Victoria de la selección española, derrota de España
© Guillermo Sánchez Vicente
www.laexcepcion.com (30 de junio de 2008)

La selección española de fútbol ha ganado una cosa que se llama “Eurocopa”. Los pocos españoles a quienes realmente les gusta el fútbol  disfrutaron del partido. Los demás, disfrutaron del resultado. Un par de goles del equipo alemán en el último momento, con la consiguiente derrota de los jugadores españoles, habría tornado la actual euforia en depresión y lamentaciones, como suele ocurrir en tales ocasiones.

Aparte de que pocos de los aficionados a ver este tipo de espectáculos tienen la sana costumbre de practicar algún deporte, es obvio que a la mayoría de la gente no le gusta el fútbol: lo que les gusta es que gane “su” equipo. Si además hay buen juego, miel sobre hojuelas. Pero lo importante es que venza el equipo patrio (ver ¡Qué poco gusta el fútbol!). Así, las masas desbocadas podrán ocupar las calles del país y ejecutar todo aquello que un ciudadano común en otro momento no se permitiría hacer: tocar la bocina a altas horas de la noche, abrazar a desconocidos, gritar hasta perder la voz, emborracharse pública e impúdicamente, bambolear los vehículos que circulan por la vía (como me hicieron una vez a mí, cuando volvía del cine ajeno por completo al ritual festivo que todos estábamos forzados a celebrar)… Todo por un resultado que nada modificará las vidas reales de casi nadie, pero que otorga la dosis de narcótico suficiente como para seguir alienados (ver Pan y fútbol: el refugio de la ilusión).

El saldo de la “victoria”: en Madrid, una batalla campal de festejantes a botellazo limpio contra la policía (cincuenta y dos detenidos), un aumento en casi el cien por cien con respecto a lo habitual de avisos al 112, de agresiones, de accidentes de tráfico, de incendios y de intoxicaciones etílicas, al menos ciento cincuenta heridos, más de 43.300 kilos de basura (que requirieron el doble de operarios de limpieza que lo inicialmente estipulado), un autobús con pasajeros apedreado, jóvenes rompiendo los retrovisores de los vehículos que circulaban a última hora de la noche… En Cataluña, más de 80 incendios de contenedores de basura y catorce detenidos. En Alcalá de Henares, un hombre apareció vestido con la camiseta de la selección y un pantalón corto, tirado en el suelo, inconsciente, y en medio de un gran charco de sangre; murió poco después, al parecer por haber caído ebrio y haberse golpeado brutalmente la cabeza contra el suelo de mármol.

¿Y la ilusión generada, los lazos de solidaridad nacional estrechados, la alegría vivida?, me espetará alguno. Es cierto: la brutalidad en grado sumo sólo procede de una pequeña proporción de los miles de personas que salieron a las calles, la mayoría de las cuales volvieron a sus hogares tan felices (aun así, ver La violencia en el fútbol). Lo grave es que estos movimientos de masas no propician la racionalidad necesaria para el mantenimiento de la frágil democracia; están más cerca de las catarsis colectivas del fascismo que de la celebración cívica de la libertad que acompaña a la democratización de un régimen, por ejemplo. El lenguaje de los medios se torna colectivista, aglutinador, excluyente… Totalitario, en definitiva: “La fiesta de todos los españoles” (y quienes no la celebran, ¿no son españoles?); “Todos con España en Colón”. Medios tradicionalistas se regodean en manidas hipérboles cercanas a la blasfemia: “De Viena al cielo”, “gloria del equipo ganador”.

Algunos ilusos se autoengañan: «Si el fútbol, se dice, narcotiza a la ciudadanía, también puede servir paradójicamente para demostrar el potencial político de la acción colectiva. Un ejemplo: siéntese en el balcón anoche a esperar un gol de España: de repente, miles de vecinos gritan al mismo tiempo una misma palabra, ¡Gol!, y el rugido resultante no parece humano, daría miedo de no saber lo que es. ¿Se imaginan si un día nos ponemos de acuerdo para gritar otra cosa? Nos oirían, claro», escribe Isaac Rosa en Rebelión, ignorando que pocas veces los hombres nos ponemos de acuerdo para lo que es necesario, imperioso y justo, y tantas veces perdemos el tiempo y las fuerzas en lo intrascendente y banal.

Porque lo grave de estos fastos es la desproporción existente entre lo logrado y la energía invertida en su celebración. Lo preocupante es que implica una inversión brutal de los valores que más proclamamos y que menos cumplimos. La solidaridad, el respeto, el civismo, el cosmopolitismo… son sustituidos por el patrioterismo ramplón, etnicista e identitario (¡luego despotricarán contra los nacionalismos excluyentes!), por el fanatismo tribal, la idolatría de los multimillonarios (cuya apoteosis llega cuando el “pueblo” recibe a los jugadores), el rechazo al equipo (y el país) contrario, el desprecio a quien se atreve a afirmar que habría deseado la derrota del equipo patrio (más de uno me odiará al leer estas líneas)… y el orgullo, ese despreciable impulso, tan alabado como absurdo (máxime cuando tiene como objeto lo que el azar ha determinado, cual es haber nacido en determinado lugar).

No creo que los alemanes, de darse la victoria de su equipo, hubieran reaccionado peor que los españoles (aunque la derrota ha provocado algunos disturbios en su país, éstos han tenido lugar en el Este, donde hay serios problemas sociales y un fascismo creciente desde la reunificación). En cualquier caso, el mayor daño lo hemos recibido en España. Nuestro país, que no se puede decir que fuera boyante en lo moral y en lo cívico, ha sufrido una derrota más, que lo va sumiendo en la perdición; no ha sido derrotado por “Alemania”, sino por la mayoría de sus propios habitantes.

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