Ecumenismo cristiano
© G. S. V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (30 de julio de 2002)

El ecumenismo entre cristianos ha avanzado significativamente desde el Concilio Vaticano II. Pero es necesario descubrir qué se sacrifica en aras de la unidad.

El ecumenismo moderno hunde sus raíces en los intentos de algunas iglesias protestantes que en el siglo XIX comenzaron a buscar un denominador común de cara a la misión (más tarde llegaría el ecumenismo humanista, que contaba con antiguos precedentes y que responde a una vocación más global). La Iglesia Católica Romana (ICR), que reconoce que «el movimiento ecuménico comenzó precisamente en el ámbito de las Iglesias y Comunidades de la Reforma» (encíclica Ut unum sint, 65), y que fue durante décadas reticente a ese movimiento, sólo muy tardíamente (de forma explícita, a partir del Concilio Vaticano II) asumió la voluntad de dialogar con los demás cristianos y con las demás religiones.


Ecumenismo protestante

Desde sus orígenes, el ecumenismo entre iglesias protestantes ha avanzado significativamente, si bien todavía son enormes las divisiones entre las iglesias reformadas. Aun así, el concepto de iglesia en el mundo protestante responde en general al del Nuevo Testamento; de él se desprende la idea del ecumenismo como «la unidad querida por Dios para su pueblo y que es, fundamentalmente, una unión orgánica, vital, en la cual los miembros no pierden su identidad y diferenciación, al propio tiempo que se hallan interrelacionados y participando todos ellos de la vida de Cristo y del Padre por el poder del Espíritu Santo» (José Grau, El ecumenismo y la Biblia, Barcelona: Ediciones Evangélicas Europeas, 1973); no coincide por tanto con la visión jerarquizada del catolicismo romano. Por eso no hay en principio una obsesión por lograr una unidad “visible” que se concrete en el sometimiento a una autoridad centralizada, aunque algunas organizaciones anhelan contar con una dirección global que las represente conjuntamente, especialmente en las relaciones con las confesiones más institucionalizadas como la católica romana y la ortodoxa.

Recientemente ha habido pasos hacia la unión entre algunas iglesias tradicionales, como los luteranos y los episcopalianos. Pero quizá la aproximación más llamativa sea la que están experimentando metodistas y anglicanos, no sólo por sus antiguas raíces y por el gran número de fieles que representan en todo el mundo, sino sobre todo porque el metodismo surgió en el siglo XVIII como escisión del anglicanismo denunciando el anquilosamiento y la vacua institucionalización de la Iglesia de Inglaterra. Dado que estos procesos se han acentuado en ella con el tiempo, resulta cuanto menos chocante comprobar que los metodistas “vuelven al redil”.


Revisión de la Reforma

Oficialmente, la Iglesia Católica Romana no quiso participar en las iniciativas ecuménicas protestantes hasta el Concilio Vaticano II, si bien desde las comunidades de base y las organizaciones sociales ya hacía tiempo que existían contactos con otras denominaciones cristianas. A partir del concilio, dando un giro 180 grados, la ICR se integra en el movimiento ecuménico pero, en lugar de sumarse a los avances dados por las demás confesiones, asume el liderazgo ecuménico promoviendo un ecumenismo centrado en la institución eclesiástica romana. Desde entonces el Vaticano se ha prodigado en documentos e iniciativas ecuménicas, entre las que destacan el decreto conciliar de 1964 Unitatis redintegratio (citado a partir de ahora Un. red.) y la encíclica de Juan Pablo II de 1995 Ut unum sint (Ut u. s.), que supone básicamente una repetición actualizada de las ideas del decreto.

El decreto Unitatis redintegratio abandona los anatemas anteriores y llama a los demás cristianos «hermanos separados», pues considera que los cristianos que no reconocen la autoridad papal «se separaron de la plena comunión de la Iglesia católica, a veces no sin culpa de los hombres de una y otra parte» (Un. red., 3). La encíclica sobre el empeño ecuménico prefiere denominaciones como «otros cristianos», «otros bautizados», «cristianos de otras Comunidades» e «Iglesias o Comunidades eclesiales que no están en plena comunión con la Iglesia católica» (Ut u. s., 42).

Casi todos los avances en el ecumenismo entre protestantes y católicos han supuesto una aproximación de aquellos a las posiciones romanas. Las iglesias protestantes tradicionales han entrado en diálogo sobre asuntos que bíblicamente son incuestionables y que además están en los orígenes de la Reforma. Por ejemplo, resulta sorprendente que hoy los protestantes tengan alguna reflexión que hacer en relación con las indulgencias o con el papado, aparte de la descalificación desde el punto de vista evangélico que los reformadores ya establecieron en el siglo XVI. Pero, si bien algunos representantes han dejado claro que el papado es incompatible con el protestantismo, no faltan quienes defienden que «los protestantes pueden reconocer el Papa, aunque con una capacidad limitada, como un portavoz universalmente aceptado» (ICPress, 26.3.01).

Algunos protestantes están pendientes de la evolución ecuménica de la ICR, cuando las bases del “ecumenismo” romano están claramente establecidas en los documentos inspiradores. Lamentar, por ejemplo, que la ICR no haya levantado la excomunión a Lutero, resulta patético si se piensa que el propio concepto católico romano de excomunión no tiene sentido desde el punto de vista evangélico. De esta forma, parece que el ecumenismo alienta a revisar y diluir el valor de la Reforma protestante, más que a contrastar la adecuación de las distintas iglesias a las Escrituras.


El caso anglicano

Entre las confesiones de la Reforma, la Iglesia Católica Romana considera que «ocupa un lugar especial la Comunión anglicana» (Un. red., 13). Ciertamente, es una de las confesiones protestantes con una mayor proximidad doctrinal con la ICR; pero, sobre todo, su organización episcopal y jerárquica la acerca a Roma. Desde 1966 ambas iglesias han mantenido contactos a todos los niveles, con especial atención al problema de la autoridad; el documento conjunto “El don de la autoridad” (1999) establece la «necesidad de una primacía universal ejercida por el obispo de Roma como un signo y salvaguarda de la unidad dentro de una Iglesia re-unida», defiende que la primacía papal «es un don que debe ser recibido por todas las Iglesias» y reafirma el valor de la tradición, los sacramentos y la autoridad pastoral de los obispos. A pesar de que «católicos y anglicanos comparten la comprensión de la sinodalidad pero la expresan de modos diferentes», «nos movemos hacia la comunión eclesial plena.»

En los últimos años varios hechos han amenazado el proceso de integración anglicano-católica, especialmente la aceptación de la ordenación de la mujer al sacerdocio por la Iglesia de Inglaterra en 1992. A pesar de ello, Juan Pablo II afirmó ante la reina de Inglaterra que «no puede haber un retroceso en el objetivo ecuménico que nos hemos propuesto en obediencia al mandamiento del Señor» (Zenit, 17.10.2000).

El primer ministro Blair ha anunciado que derogará la tradicional legislación que impide el acceso inglés al trono de católicos. Además, un número significativo de destacados personajes anglicanos de la política y la sociedad inglesas, incluso altos cargos eclesiásticos, han engrosado las filas católicas, algunos de ellos como acto de rechazo de la ordenación femenina. El ex obispo anglicano de Londres expresa la sensación de “seguridad” que proporciona integrarse en una organización donde el dogma se establece jerárquicamente: «En la Iglesia católica está la verdad sin subjetivismos [...] La verdad no se descubre entre negociaciones, sino con la obediencia» (Zenit, 6.11.01)

Por parte anglicana, el principal valedor de estos contactos ha sido el primado de la Iglesia anglicana y arzobispo de Canterbury, George Carey, quien, como despedida de su mandato (concluye en otoño de 2002), elogió una vez más al papa como «líder espiritual para toda la cristiandad en todo el mundo» (Zenit, 21.6.02; cursiva añadida) y «padre en Dios de la vasta familia de católicos en comunión con la Santa Sede» (ICPress, 2.7.02). El nuevo arzobispo de Canterbury, Rowan Williams, se ha pronunciado a favor de la ordenación de mujeres, ha reconocido abiertamente haber ordenado a pastores homosexuales declarados y sostiene que los divorciados pueden casarse por la Iglesia, puntos todos ellos que lo alejan de Roma. A pesar de ello, el papa le felicitó y confía «en que, con la ayuda de Dios, podamos avanzar en la senda hacia la unidad» (Zenit, 24.7.02).


Católicos y ortodoxos por una Europa cristiana

Pero mucho más cercanas a Roma son las iglesias ortodoxas. El propio Vaticano II reconoce que están vinculadas a Roma por la celebración eucarística, por venerar a María, siempre virgen y Madre de Dios, por los santos compartidos, por la existencia del monaquismo, porque tienen «verdaderos sacramentos, y sobre todo, por la sucesión apostólica, el Sacerdocio y la Eucaristía» (Un. red., 15). Es decir, por aquellos aspectos de la tradición que más alejan a ambas iglesias del modelo apostólico del Nuevo Testamento. No en vano, el papado considera que en su proceso ecuménico el modelo que ha de tenerse en cuenta son «las relaciones que entre éstas [las iglesias de Oriente] y la Sede romana existían antes de la separación» (Un. red., 14), es decir, antes del cisma de 1054.

En aquel año diversas diferencias de doctrina y práctica llevaron al patriarca de Constantinopla y al obispo de Roma a excomulgarse mutuamente. En 1965 el papa Pablo VI y Atenágoras, patriarca de Constantinopla, levantaron las excomuniones. Los avances de consenso teológico han sido enormes, y desde el Concilio Vaticano II se considera que las fórmulas teológicas en torno a la Trinidad, «más que opuestas son complementarias entre sí» (Un. red., 17). El 1 de enero de 2000, año jubilar para los católicos, en el que se ha considerado el acto ecuménico más importante desde el Concilio, el papa abrió la cuarta puerta jubilar de Roma junto al metropolitano enviado por el patriarca de Constantinopla y junto al primado anglicano, Carey. Y en sus viajes a Grecia y Ucrania en 2001 el papa pidió perdón por los males causados a los ortodoxos.

En realidad, el cisma del siglo XI se originó sobre todo por diferencias con relación al concepto de autoridad; y es ahí donde hoy se dan los mayores avances, pero también donde se encuentran los principales escollos.

Recientemente el patriarca de Moscú, que gobierna el mayor patriarcado ortodoxo en cuanto a número de feligreses, ha acusado al Vaticano de proselitismo en sus tierras. Incluso la poderosa iglesia ortodoxa ha recibido el apoyo del vicepresidente de la Duma, el ultranacionalista Vladimir Zirinovski, que ha instado a que se investigue «la situación creada por el proselitismo activo de la Iglesia católica en los territorios tradicionalmente ortodoxos» (Zenit, 17.2.02). Además, en febrero de 2002 el Vaticano estableció cuatro diócesis en Rusia, como consecuencia de lo cual el patriarcado de Moscú ha suspendido el diálogo con Roma. También ha protestado por los derechos recuperados por los católicos de rito oriental (estas comunidades, presentes en varios países de la Europa del este, conservan la liturgia y la organización ortodoxas pero rinden fidelidad a Roma, de ahí que sean vistos como un puente hacia la unidad entre católicos y ortodoxos).

Para complicar más la situación, en abril de 2002 las autoridades rusas expulsaron a un obispo católico de Siberia por irregularidades administrativas, lo cual ha agriado más las relaciones. En cambio, los contactos con el patriarcado de Constantinopla, considerado el mayor rango de las iglesias orientales, son excelentes.

A pesar de los problemas, es de prever un avance en las relaciones ecuménicas entre ortodoxos y católicos. Armenios, caldeos y asirios ya están a punto de reconocer la supremacía romana. Y hay intereses comunes que los unen, como frenar el avance de las iglesias evangélicas en Rusia. El parlamento ruso está debatiendo un proyecto sobre confesiones religiosas, y Roma teme que pueda quedar excluida de los “grupos religiosos tradicionales”, que recibirán privilegios legales, por lo que, en lugar de defender la libertad religiosa generalizada, intenta probar que «también la Iglesia católica tiene raíces históricas en ese país» (cardenal Walter Kasper, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, en Zenit, 9.7.02). De esta manera, tratando además de negar que la acción misionera católica sea “proselitismo” y por tanto desprestigiando a las iglesias que supuestamente sí lo practican, se pretende conseguir que las confesiones de reciente introducción en el país sean marginadas (recuérdese que hasta la disolución de la URSS era imposible organizar de forma pública una denominación religiosa). Ya en mayo de 2001 el papa y el arzobispo Christódulos (cabeza de la Iglesia griega) firmaron una declaración conjunta en la que condenaban el recurso «al proselitismo y al fanatismo en nombre de la religión» (El País, 5.5.01).

Los ortodoxos también comparten con los católicos el empeño, confesado en numerosas ocasiones, de que «las dos Iglesias que representan al mundo cristiano» (según palabras del metropolitano de Moscú; Zenit, 2.7.02), coordinen «esfuerzos para que Europa siga siendo un pueblo cristiano» (según una nota del arzobispo de Atenas al Vaticano; Zenit, 7.3.02), frente al materialismo y al islam. El mismo metropolitano deja bien claro que el conflicto tiene unas dimensiones políticas profundas, cuando hablando de Putin dice: «Espero que mi Presidente, por el que rezo, se dé cuenta de que el Pontífice es también jefe de un Estado» (Zenit, 2.7.02). Seguramente la profesora Michelina Tenace, catedrática del Instituto Pontificio Oriental y miembro del Centro Aletti de Roma (dedicado a la promoción de las relaciones con los ortodoxos), se refiere a este proyecto de la Europa cristiana (defendido a capa y espada por el Vaticano frente a las instituciones de la Unión Europea) cuando habla de «la importancia de la unidad entre los cristianos, incluso desde el punto de vista de las dinámicas de política internacional» (Zenit, 19.2.01).


“Que sean uno”

Ya ha quedado mostrado cómo la principal iniciativa en el ecumenismo cristiano la está tomando el papado. Resulta interesante comprobar cuáles son los criterios vaticanos para la unidad de los cristianos.

Una característica destacable es el hecho de que los objetivos están determinados de antemano; el diálogo no es abierto, sino que está supeditado a la consecución del «fin último del movimiento ecuménico [que] es el restablecimiento de la plena unidad visible de todos los bautizados» (Ut u. s., 77). Se insiste en la idea de que la Iglesia ha de ser «única y visible» (Ut u. s.., 7) y se recomienda «evitar la tibieza en la búsqueda de la unidad y más aún la oposición preconcebida, o el derrotismo que tiende a ver todo como negativo» (Ut u. s., 79). Pero estas palabras demuestran que si hay una postura preconcebida es precisamente la romana, que cierra así la puerta a un diálogo libre en el que otras confesiones defiendan sus planteamientos.

El diálogo con las demás confesiones «tiene dos puntos de referencia esenciales: la Sagrada Escritura y la gran Tradición de la Iglesia. Para los católicos es una ayuda el Magisterio siempre vivo de la Iglesia» (Ut u. s., 39); de esta manera, se supedita todo resultado a la propia autoridad jerárquica romana. El papa hace continuos llamados al diálogo, pero todas sus declaraciones contienen más exigencias irrenunciables de la ICR que muestras de una disposición a hablar con todas las consecuencias. El mensaje del Vaticano es nítido: el único ecumenismo válido es aquel que aproxima a las demás confesiones a las posiciones inamovibles de la ICR. Por ello resulta sorprendente que tantas denominaciones acogieran la encíclica papal como un gesto de apertura ecuménica.

Desde el punto de vista doctrinal se exige la invocación al Dios Trino y la confesión de Jesús como Señor y Salvador (decreto Unitatis redintegratio, 1), puntos ya asumidos por el ecumenismo protestante. Sorprende que la ICR valore positivamente el que los protestantes confiesen a Jesucristo como «Mediador único entre Dios y los hombres», cuando la propia teología católica refuerza el carácter mediador de María y de los santos; la ICR se goza de ver «a los hermanos separados tender hacia Cristo como fuente y centro de la comunión eclesiástica» (Un. red., 20), cuando esta verdad bíblica es definitoria en el protestantismo, mientras que en el catolicismo está supeditada a valores más prominentes como el magisterio eclesiástico.

El acento católico está en los aspectos eclesiásticos y sacramentales: la Eucaristía, como «memorial sacrificial y presencia real de Cristo» (Ut u. s., 79), por la cual «se significa y realiza la unidad de la Iglesia» (Un. red., 2); y el bautismo, pues quienes lo recibieron «debidamente [...] están en cierta comunión con la Iglesia católica, aunque no perfecta» (Un. red., 3), y pueden ser llamados hermanos, si bien «les falta esa unidad plena [...] sobre todo por la carencia del sacramento del orden» (Un. red., 22). Si algo se destaca de las iglesias reformadas es que conserven algunos «elementos valiosos de la antigua liturgia común» (Un. red., 23); es decir: el diálogo ecuménico se ve favorecido por aquellos rasgos propiamente católicos que las demás iglesias van recuperando, por poco bíblicos que sean: «Algunas de ellas […] han abandonado la costumbre de celebrar su liturgia de la Cena sólo en contadas ocasiones y han optado por una celebración dominical. [...] Se ha dado un relieve muy especial a la liturgia y a los signos litúrgicos (imágenes, iconos, ornamentos, luces, incienso, gestos)» (Ut u. s., 45).

Otros de los «argumentos que deben ser profundizados para alcanzar un verdadero consenso de fe» son «el Orden, como sacramento», «el Magisterio de la Iglesia, confiado al Papa y a los Obispos en comunión con él» y «la Virgen María, Madre de Dios e Icono de la Iglesia» (Ut u. s., 79). Nadie que siga fielmente el evangelio podrá asumir estas elaboraciones doctrinales y eclesiológicas. También el documento conciliar considera que las demás iglesias comparten otros «bienes» muy valiosos: «la Palabra de Dios escrita, la vida de la gracia, la fe, la esperanza y la caridad» (Un. red., 3); pero precisamente estos elementos, que el protestantismo juzga como esenciales de la fe cristiana, se contemplan como algo secundario.

El Vaticano considera la unidad de los cristianos una exigencia y «un preciso deber del Obispo de Roma como sucesor del apóstol Pedro» (Ut u. s., 4), pues la ICR es para todos un «sacramento inseparable de unidad» (Ut u. s., 5) y «es consciente de haber conservado el ministerio del Sucesor del apóstol Pedro, el Obispo de Roma, que Dios ha constituido como “principio y fundamento perpetuo y visible de unidad”» (Ut u. s., 88). El papa está revestido de autoridad (Ut u. s., 92) y debe vigilar todas las iglesias (Ut u. s., 94), cuya comunión con Roma es «requisito esencial –en el designio de Dios– para la comunión plena y visible» (Ut u. s., 97); además el papa «puede incluso –en condiciones bien precisas, señaladas por el Concilio Vaticano I– declarar ex cathedra que una doctrina pertenece al depósito de la fe. Testimoniando así la verdad, sirve a la unidad.» (Ut u. s., 94). (Ver Ecumenismo y autoridad).

Nada del espíritu auténticamente ecuménico puede hallarse en los documentos vaticanos, que más bien reafirman las posiciones tradicionales de la ICR: «Únicamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es el auxilio general de salvación, puede alcanzarse la total plenitud de los medios de salvación» (Un. red., 3), pues la «una y única Iglesia [...] subsiste indefectiblemente en la Iglesia católica [...] enriquecida con toda la verdad revelada por Dios» (Un. red., 4).

Tras definir estos “mínimos”, que en realidad no dejan ni un solo resquicio para un replanteamiento de lo esencial del papismo tradicional, ni permiten a otras confesiones propuestas alternativas, el papado se muestra dispuesto a «encontrar una forma de ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva» (Ut u. s., 95; cursiva añadida). Con esas premisas, es difícil, por no decir imposible, que algo nuevo pueda organizarse en este asunto esencial. A pesar de esta enumeración, en la que la figura de Cristo y el valor del evangelio apenas quedan recogidos, Wojtyla, siguiendo a Juan XXIII, considera que «es mucho más fuerte lo que nos une que lo que nos divide» (Ut u. s., 20).


Unidad de todos los cristianos

La principal organización mundial que pretende alcanzar la unidad de todos los cristianos es el Consejo Mundial de Iglesias (CMI), organizado en 1948. Integra a 342 iglesias que suman en total unos 500 millones de fieles (enero de 2001). Su principal objetivo es «ofrecer un espacio donde las iglesias puedan exhortarse unas a otras a alcanzar la unidad visible en una sola fe y una sola comunión eucarística». Emite periódicamente declaraciones, algunas de marcado carácter político o apoyo a “movimientos de liberación”, lo que incluso ha provocado la salida del CMI de importantes iglesias como el Ejército de Salvación.

La Iglesia Católica Romana, si bien mantiene ahora estrechos lazos con el CMI, no forma parte de él y nunca lo ha solicitado, aunque, como expresa el propio CMI (ver su web), «no hay ninguna razón constitucional que impida la afiliación de la ICR». Por un lado, «la concepción que la ICR tiene de sí misma ha sido una de las razones por las que no se ha afiliado» (ibíd.); por otro, desde que la ICR se sumó al movimiento ecuménico, ha preferido promover sus iniciativas ecuménicas particulares, ejerciendo el liderazgo en el mundo, en lugar de sumarse a los avances dados por las demás confesiones.

La Conferencia de Iglesias Europeas (KEK) reúne a ortodoxos y protestantes desde 1959. En abril de 2001 esta institución firmó con el Consejo de las Conferencias Episcopales –católicas– de Europa, la “Carta Ecuménica Europea”, que se autodefine como «norma vinculante» y que recoge «lo que puede y debe declararse oficialmente obligatorio» (negrita añadida). En mayor medida que los objetivos del CMI, los contenidos de la Carta coinciden básicamente con los documentos ecuménicos católicos romanos: se reconoce que la Iglesia «es una, santa, católica y apostólica» y se aspira a la «unidad visible de la Iglesia de Jesucristo en la única fe, fe que halla expresión en un bautismo recíprocamente reconocido y en la comunión eucarística», destacando por tanto la dimensión sacramental de la unidad.

El documento supone un paso fundamental en el ecumenismo de las iglesias más institucionalizadas. Su cariz político es destacable; no sólo condena el nacionalismo (es decir, se declara globalista), sino que refleja un “europeísmo cristiano” que resulta sospechoso de confesionalidad: «Las Iglesias alientan la unidad del continente europeo. Sin valores comunes, ésta no puede alcanzarse de forma duradera. Estamos convencidos de que el legado espiritual del cristianismo constituye una fuerza de inspiración que enriquece a nuestro continente». Ciertamente, los líderes religiosos son conscientes del papel político que está reservado a las grandes iglesias en el advenimiento de la Época Neorreligiosa.

Todavía hay importantes sectores, sobre todo entre las iglesias evangélicas de más reciente organización o menos institucionalizadas y entre los evangélicos estadounidenses, que contemplan con sospecha e incluso rechazo, las iniciativas “ecuménicas”, especialmente las de origen papal. En España destaca el insigne teólogo evangélico José Grau, quien en su día ya denunció, entre muchos otros falsos avances, el retroceso que supuso la “La declaración católico-luterana acerca de la justificación” de 1999, que venía a reforzar el «sincretismo (aupado por el modernismo teológico), el sacramentalismo y la negación del principio de contradicción», creando una «confusión doctrinal sin paliativos» en la que «el debate bíblico queda reducido a una cuestión de especialistas “sui generis” que parecen tener los resortes para mantener una constante ambigüedad e imprecisión en una doctrina que el Nuevo Testamento ordena proclamar con toda claridad y nitidez» (ver resumen de su artículo en la revista Idea).

Pero en las últimas décadas se han dado importantes aproximaciones incluso en el campo evangélico, sobre todo por el interés de unirse todos los cristianos en causas políticas o legislativas comunes. Así, la Christian Coalition of America, aunque inicialmente constituida sobre todo por personajes de tradición fundamentalista protestante (y, como tal, anticatólica) ha mostrado desde un principio significativos gestos de un creciente acercamiento a Roma. La propia encíclica ecuménica reconoce esta «apertura ecuménica» en Estados Unidos «entre los hermanos de la “Posreforma”» (Ut u. s., 72).

Para evitar el sincretismo o que el dominio de las iglesias más poderosas se imponga sobre las exigencias de la verdad, desde una posición auténticamente cristiana debería contrastarse todo supuesto ecumenismo con las afirmaciones básicas de la fe tal y como están reveladas en la Biblia. Sólo ahí pueden confluir los verdaderos cristianos buscando una unidad auténtica.

© LaExcepción.com

[Página Inicial] | [Índice General]
[Actualidad] | [Asuntos Contemporáneos] | [Nuestras Claves] | [Reseñas]

copyright LaExcepción.com
laexcepcion@laexcepcion.com