Elipsis
© G. S. V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (23 de junio de 2002)

La elipsis es uno de los recursos narrativos más interesantes, especialmente en el cine. Vivió su esplendor con los clásicos, pero el cine actual la ha ido sustituyendo por la imagen explícita. ¿A qué se debe esta evolución?

Desde sus inicios, el cine mudo ya explotó una de las grandes peculiaridades de este arte: la ambigŁedad. Mediante la imagen es posible comunicar lo que se ve y se sabe, pero también lo que no se ve pero se sabe. En este caso, más que indicar –función del discurso analítico– la imagen cinematográfica (la imagen en general) sugiere –función del discurso estético–.

Por otro lado, hasta aproximadamente los años 60, el cine, como los medios de comunicación en general, se veía limitado por convenciones sociales que impedían la representación visual de determinadas escenas. No era tanto la censura como la convención –de la que participaban los propios creadores– la que determinaba estas omisiones. Desde luego, siempre hubo directores transgresores que se saltaron estas convenciones y provocaron o bien escándalo (si la película además contaba con algún otro atractivo) o bien indiferencia (cuando la película era mediocre también en todo lo demás).

En el cine de las últimas décadas se aprecia un incremento de las escenas de intimidad o de crudeza. La violencia ha aumentado en realismo gracias a prodigiosos efectos especiales. Sus consecuencias sobre la conducta humana (concebida en el sentido más amplio, que abarca también el pensamiento) son objeto de discusión. En cualquier caso parece innegable que la exposición continuada a estos estímulos produce un efecto de desensibilización, una sensación de rutina.

En cuanto a la sexualidad, es evidente que la mayor parte de las escenas de intimidad que se pueden ver en las películas actuales apenas agregan información fílmica.† La mayoría de las veces no sólo son gratuitas, sino que además desvían la línea narrativa en ramificaciones secundarias. Ahora bien, su impacto emocional es intenso (cada vez menos, dado el efecto rutina; pero la naturaleza humana no varía a lo largo de de los siglos). Ese impacto es precisamente el efecto buscado por los realizadores, en quienes confluyen al menos tres intenciones: 1) el afán adolescente de “transgredir” o “provocar”, objetivos ambos difícilmente conseguibles en un público que ya está de vuelta (por mucho que se empeñen los cineastas en ser “vanguardistas”); 2) el oportunismo comercial (bien es sabido que muchos espectadores van a ver una película sólo por el actor o actriz de turno; si se prometen escenas calientes, la recaudación crece); 3) el simple gancho manipulador que siempre aportan las escenas “fuertes”; o sea: el morbo.

Pero es que además estas escenas, al introducir al espectador en los ámbitos más íntimos de la persona, provocan una confusión intencional entre el ámbito privado y el público, al igual que hacen los programas televisivos en los que se espía a las personas, lo sepan éstas o no. Fácilmente se pueden rastrear en la forma de expresarse de muchos adolescentes, desde Tailandia hasta Portugal, los tics arquetípicos y ridículos de estos programas, de las series televisivas y de las películas. No es descabellado pensar que también las conductas privadas se ven modeladas por la imaginación de los guionistas, en un triste ejemplo de cómo la “naturaleza” imita al “arte”. Las parejas discuten y hacen el amor con las exageraciones propias de sus ídolos de la pantalla, y creen que la vida normal es así, debe ser así. Los jóvenes construyen su identidad mirándose y hablándose como los muchachos de la serie de la sobremesa.

Algún insensato ha llegado a argumentar que la imagen explícita es preferible a la elipsis, pues ésta, con su capacidad de sugerencia, resulta más agresiva. Salvo en mentes enfermas (que además siempre podrían distorsionar lo contemplado), no entiendo cómo puede creerse esta explicación. Compruébese si no el efecto de las imágenes de un coito en un niño que ve la televisión, y compárese con los recursos imaginativos con que los clásicos podían comunicar ese acto. La muerte de la elipsis, junto con numerosos factores más, supone el fin de las películas vistas en familia, en las que los adultos comprendían y los niños se entretenían, sin llegar a entender pero sin necesidad de tener que irse o de tener que devorar basura.

Recuérdese en La vida es bella el asesinato del padre que, al ser ocultado de la visión, suscitaba además una incertidumbre en el espectador. Este ejemplo sirve además para comprender otra de las ventajas de la elipsis: ¿Qué necesidad tengo de presenciar con detalle la muerte de un personaje con el que me he encariñado? Valga esta gran película para ejemplificar la delicadeza y respeto con que pueden comunicarse el horror y la esperanza, seguramente los dos grandes temas del arte de todos los tiempos. Una de las escenas más impactantes de La lista de Schindler de Spielberg es aquella en la que, todavía en los inicios del confinamiento en ghettos, un esclavo judío que se encuentra tasando los bienes arrebatados a sus hermanos, recibe una caja con dientes de oro. Su mirada de inquieta conmoción condensa todo el horror del Holocausto.

Finalmente, el asesinato de la elipsis refleja la pérdida definitiva del valor estético y ético del gusto. Como señalábamos, la transgresión sólo tiene sentido en un universo con valores establecidos y mayoritariamente aceptados. Incluso en ese universo la transgresión, en tanto en cuanto excepción, puede tener una función comunicativa. A lo largo de la historia del arte han existido interesantes tendencias feístas y expresionistas que han matizado el concepto de orden y de belleza. Pero al igual que abominaríamos de la pintura si todos los genios hubieran creado sólo pinturas negras al estilo de Goya, gran parte del cine actual repugna y aburre por su constante agresión al buen gusto.

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