Carta desde las tripas
© Juan Ramón Junqueras, director de ONGente.
www.laexcepcion.com (26 de noviembre de 2006)

Sé que la pegas. Lo noto en ella. No hace falta que me lo diga, con su voz inquietada por tu respiración cuando estás cerca. Sobran las palabras porque su corazón se pone a cien cada vez que escucha tu llave en la cerradura. Se coge las manos para que no veas el pánico retemblando, como si un seísmo le naciera. Y cuando te oigo entrar en casa, antes de enfrentarse a ti con el gesto del lobo herido, ella cierra los ojos, inspira hondo, se encomienda a Dios y espera lo peor.

Así es su vida por tu culpa. El terror viviendo en casa, haciendo parte de la familia. Como si un amante pútrido se le hubiera pegado al alma, horadándola y sorbiendo cualquier atisbo de esperanza. Derrotada antes de librar siquiera la batalla.  Royendo sola, entre el amor y el rencor, los últimos huesos de su propio cariño.

Se mira a veces, por la noche, en el espejo del baño, descubriendo frente a sí a un fantasma, un recuerdo de lo que fue, el olvido de lo que pudo ser. Después se acuesta con cuidado, sin hacer ruido, intentando no despertarte, para que no le arranques con un “lo siento” la dignidad que no le arrebatas a golpes. Y sueña tiempos mejores, en los que no estés tú.

Por la mañana vuelve al espejo para maquillarse las marcas de tu paso por ella. No para estar más guapa, sino para verse como era antes de conocerte. Allí, en el baño, su único refugio tantas veces, donde el pestillo medio colgando es testigo de tu furia, llora su rabia, abre el grifo y deja correr el agua, sin saber si el desagüe adonde va es mejor destino que el suyo.

¿Has pensado alguna vez, papá, cuántas cosas tienen que ocurrir para que dos personas acaben siquiera conociéndose? ¿Cuántas vidas paralelas han de conspirar, aún sin saberlo, para que lleguen a cruzarse sus caminos en un punto, pequeño, casi imperceptible, y se dirijan la palabra por primera vez? Has echado a perder todo ese esfuerzo del universo.

Aun así, mamá no se da por vencida. No te dará la oportunidad de la última paliza. Porque me tiene a mí. Estoy dentro de ella y todos los días, acariciándose la barriga, me dice que ahora sabe para qué ha nacido, para qué está aquí. Que me quiere con locura, que me va a ofrecer el mundo, que cuidará de mí y me acompañará en la consecución de mis sueños, que mis ilusiones y mis desvelos serán siempre los suyos.

Así que pienso nacer, papá, mal que te pese. Muchas veces recibí tus golpes. No entendía lo que pasaba, pero ella me contaba, cuando te ibas, que no sabías lo que hacías. Soy fuerte y he sobrevivido a tus puños locos. Y cuando nazca, voy a hacer feliz a mamá. Las dos juntas nos vamos hoy, dejándote atrás. No la conoces. No me conocerás. Ni siquiera eres capaz de imaginar la fuerza que se esconde bajo sus cardenales y sus postillas maquilladas. Yo sí, porque soy parte de ella. Cuando pasa a través de mí, bendigo la sangre de su propio corazón

Y cuando mi sonrisa chiquitina agigante la suya, le brillarán los ojos como cuando mira las estrellas. Cuando mi manita apriete la suya con todas mis fuerzas, soñará conmigo y será omnipotente. Cuando mi voz, que se esforzará en imaginar cómo será de mayor, balbucee sonidos que sólo los ángeles y las madres entienden, descubrirá la verdadera razón por la que nació con dos oídos: uno para oír al mundo, y el otro para oírme sólo a mí. Cuando mis ojitos se conviertan en el espejo en el que prefiera mirarse, porque en ellos se vea como le gusta ser, y parpadeen chiquitines al ritmo de su corazón, verá la vida a través de ellos. Y cuando acaricie mi piel, suave como el tacto de la belleza, y recorra su cuerpo un escalofrío sólo comparable a la conjunción de todos los placeres, se hará adicta a mis abrazos.

Hoy, después de hacer las maletas, hemos entrado al baño y mamá ha desmontado el pestillo, se lo ha metido al bolsillo como si fuera un trofeo, ha roto el espejo del fantasma y te ha escrito una nota: “Me voy a nacer con mi hija.”

Adiós, papá.

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