De la “Santa” Inquisición... y de todas las inquisiciones
© Juan Francisco Muela
ProtestanteDigital.com (19 de agosto de 2004)

Por su especial interés y el acuerdo que suscita en la Redacción de La Excepción, reproducimos este artículo de la revista electrónica Protestante Digital.

UNO: “En la opinión pública la imagen de la Inquisición representa el símbolo del escándalo y de lo opuesto al testimonio. ¿En qué medida esta imagen es fiel a la realidad? Antes de pedir perdón, es necesario tener un conocimiento exacto de los hechos y situar las faltas respecto a las exigencias evangélicas allí donde efectivamente se encuentren”.

Lo dijo, no ha mucho, Juan Pablo II en una carta leída en la rueda de prensa donde se presentaba un libro que recoge las ponencias del Simposio Internacional sobre la Inquisición celebrado en Roma en 1998. En la misiva, Wojtyla declaraba haber “elevado a Dios una plegaria de perdón” (sic) por todo el daño hecho... pero, claro, como puede deducirse de lo dicho, hasta para pedir perdón hay que ser comedido y no pasarse. O, dicho en otras palabras, objetivemos el daño, reduzcámoslo a la mínima expresión posible, a lo estrictamente innegable y quedará “perdonen Vds., ma non troppo”. Borrón y cuenta nueva. Pasemos página y dejémonos ya de remilgos y de culpabilidades que dañan mucho la autoestima y no son éstos tiempos para autocríticas sino para arengas.

DOS: “El recurso a la tortura y las condenas a muerte no fueron tan frecuentes como se ha creído durante mucho tiempo. Como ejemplo puede aducirse que de 1540 a 1700 los tribunales inquisitoriales españoles celebraron 44.674 juicios por herejía de los que sólo se siguieron un 1,8% de ejecuciones mientras un 1,7 % sólo se cumplieron en efigie”.

Lo puntualiza Agostino Borromeo, recopilador de las intervenciones que recoge el libro antes mencionado. Si llamamos en nuestro auxilio a los números y nos ceñimos estrictamente a los muertos de cuerpo presente (que no son demasiados), hechos empíricos y mensurables que constan en los propios archivos inquisitoriales, quedará claro que la cosa estuvo mal pero no fue para tanto (no hay que olvidar que, en ese mismo periodo, los muy piadosos alemanes dieron matarile a cerca de 25.000 “brujas”). No hubo suficientes muertos como para justificar tanta leyenda negra y tanta secular maledicencia. Si nos fijamos sólo en las víctimas directas, los árboles no nos dejarán ver el bosque pero el mal quedará reducido a tamaño manejable y digerible. Es una extraña forma de arrepentimiento, un perdón que llega, como siempre, demasiado tarde.

TRES: “La Iglesia no teme a la verdad... Cuando se estudia en nuestro archivo se saca una imagen más positiva del Santo Oficio”.

Lo afirma Alejandro Ligeres, director del Archivo de la Doctrina de la Fe en declaraciones vertidas a un diario local. Al fin y al cabo, según acababa diciendo, mucha de esa imagen “más negativa” no era sino el producto del falso mito creado por la “malintencionada propaganda protestante” (sic), injusticia que la Santa Madre no supo, ay, contrarrestar con la eficacia que merecía tamaña calumnia.

Tras esta andanada y aun sin dejarse llevar por paranoias conspirativas, uno acaba sospechando que nos hallamos ante una campaña de revisionismo histórico, orquestada en toda regla y lanzada a varios frentes, cuya finalidad no es sino un lavado de imagen que busca, entre otras cosas, reducir al mínimo la consideración que tenga la opinión pública acerca del daño producido por el augusto Tribunal. Nos hallamos ante un claro ejemplo de cómo la supuesta objetividad busca ocultar la verdad diluyéndola.


Diluyendo la verdad

Circulando ya por ese, cada vez más ancho, carril, el sacerdote Vicente Cárcel Ortí, no tiene empacho (ni vergüenza) en subtitular “Cómo forjó el cristianismo el alma española a lo largo de los siglos” una obra, de marcado carácter apologético (Breve Historia de la Iglesia en España, Planeta, 2003), en la que, entre otras cosas, también abunda en la humanísima y bienintencionada actuación del Santo Oficio tan poco comprendida hoy debido a análisis anacrónicos cuando no a la mala fe o a la ignorancia. Y sin embargo, ahí, en esas palabras, está la clave de todo: en la forja, en el producto final, en el objetivo último real perseguido y conseguido. En la magnífica edición que Muchnik Editores hizo en 1996 del Directorium inquisitotorum (Manual de Inquisidores) del dominico Nicolau Eymeric (1376) anotado por el canonista Francisco Peña (en 1578), el propio Peña afirma taxativamente: “La finalidad de los procesos y de las condenas a muerte no es salvar el alma del acusado sino mantener el bienestar público y aterrorizar al pueblo”. Más claro, agua. Es eso, precisamente, lo que da cuenta de la terrible cosecha que la siembra inquisitorial buscó y produjo.

Y es que el crimen principal e incalculable en su magnitud que cometió aquí (y no sólo aquí) el Santo Tribunal tiene que ver, ante todo, con las víctimas indirectas, las que no se contabilizan, los daños colaterales que no dejaron impreso testimonio en las actas. Ese crimen fue la degradación, la muerte moral, civil e intelectual (y espiritual, por supuesto) de todo un pueblo durante siglos y cuyas consecuencias aún colean. Un ambiente envenenado por la sospecha, la delación y el terror, del que muy pocos supieron/pudieron sustraerse y en el que se llegó al punto de vivir tan asustados los perseguidores como los perseguidos (Caro Baroja dixit). Una sociedad policial trufada de delatores, un panorama desolador e irrespirable que esterilizó, aterrorizó y volvió paranoicos a prácticamente todos sus miembros, todos potenciales víctimas y potenciales victimarios, todos con miedo de hablar en público, todos con miedo de comprometer sus carreras y aún sus vidas, todos carceleros, todos esclavos, todos censores, todos censurados. Algo en verdad infinitamente más dañino e ignominioso que lo que puedan indicar las meras, frías y parcas cifras del balance final con las que el Vaticano quiere cerrar, de una vez, el molesto (más que sinceramente doloroso) capítulo. Hasta el doctor Marañón, nada menos, atribuía el origen de, lo que él consideraba, la cobardía y la mezquindad del carácter hispano a la impronta indeleble de la Inquisición.

¿Antes de pedir perdón, es necesario tener un conocimiento exacto de los hechos? Pues bien, ahí los tienen. Atrévanse a encararlos en su terrorífica magnitud porque ese es el fruto podrido (y, ciertamente, inmensurable) de su Inquisición, señores romanos. De la suya... y de la nuestra, de sus inquisidores y de los nuestros, de los de ayer, de los de hoy, de los de siempre que en el mundo son y han sido y que, con métodos bastante más incruentos, aún pululan, entre ustedes... y entre nosotros. Ese fruto reseco no es resultado de la fe sino de la devastación del pensamiento, de la abdicación de la dignidad, del nepotismo, la adulación y el servilismo que produce el terror (y el interés) inducido por un sistema que, si entonces mataba poco era, sencillamente, porque no necesitaba más para someter a todos. Pocas armas hay más poderosas que el miedo, el arma de destrucción masiva por excelencia. Ya se sabe: Basta incinerar a uno (aunque sea figuradamente) y la voz corre como aviso de navegantes acobardando y manchando a todos. Envilecidos, asustados, deshonestos (y por tanto amorales), gregarios, educados para la claudicación y para saber mirar hacia otro lado. Listas negras, anatemas, estigmatizaciones, rumores, insidias, puñaladas de guante blanco disfrazadas con palabras piadosas. Es el triunfo apoteósico del fariseo que, irónicamente (o justicia poética, vaya usted a saber), tampoco tiene garantías de no acabar decapitado también por las minas antipersonal que él mismo sembró ya no recuerda cuándo ni dónde. Guardianes de la sana ortodoxia “llenos de fervor y celo por la verdad religiosa, por la salvación de las almas y por la extirpación de la herejía (...) que en sus ojos brillasen el amor a la verdad y la misericordia...”, que así es como se definía al inquisidor ideal en muchos manuales; unos angelitos, vaya. Ese es su verdadero legado, el daño inmenso (no diré imperdonable) que causaron y causan todos los inquisidores, los suyos y los nuestros, los religiosos y los políticos: el envilecimiento de la comunidad toda, culpables e inocentes convertidos ahora todos en culpables por la infamia y la complicidad del miedo, presas todos de un diabólico síndrome de Estocolmo. Es el principio básico del terrorismo... y funciona. Yo soy testigo.


Conclusión: abyección

Todo eso es, deliberadamente, lo que, a toro pasado, todas las inquisiciones quieren que se ignore o que se olvide, alegando que son subproductos subjetivos y no cuantificables, no computables como “datos exactos”. Toma forma así no ya el sincero deseo de perdón sino el descarado intento de perpetrar la amnesia colectiva que conviene a unos tiempos que han cambiado. El producto combinado de hechos de antaño y pretensiones de hogaño sólo puede tener un nombre: abyección.

Pero los muertos mal enterrados tienen la macabra costumbre de rondar el mundo de los vivos. Así, pues, quien tenga oídos para oír, oiga... y que no olvide. No por denegación del perdón, no. No por deseos de hurgar en la secular herida, no. Sólo para evitar con la memoria viva, el triunfo final de todos los asesinos de la conciencia. Es por ahí por donde no debemos estar dispuestos a pasar. Sólo quedaría, quizá, el valor de salir fuera y llorar amargamente su mal y el nuestro. Puede ser que sea allí donde nos encontremos, pero no en otro sitio.

En el prólogo del Manual de Inquisidores de Eimeric, citado antes, Luis Sala-Molins recapitula sus conclusiones sobre la Inquisición y las inquisiciones con esta demoledora y “ecuménica” frase: “Nada une tanto como lo que divide”. Quizá sea porque todos llevamos un inquisidor dentro.

Juan Francisco Muela es teólogo, presbítero en Bilbao
y Consejero de Medios de Comunicación del Consejo Evangélico del País Vasco.

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