Malas nuevas inútiles
© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (3 de mayo de 2002)

Las malas noticias saturan las emisiones de los medios de comunicación. La cosa se agrava cuando su interés real parece nulo.

«Todo está al servicio de la barbarie que se aproxima,
todo, incluso el arte y la ciencia de este tiempo»
(F. Nietzsche,Consideraciones intempestivas, III, § 4)

Viernes, 3 de mayo de 2002, 16:00, boletín informativo de Radio Nacional de España: Una niña holandesa de corta edad muere aplastada bajo el peso de una máquina tragaperras, ubicada dentro del recinto de un centro comercial mallorquín.

La terrible noticia abre el boletín de la cadena pública de emisoras. Podemos imaginar a los padres de la niña, lógicamente destrozados. Nos desagrada “visualizar” la escena de la tragedia. Pasan por nuestras mentes las posibles disputas, legales y extralegales, acerca de la responsabilidad por lo ocurrido. Todo, de lo más desalentador.

Pero lo que quizá no nos venga a la cabeza es la pregunta obvia: ¿Por qué nos lo cuentan? ¿Qué motivo puede justificar que un medio de comunicación público decida comenzar su boletín de las cuatro con una noticia así? Resulta indudable su valor informativo para los familiares de la niña, los responsables del centro comercial y/o de la máquina tragaperras, la policía... (todos los cuales, seguramente, ya conocían el asunto antes de que RNE lo propagase por las ondas). Pero, ¿qué utilidad tiene para la inmensa mayoría de los demás oyentes?

Doy vueltas en busca de una respuesta que salve la cara de esa radio, pero nada satisfactorio encuentro... ¿Se pretendía denunciar el hecho? Ahora bien, tanto si ha sido fortuito, como fruto de la negligencia, o aun de una improbable premeditación, ¿qué se ganará publicándolo a los cuatro vientos? Me esfuerzo, ingenuamente, un poco más: ¿Se buscaba, quizás, advertir a los turistas –suponiendo que la fallecida y sus familiares lo fueran– sobre los peligros de los centros comerciales españoles? (Recuérdese, por ejemplo, que nuestro país es uno de los primeros del mundo en producción y “disfrute” de máquinas tragaperras). Pero resulta poco verosímil una actitud tan altruista como antipatriótica cuando intereses nacionales están en juego. Sigo, no obstante, empeñado en justificar a quienes decidieron dar la noticia… ¿Lo hicieron por suscitar la compasión? Admitiendo que nuestra sensibilidad aún se conmueva con el continuo relato de desgracias (ésta es sólo una más), difícilmente será una compasión activa, y por tanto útil.

Los nobles motivos posibles se agotan... Sin embargo, esa noticia (absurda en tanto que tal, con las salvedades susodichas) ha abierto el espacio informativo de una cadena pública de emisoras a las cuatro de la tarde. La pregunta sigue siendo por qué. La respuesta continúa en el aire.

Con todo, tal vez algo se pueda aventurar, ya en la línea de unos móviles menos virtuosos. Cuesta creer, pese a ello, en el puro morbo, aunque fuera con el propósito de estimular la audiencia. Primero, porque RNE, con ser morbosa (es cada vez mayor el tiempo que dedica a la radiobasura), no se distingue aún entre los medios por esa característica. Segundo, porque la noticia, siendo trágica, no resulta tan novedosa y espectacular a un tiempo como para haber motivado tan perversa intención. Y tercero, porque lo normal es que esos breves boletines (fuera de horas “punta” en audiencia) carezcan de especiales veleidades sensacionalistas.

Cuando casi me dan ganas de admitir que la única finalidad era suscitar esta reflexión (cosa que rechazo por juzgarla más bien remota), recuerdo que en modo alguno ha sido un fenómeno aislado. No es, ni mucho menos, la primera vez que un hecho objetivamente irrelevante para el gran público recibe una atención desmesurada en los medios. Antes al contrario, informaciones de esa índole nos llegan de manera constante (el tercer hijo de la infanta, la nueva aparición pública de tal parásito social, el enésimo “partido del siglo”…). Tampoco es novedad que una intrascendente noticia aireada en los medios se refiera a un suceso trágico (descripción del último tiroteo por “ajuste de cuentas”, detalles de los distintos accidentes mortales de carretera a lo largo del fin de semana, narración exhaustiva del más reciente asesinato de una mujer a manos de su marido…). Sabíamos ya, en efecto, que el periodismo contemporáneo no tiene como criterio informativo único (seguramente, ni siquiera básico) la relevancia real de sus noticias, sino más bien la sensación que éstas producen. No prima la calidad periodística, sino las razones de audiencia.

Así pues, aun prescindiendo del motivo más execrable (el morbo puro…, no tanto por descabellado como por no ajustarse a este caso concreto), no es prudente descartar una solución poco halagüeña a nuestro triste enigma: la inercia de un sistema informativo acostumbrado a un alto grado de efectismo más o menos banal (ver Sed de mal, y Morbo en los medios de comunicación), unida a la momentánea coyuntura de un boletín de baja audiencia y, seguramente, con pocas noticias frescas que contar… En otras palabras: los medios de comunicación como sangrante reflejo de una sociedad enferma, cuya enfermedad, a través de la caja de resonancia mediática, contribuyen a agravar.

Es así como, día tras día, mediante un lento pero inexorable abonado, se fortalecen las raíces de la barbarie. La lógica del negativismo y la bajeza moral, sin necesidad de particulares alardes tremendistas, va impregnando el conjunto de la información y, con ella, la realidad entera. Lo hace con unos medios informativos rutinizados bajo imperativos éticamente poco categóricos; con unas películas que, en cines y televisiones, se recrean prolijamente en secuencias ultraviolentas o ultrasensuales; y con unos "profesionales" que, salvo rarísimas excepciones (¿dónde están, por cierto?), nada cuestionan porque no son sino eso: profesionales, para quienes la remuneración pecuniaria está por encima de la autoexigencia moral. Podrían denunciar, e incluso intentar remover, la basura que los enmierda, pero temen perder puestos y salarios...

Que nadie me entienda mal: no se pretende aquí fomentar noticiarios rosáceos, edulcorantes de la realidad. Ni negar situaciones (como los malos tratos a las mujeres) que exigen una respuesta activa, no una expectación ávida y mórbida. Misión de La Excepción, como ya resultará notorio, es mostrar lo que otros ocultan: lo bueno y lo malo. Y así, contamos con una sección de "Buenas Noticias" (lamentablemente, poco nutrida), porque el bien también existe; pero a la vez, nos sentimos impelidos a desenmascarar los rostros de la barbarie.

Estas mismas líneas intentan ser una prueba más de ello: un alegato en favor de una información veraz que despierte conciencias y movilice voluntades. Y contra un periodismo que las duerme, cuando no instala en los corazones, mediante un casi imperceptible gota a gota, la más atroz de las amarguras, el más desconsolado derrotismo. Y una sequedad del alma que, el día menos pensado, hará que muchos se unan a la moral de linchamiento (ver La Brigada Antiprogre), o entreguen el poder a algún Le Pen con traje de buen diplomático y mejor gestor.

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