¿Cree la Iglesia Católica en el limbo y en el infierno?
© Guillermo Sánchez Vicente
www.laexcepcion.com (16 de julio de 2010)

Según la tradición católica, el limbo es un lugar del más allá, distinto del cielo y del infierno, reservado para los niños que han fallecido sin haber recibido el bautismo. Siendo una creencia olvidada por la mayor parte de los católicos actuales (dado que ofrece una imagen cruel de Dios, al privar a seres inocentes de la gloria eterna), era necesaria una revisión que, por un lado, no tirara por tierra toda la teología oficial en torno a esta cuestión, y por otro desterrara esa desagradable creencia.

Así, en 2004 Juan Pablo II encomendó a una Comisión Teológica Internacional el estudio del asunto. Admitiendo que nunca fue definido como dogma y que tras el Concilio Vaticano II la teología está profundizando en la búsqueda de respuestas acordes a la cuestión con la misericordia de Dios, sin afirmar ni negar explícitamente la existencia del limbo, se dirigió a los teólogos en estos términos: «A vosotros os corresponde escrutar el “nexo” entre todos estos misterios para ofrecer una síntesis teológica que pueda servir de ayuda para una práctica pastoral más coherente e iluminada» (Zenit, 7.10.04); en otras palabras, les estaba pidiendo la cuadratura del círculo.

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: «La gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (cf 1 Tm 2,4) y la ternura de Jesús con los niños […] nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo». Una afirmación categórica en este sentido podría hacer creer que los niños sin bautismo pueden salvarse, lo cual desmontaría algunos aspectos de la teología católica sobre el bautismo; pero el Catecismo concluye seguidamente: «Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo bautismo». Lo chocante es el “por esto”. La lógica de la formulación llevaría a escribir: “A pesar de esto…”, pues si los niños se salvan sin bautismo, ¿para qué tanto apremio por bautizarlos?

El proceso de revisión del asunto alentó a muchos teólogos y jerarcas a considerarse liberados de esta doctrina tradicional. “No existe el Limbo, sino la misericordia de Dios”, escribía el cardenal Carles (La Razón, 4.12.05). Y Raniero Cantalamessa, predicador del papa, afirmó que los niños sin bautismo van al cielo, y añadió: «Debo confesar que la mera idea de un Dios que prive eternamente a una criatura inocente de Su visión sencillamente porque otra persona ha pecado, o debido a un aborto fortuito, me hace estremecer... y estoy seguro de que haría a cualquier no creyente feliz de mantenerse apartado de la fe cristiana. Si el infierno consiste esencialmente en la privación de Dios, ¡el Limbo es infierno!» (Zenit, 26.1.07). Semejante reconocimiento de que la ICR durante siglos había estado condenando a niños inocentes a un lugar equivalente al infierno suscitó algunas reacciones tradicionalistas.

En abril de 2007 la Comisión Teológica Internacional encargada del asunto publicó el documento “La esperanza de salvación para los niños que mueren sin bautismo”, que parecía zanjar la cuestión. Los medios de comunicación lo acogieron muy bien, como muestra de evolución de la teología católica hacia posiciones más humanas que las tradicionales: “La Iglesia cierra el limbo, pero abre el paraíso para salvar a los niños muertos no bautizados”, titulaba El País (21.4.07). Pero entonces la agencia vaticana Zenit publica las declaraciones de una teóloga de esa comisión, Sara Butler, quien destacó que «el informe concluye que el limbo sigue siendo una “posible opinión teológica”. Quien desee defenderlo es libre de hacerlo. Este documento, sin embargo, trata de dar una razón teológica para esperar que los niños no bautizados se puedan salvar» (destacados añadidos en todas las referencias). Y citó el número 41 del documento: «Junto a la teoría del limbo –que permanece como una posible opción teológica– puede haber otros modos de integrar y salvaguardar los principios de la fe subrayados por la Escritura». Según ella, el documento de la Comisión Teológica «indica que dada nuestra comprensión de la misericordia de Dios y el plan de salvación que incluye a Cristo y el don del Espíritu Santo en la Iglesia, nos atrevemos a esperar que estos niños serán salvados por algún don extra-sacramental de Cristo» (Zenit, 4.5.07).

Ante la opinión pública, la ICR había eliminado la doctrina del limbo; pero la verdad es que oficialmente sigue aceptando que quien lo desee la crea y la defienda. Todos estos estudios teológicos llevaron a una posición oficial que seguía siendo exactamente la misma que la del Catecismo de 1992: los católicos se permiten confiar (se atreven a esperar, según Butler; es decir, no están seguros) en que «haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo». Esta ambigüedad propia del Principio de Sí Contradicción permite a la ICR nadar en la sensibilidad moderna que abomina de la idea del limbo, y guardar la ropa de la tradición, de modo que nadie les pueda acusar de cambiar doctrinas a capricho.


El infierno

Un proceso similar tuvo lugar con el infierno, a raíz de ciertas declaraciones de Juan Pablo II en 1999 que supuestamente redefinían esta doctrina, hasta el punto de que parecía afirmar que el infierno no existe (eso es lo que creen muchos católicos, según algunas encuestas). En 2007 Benedicto XVI, por si acaso, aclaró: «El Infierno, del que se habla poco en nuestro tiempo, existe y es eterno para quienes se cierran el corazón a su amor» (Zenit, 26.3.07). Algunos interpretaron que Ratzinger “enmendaba la plana” a Wojtyla, pero el Vaticano se defendió alegando que el papa polaco jamás había negado la existencia real del infierno; esto era cierto, pero no menos lo era que las declaraciones de 1999 estaban revestidas de la característica ambigüedad, calculada para satisfacer a tantos católicos a quienes horroriza la idea de un infierno en el que los condenados sufrirán eternamente (una doctrina, como la del limbo y la del purgatorio, contraria a la Biblia; ver Infierno: ¿Tormento eterno o aniquilación?).

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