Juan Pablo II, ¿“el papa de la paz”?
© Juan Fernando Sánchez Peñas / Guillermo Sánchez Vicente [laexcepcion@laexcepcion.com] (11 de junio de 2003)

Con motivo de la guerra contra Irak, el papa ha reafirmado su prestigio como hombre de paz. Procurando ir más allá de los tópicos al respecto, analizamos aquí las claves de la postura vaticana en esa guerra.

Uno de los datos más llamativos de la guerra y preguerra contra Irak ha sido la postura vaticana acerca de ella, y sobre todo la del papa Juan Pablo II. A los ojos del mundo, este último ha aparecido como un infatigable defensor de la paz, pacífico e incluso pacifista.

Gracias a ello, se ha reforzado la impresión mayoritaria sobre su autoridad moral, ya previamente sin parangón para gran parte de la opinión pública (católica y no católica). Por eso, y aunque su autor es un acérrimo defensor del papado, no carecen plenamente de sentido estas palabras: «Juan Pablo II es hoy el indiscutible líder espiritual del mundo» (Luis María Ansón, La Razón, 4.3.03; destacado añadido, como en las demás citas de este artículo que los contengan).

El carácter masivo de las movilizaciones contra la guerra se ha atribuido en parte a ese liderazgo. Los pronunciamientos del papa parecen haber tenido un alto “poder de convocatoria”, por más que, como tal, la Iglesia Católica Romana (ICR) no se haya sumado oficialmente a ninguna manifestación por la paz. No cabe duda de que entre los católicos, como en los demás ámbitos de influencia papal, se ha vivido durante los pasados meses un auténtico rechazo a la guerra como vía de solución de los conflictos. Aun cuando es probable que una gran parte de los opositores a la guerra se haya manifestado contra ella sin asumir plenamente unos sólidos principios pacifistas, y a pesar de que otros colectivos hayan instrumentalizado las condenas a la violencia para su provecho partidista (o incluso para ejercer su propia violencia), ha quedado patente que muchas personas al menos anhelan la paz y se escandalizan ante la guerra; sobre todo, ante una guerra tan premeditada e interesada.

Tanto los políticos como los medios de comunicación, en su línea editorial y en su seguimiento del conflicto, se han declarado sensibles a la opinión del papa. Eso sí, de una manera peculiar...


La utilización de las declaraciones del papa

Resulta curioso, en efecto, recordar cómo han sido acogidas las declaraciones antibélicas del papa por parte del conjunto de la sociedad, y en particular de los estamentos más influyentes (prensa, políticos, intelectuales...). Por un lado, el católico “de a pie” parece haber seguido, de manera bastante fiel en la práctica, las recomendaciones papales. Por otro, aquellos estamentos, fuera cual fuese su posición previa sobre la guerra, las han recibido casi siempre encomiásticamente, pero colocando, a la vez, sobre ellas una sordina mayor o menor (dependiendo de su grado de apoyo al conflicto), o pasándolas por un filtro acorde con sus propios intereses.

Es así como, centrándonos en España, nadie se ha distanciado explícitamente de las declaraciones antibélicas del papa, pero la gran mayoría de los personajes influyentes (desde el presidente Aznar hasta el líder de Izquierda Unida Llamazares, pasando por El País, numerosos neofascistas e incluso los propios católicos) las han distorsionado en su propio beneficio. Esta circunstancia deriva tanto de la reconocida “autoridad moral” del papa como de la complejidad de la postura vaticana, como más adelante veremos. Una postura mucho más “matizada” de lo que buena parte de los informantes y opinantes han podido percibir o han querido transmitir.

Por parte de los sectores de “izquierdas” y “anticlericales” opuestos a la guerra (pero también, de los neofascistas, mayoritariamente contrarios a ella), la tónica ha sido saludar con agrado las admoniciones antibélicas del papa, olvidando o ignorando los matices explícitos o implícitos a muchas de ellas. Así, por ejemplo, Ignacio Ramonet afirmaba que «Juan Pablo II se ha puesto inequívocamente al lado de los pacifistas» (en “Más papista que el papa”, La Voz de Galicia, 12.3.03). Los líderes políticos Zapatero y Llamazares saludaban la postura “pacifista” del papa (incluso la formación del segundo, Izquierda Unida, solicitaba la concesión de la Gran Cruz de Isabel la Católica a Juan Pablo II por su defensa de la paz; www.iualdia.com, 5.5.03). Hasta la extrema izquierda se ha deshecho en alabanzas a la actitud papal en el conflicto (ver A. Beloki, “Dos visitas, dos discursos, dos sensibilidades”, De Verdad, abril 2003, recogido en www.uce.es, la web de la Unificación Comunista de España). Y, por su parte, el periodista católico progresista José Manuel Vidal se esforzaba en popularizar la etiqueta de “el Papa de la paz” (ver sus numerosas crónicas en El Mundo y Religión Digital). En todo caso, se ha tratado por lo general de una toma de posición muy simple y escasamente elaborada, resumible en la utilización, más o menos legítima, del “pacifismo” papal en beneficio de las propias tesis.

En cuanto a los sectores de derechas, más o menos papistas, su actitud ha resultado mucho más compleja. Por lo común, han elogiado la postura del papa. Lo han hecho sin reparos explícitos; pero frecuentemente, al mismo tiempo, con un curiosísimo distanciamiento, cuando no una descalificación implícita, de esa misma postura. En estos sectores era corriente aludir, de manera tácita o expresa, a las declaraciones papales con observaciones de este tenor: “Naturalmente, nadie quiere la guerra.” “El papa se opone, como es su deber.” “Juan Pablo II dice no a la guerra..., ¿qué iba a decir si no?”. De esta manera se cubría, en muchos casos, el desagradable expediente de afrontar el no papal para, a renglón seguido, ya “resuelto” tan enojoso asunto, pasar a defender la guerra.

Es cierto, sin embargo, que también ha habido adversarios de la guerra dentro de los sectores derechistas, tradicionalmente defensores de la política exterior de Estados Unidos. Así al menos se han pronunciado algunos, la mayoría de las veces como fruto de su adhesión, religiosa incluso, al papa Juan Pablo II (valga como ejemplo el caso de la periodista Cristina López Schlichting, en su programa “La Tarde con Cristina” en la COPE); pero tanto en estos casos como en los de los más o menos declarados partidarios de la guerra, el énfasis se ponía de inmediato (sobre todo, a medida que se agudizaban las movilizaciones de protesta) en la crítica de la utilización de la postura papal por parte de la “izquierda” (J. A. Zarzalejos, director de ABC, denunciaba que ésta ha procedido a un «secuestro político» de las tesis del papa; 5.5.03).

Era tan manifiesta, de hecho, la diferencia entre el mucho énfasis empleado en esa crítica, y el muy poco dedicado a la antibélica postura papal, que la posición de estos sectores (incluso la de los derechistas más reacios a la guerra) parecía delatar la incómoda, a veces asfixiante, situación en que se hallaban ante el aluvión antibélico de las masas, frente al cual buscaban semejante “respiradero”. Por lo demás, no parece demasiado suspicaz pensar que el recurso a esta válvula de escape circulase, en tales ámbitos políticos y mediáticos, como una consigna “defensiva” frente a la avalancha antibelicista de aquellos días.

De la manera descrita, la crítica de estos sectores a la utilización por la “izquierda” de la figura del papa era también, ella misma, una utilización de esa figura: más sutil e indirecta; y aún más manipuladora. Venía a decir algo así como: “Los izquierdistas no tienen derecho a utilizar el no papal a la guerra, ya que tradicionalmente han fustigado su figura por mil motivos”. Destaca en este sentido Santiago Martín en La Razón: «Es curioso que los progresistas de turno no lo valoren [el ejercicio de la conciencia crítica por el papa Wojtyla]. Odian tanto a la Iglesia católica que ni siquiera destacan lo que les favorece, con tal de no darle un punto positivo» (8.1.03). Y: «El hecho de que sea la izquierda la que –en general– esté en contra de la guerra ha hecho que también el sector eclesial habitualmente hostil a Juan Pablo II esté en esta ocasión unido a él, aunque sin que sea la fidelidad al Papa lo que les mueva. [...] No ha habido ningún movimiento de recogida de firmas por parte de esos o de otros sectores para aplaudir al Papa por su postura contra la guerra» (12.3.03). Este tipo de críticas servían de cortina de humo para desviar la atención de la guerra misma hacia la supuesta actitud inmoral de la “izquierda”; y, así, los responsables de esta táctica, a la vez que se erigían en defensores del papa, paradójicamente diluían sus mensajes antibélicos.

Por otro lado, es significativo que desde el propio Vaticano no hubiera una denuncia explícita de la “manipulación” de la figura del papa por los pacifistas e izquierdistas. Sin duda este silencio ha contribuido al gran prestigio de Juan Pablo II entre estos sectores.


La oposición del papa a la guerra de Irak

Hay algo que parece incuestionable: para la opinión pública internacional (i.e., para la inmensa mayoría de la gente) quedó claro que el papa rechazaba la guerra contra Irak. Es más, la impresión general fue que se trataba de un rechazo nítido y rotundo. Esto no debe perderse de vista.

[Es preciso hacer aquí una digresión, relativa a si habría que distinguir entre las declaraciones del papa y las de otras instancias vaticanas (aparte dejamos las de los obispos de los diferentes países, como por ejemplo España, sin perjuicio de aludir a alguna de ellas más adelante). Es clásico, y forma parte de la estrategia vaticana, que dichas instancias apliquen matices, en uno u otro sentido, a los pronunciamientos papales; estos últimos, en el caso de la guerra que nos ocupa, han mostrado un énfasis uniforme (al menos, hasta que se iniciara la agresión armada), pero al mismo tiempo no son los que han contenido las críticas más acerbas, que más bien han procedido de otros representantes. Para los fines de nuestro análisis, tomaremos al papa y al conjunto del Vaticano como un todo unitario, en la convicción de que, por su propia naturaleza, es un ente de poder centralizado y absolutamente jerarquizado, cuyo responsable (y, por tanto, también el de toda su política y estrategia) es el propio papa; nuestras referencias a éste, por cierto, son en todo momento desde el punto de vista institucional más que personal.]

Ciertamente, diversas declaraciones papales y vaticanas favorecen la mencionada impresión general de duro rechazo de la guerra (tanto que, por momentos, uno podía preguntarse qué había sido de la tan vieja como célebre diplomacia vaticana...). Ya antes de la fase álgida en la crisis reciente, el Vaticano había rechazado un posible ataque a Irak. A partir de octubre de 2002 numerosas conferencias episcopales y destacados representantes de la jerarquía católica comenzaron a manifestarse abiertamente contra la guerra, alegando en la mayoría de las ocasiones razones políticas (riesgo de inestabilidad en Oriente Próximo) y jurídicas (falta de acuerdo en la ONU). El arzobispo Jean-Louis Tauran, secretario vaticano para las Relaciones con los Estados, clamaba el 23 de diciembre: «¡Es necesario hacer lo posible para que este ataque no tenga lugar!» (Zenit).

Pero el primer rechazo realmente rotundo vino del propio Juan Pablo II quien, en un discurso a los representantes de 177 países con los que el Vaticano mantiene relaciones diplomáticas, pronunció su famoso «¡NO A LA GUERRA!», refiriéndose explícitamente a Irak por primera vez (Zenit, 13.1.03). Desde entonces casi todas las tribunas de opinión han repetido este eslogan papal, interpretando su postura como pacifista y, en la mayoría de los casos, haciendo ver que el papa se opone a cualquier guerra.

Sus palabras más duras, y que tanto entusiasmaron a quienes se oponían a la guerra, se pronunciaron cuando el ataque era ya inminente: «La guerra es Satanás. Y como tal, todos los cristianos deberían rechazarla. Porque la elección entre la paz y la guerra también es una elección entre el Bien y el Mal» (El Mundo, 10.3.03). El portavoz del papa, Navarro Valls, se refería a los aliados en estos términos: «Según el desarrollo de la situación internacional, quien decide que se han agotado todos los medios pacíficos que el Derecho Internacional pone a disposición asume una grave responsabilidad frente a Dios, a su conciencia y a la Historia» (La Razón, 19.3.03). Y el presidente del Consejo para la Justicia y la Paz de la “Santa” Sede, Renato Martino, elevaba el tono a su nivel más alto cuando calificaba la guerra como «crimen contra la paz que grita venganza ante Dios» (Zenit, 17.3.03).

Confrontados ante este tipo de declaraciones de los más encumbrados representantes mundiales de la ICR, la pregunta que los más inquietos analistas y vaticanólogos pudieron y debieron hacerse (pero no nos consta que así fuera) era: “¿A qué juega el papa?” No en vano, a primera vista parecía estar plantando cara a la que es hoy la única superpotencia militar del planeta. Y aunque, ciertamente, nadie esperaría que ésta osase jamás lanzar sus bombas contra el Estado Vaticano, la “jugada” podía entrañar algunos riesgos, siquiera estratégicos... Así parecía insinuarlo un conspicuo defensor del papa, el ya citado cura y periodista Santiago Martín: «Hay algo más que conviene resaltar de la postura de la Iglesia: la independencia de Juan Pablo II ante el todopoderoso Estados Unidos. Nada le vendría mejor a Bush –y quizá nada peor al mundo– que un aval del Vaticano en esta posible contienda armada. Es sabido, además, que el Papa y el líder norteamericano mantienen estrechas relaciones y sintonizan en algunos aspectos, como la defensa de la vida y de la familia, por los que la Iglesia libra una batalla casi solitaria. A pesar de esto, el Papa no se ha alineado junto al gigante mundial y está ejerciendo de conciencia crítica» (La Razón, 8.1.03).

Sin negar que, en algún grado, el papa también estuviera desempeñando ese papel de conciencia crítica, la clave de los más duros y reiterados pronunciamientos del papa y el Vaticano parece hallarse más bien en otra parte. Y, para localizarla, es preciso atender primero a esas otras declaraciones vaticanas sobre la guerra que se caracterizaron por ser menos nítidas, más ambiguas y mucho más matizadas; pero, además, a un tercer tipo de declaraciones relativas a los planes y deseos largamente acariciados por la propia ICR.


Las otras declaraciones del papa y el Vaticano sobre la guerra

Hasta que el papa mencionó a Irak el 13 de enero, nadie tenía constancia de que el Vaticano fuera a condenar explícitamente la guerra que Estados Unidos estaba gestando, al punto de que agudos analistas como Santiago Martín (antes mencionado), podían afirmar: «Hay, pues, un cierto “visto bueno” del Vaticano a esta guerra, pero poniendo muchas condiciones, la primera de las cuales es la de que la ONU tenga la última palabra» (La Razón, 18.9.02). Es de suponer que, siguiendo la inercia de la guerra de Afganistán (“consentida” por el Vaticano; ver El Vaticano ante la guerra de Afganistán), pensasen que en este caso la actitud sería similar. De ahí que el “¡No a la guerra!” explícito causara cierta sorpresa hasta en estos medios.

Meses antes de que comenzara la guerra, los representantes papales no se oponían a ella incondicionalmente, sino que destacaban los aspectos legales que debían tenerse en cuenta en caso de declararse. Jean-Louis Tauran, secretario para las Relaciones con los Estados del Vaticano, afirmaba: «Si la comunidad internacional, inspirándose en el derecho internacional y en las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, considerara oportuno y proporcionado el recurso a la fuerza, esto debería tener lugar con una decisión en el marco de las Naciones Unidas, después de haber estudiado las consecuencias para la población civil iraquí, así como las repercusiones que podría tener sobre los países de la región y sobre la estabilidad mundial. De lo contrario, se impondría sólo la ley del más fuerte» (Zenit, 10.9.02; hay que señalar que en la misma entrevista solicitaba «un estatuto especial garantizado internacionalmente para salvaguardar el carácter único de los Santos Lugares de las tres religiones en Jerusalén»). En este punto la posición vaticana coincidía básicamente con la de los países que se oponían a la guerra, como Francia y Alemania, que no alegaban argumentos morales, sino jurídicos.

Muchos opositores a la guerra, entre quienes sin duda hay numerosos pacifistas de corazón y de principios, olvidan que en el famoso discurso papal del «¡No a la guerra!», Juan Pablo II añadía: «Como recuerda la Carta de la Organización de las Naciones Unidas y el Derecho internacional, no puede adoptarse [la guerra], aunque se trate de asegurar el bien común, si no es en casos extremos y bajo condiciones muy estrictas, sin descuidar las consecuencias para la población civil, durante y después de las operaciones» (Zenit, 13.1.03).

La “condena” vaticana jamás fue, como muchos quisieron interpretar, un “No a toda guerra”, sino a lo sumo “No a esta guerra”. Y decimos “a lo sumo” porque ni siquiera su rechazo a la misma era absoluto e incondicional, sino muy matizado y con múltiples detalles ambiguos. Así se pronunciaba el cardenal secretario de Estado Vaticano, Angelo Sodano: «Estamos en contra de la guerra. La cuestión no es saber si será preventiva o no. No es defensiva» (La Razón, 30.1.03), descartando de ese modo una posición vaticana radicalmente antibelicista. El lenguaje diplomático ha sido muy sutil durante todo el proceso. Según Zenit, el cardenal Ratzinger consideraba que «en la situación actual no es justificable desde un punto de vista moral un ataque militar unilateral de Estados Unidos contra Irak» (22.9.02). Al principio de la guerra declaraba: «A la guerra no se llega sino en casos extremos, que no eran los actuales» (La Razón, 22.3.03). Con igual claridad se expresaba el arzobispo Martin, observador permanente de la “Santa” Sede ante las oficinas de las Naciones Unidas en Ginebra: «En estos tiempos difíciles, quien rechaza el uso de la fuerza debe hacerse cargo también de explicar la manera en que puede ser evitada [...]. El uso de la fuerza sólo corresponde a Naciones Unidas» (Zenit, 23.9.02).

La posición vaticana sobre la guerra de Irak, en lugar de constituir un rechazo a la guerra en sí, ha girado en torno al concepto católico de “guerra justa”; así lo confirman numerosas declaraciones y publicaciones (véase, por ejemplo, la exposición que, partiendo del Catecismo, la agencia oficial Zenit hacía el 5 de abril sobre la guerra justa, según la cual es legítimo incluso que, si no queda otro remedio, haya bajas entre los “no combatientes”, es decir, entre los civiles; o las declaraciones de A. M. Rouco, cardenal arzobispo de Madrid, en ABC del 22.12.02, Zenit del 29.4.03 o El Mundo del 3.5.03). (En este punto hay que recordar que la COPE, cadena radiofónica de la Conferencia Episcopal Española, se distinguió por ser la que emitía los programas de orientación más belicista –especialmente La Linterna, conducida todas las noches por Federico Jiménez Losantos–, para escándalo de no pocos católicos sinceros. No es difícil imaginar qué habrían hecho los obispos con un director de programa que día tras día hubiera justificado, junto con todo su equipo, el aborto o los anticonceptivos en una emisora católica. Una muestra más de la verdadera posición de la jerarquía católica al respecto de la guerra).

Una vez comenzada la guerra, los representantes vaticanos expresaron su «profundo dolor» por el inicio de la misma (ABC, 21.3.03). No hay más que revisar todas las declaraciones del papa y sus subalternos para comprobar que, durante la guerra, sólo se expresa el deseo de que acabe, pero no hay ni una sola palabra de condena de la misma, ni mucho menos contra los gobiernos que la están llevando a cabo.

Ya durante la guerra del Golfo (1991) el papa afirmaba ante los fieles reunidos en la plaza de San Pedro: «El bien de la paz puede servir al bien de la humanidad. Una paz justa, ciertamente. No somos pacifistas, no queremos la paz a cualquier precio» (El País, 16.2.03; cursiva añadida). Durante el último conflicto, el papa no ha utilizado el término “pacifismo”, ni en términos laudatorios ni condenatorios. En cambio, en su entorno más inmediato (y sin duda controlado por él) se insiste en que «no es un pacifista» (así, su portavoz Navarro-Valls en Zenit, 13.2.03). Argumentando que ellos son más bien “pacificadores”, el cardenal Sodano, secretario de Estado del Vaticano, señalaba algo bien conocido por quienes siguen la política de este estado, pero que parecía haberse olvidado en los últimos meses: «La Santa Sede no es pacifista a toda costa, pues admite la legítima defensa por parte de los Estados» (Zenit, 18.2.03), frente al pacifismo que, como señalaba Michele Simone (subdirector de la Civiltà Cattolica), «se inspira en la no violencia absoluta» (Zenit, 6.12.02).

El Vaticano también salía al paso de quienes pretendían ver en la actitud papal una oposición a Estados Unidos. Giorgio Ruini, editorialista de L'Osservatore Romano, rechazaba «categóricamente» los intentos de presentar la posición del papa como antiamericana, intepretación que «sería una traición de las intenciones del Santo Padre»; y repetía que la posición del Vaticano no es del todo «pacifista» (Il Messaggero del 10 de febrero, citado en Zenit, 22.2.03).

De hecho, la supuesta contundencia de la condena papal en ningún momento implicó acciones realmente firmes, como habría sido un llamado a la objeción de conciencia de los soldados católicos. Según el cardenal Theodore E. McCarrick, arzobispo de Washington, «como Conferencia Episcopal, hemos estado muy atentos a no calificar su participación [de los soldados estadounidenses] en el conflicto como inmoral» (Zenit, 25.3.03).

Visto todo esto, no deja de sorprender la ingenuidad (o desconocimiento total del proceso) de los sectores “críticos” en el propio catolicismo, quienes, esperando que en su visita a España el papa condenara a los que habían llevado a cabo la guerra ya consumada, se encontraron con un silencio total en relación con ese tema. Algunos se preguntaron si no se debió ¡a la «censura del Gobierno español» al papa! (J. J. Tamayo, El País, 17.5.03). Sin atreverse a dudar de las buenas intenciones de Wojtyla, la Comunidad Cristiana Universitaria Santo Tomás de Aquino le preguntaba en una carta abierta a propósito de su visita a Madrid: «¿Eres tú quien programa estos viajes o vas al dictado de una ideología política que te convierte en rehén de sus intereses partidistas?» (Periodista Digital, 24.5.03).

Por supuesto, no se cumplieron, ni se llegaron a plantear oficialmente, las solicitudes de excomunión de líderes políticos, acariciadas con ilusión por los sectores pacifistas de la ICR (y hasta por numerosas personas de otras denominaciones religiosas, o simplemente indiferentes, ateos incluidos, en un nuevo éxito de liderazgo papal fuera de su redil); en España, el cardenal Rouco negó esa posibilidad, aunque no sin cierta ambigüedad que algunos confundieron con sus propios deseos (La Razón, 26.3.03).

Una vez terminada la guerra, en una estrategia informativa muy similar a la seguida tras el 11-S (ver El Vaticano ante la guerra de Afganistán), se aprecian dos realidades: por un lado, la ausencia total de expresiones de condena (ni siquiera los “¡No a la guerra!” matizados de la preguerra); por otro, el hecho de que la agencia oficial del Vaticano haya resaltado las intervenciones papales que en el pasado justificaron la posibilidad de una guerra. En una información remitida desde Nueva York, Zenit recordaba cómo Juan Pablo II en 1993 «llamó la atención sobre [...] la emergencia del derecho humanitario», según el cual «una vez que se haya agotado el canal diplomático y un buen número de personas estén amenazadas por un agresor injusto, los estados tienen la obligación de desarmar a este agresor, si han fallado todos los demás medios». O cómo en enero de 2000 el papa señalaba que «los crímenes contra la humanidad no pueden considerarse un asunto interno de una nación», por lo que «es legítimo e incluso obligatorio el que se tomen medidas concretas para desarmar al agresor», eso sí, según los principios tradicionales de la “guerra justa” (12.4.03).

No hay que olvidar que el Vaticano no ha condenado, ni mucho menos, todas las guerras recientes (por no hablar de las muchas habidas durante los pasados siglos de su existencia, en buen número de las cuales participó activamente). Yugoslavia, Timor Oriental (con un estruendoso silencio vaticano, a pesar de las numerosas víctimas católicas) y Afganistán son expresivos ejemplos.


A qué “jugaba” el papa...

Al valorar las diferentes posiciones de los líderes políticos ante el conflicto iraquí, la mayoría de los analistas les han atribuido a todos ellos la defensa de unos intereses específicos. Difícilmente alguien ha pensado que la actuación de Bush, Blair o Aznar fuera una cuestión de principios morales; del mismo modo, sólo los ingenuos han creído que las posturas de Chirac o Schröder fueran "pacifistas", resultando por lo general evidente que respondían a unos motivos económicos y electorales concretos.

En cambio, pocos se han preocupado de analizar los intereses que podían mover al Vaticano en su estrategia de oposición a la guerra, a pesar de que este pequeño estado se guía por unos motivos estratégicos que van mucho más allá de sus limitadas fronteras. Se ha aceptado de manera acrítica que la posición del papa era, sin más, del todo coherente con lo que cabía esperar de su condición supuestamente espiritual. Poco ha influido en las valoraciones el hecho de que, si bien con escaso realce, la prensa recordara apoyos pasados del propio Juan Pablo II a otras guerras, como la de Afganistán en 2001, donde también murieron muchos inocentes (ver El Vaticano ante la guerra de Afganistán).

Comparando la reciente guerra con la de Afganistán, hay que tener en cuenta un factor no desdeñable que habría explicado en algún grado la diferente actitud vaticana en una y otra: mientras en Afganistán no había prácticamente presencia de católicos romanos, en Irak existe una destacada minoría de ellos, la cual además en todo momento se ha opuesto a la guerra, al sentirla como una agresión no tanto hacia el dictador cuanto hacia la población a la que pertenecen. Wojtyla no podía abandonar a su suerte a estos fieles. Pero los propios cristianos iraquíes, una vez terminada la guerra, parecen manifestar más preocupación por su situación actual que por la que vivían en tiempos de Sadam, al sentirse hoy amenazados por los chiítas (ver “Los católicos perseguidos en Irak por fundamentalistas islámicos”, Zenit, 3.6.03).

Muchas personas llegaron a creer de manera sincera no sólo que el papa deseaba evitar la guerra, sino además que podría lograrlo. Algunos confiaban, por ejemplo, en un golpe de efecto de Juan Pablo II que resultase demoledor para las aspiraciones belicistas estadounidenses. Así, más allá de los anhelosos mentideros antibélicos, se corrió la voz de que iba a tener lugar una comparecencia papal en la ONU (desmentida por Navarro Valls; ver Zenit 3.3.03), o de que el Vaticano estaba promoviendo el exilio voluntario de Sadam Huseín como una posibilidad para evitar la guerra (revista Inside the Vatican, citada en Zenit, 10.3.03). Incluso llegó a rumorearse que el jefe de la ICR contemplaba seriamente la posibilidad de visitar Irak, en un gesto que representaría algo más que una simple mediación... (según el diario La Rioja del 19.2.03, informaciones no confirmadas obtenidas por el diario digital Gazeta.ru hablaban de que el propio Juan Pablo II habría estado preparando un viaje a Bagdad).

En particular, cuando el comienzo de la guerra era ya inminente tras la cumbre de las Azores del 16 de marzo (ver Golpe de estado planetario, guerra y NOM), cundió la convicción de que nadie sino el papa podía evitar el estallido bélico, aunque para ello tuviera que actuar como “escudo humano” en Bagdad (es decir, mediante su repentino viaje a la capital iraquí; curiosamente, este extremo no fue desmentido por el Vaticano, de manera que no pocos católicos expresaron sus deseos de que hubiera viaje papal, incluso comenzada la guerra). Según rumores nada oficiales, pero quizá sí oficiosos, el decrépito estado del pontífice, marcado por su limitada salud, habría desaconsejado tal solución (no impidió, sin embargo, la visita a España mes y medio después).

De más está recordar que el golpe de efecto nunca llegó a consumarse. No parece, sin embargo, que eso afectase significativamente al prestigio papal (incluso, en ciertos sectores, contribuyó a la pacífica aureola de prudencia y moderación que, sin menoscabo de la firmeza, diríase rodea su frágil y conmovedora estampa). Antes bien, el baño de multitudes de primeros de mayo en España, primer destino postbélico del papa y añejo feudo de éxitos seguros, ratificaría que la actuación que exhibió durante la guerra no había hecho sino acrecentar su excelsa reputación.

Los cálculos vaticanos no habían sido erróneos. El riesgo de “echar toda la carne en el asador” antibélico conllevaba, de cara a la galería, el posible fracaso de no lograr evitarla. Pero la guerra iraquí, impopular y notoria como quizá ninguna otra en la historia, exigía arrostrarlo. Al final, sin duda, la sensación habrá sido que aquella apuesta valió la pena: el esperado agigantamiento internacional de la “autoridad moral” del papa se ha hecho realidad, públicamente ganado a pulso por esa figura que aparecía envuelta en una enorme precariedad física, pero que a la vez emanaba singular firmeza y ardiente espíritu pacificador. En realidad, el éxito ha sido redondo: aunque sólo fuera por cuestión de imagen, el no papal a la guerra, de nítida apariencia, ha justificado los riesgos.


Las ambiciones papales

Pero no hace falta ser un observador demasiado sagaz para comprender que los motivos de la postura papal eran más ambiciosos que todo eso. El carácter ambiguo (mucho más de lo aparente a primera vista) de las declaraciones papales y vaticanas sobre la guerra ya era de por sí un indicio de que algo podía estar cociéndose detrás de bastidores. Así parecen confirmarlo los acontecimientos inmediatamente posteriores al control norteamericano de Bagdad, sobre todo si se “leen” a la luz de las más o menos antiguas aspiraciones vaticanas, expresadas antes, durante y después de dicho control.

En especial, las relativas al proyecto vaticano para “Tierra Santa”, y en concreto para Jerusalén, viejo botín codiciado desde los tiempos de las Cruzadas. El cardenal Theodore E. McCarrick, arzobispo de Washington, era explícito en plena guerra: «Le hemos dicho al gobierno estadounidense que debe reconstruir Irak y que después tiene que centrar su atención en Tierra Santa para promover activamente un diálogo de paz» (Zenit, 25.3.03). Semejante proyecto, que pasa por una presencia permanente (y en algún sentido, dominante) de la institución vaticana en la emblemática ciudad, exigía respetar las siguientes condiciones:

  1. Buena imagen ante el mundo árabe-islámico a fin de facilitar la posición mediadora del papado en el conflicto palestino-israelí (pretexto idóneo para su establecimiento en “Tierra Santa”).


  2. Preservación de las buenas relaciones con el estado de Israel y, sobre todo, con Estados Unidos.


  3. Avances decisivos en la constitución del estado palestino, impulsada por el Vaticano, y contemplada como requisito indispensable para una pacificación del entorno. En tal caso, la función mediadora del papado, lejos de hacerse irrelevante, seguiría estando justificada, habida cuenta del sangriento y recalcitrante historial de ambos pueblos. De hecho, la presencia vaticana sería la fuerza de interposición ideal, por su carácter pacífico, contra la que nadie se permitiría atentar sin acarrearse para sí el mayor de los oprobios.

La anunciada “guerra preventiva” contra Irak, cuestionable y cuestionada como pocas, ofrecía a Roma la ocasión perfecta para dar un gran impulso a sus más caras aspiraciones, que llevaban demasiado tiempo estancadas. Las tres condiciones indicadas no serían fácilmente armonizables entre sí en un marco de oposición aparentemente rotunda a la guerra, salvo que se contase con una “autoridad moral” tan reconocida como la del papa y una capacidad para el “encaje de bolillos” diplomático tan fina como la del Vaticano. Las declaraciones más duras contra la agresión a Irak incrementarían las simpatías del mundo árabe; las más suaves, contribuirían a serenar a israelíes y estadounidenses; y, naturalmente, junto a estas últimas tendrían lugar negociaciones bajo cuerda, incluidas tal vez aquellas conversaciones notoriamente celebradas pero cuyo contenido completo no fue dado a conocer a los medios de comunicación (cuando Pio Laghi, enviado del papa y amigo personal de Bush padre, visitó a Bush hijo en marzo, declaró: «No puedo revelar el contenido substancial de nuestra conversación ni hacer público el texto de la carta personal de Su Santidad al presidente»; Zenit, 6.3.03).

Evidentemente, tampoco La Excepción puede revelar lo tratado en ésa u otras conversaciones entre representantes vaticanos y estadounidenses. Sin embargo, no nos parece excesivamente osado pensar que el mensaje transmitido por los primeros podría parafrasearse así (supongamos que el papa habla con el gobierno norteamericano):

“Desde que, a raíz de la caída del famoso Muro, quedasteis como única superpotencia militar del planeta, manifestáis una lamentable tendencia a olvidar nuestra ‘Santa Alianza’ (sí, aquélla que firmé con vuestro antecesor Ronald Reagan y que a ambos tan útil nos resultó para derribar el comunismo). Pero ahora, amigos míos, os he mostrado que puedo movilizar un gran sector de la opinión pública contra vuestros actos bélicos; os hago ver, de este modo, que aún me necesitáis; de paso, os recuerdo cuáles son mis exigencias: para empezar, el acceso definitivo de mi Santa Sede a Tierra Santa; pero sin perder de vista vuestro apoyo al proceso ecuménico-globalista, ni vuestra poderosa influencia para una legislación pro cristiana en América y en Europa (para acabar con ese otro muro, el de la separación iglesia-estado), ni que pongáis más entusiasmo todavía a la hora de favorecer las posiciones moralistas cristianas respecto al aborto, la pornografía, la familia, etcétera. A poco que haya avances en lo primero, y buenas perspectivas en lo demás, ya veréis qué pronto dejaré de hostigaros y me convertiré en el primer y más entusiasta aliado para vuestra reconstrucción de Irak.”

Naturalmente, todo esto merece una mayor justificación documental. Pero eso ya será objeto de la continuación de este artículo (ver El eje Washington-Vaticano).

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