¿Una nación pacífica?
© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (2 de diciembre de 2001)

A raíz de los macroatentados del 11 de septiembre, Bush dijo de su país que es «una nación pacífica». Pero las evidencias disponibles cuestionan semejante afirmación.

En un discurso pronunciado a los pocos días del 11.9.01, el presidente norteamericano afirmó la condición pacífica de su país en el contexto internacional (ver, por ej., El Mundo, 15.9.01). Tácita o explícitamente, numerosos comentaristas han corroborado dicha declaración, enfatizando que la presente escalada bélica en que se hallan incursos los Estados Unidos no es más que una actuación en defensa propia.

Cuando se habla de la primera potencia mundial, muchos de sus críticos son incapaces de superar el estereotipo progre según el cual esa nación es la esencia del mal, al menos en lo que respecta a su política exterior. Olvidan que el mal, por desgracia, es patrimonio del conjunto del género humano (ver Una fecha y sus secuelas). Otros detractores, los revolucionarios (gente más seria pero no necesariamente mucho más acertada que el típico progre) siguen anclados en viejos análisis marxistas-leninistas que encuentran en Norteamérica la encarnación del imperialismo (en palabras de Lenin, la "fase superior del capitalismo"). Sin negar que este diagnóstico contiene una parte de verdad, a sus autores ya debería habérseles revelado como superficial e insuficiente: el imperialismo ha sido la tónica general de cualquier potencia militar a lo largo de la historia, incluido el siglo XX; habrá, pues, que buscarle motivaciones más profundas que el capitalismo, por relevante que éste sea entre sus factores explicativos.

Entre los partidarios de la única superpotencia, que han aumentado de manera sorprendente desde el 11.9.01, es frecuente el mensaje según el cual las críticas a los Estados Unidos nacen de un prejuicio al que denominan "antiamericanismo". Lo que vienen a decir estos "americanistas" es que dichos críticos no condenan a Norteamérica en razón de su conducta, sino que condenan su conducta simplemente en razón de quién la ejecuta.

En La Excepción no compartimos ninguna de las posiciones mencionadas. Y a estas alturas ya debiera ser evidente que quien nos acuse de "antiamericanos" por nuestras críticas a Estados Unidos lo hará o bien de mala fe, o bien por hallarse aquejado de simplismo bipolar (ver Una fecha y sus secuelas y Malos contra malos); o, tal vez, por pura ignorancia. Pues nuestras críticas no se basan en esquemas ideológicos previos, sino en la asunción de la ética excelente, aquélla que se funda en el amor a todo ser humano (llámese George Bush, Bin Laden, etc.), y sea cual sea su sexo, raza, creencia, estatus económico o condición (incluso si ésta es la de "culpable" o la de "enemigo"); así como en la convicción de que el mal tiene su sede en el corazón humano, y no en ningún país o ideología particular.

Hechas estas precisiones, que cada cual administrará o no según su conciencia, respondamos a la pregunta que nos ocupa: ¿Cabe considerar a Estados Unidos, como lo hizo Bush, "una nación pacífica"? Remitámonos a los hechos –es decir, a la historia–, para averiguarlo.


Datos históricos y presentes

En 1823 se promulga la Doctrina Monroe, según la cual Estados Unidos vería con desagrado cualquier intervención europea, especialmente militar, en América del Norte o del Sur. El motivo de dicha declaración, ¿era el benéfico deseo de garantizar la vida pacífica de los pueblos americanos? Cuando se analiza lo que ocurrió desde aquel año en esa área geográfica, se ha de concluir que las razones inspiradoras de dicha doctrina no fueron tan altruistas. Estuvieron fundadas, más bien, en el afán de monopolizar el control de la América Latina.

En efecto, desde 1824 hasta la actualidad, los Estados Unidos consumaron no menos de 70 invasiones de países latinoamericanos. Como fruto de ellas, por ejemplo, arrebataron a México buena parte de su territorio, le quitaron a España Cuba y Puerto Rico, y efectuaron las más variadas agresiones sobre países como Nicaragua, Guatemala, Colombia, Honduras o la República Dominicana. En multitud de casos, la excusa aducida fue la de "proteger los intereses norteamericanos" en dichos países. No en vano los Estados Unidos se caracterizan, casi desde su fundación, por tener intereses (sobre todo, económicos) en cualquier zona del planeta, por alejada que esté de su territorio oficial.

De hecho, los Estados Unidos no se limitaron a convertir en realidad el enunciado "América para los [norte]americanos", en que se resumía la Doctrina Monroe. Las numerosas incursiones estadounidenses en África, Asia y Europa demuestran hasta qué punto ampliaron el objetivo de su ambición, que hoy –especialmente tras el 11.9.01– se concretaría en el lema "El mundo entero para los norteamericanos". Corea y Vietnam son, quizá, los dos ejemplos más paradigmáticos (aunque en modo alguno los únicos) de su sangrienta interferencia en los asuntos ajenos. Pero ésta ha sido una realidad antes, durante y después de la llamada "guerra fría".

Tampoco se limitaron a invadir países de manera abierta. En Chile como en Angola, en Nicaragua como en Irán y Afganistán, en Cuba como en el Congo y Camboya (la mayoría de estos países, también directamente invadidos por EE. UU.) desarrollaron intervenciones más o menos solapadas, derrocando gobiernos, entrenando contraguerrillas, armando y financiando ejércitos opositores... Y no variaron su actitud agresiva porque se iniciara la "guerra fría", según ya hemos visto, ni porque ésta concluyera, como lo demuestran sus numerosos ataques a Irak a lo largo de los años 90, causantes de decenas de miles de muertes debidas a los bombardeos, y de centenares de miles de víctimas por el bloqueo de alimentos y medicinas.

Los Estados Unidos, además, fueron el primer país que descargó bombas atómicas contra poblaciones enteras, Hirosima y Nagasaki. El reguero de napalm que dejaron sobre Vietnam contribuyó al exterminio de cientos de miles de vietnamitas (más de tres millones, según estiman algunas fuentes).

Y los Estados Unidos son, al día de hoy, el principal país fabricante y vendedor de armas en todo el mundo, a mucha distancia de sus más próximos competidores (Gran Bretaña, Rusia y Francia). Armas que sirven para prender y enconar conflictos en las áreas más diversas del planeta.


Una nación violenta

¿Una nación pacífica? Afirmar algo así resulta una broma de pésimo gusto. Y así se lo parecerá, incluso, a los numerosos ciudadanos pacíficos, y aun pacifistas, residentes en Norteamérica. Pues supone despreciar las más abundantes y clamorosas evidencias históricas. Pero, ¿son los Estados Unidos intrínsecamente peores que cualquier otro país de la tierra? El siglo XX ha conocido otras potencias ferozmente agresivas: la Alemania nazi, el Japón imperial o la Unión Soviética son sólo algunas de ellas. A todas ha sobrevivido Norteamérica como gran potencia, y es justo decir que la victoria de alguna de las otras probablemente hubiera traído resultados aún más negativos para el conjunto de la humanidad. Pero, naturalmente, eso no exime a los Estados Unidos de su grave responsabilidad histórica. Ni exime a quienes, de buena o de mala fe, consienten con su aprobación o con su silencio que ahora se erija en potencia omnímoda, "legitimando" así que lleve su agresividad a cotas aún mayores de lo que lo hizo en el pasado. La presente campaña de Afganistán, como las que se anuncian contra Irak, Sudán y otros países, muestran los peligros involucrados en semejante actitud.

El caso norteamericano, su histórica y presente agresividad, ejemplifica perfectamente algo que ya hemos afirmado en La Excepción, y que nos ayuda a comprender en algún grado por qué un régimen aparentemente democrático puede alcanzar tales cotas de violencia:

«La democracia sólo puede subsistir cuando hay garantías de orden; la historia de la democracia moderna, en gran medida deudora de los Estados Unidos, es la historia de la tensión por mantener el orden interior de los sistemas democráticos a base de implantar el desorden en el exterior. Los países en los que se han alcanzado altas cotas de participación ciudadana han sido casi siempre países con una acción exterior en ocasiones brutal» (ver Nuevo Orden Mundial, democracia y libertades).

Pese a quien pese (y a mí me pesa), así es la triste condición humana, incapaz de conciliar democracia interna y externa... Pero la dinámica actual nos presenta un panorama aún más sombrío, como ya se describía en el artículo del cual hemos extraído la cita previa (ver también Una fecha y sus secuelas). En la amenaza terrorista los Estados Unidos han encontrado el filón para "legitimar" su violencia a escala planetaria, y de paso recortar las libertades incluso en su propio territorio. Los tribunales militares que se vienen anunciando harán de Norteamérica una nación aún más violenta también dentro de sus fronteras.

En realidad, la frase de George Bush no concluía donde antes la hemos cortado. Veámosla ahora en su integridad: «Esta es una nación pacífica pero terrible cuando se la agita hasta la ira.» Se nos ha querido hacer ver que se trata de una "ira justa"; sin embargo, a la luz de la historia más bien parece una ira demasiado fácil.

Pero el presidente norteamericano añadía a continuación algo todavía más siniestro y arrogante: «Este conflicto ha comenzado según el calendario y los términos de otros; finalizará de la manera y a la hora que nosotros decidamos.» De este modo, un simple hombre se arrogaba el papel de Dios, es decir, del único que, según el profeta Isaías, puede anunciar «el fin desde el principio», y declarar: «Mis planes se realizarán, y todos mis deseos llevaré a cabo.»

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