. A pesar de ser un simple mortal, y aunque el calificativo que emplea para Sadam se le podría aplicar a él con idéntica justicia, sus palabras revelan que se siente capacitado, e incluso legitimado, para juzgar moralmente al ex líder iraquí. Pero en alguien con el cargo y la arrogancia de Bush, eso implica además sentirse capacitado y legitimado para disponer sobre vidas ajenas, o al menos para influir del modo más macabro en el destino de las mismas. No se trata, por desgracia, de una opinión más.

Siendo así, no es de extrañar que las fuerzas a sus órdenes (CIA, ejército estadounidense) hayan aplicado a su prisionero un trato de lo más objetable desde su “captura” (narrada, por cierto, un tanto peliculeramente, incluidos ciertos datos poco verosímiles). O que hayan violado la Convención de Ginebra, la cual en su artículo 5.318 exige que «los prisioneros de guerra deben estar protegidos, en todo momento, contra los actos de violencia e intimidación, contra los insultos y la curiosidad pública [...]. Tienen derecho, en cualquier circunstancia, al respeto a su persona y a su honor». (Sabido es que Sadam ha sido exhibido como un trofeo, conocidas son las serias sospechas existentes de que fuera drogado en la hora de su apresamiento, las referencias de sus secuestradores a su persona calificándolo de “rata”, la triunfal proclamación pública del rapto: “¡Lo tenemos!”, la ya citada y sin duda influyente declaración de Bush en el sentido de que debería ser ejecutado, etcétera). Tampoco sorprende que al poco de aprehenderlo, sus raptores se lo llevaran a una base secreta de Qatar, para ser interrogado por la CIA... Y que, transcurrido más de un mes desde el comienzo de su secuestro, el secretismo siga siendo la norma sobre su paradero y situación actual.

Los corifeos de Bush en el resto del mundo, como era de esperar, han interpretado su papel. Al día siguiente del apresamiento, Aznar pregonaba: «Ha llegado la hora de que Sadam pague por sus crímenes» (El Mundo, 14.12.03). Pero cuando el marco de la “captura” está signado por la más flagrante ilegalidad internacional, es difícil creer que ese “pago” pueda ser el resultado de un juicio justo y con verdaderas garantías para el apresado.

El ex dictador iraquí está, pues, recibiendo un trato atentatorio contra su dignidad personal. Y en este punto, será oportuno traer a colación unas reflexiones que, al respecto, efectuábamos el 17.4.03 (ver No al asesinato de Sadam):

«Los tiranos, por el hecho de serlo, ¿pierden su dignidad humana? En otras palabras, ¿dejan de merecer el trato que, según se suele aceptar, merece el común de los seres humanos? Se puede responder afirmativa o negativamente. Pero téngase en cuenta que, si se hace en el segundo sentido, tal vez se los esté reduciendo a una condición infrahumana (¿animal?).

»La abrumadora propaganda norteamericana ha conseguido instalar en las mentes de la mayoría de los habitantes de este planeta, y en particular de los occidentales, la idea de que Sadam Huseín no tiene derecho a la vida. Mezclando verdades y mentiras, se ha sostenido esa idea a base de reiterar su calidad de tirano sanguinario, de exagerar la peligrosidad de su armamento, y de inventarse sus conexiones con Bin Laden. Además, el simplismo bipolar ha venido en ayuda de esa falacia, dejando bajo sospecha de complicidad con el sátrapa a todo aquél que osase decir una palabra en su favor, aunque sólo fuera en defensa de su vida y de su dignidad. Es así como se fomenta la moral de linchamiento

Todo ello, de una gravedad incalculable. Pues Sadam es, ciertamente, un asesino. Pero es también, todavía, una persona.


Conclusión: una pésima noticia

Es así como la que podía haber sido una buena nueva (digna de haberse incluido en la sección “Buenas Noticias” de La Excepción), un notición mejor aún que el de la captura de Pinochet hace escasos años, queda convertida, globalmente hablando, en un pésimo dato informativo.

Pues aquí, frente a lo que se ha oído tantas veces en estos días, no nos hallamos ante el escarmiento a un tirano, “y que los demás dictadores vayan tomando nota”. Nos encontramos, más bien, ante el avasallamiento por parte de una poderosa tiranía internacional sobre un tirano cruel pero menor. Un mero asunto de fuertes y débiles. La democracia, en sentido global, no saldrá beneficiada por este secuestro, mucho menos por el eventual asesinato de Sadam.

Tampoco el terrorismo, a corto y medio plazo, hará sino crecer en todo el mundo tras la “captura”, como lo viene haciendo desde que fuera emprendida la campaña “Maldad Duradera”, supuestamente destinada a combatirlo y erradicarlo. En cuanto a la violenta resistencia iraquí, a más de un mes del comienzo del rapto, no ha hecho sino seguir consolidándose, agregando dolor al ya existente (ver La resistencia iraquí, ¿terrorista?).

Por lo demás, a estas alturas hace falta ya ser muy miope para no ver que todo el montaje en torno a Irak, Sadam y compañía es sólo un pretexto para establecer una abrumadora hegemonía sobre todo el planeta. Y que quienes la persiguen no exhiben, precisamente, una calidad moral mejor que la de Sadam, ni pueden experimentar la paz que emana de una conciencia más limpia: al igual que el sátrapa, ellos han matado y han mentido; a diferencia de él, ellos pueden seguir haciéndolo, y lo peor de todo es que ése es su propósito.

Vendida como un éxito de la causa de la libertad, la “captura” de Sadam puede favorecer las expectativas electorales de George W. Bush; en otras palabras, la perpetuación en el poder del tirano global (una derrota de Bush no garantizaría otra suerte, pero al menos daría que pensar a muchos politicastros estadounidenses sobre las formas y métodos que se están siguiendo).

En suma, un panorama tan negro como atrozmente realista.

El sistema la ha emprendido hoy contra Sadam, un asesino. Y mañana, ¿contra quién? La respuesta es sencilla: contra cualquiera, belicoso o pacífico, que ose interponerse en su camino hegemonista, que aspira a lograr un dominio total(itario) del mundo (y aun del universo, pues ya hablan de “colonizar” la Luna, estos infelices...).

© LaExcepción.com

Para escribir al autor: juanfernadosanchez@laexcepcion.com y laexcepcion@laexcepcion.com

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