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El conflicto en Siria (I/II): El precedente libio
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www.laexcepcion.com (6 de abril de 2012). Adaptación del artículo publicado originalmente en El Blog de Cordura. Segunda parte: El conflicto en Siria (II/II): Paz vs.  ¿"revolución"?

Los medios de comunicación del Sistema han conseguido crear un estado de opinión generalizado sobre la cuestión de Siria. Es difícil encontrar voces que difieran de la versión oficial, que consiste en considerar a la oposición a Bashar el Asad como una inocente masa de civiles pro democráticos, y al presidente de Siria como un criminal que reprime cruelmente a su pueblo. Incluso entre quienes abordan el asunto desde una perspectiva antiimperialista, hay quienes, contra toda evidencia, han asumido este esquema interpretativo simplificador y maniqueo. Sirvan como ejemplo las numerosas aportaciones sobre el asunto del escritor Santiago Alba Rico (SAR) quien, ya lo dijimos aquí, tiene una reconocida trayectoria en los medios alternativos.

Con el fin de comprender la confusión (y la consiguiente pasividad) ante lo que ocurre en Siria –tema que abordamos en este artículo complementario–, resulta obligado remontarse a la todavía reciente controversia sobre Libia. La versión convencional sobre lo que ocurre en este país norteafricano se basa en la creencia de que existe efectivamente una "primavera árabe" y que las revueltas en Túnez, Egipto, Libia y Siria (así como otros países árabes) son en todos los casos populares y espontáneas. Por tanto, merecen ser apoyadas por quienes desean el avance de los pueblos. Parece como si no debiera importarnos que los "rebeldes" libios fueran aupados al poder que ahora detentan por los bombardeos de la OTAN. O que, como es ya público y notorio (ver 1 y 2) y lo han reconocido desde Ban Ki Moon, el servil secretario general de la ONU, hasta las ONG que también contribuyeron a la guerra contra Libia (1 y 2), el nuevo gobierno libio esté violando los derechos humanos. Con imposición de la sharia (ver 1 y 2) en lo que antes era un país bastante laico.

Al inicio del conflicto libio, sistemáticamente se dio crédito a la propaganda mediática sobre los supuestos bombardeos de Gadafi contra su pueblo, pese a no estar en absoluto probados. Casi nadie informó de datos que desmentían esta versión o de que altos cargos del Pentágono, como Robert Gates (a la sazón ministro de Defensa) y el almirante Mike Mullen, negasen semanas después tener evidencias de dichos bombardeos.

En un artículo de noviembre, Santiago Alba comentaba: «Vemos en qué se está convirtiendo ya el CNT; hemos asistido al linchamiento ignominioso de Gadafi, que espero que conduzca a sus autores –que son no solamente los ejecutores directos en Sirte, sino obviamente, todos aquellos que la han apoyado con bombardeos y declaraciones– ante un tribunal. Y si no, como hay pocas esperanzas de que sean juzgados, habrá que hacer como estamos haciendo en el caso de José Couso y en otros, habrá que presionar para que así ocurra.»

Un momento... ¿Es que para entonces el Consejo Nacional de Transición no llevaba ya mucho tiempo desenmascarado a ojos de cualquier mente crítica? ¿No era evidente desde hacía meses, si no desde el principio, su complicidad con la OTAN? ¿No habían sido denunciados, hasta por la organización "humanitaria" (y pro Imperio) HRW, sus crímenes de guerra? ¿No había exaltado su líder, Abdel Jalil, el colonialismo? ¿No había pedido, incluso, el mismo CNT la continuidad de la presencia de la OTAN en Libia incluso una vez expirado el (supuesto) mandato de la ONU? Recordemos que dicha "revuelta popular" habría empezado en febrero de 2011, y  que el CNT ya había quedado constituido el 27 de ese mes...

En ese mismo artículo Alba incurre en otro notable error analítico cuando afirma: «La OTAN no es una instancia de poder homogénea. Hay nuevos actores regionales, como Arabia Saudí, como Qatar, como Turquía. Estados Unidos ha tenido un papel muy periférico en la intervención de la OTAN en Libia, mientras que ha habido otros actores que han aprovechado, como Sarkozy, para re-prestigiarse en una zona del mundo muy convulsa donde había perdido todo su prestigio después de haber apoyado a Mubarak y a Ben Alí hasta el final.»

Una descripción que no desentona con la que durante meses leímos en la prensa convencional. ¿Hasta tal punto es eficaz el engaño del smart power (poder astuto: ver 1 y 2)? Sin duda que, respecto a casos previos (Afganistán, Irak...), el gobierno estadounidense optó por mostrar un perfil bajo. Pero que nadie se engañe:

1. Recordemos que la intervención militar del Imperio contra Libia se conoció inicialmente con el nombre dado al operativo estadounidense en la misma ("Amanecer de la Odisea").

2. Incluso en la fase siguiente, en la que se entregó la coordinación de las operaciones a la OTAN, el mando militar global estuvo en manos del comandante supremo aliado en Europa (SACEUR, por sus siglas en inglés), y por tanto –como siempre– de un general estadounidense (en concreto, del almirante James G. Stavridis).

3. El hecho de que, no obstante, Estados Unidos adoptase el citado perfil bajo seguramente refleja, más que una pérdida de poder relativo en el seno de la OTAN, una confirmación de su inmenso poder: la superpotencia logró lo que buscaba con menos desgaste directo de sus propias tropas.

4. Como prueba de que el gobierno estadounidense estaba plenamente interesado en la macabra operación, recuérdese que el presidente Obama metió a su país en la guerra sin autorización del Congreso. Y tampoco olvidemos, entre otros detalles, cómo a la hora de la verdad (una vez asesinado Gadafi), la ministra de Defensa imperial, entre risas diabólicas, no dudó en anotarse el tanto para su país.

5. En cuanto al afán de "re-prestigio" de Sarkozy –en lo que podemos estar de acuerdo–, el dato más bien evoca cómo lo había perdido muy pocos meses antes: precisamente, entre otras razones, porque se topó con la oposición estadounidense. Esta, más hábil (smart), y desde luego más poderosa, ya estaba ordenando la salida del déspota tunecino, Ben Alí, cuando el gobierno francés aún le estaba apoyando. Y ya sabemos qué postura prevaleció.

6. Arabia Saudí y Catar no son más que peones del Imperio en la zona. Sorprende que nadie pueda creer otra cosa. Sus canales internacionales "de cabecera", Al Arabiya –que emite desde Dubái– y Al Yasira, están continuamente emitiendo información favorable a los intereses occidentales frente a Siria, como hicieron antes frente a Libia. Que Estados Unidos es el capo indiscutible sobre los países que forman parte del Consejo de Cooperación del Golfo lo vemos no solo en cómo sus miembros (sobre todo, los dos citados) manejan la Liga Árabe al servicio del Imperio, sino también en cómo algún otro de ellos –en concreto, Emiratos Árabes Unidos– implora al gobierno estadounidense que no le obligue a romper sus intercambios comerciales con Irán, en el marco de las sanciones impuestas por aquel. ¿Turquía? Basta recordar que el gobierno de este país miembro de la OTAN ha aceptado la instalación en su suelo de partes del escudo antimisiles (para intranquilidad de su ¿ex amigo? Irán).


Gadafi, ¿un simple tirano inocuo para el Imperio?

Para justificar la intervención en Libia, se ha presentado a Gadafi como un tirano que además no tenía nada de antiimperialista (ver 1, 2 y 3). Por nuestra parte, en su momento reiteramos que no nos movían especiales simpatías hacia ese dictador (1, 2 y 3). Pero, a cada cual lo suyo, añadíamos que eso no justificaba la demonización a la que estaba siendo sometido (y menos, en general, desde fuentes que éticamente en modo alguno son mejores que él).

Pero lo cierto es que sí había razones, como no podía ser de otro modo, para que el Imperio quisiera deshacerse de Gadafi. Es cierto que este había seguido una trayectoria aparentemente errática en su relación con las potencias occidentales. No en vano vio durante años muy de cerca las orejas al lobo, lo que ayuda a comprender que él también actuase como un auténtico equilibrista. Ahora bien, no es menos cierto que hay motivos de sobra para que los dictadores del mundo lo tuviesen en el punto de mira. Para empezar, su afán de renacionalizar el petróleo libio al menos desde 2009, con expreso deseo de que los ingresos petroleros llegasen más directamente al pueblo, para lo cual se enfrentó con el Congreso de su país (no es raro que hombres de su régimen, aliados con las potencias extranjeras, le traicionasen; y que varios de ellos, incluido su ex ministro de Justicia, Mustafá Abdel Jalil –hoy jefe del estado libio–, pasasen a liderar el siniestro Consejo Nacional de Transición).

Otro detalle no menor es el discurso que en septiembre del mismo año pronunció Gadafi ante la Asamblea General de las Naciones Unidas (ver desde pág. 17). Es difícil leerlo actualmente y no pensar que el líder libio se estaba cavando la tumba... Se trata de una crítica de fondo, no ya a las superpotencias, sino al sistema mismo de la ONU que permite su despótico predominio. Con argumentos bien expuestos, transmitiendo una convicción que parece genuinamente idealista, Gadafi atacó duramente el poder de veto y pidió, de hecho, una reforma radical de ese organismo mundial. Un "mal ejemplo" para otras naciones, como muchas de África a las que por ese tiempo empezaba a liderar (además era entonces el presidente de turno de la Unión Africana, cuya fundación había impulsado diez años antes). Y rociando su intervención de un mensaje subversivo tras otro (hasta invocó la necesidad de reabrir el expediente sobre el asesinato de Kennedy).

En aquel discurso, Muamar no se olvidó de los palestinos, a los que siempre reivindicó. Allí, de hecho, defendió la solución al sempiterno conflicto abogando por un solo estado, al que llamaba "Isratina" (o "Isratin", en inglés), basándose en una propuesta de su hijo Saif. He ahí un tercer motivo para que los imperialsionistas quisieran quitarlo de en medio.

No parece, pues, acertado empeñarse en negar –absurdamente, visto lo visto– que Gadafi fuera molesto para el Imperio. Sobre estas bases, en la segunda y última parte de este análisis nos centraremos ya en la polémica sobre Siria y, particularmente, en las evidencias que desmienten o, cuando menos, cuestionan en grado importante la versión político-mediática imperante (e imperial).

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