¿Igualdad para las que discriminan?
© Guillermo Sánchez Vicente
www.laexcepcion.com (7 de marzo de 2007)

El pasado mes de febrero Ángela Bustillo fue desposeída del título de Miss Cantabria al descubrirse que era madre de un niño y que por tanto su participación en el concurso contravenía las normas que lo rigen. No era la primera vez que ocurría, pero nunca antes una afectada había protestado públicamente reivindicando la legitimidad de su título. La reacción social e institucional mayoritaria ha sido de apoyo a Bustillo. Muchos han exigido que se modifiquen esas normas por machistas y trasnochadas.

Marian de la Fuente, quien en 1984 perdió su título de Miss Cantabria por la misma razón, afirma con respecto a su propio caso: «Si es verdad eso de que el cuerpo se deforma tanto después de ser madre, ¿cómo se explica que se presentaran 20 chicas y ganara yo? Son normas que sólo se explican por el machismo. ¿Qué pasa, que querían chicas solteras y sin niños para poder manipularlas mejor, o es que tenían algún interés escondido, les estorbaba algo?» (El País, 25.2.07).

Es cierto que el machismo es lo que explica esa norma de los concursos de misses. Pero no es menos cierto que ese mismo machismo explica los concursos de misses en sí. De ahí la incoherencia de estas protestas. Estas competiciones están concebidas como espectáculos de exaltación de la belleza y el atractivo físico de ciertas mujeres, y como tales contribuyen a la formación de una imagen de la mujer como objeto de contemplación. Por lo visto se valoran en las participantes ciertas capacidades intelectuales, pero es evidente que su peso es tan mínimo que más bien parecen una coartada para practicar con apariencia de legitimidad moral lo no es más que un show voyeurista y sexista.

No puedo imaginar qué consecuencias positivas puede tener este tipo de concursos. Sí conocemos, en cambio, sus efectos nocivos. Es cierto que sentirse guapa (o guapo, en su caso) puede contribuir a la sana autoestima de las personas; pero precisamente las jóvenes que se presentan a estos espectáculos, al ser agraciadas de por sí, sin duda que en su gran mayoría no han sufrido problemas de rechazo por su físico. En cambio su exhibición y competición públicas contribuyen, sin que seguramente las concursantes sean conscientes de ello, a elevar todavía más (junto a la publicidad, el cine, la moda, etc.) el mínimo de belleza que las niñas y adolescentes se proponen como objetivo irrenunciable en su vida; contribuyen por tanto a las frustraciones y carencias en la autoestima, que alcanzan lo patológico e incluso lo epidemiológico, de miles de muchachas que obviamente nunca alcanzarán ese mínimo ideal. Contribuyen también al enriquecimiento de los trinchadores de carne que, bajo la forma de clínicas estéticas, someten el físico de sus víctimas a variadas intervenciones que lo convierten, ahora sí literalmente, en un objeto siliconoso y modelado hasta extremos hace poco inimaginables.

Las patéticas declaraciones de Marian de la Fuente antes citadas ofrecen otra de las claves de este mundillo: «¿Qué pasa, que querían chicas solteras y sin niños para poder manipularlas mejor?». Destaco el mejor, porque quizá implica la asunción de que ella sabía (o al menos sabe ahora) que los intereses que mueven estos shows están orientados a la manipulación de las concursantes. Sería difícil precisar hasta qué punto lo son voluntariamente, pero las misses y las modelos son víctimas de los mecanismos que les ofrecen la fama (efímera) y la admiración general. Son numerosos los testimonios de modelos que, habiendo entrado tan jóvenes en un mundo agresivo y vano, se han visto maltratadas y humilladas por sus agentes y “benefactores” hasta extremos increíbles: drogas, excesos, anorexia, abusos y perversiones sexuales, carreras truncadas… (ver Sexo, drogas y escándalos en el mundo de la moda).

El carácter efímero de estas profesiones tiene otras consecuencias educativamente demoledoras: no sólo se enseña a las adolescentes (también a los chicos, cada vez más) a valorarse y a valorar a los demás por lo que parecen, sino que además se transmite un modelo de persona eternamente joven y atractiva, con lo que implica de desprecio al proceso natural de maduración y envejecimiento. Es difícil encontrar algo que ejemplifique la vanidad más extrema que el mundo de las misses y las modelos. Bien pensado, no es tan difícil, dada la amplia oferta de estupideces que el universo mediático ofrece hoy: reality shows, idolatrías de todo pelaje, pasión por los “famosos”, etc.

Pero quizá el rostro más siniestro de este submundo lo encontramos en los concursos de misses infantiles, muy populares en Estados Unidos. Supone la elevación del fenómeno a grados de perversión insólitos. Niñas que desde los cuatro años se ven inmersas en una corriente asfixiante de pasarelas, competiciones, sesiones fotográficas, viajes, alternancia frenética de vestuarios estrafalarios y sexys, utilización perversa de su imagen infantil prostituida por la avidez de este mercado infame. En este mundo siniestro también podemos oír el lenguaje pseudoigualitario: «Aquí no hay distinciones de clase, religión o raza», afirma Charles Dunn, editor de Pageantry Magazine, una de las abominables publicaciones dedicadas a esta esclavitud moderna fomentada por los propios padres de las víctimas. Ni siquiera el oscuro asesinato en 1996 de una de estas niñas, JonBenet Ramsey, de seis años, ha conseguido frenar este tenebroso negocio (ver el escalofriante reportaje Niñas misses).

Los siniestros flujos que circulan desde el mundo de las modelos al de la explotación infantil quedan patentes en estas cínicas declaraciones del modisto Giorgio Armani: «A quién le importa que desfile una chica de 12 años, si tiene un físico de 18. A mí no, lo único que me preocupa es que sepa desfilar. Qué explotación ni qué nada. Si tienes un físico que te permite estar en la pasarela, por qué esperar a los 18, bienvenida sea la niña de 12 años. Aunque también he dicho no a niñas que no saben ni tener un bolso en la mano. Ninguna circunstancia condiciona el objetivo final, que el modelo desfile bien con mi vestido» (Magazine de El Mundo, 18.3.01). No sorprende, por tanto, esta noticia reciente: Pedirán la retirada de un anuncio de 'Armani' porque "parece que incita al turismo sexual".

Ángela Bustillo ha aclarado que ella, que este año se presentaba por cuarta vez consecutiva al concurso, «sabía perfectamente» lo que decía el artículo que impedía concursar a las madres. «Pero me parecía tan sumamente absurdo que pensé: esto será algo de los años setenta y todavía no lo han arreglado, todavía no lo han adecuado a los tiempos que vivimos ahora mismo» (El País, 17.2.07). ¡Y qué tiempos vivimos, ciertamente! No mejores que los setenta en lo que a la imagen de la mujer se refiere, sino tiempos en los que cuando esta imagen es mancillada en penosos espectáculos sexistas, aquellos que se llenan la boca de discursos feministas, en lugar de exponer en qué consiste la dignidad femenina, se dedican a pasar el mosquito de las reglas internas de los concursos de misses, y a tragar el camello de las propias competiciones de belleza. Como el Partido Socialista, para el cual (Yahoo! Noticias, 19.2.07) estos «comportamientos discriminatorios deben ser combatidos» (i. e.: los concursos deben ser perpetuados) o Izquierda Unida, quienes alegan de manera absurda que estamos ante una «doble discriminación», por madre y por mujer (siendo que la verdadera discriminación es el concurso, no porque sea sólo para mujeres –también lo es el voleibol femenino–, sino porque es sólo para seleccionar a chicas más buenorras despreciando a las que no lo  son tanto).

La abogada de Bustillo se pregunta si esa cláusula que discrimina a la mujer por ser madre encaja con la Constitución, que proclama la igualdad de todos los españoles «sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social» (Diario Sur, 17.2.07). Tampoco puede establecerse discriminación por el aspecto físico, de ahí que estos concursitos, según ese razonamiento, deberían ser declarados inconstitucionales (amén de que, de entrada, discriminan por sexo). Ante todo hay que entender que estas ferias de carne femenina son una iniciativa privada, y que por tanto es lógico que se reserven el derecho de admisión. Y si no admiten a feas o a gordas, ¿por qué van a admitir a madres? Eso sí, no pretendamos lavar su cara sexista aceptando que se admitan madres entre las concursantes.

A Ángela Bustillo también le acusan de haber iniciado su batalla una vez elegida, en vez de hacerlo desde un principio, dado que conocía las bases. «Yo no soy Juana de Arco», dice, «no voy salvando batallas antes de que se me hayan presentado». Vamos, que si lo de su título hubiera colado no habría movido un dedo por modificar esos estatutos. También se especula con que posará desnuda en alguna revista. Su respuesta al respecto es inquietante: «Mi abogada ha recibido una oferta, pero por ahora no tengo interés» (añadimos un significativo destacado). Si llegara a tenerlo (y deseamos que nunca ocurra), ¿le haría ilu a su hijito saber que los viejos y jóvenes verdes de España babearían sobre la foto de su madre? ¿Es ésa la dignidad de las misses?


Pseudofeminismo

Pero si resultan tristes las reacciones de las misses afectadas y de las personas cercanas a ellas, más lo son algunos comentarios procedentes del mundo feminista. Es evidente que, para bien y para mal, el feminismo no es lo que era. Ciertamente este movimiento siempre ha estado lastrado en España por los vicios progres y superficiales típicos de nuestro pobre país; por ejemplo, al apoyar la prostitución o la pornografía, fenómenos antifeministas por excelencia (ver Progres: el ocaso de una pose). Además hoy observamos cómo se diluyen algunas consignas de las combativas mujeres del postfranquismo y la transición. Leamos a Amelia Valcárcel, veterana filósofa feminista y miembro del Consejo de Estado: «El mundo está lleno de gente que hace cosas raras», dice, por lo visto en referencia a los concursos de belleza. Vale, empezamos bien. Pero sigue: «Mientras esos concursos sigan existiendo, que por lo menos las personas puedan ser madres» (El País, 25.2.07).

Al margen de que resulta interesante que Valcárcel reivindique la maternidad como opción legítima de la mujer (no porque anteriormente la despreciara, sino porque en ocasiones el énfasis feminista en la idea de que ser mujer no debe identificarse con ser madre, tendía a minusvalorar esa dimensión femenina), ¡qué lamentable conformismo exhibe! Por lo visto no se da cuenta de que precisamente la adopción de medidas que pretenden ser más respetuosas hacia la mujer en instituciones cuyo objetivo es rebajar su dignidad, lo que consiguen es perpetuar estas instituciones y evitar que, como Valcárcel parece desear, algún día desaparezcan (o que, al menos, sufran el descrédito que otras prácticas tradicionales –léase el consumo de tabaco, o la prostitución iniciática para los adolescentes– han ido experimentando en nuestra sociedad). La prueba es que la organización de Miss España afirma que se ha comprometido a crear «un estado de opinión global» en instancias supranacionales para que se supriman cláusulas que puedan ser consideradas discriminatorias. Es decir, solicitarán “igualdad” para las que aspiran a ser discriminadas por su belleza sobresaliente. Pues la chica que se presenta a miss promueve la discriminación propia, al aspirar a ser más atractiva que las demás (¿no se avergüenzan todas las mujeres simplemente por escuchar esta afirmación?), y la discriminación de todas aquellas que, por sus medidas corporales o sus rasgos faciales, jamás podrán exhibirse como objeto de deseo. ¿Para estas grandes discriminadoras exigiremos una pequeña igualdad?

El posibilismo de Valcárcel resulta tanto más chocante cuando, en una reciente entrevista a El País Semanal (26.11.06), se mostraba absolutamente intransigente con que las musulmanas llevaran velo en ciertos espacios públicos en nuestro país. Por lo visto los concursos de misses son tolerables mientras no desaparezcan, pero a las mahometanas hay que obligarlas a quitarse el pañuelo del pelo en la universidad. Eso sí, las que lo lleven por gusto sin ser musulmanas, pueden mantenerlo; lo importante es el significado, y ese significado lo determinan los progresistas metidos a semiólogos (ver Hoy contra el velo, mañana… ¿contra la libertad?). En esa misma entrevista leemos perlas como la siguiente: «La reivindicación del mal significa que yo no tengo obligación de cumplir estándares más altos que otros; tengo derecho al estándar que otro se pone, y si éste es de mediocridad, no me importará ser mediocre. Opino que para que la humanidad vaya bien, el estándar de excelencia debe estar en ambos [hombres y mujeres], pero me niego a entrar en el estúpido juego de tener que demostrar el doble para obtener la mitad». Con todos los respetos a esta, por lo demás, interesante autora, le preguntaría si, al existir también concursos de misters, podemos entender que la mediocridad de estos hombres es suficientemente igualitaria como para no luchar por su erradicación.

El Instituto de la Mujer también se ha lucido. Según este organismo público (que vela por la igualdad social entre los sexos, no lo olvidemos), «la maternidad no supone ninguna limitación física, intelectual o laboral para las mujeres; por tanto, cualquier concepción de la misma como un problema es discriminatorio» (Periodista Digital, 20.2.07). Su directora, Rosa Peris, asegura que «éste es un caso claro de discriminación directa» (El País, 25.2.07). Y la discriminación de las gorditas y las feúchas en estos concursos que pronto serán regidos por reglamentos “igualitarios”, ¿es indirecta? ¿Debemos aceptar que su apariencia supone una limitación? «Hay una clara concepción machista en nuestra sociedad de que la maternidad es una tara. Pero no existe la misma percepción con la paternidad», añade. Pero no dice que también hay una clara concepción machista según la cual las misses son bomboncitos que entusiasman a hombres (ávidos de visiones estimulantes) y mujeres (sedientas de modelos inalcanzables y aquejadas de morbosidad envidiosa). Además esta problemática no se mitiga porque haya misters, pues las mujeres no dejan de ser objeto sexual porque los hombres lo sean también. El problema, como en tantas ocasiones, es más bien el sexualismo que el sexismo; en realidad no es tanto una cuestión de discriminación como de degradación de la persona. Decimos vivir en una cultura antirracista, pero esta exaltación de determinados “valores” físicos implica un peligroso desprecio de otros, lo cual acerca la mentalidad subyacente al racismo. Esto es lo grave; frente a ello, lo del reglamento contra las madres es una insignificante minucia indigna de la atención que se le ha prestado.


¿Es igualitario poder ser reina?

Existe en España otro ejemplo reciente y significativo de exigencia de igualdad en el contexto de una institución cuyo fundamento es la desigualdad. Me refiero a la propuesta de reforma de la Constitución para permitir que las mujeres situadas en la línea sucesoria real puedan acceder al trono. Todos los partidos políticos defienden esta iniciativa, alegando que con ello se logrará avanzar en la igualdad entre el hombre y la mujer. Me temo que no saben lo que dicen.

La monarquía es una institución antiigualitaria por naturaleza. Basada en la ley de la herencia biológica, sólo permite el acceso a esta institución del estado a los miembros de una familia determinada. Según la Constitución Española, sus funciones no son demasiado amplias: como símbolo de la «unidad y permanencia» del Estado, «arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones, asume la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales» y «ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y sus leyes» (art. 56.1). Ahora bien, entre éstas, además de las protocolarias, hay algunas de suma gravedad, como «el mando supremo de las Fuerzas Armadas» o «el derecho de gracia» (art. 62).

Estas funciones jamás las podrá ejercer una persona elegida democráticamente; están reservadas para Juan Carlos I y sus descendientes. Es cierto que la mayoría de los españoles profesa respeto y agradecimiento al actual monarca, seguramente mayores (conociendo nuestro país) de los que hubiera recibido un hipotético presidente elegido democráticamente en una supuesta república española. Pero, ¿quién asegura que en el curso de la historia no vaya a reinar en España un rey con talante y tendencias impopulares o, por qué no, peligrosos? (antecedentes hay en los ascendientes de Juan Carlos, por cierto). En tal caso, que ojalá nunca se dé, «la persona del Rey» seguiría siendo «inviolable y no […] sujeta a responsabilidad» (art. 56.3). Los efectos políticos malignos serían limitados (salvando el caso de guerra, donde podrían llegar a ser catastróficos), pero muy duraderos, al ser una persona inamovible de su cargo (excepto por voluntad propia).

Pues bien, ésta es la institución monárquica. Seguramente tiene sus ventajas, a la luz de las circunstancias históricas y sociopolíticas de España. Seguramente la república, siendo un tipo de régimen más racional y acorde con el principio de representación ciudadana, presenta también sus inconvenientes. No entraremos en el debate. Pero, pros y contras aparte, es obvio que la monarquía es discriminatoria por naturaleza. En el caso español, la Constitución no rechaza que la corona se asiente sobre una testa femenina; simplemente se prioriza «el varón a la mujer», al igual que se da preferencia a la persona de más edad frente a la de menos (art. 57.1).

¿A qué viene entonces pretender hacer pasar por igualitaria una institución basada en la discriminación? Unos veintidós millones de varones españoles y otras tantas mujeres jamás podrán acceder a la Jefatura del Estado. ¿Supone un avance en los derechos y la dignidad de la mujer que una o dos féminas puedan preceder a sus hermanos en su derecho de acceso al trono? En absoluto; eso sólo cambiaría unas reglas del juego insignificantemente discriminatorias en el contexto de una institución hiperdiscriminatoria. Nuevamente, supone tragar el camello del rey privilegiado jurídicamente frente al resto de ciudadanos y pasar el mosquito de la infanta convertida en princesa sucesora.


Conclusión

Que las madres puedan ser misses o que las princesas puedan ser reinas no dignifica en absoluto a la mujer. Sólo permite que en un pequeñísimo grupo de mujeres que están deseando ser discriminadas por su físico se abra la puerta a dos o tres más; o que en una familia elegida por la historia (es un decir…) para reinar en un país, un caprichoso juego del azar determine que la Jefatura del estado recaiga sobre una mujer (buena o mala –es imprevisible–, pero inevitablemente irresponsable, e inamovible por la ciudadanía). Una miss madre o una reina con un hermano menor servirían como cartel propagandístico y pseudoigualitario de concursos machistas o de una institución tan rancia como irracional. Tanto una modificación reglamentaria como una reforma constitucional (o cualesquiera otros cambios equivalente que puedan surgir en contextos similares) incluso perjudicarían a la dignidad de la mujer, pues se crearía la falsa sensación de que hay más igualdad global, cuando sólo supondrían una nueva norma en un grupo selecto de privilegiados. La madre miss que discrimina a todas las gorditas y feúchas y la infanta que desde su cuna real discrimina a todos los ciudadanos del país ¿piden igualdad? Que ellas o quienes las apoyan luchen por una igualdad real entre todas las personas. ¡Que empiecen ellas, o quienes las apoyan, por luchar en pro de una igualdad real entre todas las personas!

La dignidad de la mujer, como la dignidad de todo ser humano, es demasiado importante como para confundirla con el juego interno de los reglamentos de instituciones privadas o públicas cuya naturaleza es intrínsecamente discriminatoria. Muchos incautos se dejan cegar por insignificantes modificaciones normativas que nada hacen por las mujeres en general, creyendo ver en ellas avances inexorables en la lucha por los derechos de la mujer. Mientras tanto, la imagen femenina está siendo agredida permanentemente en los medios de comunicación de masas ante la pasividad (incluso la complacencia) de la mayoría. Y, lo que es peor, multitudes de mujeres entran gustosas en el juego macabro de competir con su propio yo o con otras mujeres por ser la más explosiva o la más competente, según las exigencias impuestas por la sociedad o por una misma.

Para escribir al autor: guillermosanchez@laexcepcion.com
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