Cuentos de El Peregrino (II)
El chulo del barrio
© Juan Fernando Sánchez
www.laexcepcion.com (5 de septiembre de 2006)

Dedicado al pueblo iraní

El chulo del barrio paseaba por la calle silbando. Todos se retiraban a su paso, bajándose de la acera en caso preciso. Todos, excepto N.

Era éste un sujeto malencarado y de clase media-baja, pero conocido en todo el barrio por su hermosa mujer (y sus preciosos niños a los que, se decía, pegaba con frecuencia).

Cuando N se acercaba al chulo del barrio, éste, un asesino en serie, ocupó con descaro el centro de la acera extendiendo horizontalmente los brazos... Pero el otro siguió caminando y el chulo los bajó antes de chocarse, no sin mirar con desprecio a N en el momento en que se cruzaron.

La gente contemplaba la escena de reojo, recordando vagamente la todavía reciente historia de K. Éste, otro tipo de mal aspecto, igualmente casado con una bella mujer y padre de niños maltratados, en su día no se había resistido menos a los abusos del chulo (el cual, según era público y notorio, disponía de un enorme arsenal en sus amplios dominios). El chulo había acabado acusando a K de esconder bombas en su casa para destruir el barrio, persuadiendo de ello a todo el mundo. Al final, el chulo y su banda habían entrado a la fuerza en la casa de K y se habían llevado a su mujer, no sin antes linchar a buena parte de su familia, que así dejó de sufrir, y destrozar sus bienes. Pero nadie encontró aquellas bombas.

Al día siguiente del “desafío” de N, el chulo del barrio ordenó a sus esbirros y pregoneros que difundieran la noticia de que N quería hacerse con bombas para destruir el barrio. Y así lo hicieron. El alcalde dijo: “Ejem... ¿qué pruebas tenemos?” Y, con la aprobación a regañadientes del chulo, mandó varias veces a unos guardias a inspeccionar la casa de N. Entraron en todas sus habitaciones y revisaron todos sus papeles, pero no hallaron nada: ni talleres, ni herramientas, ni material explosivo, ni planos, ni planes para fabricar bomba alguna.

Sin embargo, el chulo del barrio, a base de propaganda, presión e intimidación, logró convencer a todo el mundo de las intenciones de N, de manera que el caso quedó sentenciado y era cuestión de días que el chulo y su banda allanasen la morada de N, secuestrasen a su mujer e hiciesen una masacre de sus hijos (los que muriesen gracias a ello ya no sufrirían más) en medio de una nueva orgía de destrucción.

Llegará un tiempo en que las calles del barrio se encuentren desiertas y oscuras. Sólo el chulo paseará a sus anchas por ellas, silbando. La gente lo mirará sigilosamente por entre los visillos de sus casas. Pero tal vez un día alguien caminará por la acera opuesta a la del chulo. Quizá se trate de un mendigo soltero, de rostro más bien candoroso. No caerá en la cuenta de que, al pasar a la altura del chulo, tiene que girar la cabeza hacia él y hacerle la reverencia. Por semejante desconsideración los esbirros del chulo iniciarán una campaña acusándole de ser un tipo sumamente peligroso. El alcalde, protocolariamente, preguntará por el motivo, a lo que el chulo responderá: “¿Acaso no ves que tiene manos? ¡A saber lo que puede hacer con ellas!”

Cierta noche, mientras el mendigo duerme sobre un viejo bancucho con sus escasas pertenencias a los pies, una turba con antorchas se arremolinará a su alrededor. Quedará todo convertido en una enorme pira.

Porque la chulería, cuando encuentra éxito, no tiene límites.

¿DEJAREMOS QUE LOS MASACREN?

Para escribir al autor: juanfernandosanchez@laexcepcion.com
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