Globalización, Nueva Era y religión
G. S. V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] /
J. F. S. P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (2 de junio de 2002)

Asumida la irreversibilidad de la globalización por parte de todas las principales instancias políticas del mundo, el debate actual se centra en el modelo de mundialización y en sus instituciones gestoras. Se enfrentan aquí los principales poderes fácticos de vocación universalista.

En 1997 las Naciones Unidas elaboraron la Carta de la Tierra, un documento que recoge los principios que deberían inspirar la relación entre el ser humano y el medio ambiente. Desde entonces numerosos analistas han destacado la ideología espiritualista que subyace en este texto, como en casi todos los emanados por la ONU y sus agencias, especialmente desde la Cumbre de Río de 1992. Una ideología estrechamente emparentada con el movimiento de la Nueva Era.

Uno de los análisis más agudos procede de Michel Schooyans, profesor de Filosofía política de la Universidad de Lovaina y representante del Vaticano ante Naciones Unidas (en Internet se pueden consultar, entre otros, sus ensayos La ONU y la globalización y Las trampas de la globalización). Schooyans denuncia «la ambición de la ONU por entronizar un sistema de pensamiento único, en el que se legitime y cree un gobierno mundial». Según él, «bajo el disfraz de responsabilidad compartida, la ONU invita a los Estados a limitar su justa soberanía».

«Estamos frente a un proyecto gigantesco –señala–, que ambiciona realizar la utopía de Kelsen, con el objeto de legitimar y crear un gobierno mundial único, en el cual las agencias de la ONU podrían transformarse en ministerios.» «En otros casos –continúa– serían necesarias instituciones completamente nuevas: éstas podrían incluir una Policía Mundial, una Corte Internacional de Justicia, etcétera. Nos aseguran que es urgente crear un nuevo gobierno mundial, político y legal, y es preciso apurarse para encontrar los fondos para ejecutar el proyecto.

«Bajo el disfraz de la globalización –agrega–, la ONU organiza en su beneficio un futuro gabinete del mundo. Bajo el disfraz de responsabilidad compartida, esta institución invita a los Estados a limitar su justa soberanía. De esta manera Naciones Unidas se presenta cada vez más como un superestado mundial. Tiende a gobernar todas las dimensiones de la vida, del pensamiento y de las actividades humanas, ejerciendo un control cada vez más centralizado de la información y del conocimiento.»

No sin razón, el representante vaticano denuncia que «esta institución ya no hace caso a las referencias fundacionales. La Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, que instauraba una nueva forma en las relaciones internacionales, está en desuso. De aquí en adelante los derechos humanos son el resultado de procedimientos consensuales. Se argumenta que no somos capaces de alcanzar la verdad respecto de la persona, y que inclusive dicha verdad no es accesible o no existe». No sin razón, decimos, pues el relativismo filosófico que subyace a muchos de los planteamientos de la neoideología humanista de la ONU socava el carácter categórico con que fue formulada la Declaración de 1948.

Schooyans denuncia que la Carta de la Tierra, cuya redacción se encuentra en su fase final, sería invocada no sólo para superar a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sino también para reemplazar al propio Decálogo, como ya anunció Mijaíl Gorbachov, uno de los promotores de estas iniciativas globales. En medios católicos se ha insistido en esta sustitución (ver La “Carta de la Tierra”, o cómo sustituir los diez mandamientos), lo cual no deja de llamar la atención, pues precisamente ha sido la tradición católica romana la que más ha tergiversado el Decálogo bíblico, hasta el punto de que casi todo el mundo asume la formulación recogida en el catecismo papista como la auténtica, cuando no es más que una distorsión interesada que adapta el texto original a la teología católica.

Schooyans cree que «para consolidar dicha visión holística del globalismo deben ser allanados algunos obstáculos por parte de la ONU. Las religiones en general, y en primer lugar la religión católica, figuran entre los obstáculos que se deben neutralizar. Fue con ese objetivo que se organizó, dentro del marco de las celebraciones del milenio en septiembre del 2000, la Cumbre de líderes espirituales y religiosos. Se busca lanzar la iniciativa unida de las religiones que tiene entre sus objetivos velar por la salud de la Tierra y de todos los seres vivos. Fuertemente influenciado por la New Age, dicho proyecto apunta a la creación de una nueva religión mundial única, lo que implicaría inmediatamente la prohibición a todas las otras religiones de hacer proselitismo. Para la ONU, la globalización no debe envolver apenas las esferas de la política, de la economía, del derecho; debe envolver el alma global». Representando al Vaticano, el cardenal Arinze no aceptó firmar el documento final, que colocaba a todas las religiones en un mismo pie de igualdad.


Lucha por el poder mundial

Como muy bien analiza Schooyans, la Nueva Era (New Age) es uno de los poderes fácticos internacionales que ansían conducir el proceso de globalización planetaria en un sentido favorable a sus intereses particulares. A su carro se van unciendo de manera más o menos natural múltiples corrientes laicistas y (ex) progres. Este amplio sector cobra peso desde hace décadas en la ONU.

Otro de esos poderes fácticos es justamente la Iglesia Católica Romana (ICR). El hecho de que al diminuto pero poderosísimo estado papal le preocupe tanto el rumbo que toma la ONU (institución hoy tan mermada y desprestigiada) sólo puede ser indicio de que todavía la considera un instrumento válido para sus fines. La actual alianza Vaticano-Estados Unidos perseguiría, desde la óptica del primero, una reorientación ideológica de la ONU (cada vez más debilitada) acorde con esas metas.

Esta alianza se ha venido estrechando cada vez más desde los años ochenta, cuando ambos estados establecieron relaciones diplomáticas. Wojtyla y Reagan desarrollaron una intensa relación personal y política que resultó decisiva en la caída de los regímenes comunistas de la Europa del Este. En la actual lucha por la supremacía mundial y por la definición del modelo de globalización que se impondrá, esta alianza parece estrecharse. Es bien conocida la tendencia antiglobalista de la “derecha cristiana” estadounidense (ver Los estados-nación ante la globalización), constituida básicamente por evangélicos fundamentalistas que, en su gran mayoría, apoyan al Partido Republicano. Estos mismos grupos se oponen radicalmente a la Nueva Era y a sus variantes humanistas por su paganismo anticristiano. Las declaraciones de Schooyans en defensa del mantenimiento de la soberanía de los estados se pueden interpretar como un guiño a estos sectores.

Los citados evangélicos son tradicionalmente anticatólicos, pero últimamente se han aproximado a la ICR mediante dos vías: por un lado, la lucha por unos ideales de moral social comunes (que corre pareja con la progresiva politización de las iglesias más activistas en este campo); y por otro lado, el “ecumenismo” (reforzado por múltiples iniciativas, como el documento “Catholics and Evangelicals Together”).

También las coincidencias en la visión de la política internacional entre Estados Unidos y el Vaticano son, desde el inicio del fin de la guerra fría, cada vez mayores: tanto en los aspectos geoestratégicos (ver El Vaticano ante la guerra de Afganistán) como en los institucionales (según confirman las declaraciones de Schooyans, y en concreto los recelos que manifiesta ante la implantación de una Corte Internacional de Justicia).

Frente a las pretensiones de la ONU de diseñar un “alma del mundo” inspirada en la Nueva Era, se invocará la necesidad de que el alma del mundo se base en la tradición cristiana, incluida la estructura de las jerarquías eclesiásticas. La ICR siempre, y ahora con más énfasis, ha insistido en su naturaleza universalista; dicho en lenguaje actual y adaptado al caso –así lo afirman ellos mismos–, en su globalismo (ver Antiglobalistas por la globalización). Los recelos de Schooyans ante el proceso de globalización se limitan a los aspectos del mismo que quedarían fuera del ámbito de influencia o control de la ICR. Es significativo también que ataque con similar contundencia el totalitarismo de tradición socialista y el sistema mundial neoliberal, en la línea de la “doctrina social de la iglesia” de Wojtyla.

Por lo demás, en realidad el Vaticano tampoco desdeñaría a la Nueva Era como posible aliado en caso conveniente. De lo contrario, cómo entender, si no, la presencia del citado cardenal Arinze en la mencionada cumbre de “líderes espirituales” celebrada hace dos años, y sin duda auspiciada por ese movimiento esotérico?

El autor católico Francisco Javier Díaz de Otazu, en su esclarecedor ensayo El hombre ante el siglo XXI, tras desvelar hábilmente las tendencias relativistas y sincréticas del pensamiento y la sociedad actuales, augura que «la Providencia, o la voluntad humana si se prefiere, que es su instrumento, tienen todo que decir. El nuevo siglo verá una vuelta a la espiritualidad». Prevé que «al reducirse la centralización informativa y de opinión, el “pensamiento único” dejará de ser el único pensamiento. A la mencionada infopolución seguirá una línea de fuga» y «el sistema de consumo loco no se mantendrá». Y añade, con cierto voluntarismo dubitativo: «Alguien, supongo, se dará cuenta que la globalización judicial no puede ser hecha sólo contra quienes delincan desde el poder al sur del Danubio o Río Grande» (la última cursiva es nuestra). Como se puede comprobar, sus alternativas ideológicas no distan tanto del «proyecto totalitario de dominación mundial» que denuncia. Y ello se debe a que los fundamentos son en realidad los mismos (ver ¿Fin del optimismo humanista?).

Por supuesto, Díaz de Otazu ofrece una propuesta “realista”: «Un referente moral como Juan Pablo II representa un obstáculo para la globalización ideológica, cuyo aspecto espiritual puede ser la New Age, el ecumenismo sincrético y, sobre todo, la “religiosidad a la carta”». En caso de no ser barrida, también la Nueva Era deberá, según los estrategas vaticanos, reconocer la primacía papal y de la ICR, principal objetivo de los procesos que, bajo el disfraz del “ecumenismo”, vienen siendo dirigidos por Roma.

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