Crueldad
© Guillermo Sánchez Vicente
www.laexcepcion.com (29 de abril de 2004)

La relación del hombre con los animales es motivo de continuos debates sociales. La caza de focas y ballenas, la tauromaquia, el maltrato o las excesivas atenciones a las mascotas, las pruebas médicas o industriales con animales, son asuntos en relación con los que se han dictado leyes, se han propuesto medidas o se han lanzado iniciativas.

¿Cómo deberíamos aproximarnos a estos temas? ¿Cabe una reflexión ética en torno a ellos? ¿Es una cuestión de puro convencionalismo social? No es mi intención hacer una casuística detallada, sino más bien indagar sobre principios y criterios que orienten nuestras decisiones en relación con estos asuntos.

En el ámbito de las relaciones entre humanos, hay quienes justifican la muerte de unas personas como garantía de la (presunta) supervivencia de otras (ver Los hinchas políticos y el nuevo fascismo). El terrorismo y la guerra serían exponentes de esta justificación de los medios (injustos) por un fin (“justo”). Desde el momento en que la vida humana no es un valor supremo, sino que está condicionado a aspectos circunstanciales, provocar la muerte de otros seres humanos puede llegar a considerarse legítimo y hasta necesario; tal sería el fundamento de la doctrina de la “guerra justa”, esencialmente inmoral.

Si este planteamiento maquiavélico es condenable, ¿se puede extender esta condena a las relaciones con los animales? La condición humana está sometida a complejas relaciones de dependencia y cooperación con otros seres vivos. Hay ocasiones en las que casi nadie condenaría que se sacrificara la vida de un animal cuando ésta pudiera salvar la vida o mejorar sustancialmente la existencia de las personas. En otros casos no hay tal consenso: ¿Tiene más valor el “goce estético” de una corrida de toros que el bienestar y la supervivencia del toro? ¿Merece la pena dejar ciegos a varios cientos de conejos con tal de disponer de un maquillaje de calidad?

Aunque no lo comparto, entiendo a quien mata (o acepta que otros lo hagan) un toro, una vaca, un cordero, y se lo come. Ahora bien, el sistema de ganadería intensiva y de producción industrializada ha alcanzado unos extremos abominablemente salvajes. No sólo se somete a millones de seres a existencias desnaturalizadas y mecanizadas (véase el breve spot animado www.themeatrix.com, en inglés), sino que además como consecuencia de ello se les provoca enfermedades epidémicas que obligan a sacrificarlos e incinerarlos masivamente con cierta periodicidad (en los últimos años los casos vienen multiplicándose: peste porcina y equina, pollos con dioxinas, vacas locas, fiebre aftosa, gripe del pollo…). Lo grave del caso es que todo esto es mucho más previsible, y por tanto evitable, que las epidemias que asolaban las cabañas de los ganaderos en las sociedades tradicionales. Muchos de los animales sacrificados en los últimos años nunca llegaron a desempeñar la función para la cual se les hizo nacer y vivir sometidos a la tortura: ser ingeridos por los hombres.

Todo lo que pueda hacerse para evitar estas matanzas, empezando por la poco conocida opción vegetariana, debe ser promocionado. Durante la crisis de las vacas locas en Europa, el entonces primer ministro francés Jospin exclamó: “¡No nos vamos a hacer todos vegetarianos!”. Bueno, quizá todos no (los políticos suelen reducir ciertas cuestiones a planteamientos “totalistas”). Pero, ¿por qué no fomentar un sistema productivo que favorezca esta opción? Supondría una inversión a largo plazo en salud y protección del medio ambiente, un ahorro de costes... y la privación de sufrimientos absurdos a millones de animales.

Discrepo de los grupos más exaltados de defensa de los animales, pues manifiesta o subrepticiamente suelen partir de un enfoque deshumanizador, según el cual la dignidad humana y la animal (especialmente la de los simios y otros mamíferos) son idénticas. Creo en una diferencia cualitativa entre unos y otros, que se encuentra mucho más allá del código genético que tanto nos asemeja (y tanto nos diferencia, por otro lado). Pretendiendo elevar la dignidad de los seres vivos, reducen la dignidad humana a la de un ser vivo más, al que el azar ha proporcionado las herramientas intelectuales (pero no el derecho) para poder dominar a los demás. Construir una ética para las relaciones entre especies basándose en principios darwinistas resulta contradictorio. Quienes concebimos el estado actual de la naturaleza como algo transitorio, entendemos que sus actuales leyes se deben a una condición caída; por eso podemos creer que el león y el cordero llegarán a pastar juntos. Pero si entendemos que la naturaleza humana y animal son el fruto de una eterna competencia voraz, ¿qué fundamentos se pueden argüir para actuar en contra de la propia naturaleza? Si hemos de respetar a los demás seres porque son nuestros hermanos por filiación evolutiva, ¿por qué habremos de transgredir la ley de la supervivencia del más fuerte?

Los planteamientos de estos colectivos, tan cercanos a la Nueva Era, resultan insatisfactorios y falaces, así como inquietantes en ocasiones.  Desmond Morris, aun siendo bastante crítico con los grupos más radicales, afirma en El contrato animal: «La especie humana no es una especie para grandes cantidades, desde el punto de vista biológico, sino que es una especie de alta calidad. Con exceso de población lo único que se puede obtener es miseria, y, por esta razón, los conservacionistas no deberían dudar en pedir que haya menos bebés humanos que dejen lugar a las otras especies. Esto no representaría una persecución antihumana de los países preindustriales, sino más bien un gran beneficio para ellos, si es que llegan a aceptar la idea» (añadimos el destacado). Por su parte, uno de los principales defensores de los “derechos de los animales”, el abogado estadounidense Steven Wise, afirmó: «No veo una gran diferencia entre un chimpancé y mi hijo de cuatro años y medio» (Zenit, 6.7.02). Pero aquel que vela por cada pajarillo que cae al suelo también estima que los hombres valemos «más que muchos pajarillos» (Mateo 10: 29-31).

La clave de la dignidad animal es la dignidad humana, y no viceversa. Como decía Julián Marías, los animales no tienen derechos, sino que somos los humanos quienes tenemos deberes hacia ellos. Tomemos como ejemplo la tauromaquia. Si nuestro acento está puesto en el hombre, el principal motivo de preocupación en este espectáculo será, no tanto el toro (que también), como el público. Es por los espectadores por quienes más sufro, además de por el torero. En segundo lugar, por el toro. La mayor tragedia no es que se mate un toro; es la condición a que se reducen quienes jalean esta muerte dilatada. Me horroriza tanto observar cómo algunos disfrutan con el sufrimiento de un ser vivo (los que despiadadamente matan animales por pura diversión), como quienes lo hacen a pesar del sufrimiento de un ser vivo (los aficionados a la tauromaquia, por ejemplo).

Quien mata al mosquito que pica a su hijo, a la cucaracha que encuentra en su cocina, o la rata que corretea por su casa, normalmente no lo hace porque en ese acto, o en el proceso de caza del bicho, encuentre satisfacción. El animal parásito ha salido en busca de nuestras propiedades (sangre, alimentos, muebles...) y constituye una amenaza, por lo que, aun con repugnancia por el acto en sí, solemos eliminarlo. El toro, en cambio, ha sido conducido a una situación violenta, en la que a duras penas se defiende (sí, a duras penas: a los más bravos los someten a diversas drogas y torturas para que cumplan satisfactoriamente su función en el ruedo). El torero me da casi tanta pena cuando sale a hombros de la plaza como cuando sale en ambulancia. Lo segundo es trágico; lo primero es patético. Su humanidad ha sido dañada en ambas ocasiones. Me duele su sonrisa, me duelen sus heridas. Es alguien como yo.

El toro no es como yo, pero se me parece más que una cucaracha. Con mis escasos conocimientos de biología, tiendo a pensar que el sistema nervioso, la sensibilidad y la capacidad de sufrimiento de una cucaracha son bastante menores que las de un toro. No sé si sus crías “lloran” cuando no vuelve al nido infecto en el que devoran las migajas que me sustraen. Sé que las crías de los mamíferos sí pasan por estados, digamos, depresivos, cuando son privadas de sus progenitores, o cuando presencian cómo son exterminados.

Pero aunque las crías de cucaracha lloraran, he afirmado que la clave es el público y su forma de percibir e interpretar lo que ven; el público que ve reaccionar a un toro de una forma distinta a como reacciona una cucaracha; la persona que no quiere ver que la agonía de un toro es bastante similar (nunca igual) a la que un hombre mudo viviría en circunstancias similares.

Todo el contexto de la lidia la convierte en una lucha desigual, empezando por la alienación del toro al ser introducido en una plaza llena de bestias vociferantes, continuando por las drogas y torturas, terminando por los mecanismos de ataque y defensa de los toreros, banderilleros y demás participantes. Sólo algo iguala al toro y al torero: su condición animal. El toro la ha heredado; el torero la ha elegido, rebajándose a ella, desechando, al menos momentáneamente, otras dimensiones superiores de su persona. Normalmente ha heredado unos hábitos culturales que ha asumido acríticamente, como los jóvenes de aquel pueblo español en el que cada año se lanza una cabra viva desde el campanario, como los insignes ciudadanos romanos que aceptaban los juegos de gladiadores, como el barbero sudanés que asume su función social cuando amputa el clítoris de la adolescente. Creen que es lo mejor. Pero están trágicamente equivocados.

Precisamente por nuestra naturaleza simbólica, es fundamental que comprendamos la necesidad de evitar, en la medida de lo posible, todo sufrimiento hacia aquellos seres que de alguna forma nos son cercanos. Por eso debemos entender que hay un principio de analogía por el cual identificamos psicológicamente elementos similares. Este principio podría sernos útil a la hora de determinar la gravedad de ciertas agresiones a los seres vivos. Veríamos lo brutal que resulta someter a tortura a seres similares al hombre. Cuanto más complejo sean su organismo físico y su vida simbólica (actos comunicativos, capacidad de percepción del mundo exterior…), más terrible es aceptar su maltrato y muerte. Todos contemplamos con mayor horror la carnicería provocada por quienes entraron una vez en una perrera y amputaron las patas a muchos de los perros que había en ella, o la de quienes en un parque decapitaron a los patos del estanque, que la escena de un niño pisoteando un hormiguero. Aun condenando esto último, aquello nos repugna en grado sumo. ¿Alguien defendería este tipo de actos si culturalmente estuvieran asumidos, si se realizaran rodeados de bellas ceremonias engalanadas? Sin duda, . Ya se hace con la tauromaquia.

Este principio de analogía es el que nos lleva a abominar del trato brutal a un cadáver, cuando físicamente ya no es más que un conjunto de huesos, tejidos y vísceras exangües, destinadas a convertirse en polvo. Pero como esos restos estuvieron dotados de aliento vital, por inercia seguimos respetando la sacralidad de una vida que conformó un ser consciente, un ser que fue como nosotros y que se nos sigue pareciendo.

Psicológicamente es comprensible que nos provoque mayor veneración el cuerpo humano que acaba de exhalar su último suspiro que los restos óseos de un hombre de la Edad del Bronce desenterrados por los arqueólogos. También nos suele repugnar más el ensañamiento de las masas sobre los cadáveres del enemigo recién caído, que la profanación de la tumba de un antepasado lejano, con todo lo grave que es este último acto. Cuanto más fresco sea o parezca el muerto, mayor impresión tenemos de que la crueldad ejercida sobre él va dirigida a su vida, a pesar de que ésta ya se fue. Esto es evidente en los casos de ensañamiento de un criminal con el cadáver de su víctima, y el código penal lo contempla como agravante.

Igualmente, nuestra sensibilidad humana se pervierte más cuanto mayor sea la analogía de los seres agredidos con nuestra naturaleza. Pero no debe ser éste el único criterio: sin necesidad de llegar a ciertos extremos (por ejemplo, las exageradas cautelas adoptadas por los practicantes de algunas religiones orientales para evitar siquiera tragarse un mosquito), debemos aplicar cierta empatía a las relaciones con los animales para comprender que, a pesar de su distancia con nosotros, también sufren. Según Desmond Morris, si los peces pudieran gritar, el deporte de la pesca con anzuelo sería puesto de inmediato fuera de la ley. No estoy yo tan convencido de ello, pero seguro que muchos que hoy la practican se verían disuadidos de hacerlo.

En la película Inteligencia Artificial de Spielberg una especie de fundamentalistas de la vida humana contrarios a la cibernética organizan un espectáculo en el que destrozan robots humanoides quemándolos con aceite, lanzándolos con cañones, desgarrándolos con hélices. Supongo que los aficionados a la tauromaquia razonarían diciendo que si en realidad son robots (que además en la película han “sobrevivido” al margen de la ley), no habría objeción moral para destruirlos de ese modo. Si llega el día en que “tengamos que” deshacernos de humanoides, me horrorizará ver que alguien disfruta con la destrucción de un mecanismo que se parece a sí mismo, a mí.

Hay un gran debate en torno a los efectos sobre las personas de la violencia en los medios de comunicación. Quizá ninguna de las teorías defendidas sea la correcta, pues la exposición a la violencia afecta de diferentes maneras a diferentes personas, en función de su experiencia vital, su educación, su grado de sensibilidad innata y otros muchos factores. Pero en términos generales creo que no debería haber dudas sobre el carácter fundamentalmente nocivo de la exhibición de la brutalidad más cruda. La violencia cinematográfica provoca un efecto extrañamente perverso: el realizador, y junto a él el espectador, dirige su atención hacia aquellos detalles que cualquier persona equilibrada evitaría ver en la vida real. Al menos en cierta medida, muchas mentes, siguiendo el principio de analogía, asociarán las sensaciones estéticas de una escena violenta con esa misma violencia ejercida en la vida real (ya desarrollé alguna de estas ideas en el artículo Elipsis).

El exterminio masivo comienza cuando la masa ha asumido que el otro no es como ellos. Cuanto más se parezcan a mí los robots que exterminan, cuanto más tiempo dedique yo a presenciar (o a ignorar) su destrucción, cuanto más disfrute con las convulsiones nerviosas de un organismo agonizante, cuanto más aplauda al director de cine que muestra cómo sierran por la mitad lo que yo veo como una persona (en realidad, un animal muerto), más abierta queda la puerta para que eventualmente yo dé el salto hacia otras agresiones. La habilidad de la mente para distinguir la realidad de la ficción se ve reducida en situaciones emocionalmente intensas como las que provoca, cada vez con mayor éxito, el cine. No hay que dejar de sufrir ante el dolor, aunque sea virtual, aunque la razón nos diga que no es lo que parece.

Somos seres simbólicos. Nuestra humanización se construye mediante la sensibilización hacia lo afín. Nuestra deshumanización, mediante la insensibilización hacia lo afín. Cualquier ser humano es afín a mí; yo soy cualquier ser humano. No comparto con el toro más que un sistema nervioso muy similar. Me es suficiente. No voy a considerarlo mi hermano, pero sé que es un ser próximo. Su lucha en el ruedo lo ennoblece, como admiten los taurinos. Pero no quieren darse cuenta de que los degrada a ellos, comenzando por el matador.

Una vez leí sobre un joven campesino, pobre y analfabeto, a quien un líder de la milicia serbo-bosnia había convertido en un monstruoso genocida durante las recientes guerras balcánicas. El método de enseñanza había consistido en matar decenas de cerdos durante un cierto tiempo. De esta manera comenzaba su proceso de insensibilización, y el siguiente paso resultaba más sencillo. Por supuesto, los matarifes, los toreros, los cazadores, no están determinados a mostrar conductas agresivas hacia sus semejantes. También muchos célebres asesinos eran delicados amantes de los animales. Pero si nos preocupa una educación global de la sensibilidad humana, no podemos seguir insistiendo en la inocuidad de ciertas prácticas.

Para escribir al autor: guillermosanchez@laexcepcion.com
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