Cristo contra el crucifijo
© Guillermo Sánchez Vicente
www.laexcepcion.com (3 de diciembre de 2008)

A Fernando Pastor, portavoz de la Asociación Escuela Laica de Valladolid

El 14 de noviembre de 2008 un tribunal de Valladolid ha dictado una sentencia que obliga al colegio público Macías Picavea de dicha ciudad a retirar los crucifijos exhibidos en sus aulas, a instancias de varios padres de alumnos que lo habían solicitado. Tanto la jerarquía de la Iglesia Católica Romana (ICR) como algunos otros miembros de esta organización han protestado contra esta medida y contra quienes la defienden.

Se ha hablado de “cristofobia” (cardenal Cañizares), de “odium fidei” (Juan Manuel de Prada), de “ateísmo de estado” (Cristina López), de “militancia agresiva”, una “especie de salida de la tumba de todos los intolerantes que propiciaron la persecución religiosa de la II República española” (agencia vaticana Zenit), de un “empeño de vaciar a una sociedad de su sustancia, de provocar una ruptura traumática” (José Luis Restán)... El ateo y anteriormente laicista Gabriel Albiac incluso habla de “campañas de divertida excursión al pasado” para desviar la atención sobre la crisis económica, ¡como si la sentencia hubiera sido dictada por el gobierno!

Se ha defendido la presencia del crucifijo por ser «un signo de nuestra cultura tan arraigado» (cardenal Carlos Amigo). El secretario general de la Conferencia Episcopal, Juan Antonio Martínez Camino, ha afirmado que «la cruz es un signo de libertad y un signo de distinción entre el Estado y la Iglesia», porque «el que pende de la cruz es el que dijo “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”» (Religión en Libertad, 27.11.08). La Confederación de Federaciones de Asociaciones de Padres de Alumnos y de Familia de Andalucía (CONFAPA) comunica que no logra «entender qué aportación negativa tiene la presencia de Jesús en la escuela» (Zenit, 26.11.08).

Tanto los defensores de la presencia de los crucifijos como quienes postulan su retirada, dan por hecho que este objeto es un símbolo cristiano. Por la tremenda ignorancia religiosa de nuestro país, se asume que la Iglesia Católica Romana (en especial la jerarquía) y sus símbolos representan el cristianismo. Así, se entra en el juego de esta institución político-religiosa cuando algunos denominan “apostasía” al acto de darse de baja de sus filas. O cuando se atribuye a la religión cristiana las pretensiones hegemónicas de estos jerarcas, que en realidad representan valores absolutamente opuestos al mensaje de Jesús.

Por eso, más de uno se sorprenderá al leer que el crucifijo es un símbolo anticristiano. Seguramente las personas en general, y los cristianos en particular, nunca nos pondremos de acuerdo en la definición de lo cristiano. Pero de lo que nadie dudará es de que si algo define el cristianismo es el mensaje de Jesús; éste, a su vez, se inserta en un conjunto de escritos religiosos a los que las propias palabras y actuaciones de Jesús remiten permanentemente: la Biblia. La propia ICR reconoce a ésta como “Palabra de Dios”.

¿Qué dice la Biblia sobre el crucifijo? Por supuesto, no lo menciona como tal, pues las primeras representaciones de Jesús son muy posteriores a los escritos bíblicos. Pero respecto a las imágenes religiosas su posición es clara, hasta el punto de que uno de los Diez Mandamientos las prohíbe: «No te harás escultura ni imagen alguna de lo que hay arriba en los cielos, abajo en la tierra o en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto» (Éxodo 20: 4-6). Este mandamiento iconoclasta ha sido suprimido descaradamente por la ICR (ver Una religión sin imágenes). Y es esta misma iglesia, con una teología y unas tradiciones tan anticristianas, la que se atribuye a sí misma la capacidad de definir lo que es cristiano.


Significado del crucifijo en edificios públicos

Se podría alegar que el crucifijo en lugares públicos no es un objeto de culto, y que por tanto ni incumple el mandamiento religioso, ni viola la aconfesionalidad del estado. Ciertamente, los símbolos son elementos escurridizos: sirven tanto para facilitar la comprensión de las realidades a las que se refieren, como para multiplicar las posibilidades de interpretación. Ahora bien, en el caso del crucifijo en edificios públicos hay algunos datos que señalan claramente cuál es su significado:

1) Representa a un personaje concreto, Jesús de Nazaret, considerado el Hijo de Dios por los cristianos. Evidentemente, cualquier sentido que se le quiera dar a su exhibición pública no puede ocultar esta realidad confesional.

2) Refleja un momento concreto: su muerte ignominiosa en la cruz. Esta muerte, según Pablo «escándalo para los judíos, locura para los gentiles» (1 Corintios 1: 23), significa sin embargo para los cristianos la redención y la vida. No estamos por tanto ante la simple representación de un personaje de mayor o menor aceptación, sino ante la plasmación de un mensaje teológico claramente confesional.

3) El crucifijo en sí es en cualquier contexto un objeto de culto. No consiste en una representación artística de la muerte de Cristo (aunque algunos crucifijos lo sean), sino que es un objeto venerado por los católicos: se postran ante él, lo besan, lo portan al cuello como signo de identidad o como amuleto… De modo que, en cuanto a representación icónica de la crucifixión, remite, no al cristianismo, que como hemos expuesto es contrario a las imágenes de culto, sino a una confesión concreta que, contra el mandamiento cristiano, recurre a él como objeto de culto. (Pese a que incurre en cierto tradicionalismo, es recomendable leer el artículo de De cruces y crucifijos de Plutarco Bonilla, para comprender la diferencia entre la cruz cristiana y el crucifijo romanista).

4) ¿Qué significado sociopolítico tiene el crucifijo? En la mayoría de los espacios donde se encuentra fue colocado en momentos históricos anteriores a la proclamación de la aconfesionalidad del estado por la Constitución Española de 1978. Y si se colocaron posteriormente fue en función de una tradición basada en la secular alianza de la Iglesia Católica Romana y el estado español. Durante casi toda su historia en España no sólo hubo una confesión oficial, sino que además ésta fue obligatoria y excluía la práctica de cualquier otra, incluso con la persecución inquisitorial. Durante siglos el crucifijo y la cruz han representado la implantación obligatoria, oficial y coactiva del catolicismo en todo el espacio público, la adscripción de un territorio a esta confesión. Y precisamente esta iglesia, cuya historia de connivencia con el poder absolutista o dictatorial resulta tan vergonzante, quiere mantener el crucifijo como “símbolo de nuestra cultura”, y apela a defender las “raíces cristianas” de las naciones europeas.

La exhibición de un crucifijo en un edificio público, compartido por personas que pueden tener las creencias más variadas (incluida la “increencia”), significa la consagración de ese espacio a una ideas religiosas determinadas; es decir, la imposición. Y si algún colectivo puede verse ofendido por el crucifijo, es precisamente el de los cristianos genuinos que, siguiendo el mandamiento, deploran la veneración de imágenes religiosas. Si bien la muerte de Jesús en la cruz tiene un gran significado para todo cristiano, su exhibición en el crucifijo como objeto de culto resulta blasfema para el seguidor de Jesús.

Cualquiera que lea los evangelios podrá comprender que si algo desagrada al propio Jesús de Nazaret es la imposición de su propio mensaje (ver por ejemplo Lucas 9: 52-56). Pero la pujante corriente neonacionalcatólica está dispuesta a hacer que toda la sociedad comulgue con sus planteamientos religiosos. Algunos argumentos de los tradicionalistas deslegitiman su propia posición, al desvelar claramente el significado confesional de este símbolo: «Jesús en la Cruz preside el aula porque en el estudio se ilumina con la verdad a los alumnos, y Él es la verdad inquebrantable, y la Ley de Dios no acepta relativismos», escribe Javier Tebas (Religión en Libertad, 26.11.08). Con tal descaro defienden la imposición de su “verdad inquebrantable” como forma de “iluminar a los alumnos”.

El escritor Juan Manuel de Prada plantea en estos dramáticos términos la eventual retirada de crucifijos de las aulas (Abc, 24.11.08): «A un niño le basta mirar al Crucificado para saber quién es y de dónde viene, también hacia dónde va; y basta apartar de su contemplación a ese Crucificado para que el niño no sepa lo que es y esté preparado para ser lo que otros quieren que sea. […] El propósito verdadero que anima a los apóstoles de la desesperación, cuando se ponen a quitar los crucifijos de las escuelas […] no es otro que despojar de sentido la transmisión cultural. A un niño que tiene ante sí una pared desnuda no le queda otro remedio sino aburrirse.» Uno se pregunta entonces qué calamidades se ciernen sobre la gran mayoría de los niños españoles en cuyas aulas no hay crucifijos, y por qué De Prada y su iglesia no se movilizan para que los crucifijos estén en todas las aulas españolas (esperemos no estar dando ideas…).

El portavoz episcopal Martínez Camino se pregunta: «Si se quitan los símbolos, ¿quién llenará ese espacio vacío?» (La Razón, 29.11.08). Sólo la pregunta denota su talante totalitario. La respuesta, además, es obvia: podría haber símbolos con los que nos identificáramos todos, y que reflejen ideales democráticos y de convivencia, como la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Es más, no tiene por qué haber en las aulas necesariamente una presencia de imágenes simbólicas que definan el sentido último de la educación. ¿Acaso debemos someter todo a la iconocracia que ya inunda todas las esferas en que los niños se mueven? Este deseo de omnipresencia de la imagen es muy comprensible en la ICR, institución que tradicionalmente ha supeditado la palabra (la Biblia) a la imagen (estatuas, liturgia etc.).

Por supuesto, no podrían faltar quienes aprovechan la polémica para arremeter contra los musulmanes, haciendo referencia al consentimiento de que en las aulas haya alumnas que lleven velo. La diferencia es sencillísima de comprender: las personas, en cuanto sujetos de derechos individuales e inalienables, pueden portar aquellos símbolos con que se identifiquen. Los edificios públicos, en cuanto espacio compartido y aconfesional, deben ser neutros (ver Hoy contra el velo, mañana... ¿contra la libertad?). Nadie prohibirá a un alumno portar un crucifijo al cuello, lo mismo que no se exhibirán versículos del Corán ni se levantarán altares a Shiva en los colegios. (Por supuesto, en las aulas españolas se muestran imágenes religiosas de distintas confesiones asociadas a su valor artístico y cultural, en murales o láminas con finalidad pedagógica; entre ellas hay una mayoría de obras de arte católicas, incluidos crucificados. La diferencia de estas imágenes con el crucifijo es obvia).

El cura Santiago Martín escribe: «Si en vez de ser una cruz lo que hay que quitar de una pared hubiera sido la media luna islámica, otro hubiera sido el comportamiento de jueces y gobernantes» (Religión en Libertad, 28.11.08), palabras que reflejan un prejuicio disparatado; amén de que, con la actitud de estos confesionalistas, y siguiendo los criterios expresados por la ministra Cabrera (miembro de un supuesto gobierno “laicista radical”), según los cuales ha de ser cada consejo escolar quien decida sobre los símbolos religiosos, sólo se favorecerá que algún día la media luna islámica u otros signos presidan las aulas de algún centro público, por decisión de la mayoría. No permitir ahora ni crucifijos ni ningún otro símbolo es una salvaguarda de la neutralidad confesional del estado hoy y mañana.


Victimismo frente a cristianismo

La Junta de Castilla y León ha anunciado que recurrirá la sentencia. Su consejero de la Presidencia y portavoz, José Antonio de Santiago, ha pedido que se le explique la diferencia «entre que un crucifijo colgado en una pared vulnere los derechos fundamentales y no así el que aparece en la mesa donde los ministros y el presidente del Gobierno central juraron sus cargos» (El País, 28.11.08). Y hace bien en recordar este hecho, pues precisamente el 27 de mayo el Partido Socialista, votando conjuntamente con el Partido Popular, rechazó en el Congreso una iniciativa parlamentaria que proponía la eliminación de símbolos religiosos como el crucifijo o la Biblia de los actos de toma de posesión de los cargos públicos. Un dato más para concluir que, frente a lo que proclama la propaganda ultracatólica, el gobierno de Zapatero ha hecho más concesiones a la ICR que ningún otro en democracia (ver Beatificaciones polémicas y Las concesiones de Zapatero).

Al igual que desde la muerte de Franco se han ido retirando tranquilamente la mayoría de los crucifijos y símbolos nacionalcatólicos, la sentencia de Valladolid tendría que haber sido aceptada y acatada con la mayor naturalidad. Cuesta comprender que sean creyentes genuinos (y menos, “cristianos“) quienes desean que sus símbolos se impongan como símbolos de todos. Lo que podría haber sido un pequeño reducto de ultramontanos blandiendo crucifijos (los “batasunos del crucifijo”, como se ha escrito), se ha convertido en una oleada de apoyos a la presencia del objeto; todo un signo de los tiempos, cuya magnitud, una vez más, no será comprendida por la mayoría de los laicistas que creen que la imposición religiosa se irá batiendo en retirada en España. Esta polémica alimentará de nuevo el victimismo de la poderosísima jerarquía católica y de quienes la apoyan, y les permitirá dar unos cuantos pasos más hacia sus objetivos hegemonistas. Ya han rentabilizado con creces episodios anteriores (ver Tropas de asalto contra Educación para la Ciudadanía y La polémica sobre el matrimonio homosexual). Similarmente, la “derecha cristiana” estadounidense, cuya estrategia sirve de modelo a la variante española, califica de “persecución a los cristianos” la sentencia que retiró la oración obligatoria de todos los alumnos al principio de la jornada escolar.

Frente a lo que afirman sus defensores (y algunos de sus detractores), la presencia del crucifijo en edificios públicos no “hace a Jesús presente”, sino todo lo contrario. Si hay un sistema de ideas laicista por excelencia, éste es el cristianismo; el genuino, no la perversión del mismo que representan algunas iglesias, y en especial la vaticana (aunque con algunas limitaciones, lo expone muy bien Juan José Tamayo en su artículo El cristianismo, religión laica). Retirar estos objetos de culto de los edificios públicos supone defender el cristianismo. Jesús de Nazaret, quien se enfrentó a toda imposición, y quien precisamente murió en la cruz por oponerse a la alianza entre la tiranía política y la dictadura espiritual, jamás admitiría que una representación idolátrica de su figura se exhibiera por parte de las autoridades, por cuanto eso no favorece, sino todo lo contrario, la libre adhesión a su persona que él buscaba. El Jesús verdadero invita al seguimiento libre, no a la imposición.

Para escribir al autor: guillermosanchez@laexcepcion.com
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