La Pasión de Cristo. Amén
© Hernán Pablo Nadal [hnadal@tournet.com.ar] (1 de mayo de 2004)

[En La Excepción hemos juzgado interesante publicar esta colaboración voluntaria, escrita al hilo de dos renombradas películas. Su autor es el periodista y escritor argentino Hernán Pablo Nadal.]

Mel Gibson logró lo que quería: vender. ¿Y qué mejor que una polémica para eso? Las recaudaciones son asombrosas y las discusiones teológicas sobre la película gastan minutos y minutos de programas de televisión.

¿La película? Una sesión de tortura de 2 horas, filmada excelentemente y con una fotografía impecable. Sólo eso.

Sin embargo, deja pensando sobre el desarrollo de los pueblos y de la historia.

Los que no conozcan del tema, podrían catalogarla de antisemita, pero en seguida serán rebatidos con argumentos sencillos.

Tres días después de ver La Pasión vi en video la película francesa Amén donde se analiza la actuación de la Iglesia Católica durante el genocidio del pueblo judío.

Dos historias diferentes pero con tantos puntos en común que es difícil no analizarlas juntas. En ambas, El Poder condena a los débiles y hace la vista gorda a las torturas que reciben. En La Pasión los verdugos son los sacerdotes judíos, esos fari seos que ven amenazada su preeminencia económica y simbólica por un galileo que predica el amor y que critica sus prácticas mercantilistas de la religión. Además se ve claramente cómo los que se oponen a la condena de Jesús son apartados y echados del templo.

En Amén los verdugos son los fanáticos nazis de las SS que llevan a convertir la muerte de millones en un proceso similar al de limpiar un campo de alimañas. Judíos, gitanos, comunistas y cualquier opositor a la política nazi dejaba de pertenecer, por una simple orden, a la raza humana, y era tratado peor que un insecto.

Las similitudes también se encuentran en las actitudes de quienes podrían haber cambiado las respectivas historias. Poncio Pilatos, convencido de la inocencia de Jesús, en quien no encuentra culpa alguna, se libera de su responsabilidad lavándose las manos y entregándolo para que la sangre de su muerte cargue sobre los judíos, por temor a una revuelta interna que le causara inconvenientes con el César.

El poder de la Iglesia Católica, enquistado en el Vaticano, demuestra la pequeñez de espíritu del papa y sus obispos, monseñores y cardenales, que asistían inmóviles a la matanza de millones de judíos, por temor a ser invadidos por los nazis. Los católicos, representando el papel de quienes condenaron a su Dios, al hijo del Santísimo, a una tortura y muerte humana. Miles de años en los que no aprendieron nada, salvo las trampas egoístas de los anteriores victimarios.

Lo que podría ser una mera casualidad de la historia, es a mi entender una causalidad que debe romperse con educación y reflexión. Parece increíble que los pueblos repitan las historias una y otra vez. Pero lo hacen. Y siempre pagan los débiles. Los que no tienen defensa. Los mismos que rodeaban a Jesús, los mismos que morían en campos de concentración de toda Europa, los millones que mueren de hambre en todo el mundo.

Una buena parte del pueblo judío, que después de la Segunda Guerra Mundial y de las atrocidades del régimen nazi pudo consolidar su estado propio, hoy es verdugo a su vez de otros débiles del mundo. Israel es hoy un estado asesino. El muro que mandó construir no sirve sino para crear más odios entre palestinos, árabes y judíos. La violencia nunca es una respuesta. Los avances del ejército israelí que nos mostraron fotos de un padre y un hijo indefensos acribillados por sus balas llevaron a muchos soldados israelíes a resistirse a actuar y hoy están presos por no cumplir con órdenes inmorales. Mientras tanto, el odio generado por los abusos favorece a los extremistas musulmanes que impulsan a jóvenes que desde niños son instruidos en el odio, a inmolarse matando a miles de israelíes inocentes en las calles, los colectivos, los bares y las escuelas de Israel.

Sin embargo siempre hay esperanzas. Como argentino, el 24 de marzo me sentí reconfortado al ver al presidente Néstor Kirchner convertir a la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), en un museo. El mayor campo de concentración de la Argentina, por donde pasaron más de 7.000 personas y se calcula que asesinaron a más de 5.000 podrá servir para recordar las atrocidades de nuestro genocidio y la frase que el fiscal Julio Strassera dijo en el juicio a las juntas militares y que fue tomada por el pueblo argentino como bandera para defender la democracia: “¡Nunca más!”

Cada hombre nace en unas circunstancias determinadas que no elige, pero que siempre pueden cambiar más allá de su voluntad. Hagamos el intento de imaginar en cómo hubiéramos actuado en otras situaciones. ¿Qué hubiéramos hecho en la Alemania Nazi? ¿Qué hicimos durante la dictadura militar?

Siguiendo el ejercicio imaginativo no es difícil lograr sentir el sufrimiento ajeno como propio. En otras circunstancias nosotros mismos podríamos haber sido judíos en Auschwitz, Palestinos en Israel, militantes sociales en la ESMA, o incluso podríamos haber sufrido torturas similares a las del mismo Cristo. No olvidemos la historia y evitemos que se repita. No es fácil, pero quizá es posible y en todo caso vale la pena luchar por ello.

Para escribir al autor: hnadal@tournet.com.ar
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