Imposición de símbolos ¿cristianos?
© Guillermo Sánchez Vicente
www.laexcepcion.com (29 de junio de 2010)

La Conferencia Episcopal de la Iglesia Católica Romana (ICR) en España ha emitido una Declaración sobre la exposición de símbolos religiosos cristianos en Europa en previsión de la resolución del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos sobre la exposición de símbolos religiosos en las escuelas estatales.

Según los obispos, “gracias precisamente al cristianismo, Europa ha sabido afirmar la autonomía de los campos espiritual y temporal y abrirse al principio de la libertad religiosa, respetando tanto los derechos de los creyentes como de los no creyentes. Esto se ve más claro en nuestros días, cuando otras religiones se difunden entre nosotros al amparo de esa realidad”. Es cierto que la separación iglesia-estado y la libertad religiosa son un fruto del cristianismo. Pero no es menos cierto que uno de los principales enemigos de esa libertad fue y ha sido siempre la Iglesia Católica Romana, quien no sólo no reconoció ese derecho fundamental hasta el Concilio Vaticano II (y entonces con matices), sino que además históricamente ha estado siempre vinculada a los poderes estatales para imponer su confesión religiosa a todos los ciudadanos. Los propios obispos asumen esto de manera implícita al destacar que es “en nuestros días” cuando hay libertad religiosa.

La declaración afirma que “la presencia de símbolos religiosos cristianos en los ámbitos públicos, en particular la presencia de la cruz, refleja el sentimiento religioso de los cristianos de todas las confesiones y no pretende excluir a nadie”. En esta frase se exponen varias falsedades:

1. Muchos cristianos no sólo no interpretan el crucifijo como símbolo de su fe, sino que incluso lo consideran ofensivo, dado que es un objeto contrario a uno de los Diez Mandamientos bíblicos (suprimido por la Iglesia Católica; ver Una religión sin imágenes). De hecho, durante los primeros siglos del cristianismo no se representó al crucificado, y menos como objeto de culto.

2. No pocos católicos, aunque se identifican con el símbolo del crucifijo, consideran que no debería presidir espacios públicos, por lo que significa de imposición confesional a personas no católicas.

3. Históricamente, el crucifijo ha sido expuesto por las autoridades católicas romanas como signo de imposición doctrinal al conjunto de la sociedad, de ahí que no resulte creíble que hoy no pretenda excluir a nadie. Si consideran que pretende incluir a todos es porque el ideal de la ICR es una sociedad homogénea bajo la fe católica.

Los obispos siguen erigiéndose en intérpretes de la voluntad del conjunto de la sociedad, y afirman que la exhibición oficial del crucifijo “es expresión de una tradición a la que todos reconocen un gran valor y un gran papel catalizador en el diálogo entre personas de buena voluntad y como sostén para los que sufren y los necesitados, sin distinción de fe, raza o nación. En la cultura y en la tradición religiosa cristianas, la cruz representa la salvación y la libertad de la humanidad. De la cruz surgen el altruismo y la generosidad más acendrados, así como una sincera solidaridad ofrecida a todos, sin imponer nada a nadie” (destacados añadidos). Lo que aquí se explica es el significado que para los cristianos tiene no el crucifijo, sino el sacrificio de Jesús en la cruz; pero se intenta hacer creer que el significado del crucifijo es el mismo y para todas las personas. Es decir, se pretende justificar la imposición de un símbolo confesional (considerado idolátrico por los cristianos genuinamente bíblicos, y por otros) a todas las personas, independientemente de sus creencias. El que ellos entiendan que representa una “sincera solidaridad ofrecida a todos” no implica que todos acepten esa solidaridad.

Según la Conferencia Episcopal, si las sociedades de tradición cristiana se oponen a la exposición pública de sus símbolos religiosos en las escuelas, “estas sociedades difícilmente podrán llegar a transmitir a las generaciones futuras su propia identidad y sus valores”. Resulta escandaloso que una institución que secularmente ha negado la libertad y muchos otros derechos fundamentales de la persona pretenda erigirse en garante de esos valores.

Añaden: “Ponerse en contra de los símbolos de los valores que modelan la historia y la cultura de un pueblo es dejarle indefenso ante otras ofertas culturales, no siempre  benéficas”. Por supuesto, los obispos no han tenido el valor de especificar a qué ofertas culturales se refieren; de este modo su declaración servirá, como viene ocurriendo, de punto de encuentro entre los católicos tradicionalistas, los no creyentes identitarios, los islamófobos y otros colectivos que van configurando un frente común contrario a la libertad religiosa.

Finalmente, para evitar la impresión de que se busca una excepcionalidad con la ICR, la Conferencia Episcopal recuerda que en algunos países de Europa “se permiten explícitamente otros símbolos religiosos, sea por ley o por su aceptación espontánea”. Pero la cuestión no es de permisividad con los símbolos religiosos (introduciéndose así el peligroso concepto de tolerancia religiosa; ver Ecumenismo humanista). El principio de la libertad religiosa en relación con este tema es sencillísimo, por mucho que algunos se empeñen en confundir todo: neutralidad religiosa en los espacios públicos compartidos por todos los ciudadanos, y libertad de expresión (mediante actos o símbolos personales) para todos los ciudadanos. No se puede restringir la libertad del individuo, y tampoco se puede imponer un credo en el espacio compartido (y la exhibición oficial de un símbolo específico es una imposición).

Siendo que uno de los ejes fundamentales del mensaje del Crucificado es la libertad y la no imposición, la defensa de la exhibición oficial del crucifijo en espacios compartidos se convierte, paradójicamente, en un acto de rechazo al mensaje de Cristo, es decir, en cristofobia (ver Cristo contra el crucifijo).

Para escribir al autor: guillermosanchez@laexcepcion.com
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