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Farsas sistémicas (I): El caso Sortu y las razones de los “buenos”
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www.laexcepcion.com (12 de febrero de 2011). Publicado previamente en El Blog de Cordura

Mientras en Egipto cae el dictador-títere Mubarak en un proceso alentado por el pueblo y tutelado por el Imperio, en España buena parte de la atención política se centra en saber si un nuevo partido político, con estatutos escrupulosamente democráticos, será legalizado.

«Mostramos nuestra voluntad y deseo de contribuir a la definitiva y total desaparición de cualquier clase de violencia, en particular, la de la organización ETA» (Estatutos de Sortu).

«Esto de presentarse a las elecciones es algo que nuestro partido no va a consentir de ninguna de las maneras» (María Dolores de Cospedal, secretaria general del Partido Popular).


Los “malos” y los “buenos”

En el imaginario colectivo español, ETA y aledaños son los “malos”, e incluso formarían parte de los peores. No muy lejos de egregios monstruos como Hitler, Stalin, Bin Laden... y ve parando de contar.

Acreditan muchos méritos para ello: son especialistas en el tiro en la nuca, la extorsión y el coche bomba –o en justificar estos métodos–. Y en erigirse arbitrariamente como portavoces de un pueblo previamente mitologizado. Es lógica la intensa repulsión mezclada con temor que suscitan sus crímenes y su arrogancia. Y por si no parecían lo bastante malos –concepto humanamente relativo y comparativo–, ya se han venido encargando los “buenos”, básicamente el bloque PP-PSOE, de que lo parezcan. A cualquier régimen, incluso si es “democrático”, le vienen bien los chivos expiatorios. Y si son genuinamente criminales, mejor.


Los "malos” quieren ser “buenos”

Aún no hace mucho que los “malos” se dieron cuenta de que por ese camino perdían. En realidad, su falta de futuro viene de muy atrás. Si ya el “Viernes Santo” parecía condenarlos a la obsolescencia, el escenario internacional abierto con el 11-S profundizaba esa sensación. Lo que pasa es que a los “malos” les costaba superar sus inercias. La dialéctica electorera PP-PSOE, navegando entre la negociación y la represión, traería esta vez una síntesis acorde con los tiempos que proclaman “El terrorismo es lo peor”. Acorralados por los “buenos”, aún con armas pero casi inermes, con base social pero cada vez menos visible gracias a los avances –y las argucias– legales para perseguirlos, topáronse los “malos” al fin con la cruda realidad. Se imponía, pues, un cambio radical de estrategia. Radical y lo suficientemente sincero porque el fin inmediato no era sólo recuperar la visibilidad (presentarse a unas elecciones) sino asegurar la relevancia e incluso la supervivencia del independentismo de izquierda (en riesgo de diluirse en el conjunto del nacionalismo ante el fracaso de la lucha armada).

Y el cambio llegó. Etxeberria, Iruin, Zabaleta... Sortu. Nuevo partido, nuevos estatutos, nítido y reiterado rechazo de la violencia, incluida expresamente la etarra. Con una comisión permanente integrada por tres mujeres y un hombre, ninguno de los cuales tiene conexiones conocidas con Batasuna.

¿Que el régimen les pedía mostrar «una actitud de condena o rechazo del terrorismo» para ser legales? Ya lo han hecho («El nuevo partido desarrollará su actividad desde el rechazo de la violencia como instrumento de acción política [...]. Rechazo firme e inequívoco de todo acto de violencia y terrorismo y de sus autores»).

¿Que les pedía, además, formular «una expresión clara de rechazo» a ETA? Ya la han formulado («Rechazo que, abiertamente y sin ambages, incluye a la organización ETA, en cuanto sujeto activo de conductas que vulneran derechos y libertades fundamentales de las personas»).

¿Que les prohibía incurrir en una «continuación o sucesión de los partidos ilegales y disueltos», aunque, ojo, sin impedir a los miembros de la izquierda abertzale «crear un instrumento político para expresar su voluntad colectiva»? Los estatutos presentados claramente lo evitan (pues, además, de lo ya citado, proclaman: «El nuevo proyecto político y organizativo de la Izquierda Abertzale supone la ruptura con los modelos organizativos y formas de funcionamiento de los que se ha dotado ese espacio social y político en el pasado [...]. Se trata con ello, de impedir su instrumentalización por organizaciones que practiquen la violencia, o por partidos políticos que fueron ilegalizados y disueltos por razón de su connivencia con ella»).


Los “buenos” no quieren que los “malos” dejen de serlo

La señora Cospedal habrá tenido que renovar su vestuario estos días (aunque esto quizá para ella no sea un problema). Ya desde que se anunció que la izquierda abertzale iba a romper con la violencia de ETA-Batasuna, empezó la “buena” mujer a rasgarse las vestiduras. Sus exigencias –las de su partido– para admitir en sociedad a la nueva formación política eran –son– draconianas: primero ETA tiene que «disolverse, entregar las armas». Además han de pedir «perdón a las víctimas». Y espera, que aún no hemos acabado: habrán de «demostrar durante mucho tiempo que, de verdad, quieren comportarse como demócratas y que condenan el terrorismo».

¿Realmente es necesario exigir tanto? ¿No habíamos quedado –ésa fue la cantinela durante años, eso fue lo recogido en la legislación al respecto– que lo que se esperaba de los filoetarras era que se separasen de la banda y condenasen (o rechazasen) su violencia? ¿Por qué ese empeño del PP en seguir asociando el destino de la izquierda abertzale con el de ETA cuando ya el grueso de aquélla ha proclamado su distanciamiento de ésta? ¿A qué viene tanto afán “verificacionista”, cuando se acaba de aprobar una reforma de la ley electoral que permitiría echar de sus escaños a los representantes de Sortu si se evidenciase que su nueva faz es puro engaño?

Aunque con más ambigüedad y menos unánime contundencia, la otra ala de los “buenos” también se viene pronunciando mayormente contra la legalización de Sortu. El gobierno, a pesar de que podía haberla facilitado, le ha dejado la “patata” al Tribunal Supremo. Su presidente de facto, Pérez Rubalcaba, ha pontificado afirmando que el nuevo partido es «continuidad con la formación ilegalizada». Condicionado por el pacto PP-PSE en el País Vasco, abrumado por las negras perspectivas electorales, el gobierno español no quiere complicarse más la vida. Sigue anhelando, como baza electorera, apuntarse el tanto del final de ETA y la reinserción política de la izquierda abertzale. Pero no las tiene todas consigo y además desea seguir apareciendo entre los “buenos”, cosa que los “mejores” entre éstos a menudo le cuestionan.

Los “mejores”, claro, son el PP y aledaños, por lo general aún más a su derecha. La Derechosa, incluida la ultraderecha sistémica (política y mediática). La de los “requetebuenos”: Jiménez Losantos, César Vidal, Intereconomía, Mayor Oreja, Francisco José Alcaraz... Los que estarán "siempre al lado de las víctimas” (que tan rentables les salen).


Paradójicas conclusiones

Nos encontramos así con la sorprendente situación de que cuando por fin ETA se queda sin base social, los “buenos” dicen que no se lo creen. Para justificar su actitud, juzgan intenciones, tuercen las palabras de los estatutos de Sortu y adoptan la pose de implacables justicieros que, investidos de una dignidad incuestionable, emiten solemnes proclamas. Porque los “malos” siempre serán “malos”, digan lo que digan, e incluso aunque no quieran serlo. No tienen derecho a redimirse, eso sería poner en entredicho el monopolio moral de los “buenos”. Son esencialmente “malos”, ¡y punto!

Y lo son aunque un destacado ex fiscal haya declarado que sus estatutos resultan «más impecables» que los de los partidos sistémicos. Son los únicos que incluyen un rechazo explícito de ETA. Es más, añadamos aquí, se trata de unos estatutos pacifistas, pues declaran su «rechazo firme e inequívoco de todo acto de violencia y terrorismo y de sus autores». ¿Quién da más? No, desde luego, el PSOE (el partido de los GAL), en cuyas reglas internas ni siquiera aparece la palabra 'violencia'. Ni el PP (el Partido de la Guerra), cuyos estatutos incluyen un «compromiso renovado con el derecho a la vida [...] y la defensa y solidaridad con las víctimas de la violencia en todas sus manifestaciones», declaración menos ambiciosa y que, en cualquier caso, no parece obligarles a nada...

Pues recuérdese de quiénes estamos hablando:

–De los “buenos” del PSOE que practicaron la guerra sucia “por razón de Estado”, que acompañaron al Imperio en su campaña bélica de 1991 contra Irak, y que en su versión zapateril engrosan la guerra “humanitaria” contra Afganistán además de figurar entre los países que más armas venden al resto.

–Y, sobre todo, de los “mejores”, los “fetén”, los del PP, impulsores de la agresión bélica a Irak, campaña que sigue causando decenas de muertos cada semana, cuya cifra de víctimas mortales hace mucho que superó las cien mil en las estimaciones más suavecitas (ETA mató 839 a personas en más del séxtuple de tiempo). Su proclamada “solidaridad con las víctimas” aún no les ha dado para pedirles perdón a éstas, ni siquiera para pedírselo a los españoles por embarcarlos en aquella guerra.

Pues bien, son esos “buenos”, y sobre todo esos “mejores”, los que se creen con autoridad moral para dar lecciones a quienes, procedentes del mundo filoetarra, se declaran dispuestos a abandonar para siempre sus métodos. A pesar de que, justo es recordarlo, ETA y su entorno llevan décadas pagando sus culpas con penas de prisión, y los “buenos” Felipe González y José María Aznar, que nunca sufrieron aquéllas, disfrutan de un “retiro dorado” (sueldos vitalicios más jugosos honorarios como consejeros, entre otras bagatelas).

Mientras gran parte de los “malos” se distancia de la violencia, abandona a sus viejos padrinos y se compromete a contribuir «al reconocimiento y reparación» de las víctimas, los “buenos” siguen siendo la Batasuna de la ETA imperial (los “mejores”, su Jarrai). No parece que ni se les pase por la cabeza llegar a ser un “Sortu” frente al Imperio. Ningún estamento legal ni judicial les exige desvincularse de su criminal pasado. Y se diría que ni por asomo piensan pedir perdón por nada de lo que hicieron.

No, no te pido que te creas que los “malos” se han vuelto buenos (aunque no sea descartable que –siquiera algunos de ellos– lo deseen de verdad). Sólo te pido que te cuestiones si realmente los “buenos” son mejores.

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