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Los hinchas políticos
y el nuevo fascismo El simplismo bipolar, cada vez más general, convierte a los políticos, a los informadores e incluso a los “intelectuales” en meros propagandistas. «Todo está al
servicio de la barbarie que se aproxima, Las coyunturas críticas, de enfrentamiento, favorecen la simplificación y la polarización general de las posturas. Las pasiones se avivan, el lenguaje deviene extremista, la razón fría y serena queda fuera de combate. Se hace así patente que bajo el traje de hombre ilustrado, civilizado, el monstruo sigue intacto. Los siglos de progreso no le han hecho mella. Contra lo que muchos creyeran, la barbarie sigue viva y pletórica. La verdadera identidad del hombre natural, pese a los cantos humanistas, es una fiera agazapada que a la mínima excusa se lanza sobre su presa. La excusa suele venir en la forma de un estímulo que le permita mostrar, desahogar, su radical insatisfacción. Constreñido por las convenciones sociales, azotado por las frustraciones, el ser humano acumula violencia contra su entorno mediato e inmediato. Salvo que la canalice en la única dirección saludable –la misma que hace posible dejar de generarla–, acabará proyectándola contra el exterior. En el campo de la política esto es cierto de manera muy particular. Y muy grave. Aunque no “todo es política”, como les gusta decir a ciertos comentaristas de posible vocación totalitaria, se trata de un ámbito que implica en algún grado a todo el mundo. A fin de cuentas, la política es la gestión de la cosa pública, que a todos concierne. Y en situaciones de creciente rostro autoritario, como la actual, la sombra del poder se agiganta, invadiendo la esfera del individuo, su intimidad, que tanto tiene que ver con sus derechos inalienables. Cuando el mundo se polariza (guerra fría, 11-S...), el discurso también lo hace. Y esto es lo que tiende a ocurrir entonces:
En suma, el simplismo bipolar es el vicio consistente en asociar mentalmente al otro bando, con las consecuencias que ello implica, a quien no piensa exactamente igual que uno, al menos en los aspectos relevantes del asunto en cuestión. Además, supone una autojustificación del bando propio, basada en la máxima: “Los míos no son malos porque los tuyos son peores.” Entraña una actitud maniquea, pero también, conscientemente o no, una orientación totalitaria. Las dos culturas Aplicado el esquema anterior a nuestro tiempo, encontramos que la presente “guerra contra el terrorismo” no es una guerra cualquiera. He aquí algunos rasgos específicos, a sumar a los que ya hemos visto:
La ignorancia de la gente La gran aliada del totalitarismo político es la ignorancia. Ella es también el terreno abonado para el triunfo de la mentira. No se trata siempre de ignorancia involuntaria. La actitud de “no complicarse la vida” tiene mucho que ver con ella. La de “ya no quiero saber más de este asunto”, también. El abandono de la observación del mundo, la dejadez respecto al estudio y la reflexión, la falta de un pensamiento personal y crítico, son formas que asume la ignorancia así entendida. El ignorante prefiere la comodidad de seguir los dictados políticos o mediáticos; a lo sumo, puede adherirse circunstancialmente a una moda (como la campaña contra la guerra de Irak), pero no está dispuesto a efectuar un esfuerzo sostenido de atención. Puede “picotear” en la realidad, no se posa duraderamente en ella. No es un simple tópico que el poder, y más el poder autoritario, quiere mantener al pueblo sumido en la ignorancia, distrayendo su atención hacia sucedáneos de la realidad (fútbol, telebasura, loterías, ficción cinematográfica...). No es incurrir en un pueril “conspiracionismo” afirmar que el poder no se limita a ese deseo, sino que maquina y actúa para lograrlo. Se ha de incluir aquí también la ignorancia sobrevenida o desmemoria. Las maniobras de distracción buscan, de manera destacada, el olvido. Y como “un tanque se olvida con otro tanque”, el poder se las ingenia para ubicar en primer plano un asunto que permita relegar al que no interesa. Son las célebres cortinas de humo. El bombardeo de noticias y sensaciones también es útil a estos efectos. A mayor saturación de informaciones, mayor ignorancia. «La verdad os hará libres», decía Jesús de Nazaret. Es algo que saben bien desde el poder, y por eso se esfuerzan en que se ignore la verdad. Y a la vez, se construye una realidad ficticia, un mundo ilusorio, pues a fin de cuentas la gente quiere respuestas consoladoras: “Esta guerra es para defender el mundo libre.” “El enemigo es la encarnación del mal absoluto.” “En la Historia hay una corriente que fluye hacia la libertad." No son frases-tipo inventadas por el autor, sino declaraciones expresadas desde uno y/u otro poder o instancia mediática. Y como telón de fondo, sobre todo, la ignorancia de lo esencial... La que no sabe, o no quiere saber, acerca de la maldad, o del absurdo de confiar en cualquier poder humano. «La masa popular [...] es más frecuentemente víctima de las grandes mentiras que de las pequeñas.» La frase es de un psicólogo nada desdeñable, que supo hacer un uso genocida de esta gran verdad. Se trata de Adolf Hitler. Instruidos por él o no, parece evidente que los poderosos de nuestros días no desconocen ese principio. Y que saben que cuanto mayor es la ignorancia de la masa, mayor puede ser la mentira que se le haga creer. El nuevo fascismo Es preciso hacer aquí alguna precisión terminológica. Para entendernos, habrá que distinguir entre “neofascismo” y “nuevo fascismo”. El neofascismo no es más que una actualización del movimiento totalitario derrotado en la segunda guerra mundial. La mayor parte de sus partidarios (por cierto, mucho más adaptados a los nuevos tiempos que sus viejos adversarios de la extrema izquierda) han comprendido que para sobrevivir en la legalidad tenían que hacerse un lavado de cara. Y si antes hablaban de “raza”, ahora hablan de “identidad”; en vez de invocar el anticomunismo, hoy defienden “la tercera posición”; su proclamado antisemitismo de entonces ha sido reemplazado por un radical antisionismo; y en lugar de hacer explícitas loas al totalitarismo, prefieren hablar de “comunidad política”, “comunitarismo”, “democracia social”, etcétera. Los neofascistas, aunque son esencialmente los fascistas de siempre (o precisamente por eso), no suponen ningún peligro serio para el sistema actual. Las razones son varias:
El fracaso del neofascismo está garantizado por el éxito del nuevo fascismo. Muchos partidarios del primero, sobre todo los de tendencia “derechista”, se verán atraídos por la fuerza del nuevo imperio global, manifestada en sus aspectos autoritario, militarista y triunfador. Por ejemplo, en España, no son pocos los neofascistas que titubean entre seguir su proyecto autónomo o sumarse, aunque sea críticamente, al Partido Popular, a cuya dirección contemplan como un creciente ejemplo de patriotismo militarista, firmeza contra el terrorismo, y defensa de Occidente. En cuanto a los neofascistas más “revolucionarios”, su futuro oscilará entre ser desmantelados por un sistema que no tolere subversión alguna, o proceder a su autodisolución y dispersión en cuanto sus análisis y la realidad lleguen a resultar demasiado divergentes. Así pues, el nuevo fascismo no brotará desde “el lado oscuro de la fuerza”, sino en el amplio y claro espacio del sistema. En ese sentido será realmente nuevo. Pero a la vez, será fascismo por reunir rasgos como éstos:
Queda fuera de este nuevo fascismo (por algo es “nuevo”) el énfasis antiburgués y anticapitalista del fascismo clásico, pero sabido es que en la práctica de las experiencias alemana e italiana dicho énfasis no fue para tanto. Conclusión Personajes de una maldad proterva conducen a este mundo a su más profunda sima de abyección. Cualquier zarpazo al sistema basado en sus mismas armas no hará sino reforzarlo (ver El sistema), como ya se ha podido contemplar sobradamente desde los sucesos del 11-S. Los forofos del poder (por ejemplo, La Brigada Antiprogre) están de enhorabuena. Desde sus tribunas mediáticas podrán cantar una victoria tras otra. Su sed de sangre enemiga gozará de manantiales diversos en los que saciarse. Entretanto, las almas sensibles se verán en medio de la cultura del odio y la cultura del desprecio. Su alternativa será: o bien autotraicionarse, integrándose en el bando más fuerte o en el más débil (en realidad, las dos caras del mismo sistema), y seguramente convirtiéndose así en nuevos forofos; o bien, preservar su independencia frente al simplismo bipolar, aferrándose al único Poder que vale la pena: el del Dios Eterno y Todopoderoso. © LaExcepción.com Para escribir al autor: juanfernadosanchez@laexcepcion.com y laexcepcion@laexcepcion.com |
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