Estados Unidos, vigía de la libertad
© G.S.V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (2 de octubre de 2001)

El día del ataque a las Torres Gemelas y al Pentágono, Bush se dirigió a la nación diciendo: «Este enemigo ha atacado no sólo a nuestro pueblo, sino también a todos los pueblos del mundo que aman la libertad». No cabe duda de lo apropiado de la afirmación: cualquier asesinato supone un ataque a la libertad. Cuanto mayor sea el número de personas atacadas, mayor es la amenaza. Pero el discurso político supera este nivel y salta a la interpretación mítica: «Estados Unidos fue hoy blanco de ese ataque porque somos vigías de la libertad.»

La identificación entre democracia y Estados Unidos es frecuente en ese país. Por un lado, cuentan como herencia el orgullo de ser una nación pionera en la historia en el reconocimiento de derechos inalienables del ser humano, de contar con un sistema institucional equilibrado, de acoger comunidades diversas y fundirlas en su famoso crisol. Esa sensación de superioridad social determina una interpretación simplificada del mundo, pero con cierta base histórica, según la cual Estados Unidos es el país más libre del planeta y vela por la libertad de los demás. Este mito, unido a la ignorancia que la mayor parte de la población y gran parte de los políticos del país tienen sobre la acción exterior de sus sucesivos gobiernos, construye ideas como la del "vigía de la libertad" o el "policía del mundo".

La idea de superioridad está presente en el discurso de los belicistas: «Una ausencia de convicción en la superioridad de los progresos intelectuales de las sociedades más desarrolladas ha conducido a un desarme moral y material de las democracias occidentales» (J. A. Zarzalejos, ABC, 12.09.01). También subyace a las continuas referencias al conflicto de civilizaciones que predijo Huntington.

Los equilibrios de poder que a nivel interno estableció esta nación en su fase fundacional (y que han ido cayendo por la institucionalización y esclerotización de los mecanismos políticos y de la práctica política) no se corresponden con equilibrios semejantes en las relaciones internacionales. A pesar de las pulsiones aislacionistas que todavía arrastra, Estados Unidos ha ido definiéndose como potencia hegemónica. En primer lugar a nivel continental: "América para los americanos", decía la doctrina del presidente Monroe en 1823 ("América" aludía al continente; "los americanos", en cambio, eran solamente los estadounidenses). Pronto se pasó a una expansión oceánica (por el Pacífico, fundamentalmente), y durante la guerra fría se extendió a todo el mundo mediante la política de bloques.

De alguna forma, se podría decir que esta nación "no tenía más remedio" que hacerlo así. La prosperidad material de los países ricos se basa en gran medida en el sometimiento económico de los países pobres, en régimen de colonialismo (con ocupación política) o neocolonialismo (con ocupación económico-financiera). Pero no sólo hay motivos económicos.

Las relaciones internacionales han estado siempre construidas sobre bases pragmáticas, nada idealistas. Frente a gran parte de la población, que considera un despilfarro el gasto militar, los gobernantes conciben siempre la amenaza exterior como una realidad posible. Sin que esto suponga una justificación de la carrera armamentística (más bien todo lo contrario), no les falta razón dentro de su lógica. Son ellos que los que actúan en el mundo y saben que otros países pueden tener la tentación de desplegar su poderío hegemónico como ellos lo hacen.

El modelo de relaciones internacionales de todos los tiempos es el mismo: la sospecha. Desgraciadamente, la historia ha venido a demostrar que estas sospechas están fundadas en casi todos los casos. ¿Quién podría garantizar a una nación desarmada que no vaya a sufrir todo tipo de abusos por parte de otras naciones? Los casos de naciones sin ejército sólo han existido cuando han sido consideradas suficientemente importantes desde el punto de vista geoestratégico como para ser defendidas por sus patrones en caso de ataque. Tal sería el caso de Japón desde la ocupación estadounidense tras la segunda guerra mundial.

Es decir, que las bases del frágil equilibrio internacional que ha podido existir en determinados momentos siempre han sido la disuasión y la contención. Los gobernantes son conscientes de la absoluta maldad humana, y confían en contenerla mediante la fuerza. Gran parte de la población, por el contrario, ignorando los mecanismos que operan en las relaciones políticas, confían en una supuesta bondad humana y presionan para que los países se desarmen. El poco caso que les hacen los gobiernos es una prueba de que el análisis pesimista (disuasorio) que hacen estos últimos es acertado (si bien conlleva consecuencias éticamente discutibles). Si la maldad humana no fuera parte de nuestra naturaleza (la de gobernantes y gobernados), en tanto siglos de historia algún gobernante habría tenido la feliz idea de comenzar una era de paz, mediante el desarme unilateral, para así contagiar al resto del mundo. Todavía hay quienes creen en esta utopía. Es una fe legítima, pero que aporta muy poca esperanza a quienes saben que nunca verán su cumplimiento, y sobre todo a los millones de víctimas que, mientras tanto, van cayendo.

El gran engaño de la movilización militar internacional que vivimos consiste en creer que determinadas actuaciones son moralmente válidas, mientras otras son inmorales. Se habla de la «razón moral» de Estados Unidos. Pero los gobernantes actúan siempre al margen de consideraciones morales; ahora bien, buscan apoyos sociales en un discurso no sólo maniqueísta, sino sobre todo moralizante. Elaboran un lenguaje basado en categorías absolutas de Bien y Mal, en las que no creen, pues conciben las relaciones internacionales desde una perspectiva radicalmente pesimista y hobbesiana.

Por eso afirmaciones como «hace falta recuperar los valores morales de la democracia en el tratamiento global de los problemas globales» (J. L. Cebrián, El País, 12.9.01) resultan, si no cínicas, cuanto menos ingenuas. No se puede recuperar lo que nunca ha existido a nivel global. El principal problema de la globalización es la imposibilidad de conseguir un modelo de justicia global, imposibilidad que se demuestra por el hecho de que ni siquiera a nivel local se han llegado a alcanzar un nivel aceptable de justicia (ver "Globalistas por la globalización"). El mismo autor afirma: «Se vienen estableciendo conscientemente, desde hace años, las bases de un llamado nuevo orden mundial, que amenaza con consolidar el lenguaje de la violencia como el único posible en las relaciones entre los hombres.» Lo triste es que la práctica de la violencia como único modelo de relaciones internacionales no es una amenaza en el futuro: es una constante en la historia.

El 13 de septiembre Bush aseguraba: «Tenemos la oportunidad de hacer un gran favor a futuras generaciones al unirnos y derrotar al terrorismo». En la misma línea, el ex-presidente del gobierno español Felipe González afirmaba recientemente: «Si los países democráticos del mundo pusieran en común la información de la que disponen en materia de terrorismo y coordinaran sus esfuerzos, se podría decir a los ciudadanos que es posible acabar con el terrorismo internacional». No podemos autoengañarnos ni dejarnos engañar con estas vanas promesas de estabilidad, cuando sabemos que la situación natural del orden internacional es inestable, y cada vez más como consecuencia de la globalización. La fragmentación política que en otras épocas históricas ha definido la organización mundial permitía que determinadas "células" geopolíticas desarrollaran su propia dinámica histórica; la mundialización contemporánea determina que ningún rincón del planeta tenga una evolución autónoma. Por eso, nada ni nadie será capaz de erradicar el monstruo del terrorismo internacional que el devenir histórico ha engendrado, ni ninguno de los monstruos globales que nos acechan. Se podrá atacar, contrarrestar con medidas políticas e ideológicas, pero pretender acabar con esa amenaza (o con otras, como la guerra, que viene a ser parecida) es un objetivo cuyo cumplimiento siempre exigiría que paralelamente se atacaran otros valores más preciados, como las libertades personales y sociales.

Tras los ataques del 11.9.01, todos los dirigentes occidentales se han mostrado dispuestos a dejar vía libre a la "respuesta" de Estados Unidos. Han intentado demostrar a sus electores que esta reacción no será arbritraria. En cualquier caso, aunque lo fuera, saben que política y económicamente les beneficia. Los gobernantes alegan la legimitidad de la "respuesta" de Estados Unidos, y le ofrecen apoyo incondicional. En esta nueva fase se acaba definitivamente con el sistema internacional de contrapesos político-militares.

Por un lado, se afianza la idea de superioridad del modelo democrático occidental frente a las autocracias de los países islámicos, lo cual hasta ahora, por lo menos en cuanto a tipo de régimen y política interior, viene siendo cierto. Por otro lado, se pierde de vista que el despliegue de maldad a nivel internacional no es exclusivo de países a los que se considera inferiores. Se deja las manos libres al país más poderoso del mundo, con la confianza de que, al gozar de un sistema político democrático, su acción será correcta. Nadie vigilará al vigía de la libertad.

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