Diálogo
© G. S. V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (30 de julio de 2002)

La confusión entre el diálogo por voluntad y el diálogo por necesidad, tanto en el campo de la política como en el del ecumenismo, desvirtúa el propio concepto de diálogo.

‘Diálogo’ es una de las palabras más utilizadas hoy. Ciertamente es una palabra hermosa: remite a encuentro, conocimiento, apertura. El diálogo, una de las principales herencias de la tradición occidental (recordemos a Job, Sócrates, Platón, Galileo, Juan de Valdés, Martin Buber...), tiene la virtud de mitigar el desconocimiento mutuo, uno de los factores del desencuentro y los conflictos humanos. Y ¿qué mayor placer que dialogar con un amigo y expresar y descubrir las motivaciones profundas, las verdades compartidas? ¿Qué mayor escuela que dialogar con el diferente a mí y aprender respeto, tolerancia, paciencia?

En atención a las motivaciones, se podrían distinguir dos tipos de diálogo: el diálogo por voluntad e interés y el diálogo por necesidad. El primero es el que mantienen dos o más personas cuando desean conocerse e intercambiar puntos de vista. Su objetivo es la comunicación y el conocimiento en sí, experiencias de lo más enriquecedoras. No está condicionado a la consecución de unos resultados específicos, sino que es un diálogo abierto, flexible, libre, y por tanto no está sometido a ninguna necesidad; lo mismo que comienza puede acabar. Es el diálogo de los amigos o de las personas que quieren conocerse.

El diálogo por necesidad es el que entablan dos partes con el objetivo de alcanzar un acuerdo o un pacto. Puede haber interés previo, pero sobre todo lo definen los objetivos establecidos y la necesidad de tomar decisiones vinculantes mediante el consenso. Es el diálogo de la política y las instituciones (por ejemplo, el “diálogo social”, entre sindicatos y patronal), en el que las partes siempre tienen que ceder en algunos de sus planteamientos iniciales.

Actualmente se emplea de forma abusiva la palabra “diálogo”. Se utiliza este término como un talismán, como si el solo hecho de conversar necesariamente solucione todos los conflictos. Por ejemplo, en España, y sobre todo en el País Vasco, hay sectores que exigen el diálogo con la organización terrorista ETA. De esta manera se pretende otorgar un estatus institucional a un grupo ilegal violento, abriendo así la vía a que cualquiera que presione con la fuerza pueda influir en las decisiones que afectan a la sociedad, y deslegitimando los cauces de diálogo institucional, que son imperfectos, pero que suponen la base de cualquier avance político. El diálogo político en un estado de derecho (que siempre es deficiente y que debe concebirse como un proyecto) está motivado por la necesidad, pero no es tolerable que acontezca bajo una presión violenta, pues entonces más bien debe hablarse de chantaje, que es lo opuesto al diálogo.

El diálogo institucional, por tanto, es un diálogo regulado y sometido a derecho. Ahora bien, paralelamente puede darse a nivel social un diálogo sobre temas políticos, incluso cuando hay violencia. Pero sólo puede ser un diálogo por voluntad, en el que las partes asumen su deseo de intercambiar y confrontar opiniones, aun a pesar de las dificultades que ofrece una situación en la que hay agresiones. Los ciudadanos que sólo creen en el diálogo institucional pueden dialogar con aquellos que legitiman (sin practicarla directamente) la violencia como método de acción política, y pueden hacerlo tanto de forma personal como en foros de iniciativa social. Es un diálogo duro y difícil, y la experiencia demuestra que sus frutos son pobres, por varias razones: como por un lado algunos participantes son víctimas de la violencia y por otro los que apoyan el terrorismo, en su victimismo, se consideran agredidos, hay un ambiente de odio difícilmente superable. Por otro lado, se olvida que este tipo de diálogo se entabla por voluntad (es un diálogo “de base”, libre, no condicionado por la consecución de decisiones consensuadas) y no por necesidad. No puede aspirar a sustituir el diálogo institucional. Sólo si se tiene clara su naturaleza se puede esperar que aporte algún (limitado) beneficio social; nunca se puede esperar de él la resolución de un conflicto.

Por otra parte, en los parlamentos de los sistemas donde existe una férrea disciplina de partido (como ocurre en España), cuando hay mayoría absoluta la voluntad gubernamental funciona como rodillo, pues el debate parlamentario no tiene una función reflexiva y persuasiva, sino que sirve simplemente para exponer las diferentes posturas partidistas.


Diálogo y ecumenismo

Otro de los ámbitos donde más se utiliza el término es el del diálogo entre religiones. Todos los foros de encuentro interreligioso constituyen interesantes oportunidades de contrastar ideas, creencias, y prácticas. También han surgido de ellos iniciativas comunes en el campo social a partir de las cuales, sin comprometer las convicciones de cada religión, se pueden acordar líneas de acción común que beneficien a los creyentes y a la comunidad en general.

El problema es que se olvida que el diálogo interreligioso debe ser siempre un diálogo por voluntad. Gran parte del movimiento ecuménico contemporáneo somete el diálogo a la consecución de unos objetivos prefijados, partiendo de la premisa de que quienes se comunican alcanzan siempre y necesariamente posturas consensuadas. A veces se expresa explícitamente que el objetivo es la unidad. Mario Marazziti, portavoz de la Comunidad de San Egidio (uno de los grupos católicos romanos que más promueve el ecumenismo), considera que «es un hecho histórico el que las religiones se encuentren y digan juntas: "Este tercer milenio debe caracterizarse por el diálogo; el diálogo es la necesidad de nuestro planeta en esta fase de globalización". Y la iniciativa proviene del interior de la Iglesia católica» (Zenit, 2.9.01; cursiva añadida). De esta manera, el diálogo por voluntad se convierte en diálogo por necesidad, pervirtiendo así su naturaleza libre y sometiéndolo a la exigencia de un consenso. «No existe alternativa alguna al diálogo», afirma la Carta Ecuménica Europea.

Dialogando, los fieles de distintas religiones pueden encontrar puntos comunes entre sus respectivas fes, pero la profundización en el diálogo también les puede hacer comprobar que el núcleo de una religión es específico de la misma y que no está presente en las demás, o que existen abismos entre algunos de los planteamientos básicos de sus religiones. Estos obstáculos sólo se superan si existe una voluntad previa a ignorar las diferencias o si se está dispuesto a sacrificar convicciones nucleares de cada fe. ¿Habría que renunciar a creencias esenciales a fin de salvar el diálogo?

Desgraciadamente, muchas iniciativas parten de esa voluntad de consenso a toda costa, que se torna voluntarismo (o aún peor, dirigismo, al menos para alguna de las partes) cuando la premisa es la convicción de que el diálogo traerá la unidad. Según D. Diène, director de la División de Diálogo Intercultural de la UNESCO, esta organización tiene como objetivo el «reconocimiento, a través de declaraciones formales, de la proximidad de los valores espirituales» (F. Torradeflot [ed.], Diálogo entre religiones. Textos fundamentales, Madrid: Trotta, 2002, p. 13). Todo aquello que obstaculice el objetivo final previamente señalado se margina e, incluso, se condena.

De esta manera, si el objetivo del conocimiento mutuo se somete al objetivo de alcanzar consensos, el diálogo interreligioso puede convertirse en un diálogo político, con vocación de ser vinculante para los fieles de las religiones y para la sociedad en general. El diálogo gana efectividad política a la par que sus participantes y aquellos a quienes representan pierden libertad. El diálogo interreligioso se conforma mediante la extrapolación del modelo político de diálogo y negociación, como si las convicciones de las religiones fueran propuestas de aplicación para una sociedad, no de aceptación libre por las personas. La convicción en la verdad (en una verdad, si se quiere) no es negociable, como no lo es la conciencia individual, y los dirigentes religiosos no deberían actuar como delegados de las religiones cuyo objetivo es decidir qué deben creer los respectivos fieles.

Frente a estos principios, algunos promotores del “diálogo” consideran que para que éste sea fecundo han de despejarse obstáculos. En su encíclica Ut unum sint, Juan Pablo II afirma: «Cuando se empieza a dialogar, cada una de las partes debe presuponer una voluntad de reconciliación en su interlocutor, de unidad en la verdad. Para realizar todo esto, deben evitarse las manifestaciones de recíproca oposición. Sólo así el diálogo ayudará a superar la división y podrá acercar a la unidad» (ibíd., 29; negrita añadida). Pues el “diálogo” hay que llevarlo hasta sus últimos consecuencias, evitando «las polémicas y controversias intolerantes» (es ésta una eficaz y muy empleada  forma de descalificar a quien no piensa como uno) y avanzando hacia el pensamiento único, aunque éste implique la cuadratura del círculo: «Es necesario hoy encontrar la fórmula que, expresando la realidad en su integridad, permita superar lecturas parciales y eliminar falsas interpretaciones»(ibíd., 38).

Aunque en los estratos intelectuales las grandes religiones parecen aproximarse entre sí mediante el diálogo, gran parte de las comunidades religiosas no están dispuestas a renunciar a sus rasgos de identidad en aras de un supuesto ecumenismo para el beneficio general. Lo cual es lógico, pues el sincretismo podría adulterar significativamente el núcleo de alguna de esas religiones (ver Ecumenismo humanista).

En la mayoría de los casos, el diálogo interreligioso, al entenderse como necesario y no como voluntario, está condenado al fracaso o a resultados totalitarios. Sin ir más lejos, ¿cuántos creyentes de diversas religiones podrían simplemente comprender planteamientos como los reflejados en las declaraciones ecuménicas oficiales? ¿Cuántos llegarían a compartirlos? Podría considerarse que el triunfo del ecumenismo equivale a la aceptación de unos postulados comunes por parte de los principales dirigentes religiosos, pero ello implica una concepción jerárquica de la autoridad religiosa, que no todas las religiones comparten (ver Ecumenismo y autoridad).

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