Francia, de nuevo “la hija primogénita de la Iglesia”
© Guillermo Sánchez Vicente
www.laexcepcion.com (21 de julio de 2008)

La llegada a la presidencia de Francia de Nicolas Sarkozy en mayo de 2007 ha supuesto importantes cambios en aspectos como la política exterior del país o en los planteamientos sobre la laicidad y las relaciones entre el estado y las religiones. Sarkozy, católico romano, ha sido muy bien recibido por la jerarquía católica debido a su valoración positiva de la religión, un tanto distanciada de la tradición laicista francesa.

Un punto de partida indispensable para analizar su trayectoria personal en relación con este asunto es el libro que publicó en 2005, siendo ministro de Cultos (cargo adjunto al de ministro del Interior que ostentaba): La República, las religiones, la esperanza, en el que responde a preguntas de varios interlocutores.


A favor del laicismo

En España muchos analistas, especialmente del entorno católico y conservador, han destacado cómo en esta obra Sarkozy aboga por la participación libre de las religiones en la vida pública y social del país: «Cuanto más se permite a una comunidad expresarse en público, menos les tentará a abusar de ello» (p. 111). Según él, las religiones aportan un valor del que toda la sociedad se beneficia: «No creo que una sociedad haya de ser religiosa para existir, pero sí que los religiosos, las mujeres y los hombres espirituales, los hombres de fe, son elementos pacificadores. ¿Me atrevería incluso a decir que son elementos civilizadores?» (p. 27). Consciente del advenimiento de la Era Neorreligiosa, Sarkozy considera que «en estos últimos años se ha sobrevalorado la importancia de los asuntos sociológicos, mientras que el hecho religioso y la cuestión espiritual han sido muy ampliamente infravalorados» (p. 21). Para el político francés, «la cuestión de la esperanza, la del sentido de la vida, es sin duda la más importante de la existencia. Y para nuestros conciudadanos sigue siendo una cuestión central. No cabe limitarla a la mera frecuentación de los lugares de culto» (p. 29).

Su valoración de la Iglesia Católica Romana (ICR) y del papado es en general muy positiva: «En muchos países, los pueblos del hemisferio sur han de enfrentarse a desafíos, y lo harán con la ayuda de la Iglesia católica. El carisma de un papa puede movilizar muchas cosas en países cuya situación esté bloqueada desde el punto de vista social o incluso político. La proyección internacional de todo responsable religioso carismático, portador de un discurso de paz y de valores morales, es un elemento de pacificación y regulación en un mundo que tiende en exceso a ceder ante la fuerza, la violencia y la intimidación» (p. 34; todos los destacados son añadidos).

Pero, a su vez, Sarkozy marca los límites nítidos de la separación radical de la iglesia y el estado. Según él, las iglesias no han de «dominar la sociedad, imponerle sus reglas, fijarle una moral e incluso un calendario», pues «las religiones han de preocuparse de lo espiritual, no de la organización de lo temporal». «El derecho a no creer es también una libertad fundamental. Reconocer la importancia que tiene para el hombre el hecho religioso no entra en ninguna manera en contradicción con el deseo de ver a la sociedad libre de cualquier dominio, incluido el eclesiástico» (p. 24). Es más, considera que el fanatismo religioso es el más peligroso de los fanatismos: «El hecho religioso “soporta” el extremismo y la exageración peor que los demás ámbitos» (p. 46).

Sarkozy afirma que la visión que plantea «como postulado la existencia de religiones superiores a las demás o distintas de las demás en virtud de sus valores» le parece una visión «partidista» que no comparte, por lo que «todas las grandes corrientes religiosas reconocidas como tales han de tener igualdad de derechos y deberes» (p. 62). «¿Con qué derecho podríamos permitirnos una jerarquización?», se pregunta (p. 64). Incluso se atreve a indicar a la ICR francesa qué línea de acción seguir: «Los cuadros de la Iglesia en Francia tendría que dejar de lado las cuestiones secundarias de precedencia entre las religiones y aprovechar la actualidad para ampliar el debate sobre la laicidad a fin de que el fenómeno religioso sea mejor conocido y considerado» (p. 64). «La Iglesia se debe adaptar» (p. 65), sentencia. Y osa aplicar su visión relativista al caso católico: «En realidad hay varias verdades y no siempre es posible clasificarlas. […] Siento gran desconfianza por los que apelan a una vuelta al pasado, la vuelta a los orígenes de la Iglesia, del hombre, de las instituciones, de los padres fundadores… La patética búsqueda de situaciones mirando al pasado se halla en las antípodas de mis reflejos» (p. 54). Entra incluso en cuestiones doctrinales y magisteriales: «La Iglesia católica necesita personalidades que, como el padre Guy Gilbert, reconozcan la autoridad del papa, se hallen administrativamente ligadas a un obispado y estén de acuerdo con la doctrina cristiana, si bien por lo demás son electrones libres: libres en su discurso, libres en la adopción de sus posturas, de sus compromisos concretos» (pp. 160-161).

El entonces ministro de Cultos sigue dando lecciones a la jerarquía: «Negar los problemas sólo conduce a hacerlos mayores. Esto es lo que no entendió el cardenal Lustiger cuando creyó que queríamos organizar “una religión de Estado”. Se trata de todo lo contrario. […] He querido que la religión musulmana pueda organizarse de modo que los musulmanes tengan los mismos derechos y posibilidades que las demás religiones» (p. 97). Para Sarkozy, «en una República los derechos de los ciudadanos no pueden variar en función de la antigüedad de su instalación» (p. 92). Habiendo realizado un enorme esfuerzo por contribuir a la organización representativa de los musulmanes franceses, considera que «el sistema instaurado es sobre todo un ejemplo de representatividad. Y observaré que, mientras que judíos y protestantes designan democráticamente a sus representantes, en la Iglesia católica no sucede lo mismo» (p. 85).

Como católico, defiende una línea aperturista: «Si bien entiendo el significado de la perennidad secular de las enseñanzas papales, me cuesta aceptar ciertas posturas que me parecen muy desajustadas, en especial en lo referente a la epidemia del sida. […] Como muchos franceses, estoy en los dos bandos a la vez: ¡la tradición me conforta y la rigidez me molesta! Por eso evito emitir un juicio» (p. 57).

Respondiendo a acusaciones y comparaciones habituales, afirma: «Desconfío de las generalizaciones y de las ideas preconcebidas. ¿Por qué el islamismo había de tender “por naturaleza” a la expansión? Todo aquello que define a una comunidad, a una nación o a una religión según un criterio que la opone a las demás tiene tufo de racismo. ¿Qué diferencia ve usted entre el expansionismo y la evangelización? ¿Por qué la conversión sería legítima y desinteresada en unos casos y condenable y peligrosa en otros? Una vez más, los musulmanes no han de tener más derechos que los demás. ¡Pero cuidemos que no tengan menos!». Y recuerda la historia más siniestra de la ICR: «Ninguna religión puede dar lecciones a las demás. A la luz de nuestras pasadas experiencias y de nuestros errores, demos prueba de modestia y de tolerancia. ¿O acaso hemos olvidado nuestras cruzadas?» (p. 101). «Lo que hoy se reprocha a los musulmanes en los países musulmanes, nosotros lo vivimos hace algunos siglos con una total imbricación entre el poder religioso y el poder regio» (p. 28).

La crítica a su propia confesión religiosa no se queda ahí: «Algunas confesiones o tradiciones en las que existe la flagelación, algunas representaciones caricaturescas, la expresión fanática de multitudes manipuladas, pueden poner en peligro el consenso cívico. Puedo admitir la necesidad, en el caso de ciertos creyentes, de manifestaciones exacerbadas. La esperanza espiritual también necesita alimentarse con la escenificación. Pero siempre he sentido desconfianza por lo que me parecen más movimientos compulsivos multitudinarios que un impulso espiritual. En este sentido los protestantes son de lo más ejemplar: entre ellos nada de representación de los santos, nada de liturgias grandiosas como en Roma, sino una atención constante a la austeridad. El hombre necesita alimentar su imaginario con representación, teatralización y algo de folclore. Pero hay una frontera entre el rito religioso y ciertas manifestaciones histéricas» (p. 47).

Pero esto no es todo. Sarkozy discrepa abiertamente de las posiciones papales sobre el proyecto, entonces en elaboración, de Constitución europea: «No creo necesario citar a Dios en la Constitución europea. La constitución es un documento civil que rige el funcionamiento de los poderes públicos, en Europa por la Constitución europea, en Francia para los ciudadanos franceses. No creo que un documento que trata de los poderes constitucionales sea lugar adecuado para Dios. […] El principio de la separación de las iglesias y el Estado, del poder temporal y el poder espiritual, esencial para el respeto a la laicidad a la francesa, debe ponernos en guardia frente a todo lo que pueda parecer una mezcla de géneros». Entiende que «situados a nivel histórico cabe referirse a la primacía de las raíces cristianas de Europa», pero cree que «la influencia de los musulmanes en la civilización europea no ha de subestimarse» y que «también el judaísmo ha marcado a nuestro país, y en especial a la Europa central», por lo que no considera que en el texto hayan de citarse expresamente «los “valores cristianos” en tanto que valores primeros o exclusivos para las actuales orientaciones», pues ello «excluiría del pacto constitucional europeo a los que no son cristianos». Por tanto, Sarkozy acepta «que en contrapartida se indique en el preámbulo la Constitución que entre los valores de Europa figura una herencia religiosa» (pp. 165-167).

Efectivamente, la posición que Sarkozy defendía entonces fue la que se impuso en la Constitución europea (desechada posteriormente tras los referéndums que en 2005 la rechazaron en Francia y Holanda); en su preámbulo se mencionaban las «herencias culturales, religiosas y humanistas de Europa», pero no las “raíces cristianas”, como exigió el Vaticano en una permanente campaña (ver Las raíces cristianas de Europa: una exigencia confesional). El hecho de que, como propugnaba Sarkozy, no se citaran esas raíces, provocó una oleada de indignación en la derecha católica española, que acusaba al tratado constitucional de “anticristiano” y de ser producto de una oculta agenda masónica (ver La masonería, ¿una amenaza para la democracia?).


Sarkozy y el islam

Reproducimos a continuación algunas declaraciones de Sarkozy sobre el islam recogidas en su libro:

«El islam es una gran religión. En ciertos periodos de la historia estuvo a la vanguardia de las artes, la filosofía y la ciencia. Está impregnado de valores humanistas universales: el amor, la paz, la justicia, el respeto a la vida. Una parte de las corrientes del islam tiene problemas para coordinar sus creencias fundamentales con la modernidad. También la religión católica conoció ese desafío. […] Es perfectamente posible conciliar los valores de nuestra democracia con la fe y la práctica de la religión musulmana» (p. 81).

«Señalaré a mi vez, con extrañeza, que a los musulmanes se les exige más que a los demás. ¡Los musulmanes no están por encima de las leyes, es cierto, ¡pero tengamos cuidado de que tampoco estén por debajo de las mismas!» (p. 71).

«Dije ante tres mil musulmanes en la Gran Mezquita de Lyon: “El que no ama a los árabes tiene el mismo rostro que el que detesta a los judíos: el rostro de la estupidez y del odio”» (p. 87).

«El reconocimiento de la comunidad musulmana a que yo apelo no es un acto de arrepentimiento […]. Es cuestión de valores y de convicción. Semejante reconocimiento no tiene su razón de ser en que Francia haya de pedir perdón por algo, sino sencillamente en que los franceses musulmanes procedentes de la inmigración son seres humanos, y según las normas republicanas tienen los mismos derechos que los demás» (p. 93). «No veo en qué o por qué serían los musulmanes estructuralmente incapaces de aceptar el fenómeno laico. ¡Qué extraño concepto de la igualdad de los hombres!» (p. 107).

«No existe un “complot” musulmán contra la República. En contrapartida, sí que hay extremistas que prosperan en el humus de la humillación» (p. 89).

«El 11 de septiembre arrojó una sombra sobre el conjunto de la humanidad. ¿Por qué trasladar la responsabilidad de los odiosos atentados al conjunto de los musulmanes? Yo me niego en redondo a hacer de cada musulmán un integrista o a convertir el islam en un caldo de cultivo del terrorismo. Semejante actitud procede de la generalización y es el primer escalón del racismo. Los atentados del 11 de septiembre son obra de una secta, de una mafia terrorista, de un clan de exaltados que toman la religión como pretexto. No se puede atribuir la culpa de ello a los musulmanes de Francia ni a los musulmanes del mundo» (p. 105). Hay «fanáticos insensatos que pretenden afirmar una fe y una esperanza que son lo contrario de aquello en que se han convertido. Estos locos de Dios nada tienen que ver con él» (p. 17).

«No hay que confundir fundamentalismo con integrismo. Cuando un creyente asegura: “Yo vivo mi compromiso espiritual de acuerdo con los fundamentos de mi religión”, nada tenemos que replicar a ello, al menos desde el punto de vista de la República. Pero la línea de lo inaceptable se franquea cuando se quiere imponer este fundamentalismo a los demás, en especial a los cercanos o a los miembros de la propia familia. Aplicado a uno mismo, el absoluto no es un peligro para la sociedad. Impuesto a los demás, se convierte en un peligro. Ahí radica a mi juicio la diferencia esencial entre fundamentalismo e integrismo, que es el nombre adecuado del extremismo religioso» (p. 45).

«No sólo el islam hace difícil la vida a las mujeres musulmanas. También cuentan la pobreza, el subdesarrollo, la miseria y la conversión de algunas barriadas en guetos» (p. 107).


Teocons a favor de Sarko

Ante este programa religioso, que parece calcado de los planteamientos de los auténticos liberales o de los socialdemócratas laicistas, era de esperar que en España se atacara al libro de Sarkozy con los mismos argumentos con que se atacan palabras semejantes cada vez que son pronunciadas por políticos o intelectuales de nuestro país. Simplemente imaginemos que todas las declaraciones anteriores las hubiera pronunciado el presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Por expresiones más tímidas que éstas, su gobierno ha sido acusado por la jerarquía católica española y los círculos afines a ella de relativismo, de desconocimiento y desprecio de la historia, de odio al catolicismo, de ceguera ante la realidad del islam, de judeofobia, de repetir consignas políticamente correctas, de inmiscuirse en cuestiones internas de la Iglesia Católica Romana, de perseguir a los católicos, de fomentar un laicismo excluyente, de justificar el terrorismo con excusa de la miseria… Todo ello a pesar de que su gobierno, en estos cuatro años, no ha hecho más que consolidar e incluso aumentar los privilegios de la ICR (ver Las concesiones de Zapatero y Beatificaciones polémicas). Y cuando otros representantes de la izquierda, o simplemente intelectuales católicos españoles, dirigen críticas a su propia iglesia similares a las de Sarkozy, no tarda en llegar la respuesta defensiva (y ofensiva) de los medios católicos derechistas.

Pero no fue así con el político francés. De forma significativa, su libro fue publicado en España por la editorial Gota a Gota, perteneciente a la FAES, el think-tank ultraconservador del Partido Popular. Y es que “Sarko es Sarko”, como decía el título de un editorial de la cadena episcopal Cope, en el que se defendía la candidatura del ex ministro a la presidencia de la República por ser alguien que, al «valorar la aportación pública de la experiencia religiosa», «puede traer un poco de aire fresco en un Viejo Continente paralizado por lo políticamente correcto», pues apuesta por un «diálogo crítico con referentes autorizados», en referencia clara a la jerarquía católica (5.5.07).

Unos meses antes, el destacado periodista ultracatólico José Luis Restán elogiaba su figura; pasando por alto los pasajes que hemos reproducido más arriba, escribía: «En su famoso libro La República, las religiones, la esperanza, propone una nueva laicidad abierta, en agudo contraste con el caduco laicismo republicano que ha dominado el panorama francés durante los dos últimos siglos» (Páginas Digital, 11.1.07).

Su victoria electoral fue celebrada en los medios de la Derechosa, por ser «un hombre con un proyecto claro que está convencido de la necesidad de retomar los valores que han hecho de Europa lo que es. Su apuesta por reconocer el valor público de la experiencia religiosa es novedosa. Llega al Elíseo un hombre que apuesta con claridad por mantener una relación preferente con Estados Unidos». «No es que Sarkozy sea ningún modelo personal de virtudes cristianas. Lo que ocurre es que este inquieto presidente francés ha sabido hacer un diagnóstico de la deriva moral de una sociedad amenazada por un laicismo irresponsable» (Línea Editorial Cadena Cope, 7.5.07 y 9.5.07). El cura Santiago Martín escribía: «Sólo me queda soñar. Soñar con que Francia abra camino en Europa e indique a todos los que vivimos en este cada vez más caduco continente, por dónde se ha de andar para tener futuro y esperanza» (La Razón, 9.5.07)

Aun a pesar de sus peripecias personales y familiares, el tratamiento que recibe Sarkozy por parte de las fuerzas integristas católicas es significativo. A principios de febrero de 2008 la “Santa” Sede negaba el placet al embajador que Argentina presentó ante el Vaticano, Alberto Iribarne, por la “irregularidad canónica” de estar divorciado y nuevamente casado. El día 25, sometido a las presiones vaticanas, e incluso a las de la Corporación de Abogados Católicos argentinos, Iribarne renunciaba al cargo. Dos meses antes, Sarkozy, que ya se había divorciado de Marie-Dominique Culioli en 1996, que se acababa de divorciar de Cécilia en 2007 y que convivía públicamente con Carla Bruni (con la que se casaría el 2 de febrero de 2008), fue investido por el papa como canónigo de honor de la iglesia de San Juan de Letrán.

Poco ha importado el ejemplo de Sarkozy en lo personal, cuando su programa religioso real favorece al papado. Según Restán, «seguramente Sarkozy no será un dechado de virtudes familiares, pero como responsable público sabe que debe escuchar la voz moral que nace de las diversas tradiciones espirituales presentes en su país, y especialmente la que llega desde la Iglesia católica, históricamente ligada a las vicisitudes de su nación» (Páginas Digital, 10.1.08).

Mientras los medios de la Derechosa atacaban con agresividad al gobierno de Zapatero por buscar el diálogo con ETA, acusándole de pretender apaciguar a terroristas, esos mismos medios alababan a Sarkozy, quien se mostró dispuesto a viajar a Colombia para recoger en persona a la ex candidata presidencia Ingrid Betancour, secuestrada por las FARC, «si su gesto sirve para ablandar a los secuestradores» (Línea Editorial Cadena Cope, 29.2.08)


Fin del laicismo

¿A qué se deben estas esperanzas depositadas en el político francés? Cuando se publicó en España su libro, Sarkozy ya venía matizando, cuando no desmintiendo, los planteamientos más laicistas expuestos en él, y definiendo un programa que no se limitaba a una libertad de movimientos de las religiones en la República, sino que respondía a planteamientos históricos esencialistas propios del papado, identificando cristianismo con catolicismo y definiendo la nación francesa a partir de su herencia religiosa: «Detrás de la moral laica y republicana de Francia hay dos mil años de cristianismo»; «la religión católica es uno de los fundamentos de la identidad francesa» (citado por Alfredo Tamayo en Diario Vasco, 21.6.07). Se alineaba también con el principio de subsidiariedad defendido por el Vaticano, que a su vez enlaza con el ultraliberalismo en boga: «Si la Iglesia no se preocupara de los más pobres, ¿quién podría hacerlo?» (La Razón, 17.5.06).

Ya como presidente, en agosto de 2007 Sarkozy interrumpía sus vacaciones en Estados Unidos para participar en el funeral del Cardenal Jean Marie Lustiger, en el que hubo una amplísima representación institucional. Y en una carta a los maestros del país afirmaba: «Estoy convencido de que no deberíamos dejar el tema de la religión en la puerta de la escuela» (ACI, 7.9.07).

Pero, sin duda, el acto más significativo de la nueva política religiosa de Sarkozy fue su discurso al ser investido por Benedicto XVI canónigo de la basílica romana de San Juan de Letrán el 20 de diciembre de 2007. Tras rezar ante la tumba de Juan Pablo II, el presidente recibió este honor histórico que los presidentes franceses heredaron de la monarquía.

Sarkozy asume «plenamente el pasado de Francia y ese lazo tan particular que durante tanto tiempo ha unido a nuestra nación con la Iglesia». Según él, «fue con el bautismo de Clodoveo como Francia se convirtió en hija primogénita de la Iglesia. Esos son los hechos»; de este modo, todo un presidente de la laica Francia aprueba las más graves concepciones del Antiguo Régimen y del teocratismo: identificación patrimonialista del rey con su nación (compuesta por súbditos sin libertades, entre ellas la religiosa), interpretación de un acto político cual es el bautismo de un rey como auténtica “conversión”, asunción de la terminología supremacista del papado e identificación entre cristianismo y romanismo (ignorando por ejemplo la Reforma protestante, que tantos frutos tuvo –y tan perseguida fue– en Francia).

Resulta cuando menos inquietante que el representante de una gran nación europea, que además está compuesta por importantes colectivos de no católicos, afirme que «las raíces cristianas de Francia son también visibles en esos símbolos que son los establecimientos píos, la misa anual de Santa Lucía y la de la capilla de Santa Petronila. Y luego está además, por supuesto, esta tradición que hace del presidente de la republica francesa, canónigo de honor de San Juan de Letrán. Esto no es cualquier cosa: es la catedral del Papa, es la “cabeza y madre de todas las iglesias de Roma y del mundo”». Quizá es que Sarkozy no considera “ostentatorias” estas prácticas religioso-políticas, pues en su discurso no se olvidó de mencionar la política de «desear la prohibición de signos ostentatorios [sic] en la escuela», en clara referencia al velo islámico, éste sí prohibido en las escuelas públicas francesas (justo es recordar aquí que es precisamente en los colegios católicos franceses donde las niñas musulmanas pueden llevarlo libremente, sin duda por la sangrante incongruencia que supondría que algunas maestras monjas lo llevaran y las alumnas no pudiera hacerlo; sobre el tema, ver Hoy contra el velo, mañana… ¿contra la libertad?).

Frente a algunos planteamientos de su libro, Sarkozy afirmó en Letrán: «La laicidad no puede cortarle a Francia sus raíces cristianas. Ha intentado hacerlo; no habría debido. Como Benedicto XVI, yo considero que una nación que ignora la herencia ética, espiritual, religiosa de su historia, comete un crimen contra su cultura». Ya no habló de igualdad entre todas las grandes religiones, sino que destacó el hecho diferencial romanista: «Ha llegado el tiempo de que, en un mismo espíritu, las religiones, y en particular la católica, que es nuestra religión mayoritaria, y todas las fuerzas vivas de la nación miren juntas a los desafíos del futuro».

También tuvo unas palabras para los no creyentes o agnósticos, comprensibles o incluso apropiadas para un pensador, pero preocupantes en boca de un presidente que está visitando al líder político-religioso de la iglesia-estado a la que él mismo pertenece: «Incluso quien afirma no creer, no puede negar que se hace preguntas sobre lo esencial. El hecho espiritual es la tendencia natural de todos los hombres a buscar una trascendencia». «Si incontestablemente existe una moral humana independiente de la moral religiosa, sin embargo la República tiene interés en que exista también una reflexión moral inspirada en convicciones religiosas. Primero, porque la moral laica siempre corre el riesgo de agotarse o de derivar hacia el fanatismo cuando no va vinculada a una esperanza», dijo, en contradicción con la advertencia que expresaba en su libro sobre el mayor riesgo del fanatismo religioso.

En algunos momentos el discurso parecía escrito por el propio Benedicto XVI: «En la transmisión de los valores y en el aprendizaje entre el bien y el mal, el profesor nunca podrá sustituir al pastor o al cura, porque siempre le faltará la radicalidad del sacrificio de su vida y el carisma de un compromiso transportado por la esperanza.»


La ley de laicidad de 1905

Ante estos planteamientos, cabe preguntarse qué cambios concretos pueden producirse en Francia en las relaciones entre el estado y las religiones, en especial la iglesia-estado papal. Una de las claves está en las reformas que puedan plantearse en relación con la ley de laicidad de 1905 (ver un interesante resumen sobre qué dice y qué no dice esa ley en Algunas ideas sobre la religión y la laicidad, por Xavier Ternisien).

Ya Juan Pablo II, en un mensaje enviado el 11 de febrero de 2005 al presidente de la Conferencia Episcopal Francesa, recordaba que la ley francesa de 1905, que reemplazó el Concordato de 1804, «fue un evento doloroso y traumático para la Iglesia en Francia» (Zenit, 12.3.05). En la misma línea, y en abierta contradicción con sus predecesores, el 17 de enero de 2008, durante su mensaje de felicitación del nuevo año dirigido a los líderes de las religiones, Nicolas Sarkozy no perdió la ocasión para insistir en las circunstancias históricas «dolorosas» de la separación de la Iglesia y el Estado, negando de manera implícita la pacificación que selló la ley de 1905 (ver ¿Política de civilización o de evangelización?, por Rosa Moussaoui).

El 4 de abril de 2007 en La Croix, «Sarkozy explicó que en su proyecto político caben ciertos retoques a esa ley y una serie de medidas que apuntalan una concepción de las relaciones entre la religión y la política en las claves de una necesaria respuesta a los problemas de integración, de diferenciación cultural» y de «pérdida de valores que sufre Occidente» (José Francisco Serrano Oceja, “Lo que saben Sarkozy y Pera”, Libertad Digital, 9.5.07). Este revisionismo suscita el entusiasmo de la jerarquía romanista: el arzobispo de París, André Ving-Trois, se felicitaba de «la nueva manera de abordar el hecho religioso, más tranquila y menos conflictiva, que corresponde a una nueva generación política». Pero a su vez está creando inquietud en los sectores laicistas del país. Según el sociólogo Jean Bauberot, el presidente y sus asesores «han leído muy bien todos los análisis sobre la posmodernidad, de que ya no se puede tener confianza en el progreso como en el tiempo de la Ilustración. Entonces, la ciencia y sus aplicaciones prometían mejorar la vida en la Tierra, mientras que hoy día son acusadas de poner en peligro el planeta». «Pero Sarkozy hace de la religión una dimensión obligatoria del ser humano», añade. «Ninguno de sus predecesores ha llegado tan lejos» (El País, 20.1.08).

La principal obediencia masónica del país, el Gran Oriente de Francia, se ha puesto en guardia ante el retroceso de la laicidad que puede suponer la política de Sarkozy. (Por cierto, se puede cuestionar que los masones sean exactamente laicistas, en la medida en que practican ceremonias y promueven ritos públicos de transición que no responden a un racionalismo estricto y que recuerdan mucho a los de la propia iglesia tradicional; ver “Bautizo civil”, bautismo religioso y laicismo). Tras su visita al Vaticano, los francmasones expresaron su «inquietud frente a toda voluntad de presentar el hecho religioso como constitutivo de la identidad política y ciudadana, algo que podría comportar una seria inflexión del modelo republicano francés» (El Nuevo Diario, 26.12.07). Según fuentes masónicas, una delegación de esta organización, dirigida por el Gran Maestre Jean-Michel Quillardet, acudió al Elíseo para entrevistarse con el presidente, quien dijo respetar tanto la moral laica como la religiosa y se comprometió a no tocar la ley de 1905 de separación de la Iglesia y del Estado, si bien contaba con hacer «algunos arreglos técnicos». Quillardet declaró, al salir de la reunión, que los masones del Gran Oriente de Francia permanecerían «vigilantes». Sarkozy se comprometió a reunirse con el conjunto de la obediencias francesas para tratar de este tema en el primer trimestre del año, con el Gran Oriente de Francia como anfitrión. Pero, hasta la fecha, no se ha tenido noticia de este encuentro. ¿Será que no ha tenido lugar, o se habrá producido con el “discreto secretismo” propio de estas organizaciones?

Sobre las relaciones de Sarkozy con la masonería hay interpretaciones divergentes. Consta que Xabier Bertrand, uno de los ministros más conocidos del Gobierno, pertenece al Gran Oriente de Francia (ver Los francmasones y el poder, por François Koch), y que Alain Bauer, encargado de los servicios de inteligencia, fue miembro del Gran Oriente (además de número 2 de la National Security Agency estadounidense en Europa). Hay quienes afirman que Sarkozy también es masón, y que sigue una política masónica. Desde posiciones ultracatólicas el anuncio de la visita al Gran Oriente se interpreta como una entrega del presidente a la masonería anticlerical. Esta lectura en principio parece desmentida por la suspicacia con que, al menos públicamente, los masones han recibido el nuevo discurso presidencial. Claro que otros, yendo más allá, consideran que la masonería y la jerarquía católica escenifican un doble juego de enfrentamiento público y acuerdo secreto; desde ese prisma, Sarkozy estaría al servicio de ambas.

En cualquier caso, la cuestión es: ¿Qué cambios se perfilan en la política religiosa francesa? Si no se reforma la ley de 1905, en principio se mantendrían las garantías de no interferencia de la religión en lo público. Pero aun sin modificarla existe la posibilidad de que se enmienden disposiciones reglamentarias que acabaran desvirtuándola completamente, como la financiación pública, por parte de las entidades locales, de lugares de culto. Michèle Alliot-Marie (ministra francesa del Interior) está comprobando si es posible hacer pasar a las asociaciones con el estatuto “de culto”, que prohíbe toda subvención pública, al estatuto "cultural", que las permite. Jean Pierre Raffarin (primer ministro en el segundo período presidencial de Chirac) también declaró en una entrevista en Le Figaro que «habría que completar la ley de 1905» (ver La laicidad pierde una batalla en Francia, por Christian Gadea).

Con la excusa de controlar el islamismo radical de las mezquitas abiertas en garajes y a fin de establecer un islam a la francesa, Sarkozy defiende este proyecto desde hace años (aparece también en el informe Machelon, presentado el 19 de septiembre de 2006, cuando Sarkozy era ministro del Interior). En realidad, la aproximación de Sarkozy al islam, por un lado beneficiosa para la mayoría de los musulmanes de Francia, responde a la línea que tanto el Imperio como el papado vienen marcando desde el 11 de septiembre de 2001, consistente en atraer con buenas palabras y estrategias ecuménicas a los “musulmanes buenos” y atacar mediante la “guerra contra el terrorismo” o las provocaciones a los “musulmanes malos” y a todos los que se encuentren en su área de influencia (ver nuestra apostilla sobre el tema). En este panorama, se potencia el acercamiento y el respeto a las “grandes religiones” y se les confiere un estatus que no reciben las corrientes religiosas minoritarias, que son calificadas como “sectas”; así lo expuso Sarkozy en su libro (pp. 23, 93 y 162-163) y en Letrán: «Se trata de buscar el diálogo con las grandes religiones de Francia y de tener como principio el facilitar la vida cotidiana de las grandes corrientes espirituales» (ver Ecumenismo y autoridad).

Lógicamente, si en Francia los musulmanes recibieran financiación pública para construir lugares de culto, la igualdad de trato entre confesiones abriría la puerta a un tratamiento similar de otras confesiones, incluida la mayoritaria católica romana. Otras medidas que baraja Sarkozy son la apertura del Consejo Económico y Social a responsables religiosos y la posibilidad, para los jóvenes, de efectuar su servicio civil en el seno de asociaciones de carácter confesional. Algunas de estas iniciativas no necesariamente tienen que significar un retroceso en la separación de la religión y el estado o en la laicidad, pues quizá en algunos aspectos el estado francés ha venido siendo excesivamente suspicaz hacia el fenómeno religioso. Pero es evidente que Sarkozy está dispuesto a redefinir las relaciones iglesia-estado.


Conclusión

El discurso de San Juan de Letrán, con su importantísima carga ideológica, simbólica y programática, es de un alcance extraordinario y muestra claramente que Sarkozy busca una complicidad, no con la “tradición cristiana” en general, sino con una confesión concreta, como viene repitiendo en sus declaraciones: «La religión católica es uno de los fundamentos de la identidad francesa. La identidad, sin embargo, no es una noción petrificada. Detrás de la moral laica y republicana hay dos mil años de cristiandad» (citado en Libertad Digital, 9.5.07). Ahora que el proyecto de Constitución europea se ha quedado reducido al (también en peligro de muerte) tratado de Lisboa, y que por tanto ya no se lucha por una mención concreta de las “raíces cristianas”, Sarkozy ha abandonado la posición defendida en su libro para adherirse a la línea papal. En esto coincide con la canciller alemana Angela Merkel, que defiende firmemente este enfoque (Zenit, 28.8.06) y que, siendo protestante, ha participado en varios eventos católicos, y que, según el cardenal Karl Lehmann, prometió que haría una «política basada en fundamentos cristianos» (El Mundo, 23.8.05). La coincidencia de Sarkozy y Merkel como responsables de las dos grandes potencias europeas continentales ha despertado muchas ilusiones en medios teocon, en los que se viene hablando de un nuevo eje París-Berlín, basado en valores fuertes: tradición, fe, atlantismo, etcétera.

El fenómeno Sarkozy, por tanto, no es más que la punta de lanza de lo que en 2003 el entonces ministro de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, llamó la “nueva Europa”, frente a la “vieja Europa” representada entonces por Francia y Alemania, entre otros, por sus amagos de oposición a la guerra de Irak. Ambas potencias dieron posteriormente el giro, al volcarse cada vez más abiertamente hacia las posiciones sostenidas por las dos patas del eje Washington-Vaticano: en política internacional, un seguimiento fiel al Imperio (ver Operación Sarkozy: Cómo la CIA puso uno de sus agentes en la presidencia de la República Francesa, por Thierry Meyssan); en política religiosa, un alineamiento con el papado. En esta Era Neorreligiosa, mientras en Estados Unidos asciende la pujante “derecha cristiana”, en Europa este mismo fenómeno muestra unos perfiles propios de la idiosincrasia de cada país: en España, la ofensiva neonacionalcatólica; en Italia, la resistencia papista ante cualquier intento de marcar límites a la omnipresente ICR, y el influyente movimiento “teocon” de Marcello Pera; en Polonia, los ultraconservadores gemelos Kaczinsky (que llegaron a ocupar la presidencia de la república y del gobierno simultáneamente), ejerciendo una política con criterios confesionales; en Inglaterra, el constante trasvase de jerarcas anglicanos a la ICR, o la dedicación de Tony Blair a asuntos político-religiosos mundiales tras su “conversión” al catolicismo.

El recrudecimiento de la crisis económica europea o mundial, nuevas guerras como la que se está preparando contra Irán, o eventuales atentados terroristas al estilo del 11-S, pueden acelerar las tendencias liberticidas señaladas. ¿Qué nos queda? A algunos, la esperanza.

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