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Farsas sistémicas (II): Revueltas orquestadas en el mundo árabe
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www.laexcepcion.com (19 de febrero de 2011). Publicado previamente en El Blog de Cordura

«Ahora mismo todos están concentrados en el derrocamiento de Mubarak. Ésa es solo la primera escena del primer acto de un drama que tiene que ser representado. [...] Creo que debemos mantenernos al margen de esa controversia porque no queremos hacer ver que estamos imponiendo un nuevo gobierno.»
(Henry Kissinger)

Para los mayores profesionales de la impostura, llámense actores, políticos o falsificadores de billetes, es un principio elemental: la mejor mentira, la más eficaz, es aquella que se parece más a la verdad. La maldad más poderosa y dañina es la que mejor se disfraza de bondad.

Lo de Kissinger parece más bien lo contrario de lo que nos ocupa. Se diría que el viejo criminal, aun sin retirar por completo el velo del disfraz, está por una vez diciendo la verdad. Quizá siente que a sus años, y con el poder que atesoran los suyos, se puede permitir ese aparente alarde de cínica sinceridad.

Al margen de ello, admitamos que nos cuesta separar nuestros deseos de la realidad. La tentación a confundirlos es aún mayor entre quienes más anhelamos el cambio, si el escenario que aparece ante nuestros ojos se asemeja a aquél. Un pueblo levantado contra el tirano –aunque no sea el gran tirano– resulta un estímulo demasiado convincente. Y si son varios pueblos contra varios tiranos, nuestra imaginación sedienta de revolución fácilmente se desborda. ¿Se empiezan a hacer los sueños realidad?

Lo de Kissinger no prueba nada, de acuerdo. Pero admítase también que nuestros contemporáneos tienden a olvidarse de quién manda aquí. O, mejor dicho, de hasta dónde llega su dominio y en qué grado lo ejercen. Cabría preguntarse si se ha entendido lo que significa Imperio Global. Pero en los sectores “revolucionarios” se considera derrotista, además de “conspiracionista”, ver las sucias manos imperiales en cada cosa relevante. ¡Que no son omnipotentes, caray!

Cuando empezó lo de Túnez, recuerdo bien que ya nuestros queridos medios de comunicación –ésos que velan siempre por nosotros para que estemos bien informados– empezaron a hablar del “efecto dominó”. Me llamó la atención que dieran (o casi) por hecho algo que a mí se me antojaba difícil en este mundo tan sojuzgado y controlado. Y que se remitieran, implícitamente, a una teoría geopolítica (¿acaso hoy la geopolítica sigue siendo relevante?) que dista mucho de estar unánimemente admitida. Pero bastaron unos días para comprobar que sus vaticinios tenían razón: la mecha tunecina prendía también en Egipto, Argelia, Jordania... A día de hoy, no muchas semanas después, nos llegan informes similares desde Libia, Bahréin, Irak (!)... e Irán (único país no árabe entre los implicados).

[Digresión (no caprichosa): La ley antitabaco es, sociosanitariamente hablando, una buena ley. Pero que la vengan propugnando, ¡urgiéndola!, los mismos que juegan con la salud del mundo entero, inventándose alarmistas pandemias de gripes artificiales e impulsando sinuosamente la vacunación obligatoria, me lleva a preguntarme si es realmente la salud el móvil por el que dicha ley se generaliza en Occidente. Fin de la digresión.]

El campo antisistema, en general, ha saludado con alborozo las victorias populares en Túnez y Egipto. El campo pro sistema... también. Sus medios de masas, especialmente los más obámicos, vienen haciendo un seguimiento del tema que por momentos resulta entusiasta. El Nobel de la Paz Barack Obama lleva ya semanas liderando abiertamente –¿a pesar del consejo de Kissinger?– el camino de esos pueblos hacia la libertad (?). Ayer mismo, le dijo a su virrey el monarca de Bahréin que moderase su represión al mismo tiempo que los propios ejércitos obámicos siguen imponiendo a sangre y fuego la ley imperial en varios países (ejemplo).

Nuestros contemporáneos, sobre todo los más ávidos de cambio, también parecen ignorar en su mayoría el recurso imperial al smart power (o poder astuto; ver también). Se trata de toda una gama de trucos y estrategias que no son sino una manera, ya muy sofisticada –obámica y en la línea del Gran Tapado–, de disfrazar de talante pacífico y libertario el puro afán de PODER, quizá la quintaesencia del mal.

Es cierto, insistamos en ello, que lo de Kissinger no prueba nada. Pero tal vez ilustre más de lo que pensamos. Y, sobre todo, quizá nos dé alguna pista de cuál ha de ser el verdadero camino que debería seguir la confrontación con el Imperio.

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