Golpe de estado planetario, guerra y NOM
© juanfernandosanchez@laexcepcion.com (24 de marzo de 2003)

El pasado 16 de marzo, en las Azores, tres líderes occidentales oficializaron el Nuevo Orden Mundial (NOM) con una gravísima decisión tomada al margen de la ONU: la del uso de la fuerza contra Irak.

En realidad, el 16.3.03 no inauguró la época en la que la Organización de las Naciones Unidas se convertía en poco más que un ente decorativo. No nos remontaremos a los largos años de la guerra fría, en los que hubo varias intervenciones bélicas al margen de ella. Durante el periodo transcurrido desde el colapso de la Unión Soviética hasta el día de hoy hemos visto reiteradamente que aquel organismo actuaba, en los mejores casos, como una mera comparsa de la única superpotencia remanente. Por lo general, ese proceder se disimulaba bajo la etiqueta “comunidad internacional” (ver Glosario de eufemismos de política internacional), empleada por Estados Unidos para guardar las formas y asegurarse la imagen de un apoyo multilateral.

En dicho papel de comparsa, la ONU aprobó, por ejemplo, la primera edición de la guerra del Golfo (enero de 1991) y la invasión de Afganistán (octubre de 2001). En cambio, la intervención en Serbia con la excusa de liberar Kosovo de la represión de Milosevic (marzo de 1999) no contó con el apoyo de la ONU, debido a la amenaza de veto ruso, y constituye un precedente (aunque imperfecto, debido al amplio apoyo internacional a esa intervención y a la escasa convicción de fondo que subyacía a la postura rusa) de la actual invasión ilegal de Irak, iniciada el 20.3.03.

Esta historia reciente atestigua el hecho de que Naciones Unidas lleva ya más de una década siendo poco más que una marioneta, ocasionalmente rebelde pero siempre débil, en manos de la política exterior estadounidense. Lo ocurrido el pasado 16.3.03 fue consecuencia de una inusual rebelión de esa marioneta, la cual “obligó” a la única superpotencia a quitarse la máscara de legalidad bajo la que hasta ahora, con mayor o menor convicción, pretendía ocultarse.


El golpe de las Azores

La oficialización del NOM llegó el 16 de marzo, cuando los tres grandes “benefactores” de la humanidad proclamaron tras su reunión de las Azores su disposición a usar la fuerza contra Irak, previa expiración del plazo de dos días contenido en un arbitrario ultimátum. (Al día de hoy sabemos que el ultimátum fue desoído por Sadam y que su país fue invadido, con el saldo de destrucción y muerte que presenciamos cada día).

El capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas es el que trata de las acciones a emprender en caso de «amenazas a la paz, quebrantamientos de la paz, o actos de agresión»; es decir, es el capítulo que especifica las condiciones de legalidad de las acciones bélicas internacionales. Sus artículos 42 y 48 exigen que sea el Consejo de Seguridad de la ONU el que determine el tipo de intervención en cada caso, con una excepción, reflejada en el artículo 51: «el derecho inmanente de legítima defensa, individual o colectiva, en caso de ataque armado contra un Miembro de las Naciones Unidas.»

Sabido es que el comienzo del ataque a Irak el pasado 20.3.03 (previo ultimátum anunciado el día 16, y cuyo plazo de dos días se puso en marcha el día 18) no ha contado con la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU. Se sabe igualmente que a las fuerzas atacantes no les asistía el “derecho de legítima defensa”, al no haber recibido ninguna agresión previa por parte del país atacado. No menos conocido es el hecho de que ninguna resolución puede ir contra el espíritu o la letra de la Carta de la ONU, y menos una resolución (como la que pretendieron aprobar, sin éxito, Estados Unidos y sus más íntimos secuaces) que nunca llegó a ser votada.

Todos estos detalles colocan a quienes tomaron la decisión proclamada en las Azores al margen de la legalidad internacional. Semejante proceder del presidente de la superpotencia junto con el primer ministro del Reino Unido (otra potencia nuclear) y el líder del gobierno español (a la sazón, eficaz vasallo y correveidile del primero) debe ser conceptuado, en razón del tipo de fuerza que lo fundamenta, como un auténtico golpe de estado militar de alcance planetario. Hasta entonces la ONU, aunque frecuentemente menospreciada desde su fundación en 1945, nunca había sido tan radicalmente desafiada. Un desafío que delató su incapacidad de respuesta; peor aún: la absoluta desintegración que llevaba años carcomiéndola, como lo prueba el hecho de que muy pronto más de cuarenta países miembros se apuntasen al bando golpista apoyando su agresión ilegal contra Irak.

El NOM surgido del 16.3.03 es ya oficial –sin perjuicio de que acabe haciendo una nueva ONU a su medida–, porque desde ese día quedó proclamada la “legitimidad”, basada en la fuerza, de la única superpotencia para imponer su ley en toda la tierra, circunstancia que hasta ahora solamente había sido insinuada. Desde esa fecha, queda implantado abiertamente un régimen militar unipolar a escala planetaria.

¿Cómo se ha podido llegar a esta situación? Gracias a tres hechos previos:

  1. La desaparición de la Unión Soviética.
  2. El 11-S y su capacidad “legitimadora” de la discrecionalidad de la política exterior estadounidense.
  3. (Íntimamente relacionado con el punto anterior:) La casi absoluta permisividad con que, después del 11-S, la ONU, los gobiernos de toda la tierra y la opinión pública mundial asistieron a la “represalia” norteamericana contra el régimen talibán afgano, con el supuesto propósito de capturar a Bin Laden.


Consecuencias

Naturalmente, la consecuencia más inmediata del golpe de las Azores fue el comienzo de la guerra. De este modo, los líderes golpistas se convertían, ipso facto, en criminales de guerra.

El resto del mundo, y en particular los dirigentes de las potencias supuestamente hostiles a la guerra, parecían presenciar con tanta perplejidad como impotencia el devenir de los acontecimientos. Las semanas previas al 16.3.03, Francia, Rusia, Alemania y China, al margen de actuar movidas por otros intereses particulares, habían intentado frenar la llegada del NOM (o sea, del llamado “Siglo XXI Estadounidense”), conscientes de que quizá sería su última oportunidad de conseguirlo. Después de esa fecha debieron de darse cuenta de que las excesivas concesiones del pasado (asentimiento apenas crítico a la primera edición de la guerra del Golfo, dejación europea respecto a la ex Yugoslavia, total permisividad de la invasión de Afganistán) precipitaban ahora una situación inexorable: la única superpotencia, engolfada del poder que ellas mismas le habían consentido adquirir, se apresuraba a ejercerlo ya sin restricciones. Vieron así cómo Estados Unidos se les escapaba… quizá ya para siempre.

He aquí algunos rasgos del NOM que acaba de oficializarse:

  • La ONU queda, en la práctica, disuelta y forzada a una reconstitución bajo nuevos principios.
  • La Unión Europea, con la vieja labor de zapa británica y la sorprendente nueva colaboración española en ese mismo sentido, queda fracturada y obligada a un replanteamiento radical de sus equilibrios y estructuras.
  • Endiosamiento internacional del líder de la única superpotencia, el mismo que osó declarar llegado “el momento de la verdad para el mundo”, al término del golpe de las Azores; y el mismo que sin recato alguno, en su discurso del 18.3.03, proclamó ante su pueblo y el mundo entero el enunciado verbal, simple y escueto, de la esencia del citado golpe: «El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas no ha estado a la altura de sus responsabilidades, así que nosotros nos elevaremos hacia las nuestras.»

Naturalmente, a medio y largo plazo habrá otras consecuencias, como son, al menos en principio: la vía libre para la expansión militarista mundial del imperio estadounidense, encaminada a asegurar su dominio geopolígico-económico; y la creciente sensación de un planeta regido por la ley de la selva (o la del Far West), sin un derecho internacional digno de ese nombre.


Perspectivas

Los anteriores rasgos y consecuencias, que no se pretenden exhaustivos, se enmarcan en un contexto aún emergente pero anterior a los últimos acontecimientos, e incluso al 11-S, por más que esta última fecha propiciara una aceleración histórica del proceso (ver Una fecha y sus secuelas).

La curiosa actitud del papa Juan Pablo II en relación con el conflicto sobre Irak, considerada en conjunto con las evidentes inclinaciones de Bush y su entorno a instrumentalizar la religión, anuncian una rápida consolidación de la Época Neorreligiosa, con un declive acelerado del islam (sobre todo, en su versión integrista), como fruto de los éxitos cosechados en la estrategia estadounidense basada en el choque de civilizaciones.

En cuanto a la mencionada actitud papal (rotundo no a la guerra… unilateral, a la vez que permitía, por ejemplo en España, a muchos de sus voceros radiofónicos proclamar un aún más rotundo), merece un análisis sosegado del que aquí me limitaré a un breve esbozo. La tendencia unilateralista estadounidense encontró contestación en la opinión pública seguramente como nunca antes; y a estas alturas nadie debe ya ignorar que esa contestación fue eficazmente alentada por el Vaticano: sólo así son explicables los grados, espectaculares, de protesta antibélica en el propio territorio norteamericano, pero también la participación de numerosísimos votantes del PP en las manifestaciones españolas contra la guerra.

Sabido es que el Vaticano, que distingue entre guerras “justas” e “injustas”, no condenó la campaña de Afganistán (ver El Vaticano ante la guerra de Afganistán), como tampoco las intervenciones en la ex Yugoslavia o en Timor Oriental. La presente agresión a Irak, sin embargo, se presentaba demasiado abusiva… Era, pues, una excelente ocasión para el Vaticano de distanciarse de la única superpotencia económica y militar del planeta, al margen de que también le moviesen impulsos genuinamente éticos (como, sin duda, mueven a la gran mayoría de católicos que por su vocación cristiana se manifiestan contra el horror de la guerra).

Estados Unidos se había beneficiado, en los ochenta, del inestimable apoyo del papa para la desarticulación del mundo comunista. Una vez logrado el objetivo, y aunque se mantenía la amistad forjada gracias a la “santa alianza” Reagan-Juan Pablo II, la única superpotencia remanente empezó a sentir que se bastaba a sí misma. Pero esto era algo que el Vaticano, con importantes puntos en su agenda a corto y medio plazo, no podía permitir…

Con su oposición a la guerra (más que nada, de cara a la galería, y con las contradicciones arriba apuntadas…), el papa le ha lanzado a Estados Unidos un mensaje claro y preciso: “Crees que ya no me necesitas, pero no es así. Te he demostrado que soy capaz de movilizar a amplios sectores, incluso ‘conservadores’, contra tus designios. Harás la guerra, y la ganarás, pero si vas acumulando descrédito, tus victorias serán pírricas, y las ‘contradicciones culturales del capitalismo’ (véase Daniel Bell…) se acabarán volviendo contra ti…”

De este modo, el Vaticano recuerda a la administración estadounidense las obligaciones que ésta contrajo en la “santa alianza”; las cuales, sin demasiado riesgo de error, pueden tener que ver con una presencia definitiva en “Tierra Santa” (viejo botín codiciado desde los tiempos de las Cruzadas), un serio apoyo al proceso ecuménico-papista (globalización religiosa; ver Ecumenismo y autoridad), y una atención aún mayor a sus reivindicaciones moralistas (aborto, pornografía, etc.).

¿Cómo responderá Estados Unidos? Probablemente, de manera receptiva, no ignorando la necesidad que tiene de una neoideología para apuntalar su NOM.

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