Los estados-nación ante la globalización
G. S. V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (5 de mayo de 2002)

Se suele contemplar la aceleración del proceso de globalización como preludio del fin del estado-nación. Pero realidades como los bloques políticos antagónicos o los nacionalismos indican su pervivencia como principal instancia política.

¿De qué hablamos cuando decimos "nacionalismo"? Históricamente se podrían distinguir dos tipos básicos: un nacionalismo separatista o centrífugo (representado hoy en el nacionalismo vasco, el escocés, el proyecto de "Padania" de Bossi...) y otro unificador o centrípeto. El primero es de base étnica, y en gran medida es una reacción frente al segundo, que se basa en el concepto de nación como proyecto político integrador.


Los estados-nación y el proyecto europeo

La Europa actual es el resultado de la creación de los estados nacionales que la componen. El proceso comenzó a inicios de la Edad Moderna y no se puede considerar cerrado (mientras los Balcanes y otros puntos sigan siendo un polvorín latente), si bien alcanzó su forma teórica definitiva a partir de la Revolución Francesa, con importantes hitos como las unificaciones alemana e italiana en 1870. Frente al protoestado fragmentado de origen feudal, la burguesía liberal impone un estado de derecho centralizado (en Francia más que en ningún otro país occidental).

Los adalides de la globalización (incluidos los movimientos "antiglobalización") anuncian el fin del estado-nación, que daría paso a un mundo integrado políticamente. Pero la realidad nos muestra unas relaciones internacionales que suponen la continuación de la política de bloques de las últimas décadas (siglos, si incluimos las alianzas y guerras europeas). Con nuevos e importantes perfiles, eso sí.

En el siglo XVI las naciones modernas surgieron ante la necesidad de tener una voz y un peso propios en la nueva Europa del comercio, de las monarquías absolutas y de las primeras colonizaciones. Algunas no llegaron a constituirse hasta el siglo XIX o el XX. La Guerra Fría y la política de bloques levantaron a Europa, que entendió que para participar en la política internacional debía contar con una sola voz, y a mediados del siglo XX surge la Comunidad Económica Europea como un proyecto de "nación" que respeta las diferencias regionales, pero que afronta la nueva etapa histórica mediante la fuerza de la unión, tal y como las naciones individuales lo habían hecho en el momento de su nacimiento.

La Unión Europea responde, en realidad, a un proyecto que no deja de ser "nacionalista" en cuanto a sus pretensiones de construir un estado-nación europeo. Con ser "transnacional" (en relación a cada uno de los estados que la componen), ni de lejos es un proyecto internacional ni globalista. Es, de alguna forma, la última manifestación del nacionalismo unificador.

El proyecto de unidad europea camina en dirección opuesta a una auténtica globalización, entendida ésta como un nuevo orden internacional en el que los ciudadanos del mundo se moverían, hipotéticamente, en un marco político de participación plena. Los ultraliberales consideran que esta participación se canalizaría a través del mercado; la izquierda prefiere diseñar una "democracia global" Ambos proyectos son "internacionalistas", y a la vez antagónicos; pero sobre todo son ingenuamente idealistas.

Tendencias desintegradoras han amenazado siempre al proyecto europeo (a cualquier proyecto de unidad europea a lo largo de la historia). Lo siguen amenazando hoy. Ante los avances de la ultraderecha antieuropeísta (como el FN de Le Pen; ver Le Pen y otras amenazas), John Gray, catedrático de Ciencias Políticas de la London School of Economics, afirma: «Tanto el centro-izquierda como el centro-derecha deben construir una UE más descentralizada, menos ambiciosa. Ello significa renunciar a la naturaleza supranacional de la Unión y asumir que seguirá siendo una Europa de Estados-nación»(El País, 30.4.02).


Un mundo de bloques y estados-nación

Sea cual sea el grado de integración de Europa, la situación internacional actual, lejos de anunciar el fin de los estados nacionales, se presenta como un puzzle, no ya de países, sino de bloques. Éstos vienen configurándose desde 1945 y reconfigurándose desde 1989-1991. Desde luego, la red financiera transnacional constituye una telaraña integradora que diluye los límites territoriales del sistema-mundo (para entusiasmo de los neoliberales y para horror de la izquierda). Pero las relaciones políticas entre estos bloques equivalen, mutatis mutandis, a la tradicional competencia en las relaciones internacionales.

Hoy un estado-nación descuella entre todos los demás: Estados Unidos. Ante él, Europa, fragmentada por los nacionalismos centrífugos o centrípetos, o unificada en torno al proyecto de la UE, representa una voz más (normalmente, varias voces, cada vez más fieles a la del amo) en el coro internacional. Con un euro permanentemente sospechoso de debilidad, su integración total resulta tan difícil como la de una mezcla de hierro y arcilla.

No son estas constataciones un lamento de nostalgia europeísta; tampoco es una proclama euroescéptica, ni un alegato antinorteamericano. Ningún proyecto político entusiasma a quien suscribe estas líneas, y todas las opciones en juego constituyen, en el avanzado estado de despliegue de maldad y de terror que vivimos, auténticas amenazas para el hombre (ver Amenazas globales). Quizá sin pretenderlo, implican el apoyo en una desesperada perpetuación del mal. Por ello puede ser útil advertir contra la vanidad de depositar entusiastas esperanzas en proyectos globales, nacionales, locales... No es la humanidad quien traerá un mundo mejor.

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