La familia es importante… la política lo es más
Guillermo Sánchez Vicente
www.laexcepcion.com (13 de julio de 2006)

Los días 8 y 9 de julio de 2006 la Iglesia Católica Romana (ICR) celebró en Valencia el V Encuentro Mundial de las Familias (EMF), convocado por el papa Juan Pablo II y protagonizado por su sucesor Benedicto XVI. Estos actos se convocan con la intención de fomentar el modelo de familia cristiana, tal como la comprende la ICR, y de reunirse fieles católicos de todo el mundo para celebrar y compartir su fe. Unos objetivos no sólo respetables, sino incluso loables desde una perspectiva cristiana, pues no cabe duda de que la familia, una institución universal, posee un valor inestimable para el cristianismo.

Por tanto, cabe considerar este tipo de iniciativas, en principio, como actos positivos no sólo para sus participantes, sino también para el conjunto de la sociedad; no en vano «la familia es una institución intermedia entre el individuo y la sociedad, y nada la puede suplir totalmente», como afirmó el papa Ratzinger en el discurso de la noche del sábado 8 en Valencia. Cuando además un encuentro de este tipo, en el que participan tantas personas de orígenes y edades tan diversos, supone para todos ellos una celebración alegre en la que apenas se produjeron incidentes, es obligado felicitar a los asistentes y los voluntarios. Al igual que en las ocasionales congregaciones multitudinarias de otros colectivos religiosos (evangélicos, testigos de Jehová…), en el caso de los católicos, que representan a la mayoría de los españoles, hay que destacar el civismo con que casi todos han participado en las jornadas.

Siendo un colectivo tan amplio, es comprensible que las autoridades faciliten la celebración del evento y garanticen la seguridad de los participantes, entre los que destaca además un jefe de estado. No es admisible, en cambio, el dispendio de fondos públicos destinados a unas instalaciones fastuosas y megalómanas, que deberían haber corrido por cuenta exclusiva de los convocantes, como vienen denunciando no pocos colectivos, tanto laicos como católicos.

Hay que señalar que, aun siendo de inspiración cristiana, la concepción doctrinal de la familia en la ICR contiene graves distorsiones con respecto al modelo establecido en la Biblia. Las desviaciones más graves corresponden a la concepción del matrimonio, que por un lado se considera indisoluble (sin admitir la posibilidad de divorcio establecida por el mismo Jesús) y por otro puede ser “declarado nulo” (ver Un desprecio al matrimonio). El rechazo rotundo a cualquier método anticonceptivo, sin ninguna base en la Escritura, también distorsiona el concepto de familia y de relaciones de pareja, abocando a los fieles que cumplen estos preceptos (pocos, hay que decirlo) a la abstinencia o a la procreación descontrolada. También el celibato impuesto a los ministros y “religiosos” desde la Edad Media les proscribe la formación de una familia, de modo que la vocación de servicio espiritual ordenado se convierte en incompatible con la vocación paternal o maternal, nuevamente contra toda indicación de la Escritura.


Papolatría y mariolatría

Por mucho que se haya afirmado que los protagonistas de este encuentro son las familias, es evidente que en realidad ha habido un único protagonista: el papa de Roma. Este encuentro se recordará siempre como la (primera) visita de Benedicto XVI a España, no como el V EMF; incluso hoy para muchos que han tenido noticia del evento la temática familiar habrá quedado por completo eclipsada ante la presencia de este líder religioso, lo cual no se debe sólo al efecto que ejerce su carismática figura, sino que se corresponde con la propia planificación de los actos: los lemas convocantes eran del estilo de “Con el papa en Valencia”, “Todos con Benedicto XVI”, “Ven a encontrarte con el Santo Padre”. Sin que ello menoscabe las buenas intenciones de la mayoría de los participantes, es triste comprobar cómo las jornadas no suponían la exaltación de la familia, sino la exaltación de una persona.

Una persona que, junto con la institución que encarna, ha focalizado además toda la atención en sí misma, contradiciendo una vez más los valores cristianos que dice representar. No conformándose con ser llamado “Santo Padre”, el día 8 declaraba: «Yo soy el abuelo del mundo». Conviene advertir que no dijo ser el abuelo de los católicos del mundo, sino de toda la humanidad. Hasta ahí llega el sempiterno afán papal de representar en exclusiva a todos los hombres, independientemente de sus creencias.

En un encuentro cristiano cabe esperar que el protagonista sea Cristo. Así suele ser cuando otras confesiones cristianas se reúnen para celebrar su fe, incluso en los casos más lamentables de seguidismo un tanto acrítico a célebres predicadores de masas. No es así en estos encuentros papales. Escuchando y leyendo las declaraciones de los participantes a través de diversos medios, las más frecuentes eran las de este tipo: «Dios me ha concedido ver al Papa cuando pasaba por aquí. ¡Ha sido un regalazo!»; «Queremos que Su Santidad el Papa, Benedicto XVI, nos ilumine en nuestra vocación». Las consignas coreadas por los grupos de seguidores eran similares, y no pocas de ellas rayaban la típica vulgaridad tan española, o semejaban eslóganes futboleros (o, mejor, jurgoleros): «Esta es la juventud del Papa»; «¡Benedicto, torero, yo sí te espero!»; «Benedicto, oé, oé, oé». Una periodista de Libertad Digital escribía: «Uno de los momentos más emocionantes de la ceremonia ha sido cuando el Papa se ha dirigido a los niños y algunos de ellos han comenzado a exclamar: “Te queremos” y "¡Guapo, guapo!"» (9.7.06).

Por eso numerosos católicos, aun teniendo convicciones doctrinales cercanas a los convocantes, se han visto en la obligación de protestar por estas muestras de papolatría y de veneración a un simple mortal, tan opuesta al auténtico cristianismo (ver “Mirad que nadie os engañe…”), y se han escandalizado por la politización de los actos o por el hecho de que hubiera gente dispuesta, no tanto a cobrar (siempre hay vampiros aprovechados), sino a pagar hasta 18.000 euros por disponer de un balcón o un piso con vistas al recorrido del papamóvil o a los lugares de la misa.

Estudiando las alocuciones y declaraciones del papa y del resto de los protagonistas, uno encuentra que algo así como el 80% de las referencias religiosas estaban centradas en el papa; el 20% restante, en cambio, no correspondía a Cristo, sino fundamentalmente a María, auténtica protagonista de todas las invocaciones y oraciones papales. En su primer discurso en el aeropuerto, Benedicto XVI imploraba «del Señor, por intercesión de nuestra Madre Santísima y del Apóstol Santiago, abundantes gracias para las familias de España y de todo el mundo»; ninguna referencia a Jesucristo. En el Ángelus del mismo día decía: «Ante la Virgen de los Desamparados, que los valencianos veneran con gran fervor y profunda devoción, le he implorado que sostenga su fe y llene de esperanza a todos sus hijos. […] Aprended de la Virgen María cómo se acoge sin reservas esta llamada, con alegría y generosidad. […] Con amor filial y en valenciano, me dirijo a la Virgen, vuestra Patrona. «Davant de la Cheperudeta vullc dirli: “Ampareumos nit i dia en totes les necessitats, puix que sou, Verge María, Mare dels Desamparats”» [«Ante la Jorobadita quiero decirle: “Ampáranos noche y día en todas las necesidades, ya que sois, Virgen María, Madre de los Desamparados”» (ver El culto a la Virgen María, por Samuel Vila).

En otro tipo de encuentros religiosos se puede apreciar la participación de los fieles, que aportan sus experiencias o sus puntos de vista. Los encuentros papales son en cambios actos unidireccionales, en los que un personaje, desde la cumbre de su poder, carisma e “infalibilidad”, guía a la grey que espera ávida cada una de sus palabras, gestos o detalles y se limita a responder con un amén o una expresión de sumisión o veneración. Hasta la prensa cae bajo la fiebre papista, destacando “noticias” como que el papa pidiera horchata para saciar su sed, como si se sorprendieran de que alguien tan divino pudiera participar de las vivencias cotidianas de los mortales.

Sin duda, muchos católicos viven intensa y sinceramente su fe y luchan como mejor pueden por desarrollar en sus hogares su modelo de familia. Reiteramos nuestro respeto y admiración por ellos. Pero vista la excitación provocada por la presencia del papa, cabe preguntarse: en este Encuentro Mundial de las Familias, ¿qué habrían hecho todas esas familias si un incidente de última hora hubiera impedido la presencia de Ratzinger? ¿Se habrían podido enriquecer de su vivencia de la familia cristiana? ¿O acaso necesitan de un guía que dé sentido a su experiencia cotidiana? ¿No debería ser Cristo ese guía?


Familia y política

Desde que se conoció que el encuentro tendría lugar en España, precisamente el país en el que la jerarquía de la ICR viene denunciando una “persecución” a los católicos a raíz de algunas medidas del gobierno de Rodríguez Zapatero, estos mismos jerarcas insistían en que el EMF era una convocatoria exclusivamente espiritual y familiar, y que en modo alguno debía interpretarse en clave política.

Se especulaba acerca de qué declaraciones haría Ratzinger sobre cuestiones como la legalización del matrimonio homosexual, el estatus de la Religión Católica en el sistema educativo español o la unidad de España “amenazada” por las reformas de los estatutos de autonomía y el proceso de negociación con ETA. Ahora que el papa se ha ido sin apenas haberse pronunciado explícitamente sobre estos asuntos, tanto los jerarcas romanistas como el gobierno han querido interpretar sus palabras y silencios como favorables a su posición. Los cardenales más agresivos se sintieron reforzados en sus posiciones: Según Rouco Varela, el discurso del papa «nos alienta mucho a seguir en la misma línea»; señaló que aunque «siempre hay alguien que quiere interpretar diferencias entre el episcopado de un país y el Papa, es inútil porque nuestra comunión con él es completa, hemos aprendido de él mucho en estos dos días». Para Cañizares las palabras de Benedicto XVI «suponen un refrendo absoluto de lo que estamos diciendo los obispos», ya que el Papa habló sobre la educación, el divorcio y defendió el matrimonio entre hombre y mujer. Además aseveró que Ratzinger «está perfectamente informado de lo que sucede en España» (El Plural, 12.7.06).

Por su parte, fuentes de Presidencia del Gobierno señalaron que la reunión del presidente con el papa se desarrolló en un clima «más cordial de lo esperado y sin reproches» (El Plural, 9.7.06). Una conciliadora vicepresidenta Fernández De la Vega declaró que la relación entre el Gobierno y la Iglesia está basada «en el mutuo respeto», que el ejecutivo «busca más lo que nos une que lo que nos separa» y que al Gobierno y a la Iglesia les unen «valores muy importantes como la solidaridad, la justicia social y la lucha contra las desigualdades» (Religión Digital, 10.7.06).

El portavoz del PSOE en el Congreso, Diego López Garrido, consideró que el papa había expuesto durante su primer viaje a España «un discurso muy pensado para el acuerdo, para las buenas relaciones entre Estado e Iglesia», respetuoso con «la posición que tiene el Gobierno español». «Lo que ocurre es que, como siempre sucede, hay más papistas que el papa». «Creo que ha habido un comportamiento impecable por parte de todos los sujetos que han estado implicados en esta visita, empezando por el Papa, por supuesto. Y también por parte del gobierno español, de los organizadores, de la sociedad española» (ibíd.).

Una vez vuelto el papa a Roma, altas fuentes vaticanas dieron a conocer que en la entrevista de Ratzinger con Rodríguez Zapatero, de cuarenta minutos, el papa le dijo: «Problemas no faltan y esperemos encontrar la solución». Zapatero defendió ante Benedicto XVI el matrimonio entre homosexuales, cuestión que ocupó buena parte del encuentro. Ratzinger le respondió con una argumentación «antropológica de derecho natural». El presidente defendió la ley de matrimonios entre homosexuales como «un derecho» civil. Benedicto XVI argumentó que no sólo es la Iglesia la que defiende el matrimonio entre un hombre y una mujer, «sino que es algo que ya estaba en el derecho natural» mucho antes de la llegada de Jesucristo. La conversación también sirvió para repasar cuestiones de actualidad calificadas de «muy importantes» por el Gobierno español, como el futuro de Europa, la familia, la inmigración, la situación en África y la paz. El intercambio de impresiones se desarrolló en un ambiente sereno y cordial, lo que no impidió que Benedicto XVI expresara «y defendiera con firmeza» las razones que llevan a la Iglesia a proteger la familia tradicional y rechazar «otros tipos de uniones». Se incorporó a la audiencia la vicepresidenta Fernández de la Vega, a quien Ratzinger «deseaba» conocer por ser la persona que se encarga de las relaciones Iglesia-Estado. La vicepresidenta, sonriente y siempre pendiente del presidente del Gobierno, que estaba entre ambos, le dijo que Zapatero le había dado instrucciones para «solucionar» todos los temas que afectan a ambas partes, que, según afirmó, «son muchos» (Religión Digital, 11.7.06).

En realidad el gobierno que, a pesar de su relativa firmeza en ciertas posiciones criticadas por la jerarquía católica, viene demostrando un gran despiste sobre la verdadera estrategia vaticana, ignora que el auténtico poder del papado está precisamente en las especulaciones y expectativas en torno a sus palabras y gestos. Hiciera lo que hiciera Ratzinger, siempre habría redundado en beneficio de quien venía a España como vencedor. Si el papa hubiera atacado directamente al gobierno, recurriendo a una de sus características maniobras de fuerza, habría catalizado así ese clima antigubernamental latente entre muchos de los asistentes al encuentro. Era una estrategia posible, pero Benedicto XVI ha optado por otra mucho más eficaz, como ya se aprecia y como seguramente tendremos ocasión de comprobar en los meses siguientes: el reparto de papeles. Al igual que Juan Pablo II, que durante la guerra de Irak protagonizó magistralmente el papel de “pacificador” mientras todo el engranaje vaticano apoyaba a Bush (ver Juan Pablo II: ¿”el papa de la paz”?), Ratzinger ha mostrado en España su cara amable, mientras numerosos subalternos suyos (los “halcones” de la Conferencia Episcopal Española, los cada vez más crecientes grupos de presión católicos romanos, el propio Partido Popular… y sobre todo la cadena Cope y la Brigada Antiprogre) realizan el trabajo sucio de descalificar y tratar de derribar al gobierno de Zapatero (ver Doblegando al estado).

Aun así, no hay que concluir que el papa se limitara a proclamar mensajes teológicos y espirituales sobre la familia. Hubo significativas referencias y gestos dirigidos al gobierno de España. El sábado por la mañana declaró: «Mi deseo es proponer el papel central, para la Iglesia y la sociedad, que tiene la familia fundada en el matrimonio». Por la noche afirmaba: «La comunidad eclesial tiene la responsabilidad de ofrecer acompañamiento, estímulo y alimento espiritual que fortalezca la cohesión familiar, sobre todo en las pruebas o momentos críticos», en alusión clara a la situación en la que los dirigentes católicos dicen que se encuentran las familias de su confesión tras la aprobación del matrimonio homosexual (ver La polémica sobre el matrimonio homosexual). Había alguna referencia política más explícita: «Invito, pues, a los gobernantes y legisladores a reflexionar sobre el bien evidente que los hogares en paz y en armonía aseguran al hombre, a la familia, centro neurálgico de la sociedad […]. El objeto de las leyes es el bien integral del hombre, la respuesta a sus necesidades y aspiraciones. Esto es una ayuda notable a la sociedad, de la cual no se puede privar.»

Si en público se manifestó discreto, se reservaba menciones más directas para un documento que no ha cobrado tanto protagonismo: la carta entregada a los obispos españoles. Dice en ella: «Sabéis que sigo de cerca y con mucho interés los acontecimientos de la Iglesia en vuestro País, de profunda raigambre cristiana y que tanto ha aportado y está llamada a aportar al testimonio de la fe y a su difusión en otras muchas partes del mundo. Mantened vivo y vigoroso este espíritu, que ha acompañado la vida de los españoles en su historia, para que siga nutriendo y dando vitalidad al alma de vuestro pueblo». Los obispos saben muy bien que el papa se refiere a esa historia de España caracterizada hasta hace no muchos años por la unión “sagrada” entre la Iglesia Católica y el estado, una historia con ausencia casi absoluta de libertad religiosa y con persecución de disidentes promovida por la propia ICR. No en vano algunos de estos obispos ya eran jerarcas de su iglesia durante el nacionalcatolicismo franquista. Esta España de “raíces cristianas” es la exaltada por Benedicto XVI.

Continúa diciendo: «Conozco y aliento el impulso que estáis dando a la acción pastoral, en un tiempo de rápida secularización, que a veces afecta incluso a la vida interna de las comunidades cristianas. Seguid, pues, proclamando sin desánimo que prescindir de Dios, actuar como si no existiera o relegar la fe al ámbito meramente privado, socava la verdad del hombre e hipoteca el futuro de la cultura y de la sociedad». Es comprensible que un cristiano piense que contar con Dios sea lo mejor para su vida e incluso para la de los demás. Pero es anticristiano pretender interpretar en exclusiva la voluntad de Dios y tratar de imponerla al conjunto de la sociedad; y eso es exactamente lo que sugiere el papa, apelando una vez más al victimismo refiriéndose a la secularización (cuando bien sabe que hoy en día la religión es un factor decisivo en la política mundial, y bien que mueve él esos resortes sociopolíticos).

En ese mensaje Ratzinger también apoyaba la estrategia propagandista de la Conferencia Episcopal Española: «Habéis orientado la conciencia cristiana de vuestros fieles sobre diversos aspectos de la realidad ante la cual se encuentran y que en ocasiones perturban la vida eclesial y la fe de los sencillos.»

La homilía de la misa del domingo fue significativa. Ya la celebración de la misma recordaba en cierta medida a un mitin. El sermón se vio permanentemente interrumpido por los aplausos de la muchedumbre, algo bastante chocante en un acto espiritual, y que confirma el carácter de espectáculo propio de estos baños de masas (Demetrio Orte, un sacerdote que ejerce en comunidades de base, protestaba con coherencia: «La eucaristía no es un espectáculo mediático»; El País, 9.7.06). El papa regulaba las inflexiones de la voz y las pausas en ciertos pasajes a los que quería dar realce (como hacen los políticos en los mítines). La ovación más intensa vino tras las palabras: «La familia, fundada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer». La magnitud de esa ovación mueve a pensar que muchos de los congregados no sólo estaban allí por la familia (o por el papa), sino también por su rechazo al gobierno. Un espíritu que se pudo apreciar en muchos otros momentos del EMF.

Abordó Ratzinger el asunto del relativismo, uno de sus predilectos: «En la cultura actual se exalta muy a menudo la libertad del individuo concebido como sujeto autónomo, como si se hiciera él sólo y se bastara a sí mismo, al margen de su relación con los demás y ajeno a su responsabilidad ante ellos. Se intenta organizar la vida social sólo a partir de deseos subjetivos y mudables, sin referencia alguna a una verdad objetiva previa como son la dignidad de cada ser humano y sus deberes y derechos inalienables a cuyo servicio debe ponerse todo grupo social». Interesantes palabras para quienes creemos que efectivamente la libertad se sustenta sobre convicciones sólidas, como son los derechos inalienables e incuestionables de todos los seres humanos; interesantes… si no fuera porque una y otra vez la alternativa que el papa propone para la “dictadura del relativismo” es la dictadura del absolutismo, de la “verdad” que él no sólo propone, sino que trata de imponer al conjunto de la sociedad, erigiéndose en único intérprete válido del derecho natural.

En ese reparto de papeles entre un papa amable y unos papistas agresivos debemos interpretar numerosas declaraciones que con ocasión de estos eventos han venido realizándose antes y después de los mismos. Aparte de la intensa campaña antigubernamental protagonizada por la Conferencia Episcopal y sus adláteres durante los dos últimos años, los días anteriores a la llegada papal destacados jerarcas anticipaban el sentido de la visita. Con ocasión del Congreso Teológico preparatorio del encuentro, el cardenal William J. Levada, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (cargo que ocupara Ratzinger hasta su entronización), expresaba que «las leyes humanas y las decisiones judiciales que no respeten» la doctrina católica «son contrarias a la ley de Dios, y deben ser consideradas con toda razón, injustas» (Veritas, 7.7.06). Juan Antonio Martínez Camino, secretario general de la Conferencia Episcopal, tergiversaba el sentido de la (por otro lado criticable) legislación sobre el matrimonio homosexual afirmando que en España «se ha hecho desaparecer el matrimonio de las leyes» (La Razón, 7.7.06; ver La polémica sobre el matrimonio homosexual).

Así, el gobierno español ha ido recibiendo una de cal papal y otra de arena papista. El ejecutivo hizo más de lo que un gobierno democrático debe hacer ante un acto de este tipo en un estado aconfesional. El propio papa, en tono conciliador, declaró al aterrizar: «Expreso también mi deferente reconocimiento al Señor Presidente del Gobierno y a las demás Autoridades nacionales, autonómicas y municipales, manifestándoles mi gratitud por la colaboración prestada para la mejor realización de este V Encuentro Mundial». Pero no faltó la ocasión para que todos sus ejércitos lanzaran una ofensiva contra el presidente del gobierno; y ésta fue el que Zapatero decidiera no asistir a la misa del domingo.


Zapatero falta a la misa

Durante meses los papistas venían diciendo que Benedicto XVI llegaba al EMF no como jefe de estado en visita oficial, sino con el único objetivo de encontrarse con las familias católicas. Aun así, se le ofrece un recibimiento de jefe de estado; el presidente y la vicepresidenta del gobierno se desplazan a Valencia con el único objetivo de “ser recibidos” por un “invitado” que hace las veces de anfitrión en jurisdicción ajena (un detalle muy propio del papado, que siempre ha aspirado a gobernar el mundo). Los dos ministros más implicados en las negociaciones políticas con el Vaticano asisten a esa misa, el de Exteriores y el Justicia (y eso que Ratzinger se negó a recibir al primero, Miguel Ángel Moratinos, cuando hace unos meses viajó al Vaticano, para regocijo de la Brigada Antiprogre y sus secuaces; poco antes, en cambio, había recibido al líder del Partido Popular, Rajoy). Las autoridades adoptan la jerga católica en todas sus declaraciones públicas. De la Vega señala que el ejecutivo está seguro de que su visita «apostólica» a España permitirá al «pontífice» comprobar de primera mano «el respeto de sus ciudadanos y, desde luego, el cariño de sus fieles» (La Razón, 8.7.06). El Vaticano rechaza a Televisión Española e impone que los fastos sean retransmitidos por el canal autonómico valenciano, controlado por el PP. Radio Nacional de España retransmite los actos papales en programas dirigidos por papistas y sacerdotes. Pero no es suficiente: como ya señalamos en su día, lo quieren todo.

Zapatero decide, por las razones que sean, no asistir a la misa del papa, algo perfectamente aceptable, como afirma el recomendable editorial de Protestante Digital del 11 de julio: «A un acto institucional se va por el cargo que se representa. A uno religioso por convicción personal. Salvo excepciones contadas con los dedos de la mano (ceremonia religiosa por una atentado terrorista, por ejemplo, y que no sea monoconfesional ¡por favor!) ambas áreas no deben nunca mezclarse por principio». La prensa romanista y derechista se lanza a la yugular del presidente: «El Papa no está acostumbrado a que el jefe de Gobierno del país que visita no asista al menos a una de las misas» (La Razón, 7.7.06). Llevan meses diciendo que Zapatero buscaría la foto con el papa (¡y todavía le acusan de ello cuando se desplaza a Valencia!); ahora se abstiene de participar en una ceremonia católica y caen truenos sobre su cabeza. Si hubiera ido, le habrían criticado por “profanar” la eucaristía con su presencia agnóstica y anticatólica. Alguno llega a decir: «Más que masonazo, yo creo que ZP está poseído» (Pablo Molina, “Santidad, ZP necesita un exorcismo”; en Libertad Digital, 8.7.06).

En la calle se oyen frases significativas: «Ésta es la verdadera España, soy cristiana porque me da la gana» (La Razón, 9.7.06); como ya es habitual, algunos católicos patrimonializan el cristianismo e identifican a toda España con su religión. El medio vaticano Zenit informaba de las manifestaciones de otra asistente que «lanza un mensaje a la sociedad en general»: «Que se den cuenta que los católicos somos muchos y se tienen que tener en cuenta nuestras convicciones sobre la familia». «Que desde el Gobierno vean lo que pensamos como ciudadanos y que esto influya en las leyes y en una sociedad más respetuosa con la vida, con la familia y con la fe» (8.7.06).

Hay escenas de euforia antizapateril promovida por la cadena episcopal Cope; Federico Jiménez Losantos comentaba cómo los agresivos presentadores de esta emisora eran recibidos con entusiasmo por muchos asistentes al encuentro. En una entrevista al cardenal Rouco (10.7.06), Jiménez afirmó que se regocijaba viendo a la gente «no diré agresiva, pero sí sin complejos», expresándose abiertamente como católicos, algo insólito en este país. Este líder de la derecha está entusiasmado con las tendencias sociales que apuntan en España.

Sin duda incidentes como el que sufrió Zapatero al entrar y al salir de la entrevista con el papa están inspirados, una vez más, en las violentas soflamas de estos periodistas: una lluvia de «silbidos y abucheos procedentes del público que se congregaba en algunos balcones aledaños y en uno de los laterales de la plaza» recibió al presidente, con gritos como “Vete con la ETA, que son tus amigos”, “ETA y ZP, la misma mierda es”, “¡Aquí no te queremos!”, “¡Embustero, Zapatero!” o “¡Zapatero, dimisión!” (Periodista Digital y Libertad Digital, 8.7.06). Parece que sólo fue una minoría, y no pocos católicos han mostrado su rechazo a este tipo de acciones (pero, desgraciadamente, algunos como Juan Manuel de Prada lamentan más que esos gritos afearan la “santidad” del papa que el que fueran inapropiados per se: «Seguramente Zapatero merezca ser abucheado por muchas razones. Pero los abucheos que recibió el pasado sábado, cuando se dirigía al Palacio Arzobispal de Valencia, no fueron oportunos […]. No me refiero tanto a la tosquedad hiperbólica de las consignas […] sino sobre todo a la ocasión en que fueron proferidas. No se puede utilizar la visita pastoral de un Papa para zurrarle la badana a un gobernante autóctono, por inepta o dimisionaria que se nos antoje su gestión. Benedicto XVI vino a propagar el Evangelio y a exaltar la naturaleza sacramental del matrimonio y de la familia; no vino a hacer política»; ABC, 10.7.06).

En todos los actos en los que Zapatero estuvo presente, en persona o en imagen sobre las pantallas, «se oían abucheos y, en cambio, el presidente valenciano Camps o la alcaldesa Barberà eran recibidos por aplausos e incluso algún vítor» (El Plural, 9.7.06). Esta politización y polarización, cada vez más presente, ofende una y otra vez a los católicos socialistas, o que simplemente no son simpatizantes del Partido Popular.

Pero el trabajo sucio no se limita a los voceros mediáticos y las masas. El propio portavoz oficial de Ratzinger, Joaquín Navarro-Valls, conversando con los periodistas, recordó que en viajes que Juan Pablo II hizo a Nicaragua, Cuba y Polonia (bajo régimen comunista, recordó), tanto Daniel Ortega, como Fidel Castro o el general Jaruzerlsky, asistieron a las respectivas misas (El Plural, 9.7.06). Podía haber recordado que también Pinochet y otros dictadores iberoamericanos honraron con su presencia las misas de Wojtyla, recibiendo en el caso del dictador chileno la comunión de mano del propio papa. Dijo, sin embargo, “no recordar” cuando uno de los periodistas mencionó que ni el presidente francés Chirac ni el presidente de Estados Unidos suelen acudir a las misas en visitas del Papa. No citó tampoco que el presidente español Felipe González no asistió a misas similares que el Papa Woytila ofició en España, ni en 1989 ni en 1993 (ibíd.). Navarro-Valls es especialista en estas operaciones diseñadas para salvaguardar el papel del papa como “poli bueno”; ya durante la guerra de Afganistán protagonizó un episodio similar, de tal modo que la opinión pública no pudiera percibir el apoyo papal a la operación “Libertad Duradera” (ver El Vaticano ante la guerra de Afganistán). Cuando justo después de la visita a España este portavoz ha sido sustituido (algo que hacía meses se sabía que ocurriría), no han faltado ingenuos en interpretar que Ratzinger haya podido acelerar el cambio por estas declaraciones. Como si alguien dudara de que un portavoz papal, por definición, no diga siempre lo que piensa el jefe de la ICR… Una vez más se trata de desvincular al papa de las posiciones más agresivas.

Cualquier nimiedad sirve para triturar al gobierno. Libertad Digital, la sucursal ideológica de la emisora Cope en Internet (o viceversa), titulaba en portada: «Moraleda confunde “un collar de perlas” con un rosario y la Biblia con el Códice Vaticano en la reunión de Zapatero con el Papa» (8.7.06). Ridiculizaban así al secretario de Estado de Comunicación, Fernando Moraleda, quien había informado de que el papa obsequió “un collar de perlas con una cruz” a las señoras presentes en la reunión, y con “una Biblia” al presidente. Muchos otros medios papistas han subrayado el error, mientras trataban de aclarar que el Codex Vaticanus es en realidad una “encíclica” y se lamentaban de los caminos de ignorancia a los que el desconocimiento de las tradiciones religiosas está conduciendo en nuestro país. Quizá estos periodistas estén muy orgullosos de saber identificar un rosario. Se les podría recordar que ese objeto religioso es de origen pagano y fue introducido tardíamente en el catolicismo; también les vendría bien conocer estas palabras de Jesús, que descalifican radicalmente prácticas como la del rezo del rosario: «Orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos» (Mateo 6: 7). Claro que mucho no deben de conocer la Biblia, pues ignoran que el Codex Vaticanus es uno de los manuscritos más antiguos de la misma (es decir, Moraleda no se equivocó en esto), y no encíclica alguna. Una triste muestra de la “cultura religiosa” de nuestro país. Quizá esta cultura tampoco les sirviera para identificar el pasaje “bíblico” del Antiguo Testamento citado en la homilía de la misa: un texto apócrifo insertado tardíamente en el libro de Ester y aceptado por el Concilio de Trento contra el canon establecido por los judíos muchos siglos antes (texto que el papa aprovechó para pronunciar el disparate teológico de que «la Iglesia orante ha visto en esta humilde reina, que intercede con todo su ser por su pueblo que sufre, una prefiguración de María»).


No se enteran

Esta misma ignorancia sobre asuntos religiosos se aprecia también en la interpretación que la izquierda en general y los progres en particular han hecho de estos eventos. En El País del día 8 la reportera Lola Galán afirma que «Benedicto XVI conoce a fondo la situación no del todo boyante del catolicismo en España», demostrando así que es ella quien desconoce la situación pujante del romanismo en España. En el editorial del mismo periódico y día, se lee: «Del teólogo Ratzinger se recuerda lo que fue; del cardenal se conoce la línea ortodoxa que siguió al frente de la Congregación de la Doctrina de la Fe (antiguo Santo Oficio); del Papa hay aspectos todavía inéditos. Pero hay algo común y positivo en los tres Ratzinger: ser un hombre extremadamente culto e intelectualmente preparado. Es de suponer, por ello, que dispondrá de información contrastada para saber que los juicios sombríos y despreciativos sobre la sociedad y las llamadas a incumplir leyes del Estado [por parte de los obispos españoles] no son el mejor modo de acercar a los ciudadanos a la Iglesia y de reforzar las relaciones con el Gobierno». Se aprecia aquí el grave y peligroso error de creer que la inteligencia y la cultura garantizan visiones más justas, así como el fallo de disociar las actuaciones de los subordinados (los obispos) de la figura del jefe absoluto (el papa).

Otro tanto hace E. S. (entendemos que son las siglas del periodista Enric Sopena) en el medio digital El Plural, cercano al Partido Socialista, titulando “El Papa no se suma al cortejo de la crispación ultramontana” (10.7.06), y cayendo en la trampa: «El Papa […] ha escogido para su primera visita a España la vía de la prudencia y de la templanza. Ha eludido bendecir explícitamente la cruzada emprendida contra el Gobierno por parte de cardenales como Rouco Varela, Cañizares y otros jerarcas eclesiásticos del estilo del portavoz episcopal Martínez Camino. No ha secundado el pontífice ese perverso libro de estilo de la cadena radiofónica de la que, al fin y al cabo, él es el máximo responsable conforme al escalafón jerárquico de la Iglesia. ¿Se atreverá estos días Federico Jiménez Losantos a tildar a Benedicto XVI de maricomplejines, según es su costumbre cuando alude, sobre todo, a Mariano Rajoy?». Es cierto que este periodista se mostraba un tanto decepcionado porque Ratzinger no hiciera referencia a la sacrosanta unidad de España y no atacara directamente al gobierno; pero es que Jiménez no deja de ser más que un ariete utilizado por el propio papado (a través de sus obispos españoles) para cargar contra el gobierno, y en cuanto su violencia verbal deje de ser rentable puede ser perfectamente desechado (ver Cope: La prueba de Blázquez).

Las siguientes palabras de E. S. revelan lo eficaz que ha resultado la estrategia papal: «El Papa ha defraudado a los sectores más montaraces de la derecha pepera y de los católicos trabucaires que soñaban con una rotunda tangana. El dimitido portavoz del Vaticano, Navarro Valls, ha cumplido ese papel pero en tono menor y, además, equivocándose: otros presidentes no han asistido tampoco a las misas de los papas en su país respectivo. Por ejemplo, Felipe González. En este sentido, Benedicto XVI ha prestado un buen servicio a la concordia, más allá de las creencias de cada cual. No se ha sumado al siniestro cortejo de la crispación ultramontana, a pesar de que no ha osado desmentir sin ambages a sus cabecillas. Gracias en todo caso, Santidad». El reparto de papeles ha funcionado impecablemente, el carisma papal queda salvaguardado, y “la izquierda”, postrada a los pies del “Vicario de Cristo”.

Los propios católicos críticos, que tan coherente y acertadamente han criticado muchos aspectos de esta visita, están realmente despistados. Tres profesores y miembros del colectivo Cristianismo y Justicia escriben una “Carta a Benedicto XVI” (El País, 5.7.06). Tras señalarle clara pero respetuosamente las deficiencias que encuentran en la política papal (no condenar con suficiente rotundidad la pena de muerte, no comprometerse con los más desfavorecidos, impedir la comunión a los divorciados, etc.), concluyen: «Hermano Benedicto: nuestra voz es sólo una más, que cree representar a muchos cristianos. Un tipo de voz que es difícil que llegue hasta los oídos de un Papa rodeado por tantos guardaespaldas de la palabra. Ojalá puedas escucharla». Tristemente, les faltó decir que un “papa” de ningún modo y nunca puede representar el cristianismo (ver ¿Quién es el Santo Padre?).

Más lamentables son las palabras del teólogo Antonio Duato, promotor de www.atrio.org (El Mundo, 7.7.06). Tras criticar la «exaltación de la figura del papa que raya en el culto a la personalidad y una radicalización rigorista de la moral familiar a contracorriente de la evolución social» y el espectáculo «lleno de contradicciones y de transacciones con el poder y el dinero», tras lamentar «que los que todavía esperaban un rebrotar del espíritu reformista de Juan XXIII y del Vaticano II, deben perder toda esperanza» pues «el papa actual va a seguir la línea restauradora de su predecesor», concluye: «Cabe sin embargo la esperanza de que el temperamento equilibrado del papa, su manifiesta predilección por lo religioso más que por lo político, pueda poner freno a la desmesura de estos viajes y encuentros en el futuro».

Qué triste es ver que cuando los críticos siguen siendo papistas, por mucho que critiquen nunca llegarán a comprender la esencia absolutista del papado, y acabarán eximiendo de culpa al principal responsable de la política romanista. Ahora parece que todos olvidan quién es Ratzinger: su política persecutoria al frente del antiguo Santo Oficio, su desprecio hacia otras confesiones religiosas (ver Ecumenismo y autoridad), su cercanía a los teocons y a la derecha italianos, su justificación de la guerra justa y la pena de muerte en ciertas circunstancias, su colaboración para que George Bush ganara las elecciones… (ver Dossier Ratzinger y Dossier Benedicto XVI). Esto mismo ocurrió a la muerte de Juan Pablo II, cuando destacados teólogos de la liberación como su fundador, Gustavo Gutiérrez, se deshicieron en elogios hacia su perseguidor. Desde entonces otros como Boff o Küng se han reconvertido a la “esperanza papal”, encandilados por el atractivo del poder pontifical.

En esta ocasión, en cambio, Juan José Tamayo ha estado muy acertado: «Viene como Jefe de Estado y se relaciona con autoridades del estado a su mismo poder, lo que está en abierta contradicción con el principio evangélico del servicio». «Pero por otra parte, viene como líder religioso de los católicos que ni ha sido elegido democráticamente, por tanto no los representa, ni su mensaje representa el sentir común de los católicos, ya que hay muchos que no comparten sus planteamientos sobre la familia» (ver “Católicos discrepantes con los fastos”, El País, 9.7.06).

El más despistado parece Enrique Miret Magdalena, fundador de la asociación de teólogos Juan XXIII. Según él, Ratzinger ha «orillado cualquier ataque al Gobierno"» y «ha marcado el rumbo a los obispos para el futuro, en el sentido de no realizar una oposición brusca, sin ataques al Gobierno». Considera que «él está buscando una curia acorde para la Iglesia de los nuevos tiempos, de momentos de crisis», pues «Ratzinger quiere una Iglesia acomodada a unos tiempos de crisis religiosa» (El Plural, 12.7.06). En realidad, la interpretación de los hechos debe ser exactamente la opuesta: la ICR se encuentra en un momento histórico de máxima fuerza (ver Ratzinger: Continúa la demostración de fuerza) y Ratzinger no es un contrapeso a las campañas de los obispos españoles, sino su responsable e inspirador máximo.

La ICR robustece su posición de fuerza, realimentada por su victimismo (“Nos persiguen”, repiten los obispos). La imagen conciliadora que Ratzinger ha transmitido en España (imagen que ha encandilado incluso a muchos supuestos anticatólicos) favorece esta posición, y prepara una plataforma sólida para las exigencias legislativas que la ICR está planteando al gobierno en materias como la asignatura de Religión Católica o la financiación de su confesión. Seguramente el propio gobierno no es consciente de hasta qué punto esto es así. Y, aunque lo fuera, pocas opciones tiene ante esta superpotencia político-espiritual. El papado sabe bien que “la católica España” es un campo de experimentación en el que poner a prueba estrategias de dominio sociopolitico, máxime en la actual coyuntura en que ciertas medidas del gobierno de Zapatero proporcionan la oportunidad de seguir lanzando ofensivas confesionales.

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