La Brigada Antiprogre
© J.F.S.P. [juanfernandosanchez@laexcepcion.com] (26 de marzo de 2002)

De las cenizas dejadas por la cultura progre, incendiaria y descerebrada, brota ahora una corriente agresiva y belicosa, empeñada en la reeducación sociomoral de España y del mundo entero.

«Todo está al servicio de la barbarie que se aproxima,
todo, incluso el arte y la ciencia de este tiempo»

(F. Nietzsche, Consideraciones intempestivas, III, § 4)

Vienen para defender la "civilización occidental" y, según parece, no hay progre que se les resista. Sus líderes son inteligentes, cultos, de lengua acerada y temperamento fanático. Aunque ya apuntaban maneras desde varios años antes, el 11-S los ha envalentonado y cohesionado aún más. Sus posturas se han ido acercando entre sí hasta una coincidencia casi absoluta en los principales asuntos políticos y sociales (algo que se comprueba, por ej., cada vez que se citan mutuamente en términos elogiosos, lo que ocurre con asombrosa frecuencia). Las bestias negras del grupo son, aparte de la "progresía" (en la que incluyen lo mismo a la izquierda clásica que al movimiento antiglobalista), el Islam, Yaser Arafat y el nacionalismo regional del estado español.


Principales representantes

Las más influyentes cabezas de la Brigada Antiprogre –nombre que, de momento, es el que mejor engloba y califica su talante y posiciones; en adelante, BA– son cuatro, presentadas a continuación.

Federico Jiménez Losantos

Quizá la lengua más temida del periodismo español. Ex comunista, ex propagandista del psicoanálisis y ex colaborador de El Viejo Topo, Federico aúna a su vasta cultura una insólita capacidad dialéctica. Probablemente es lo que suele llamarse un genio, o al menos eso parece que piensa él. Hacía muchos años que el capitalismo español no encontraba en los medios de comunicación un propagandista más eficaz. Trátase del líder indiscutible de la BA. A la estela que va dejando tras sí la llamaremos "espíritu losantiano".

Posee un incuestionable carisma, de diabólicos efectos para los poco avisados. Parece fuera de toda duda que ha atrapado en sus redes a una buena nómina de figuras preeminentes de la "intelectualidad" actual. Ambicioso como es, y obsesionado por influir socialmente, ha sabido rodearse de brillantes personajes cuyas ideas de fondo distan (o al menos distaban... hasta que se juntaron con él) considerablemente de las suyas: desde el sociólogo Amando de Miguel hasta el ex director de la revista eurocomunista La Calle, César Alonso de los Ríos, ambos hoy tan acérrimos antinacionalistas (que no antipatrióticos) como Federico. Sin olvidar a uno de los últimos fichajes, su ya viejo amigo...

Gabriel Albiac

Acaso el mejor columnista de la prensa española, al menos hasta que dejó de argumentar. Catedrático de Filosofía, amante de Lucrecio, Pascal (!?), Spinoza y Maquiavelo (pero también de músicos como Jim Morrison, Springsteen o los Beatles), Albiac se distinguía desde los años 80 por su valiente campaña en favor del esclarecimiento de los crímenes de los GAL. Junto a ello, su radical escepticismo frente al poder, la sociedad e incluso la vida y la naturaleza humanas, hacían de él un personaje diferente. Su aversión a la política y su oposición al sistema eran de rango metafísico, lo que no le impedía bajar a ras de suelo y, como hizo cinco años atrás, presentar a adversarios del capitalismo de la talla del sociólogo James Petras; y mucho más recientemente, a personajes aureolados de un pasado tan extremo-izquierdoso como Daniel Cohn-Bendit y Toni Negri.

Pero su sionismo visceral, así como su perfectamente razonable radicalismo antiPSOE, suponían dos evidentes puntos de confluencia con el espíritu losantiano. Tales factores, sobre un fondo de pesimismo ateo, estallarían tras el 11-S, momento en el que abandonó definitivamente su metafísica soledad –aunque no la pose de la misma– para pasar a integrarse en la BA.

Es hoy Albiac una sombra de lo que fue (él mismo, aunque en otro contexto, se autocalifica como "cadáver andante" –ver El Mundo, 14.3.02–). Refugiado en el humanismo que endiosa la "razón ilustrada", pero no más que en un cultista estetecismo que siempre lo sedujo, este antiguo hiperbóreo, todavía ateo, pasea en la actualidad su verbo lo mismo por las tertulias de la eclesiástica Cadena COPE, que por las páginas virtuales –y no muy virtuosas– de Libertad Digital. Con todo, aún no parece un caso irremediablemente perdido.

César Vidal

¿Qué pinta un protestante fundamentalista –según propia confesión: ver "Diálogo" del 29.1.02 en Libertad Digital– en las tertulias monocordes de la COPE? Si nos atenemos a sus palabras, contribuir a preservar la "civilización cristiana". Y a fin de cuentas, según se desprende de sus propias afirmaciones, la defensa de la lectura obvia de la Palabra de Dios no es para él un obstáculo para valorar como positiva la evolución del papismo desde el Concilio Vaticano II. (O en otras palabras: para un intelectual protestante que alcanza notoriedad en este país, resulta ser alguien afín a la estrategia de la jerarquía católica romana. Signo de los tiempos...).

De memoria portentosa, y con unas facultades dialécticas que casi compiten con las de Federico, Vidal se ha convertido en la estrella de los chats internáuticos de cierto nivel, así como en el látigo de la intelectualidad progre. Capaz de opinar con un mínimo de rigor acerca de los más variados temas humanísticos, pero, sobre todo, gran historiador divulgativo (y novelista, y autor de cuentos infantiles, y especialista en asuntos militares..., ¡y hasta grafólogo!), atesora ya una obra que rebasa el centenar de títulos a una edad todavía inferior a los 45 años. Aunque ya en la COPE desde antes, el 11-S ha supuesto su definitivo lanzamiento público.

Pío Moa

El cuarto máximo representante de la BA es un antiguo miembro destacado de los GRAPO (brazo armado del Partido Comunista [Reconstituido]). Y en la actualidad, el más sonado exponente del revisionismo (no necesariamente errado) de la historia de la II República y la Guerra Civil españolas. Junto a ello, se trata de un decidido defensor de las posiciones públicas de la Conferencia Episcopal, identificado con el más rancio talante católico romano. Atributos y circunstancias que lo han convertido, seguramente, en el principal historiador extraacadémico del momento.

Hay brigadistas de línea similar, algunos ya mencionados, y otros también relevantes (como Alberto Recarte, economista ultraneoliberal), ninguno de los cuales alcanza la brillantez ni la notoriedad de los cuatro destacados aquí. Existe, además, una subcorriente antiprogre, de carácter más extremista y menos "educado", que no incluiremos en la BA propiamente dicha, por no compartir todos sus rasgos, aunque sí participe de lo esencial de su estilo. Se ha constituido en torno al periodista Eduardo García Serrano, elemento común presente en las exaltadas tertulias de la Inter que "modera" ("Punto de Vista" y "Sencillamente Radio") y en El Semanal Digital, dirigido por su amigo Antonio Martín Beaumont.


Contexto de la aparición del fenómeno

La BA, más que un grupo, denota toda una corriente de pensamiento. España, como es norma desde hace varias centurias, despierta al siglo XXI retrasada ideológicamente (cierto que no en todos los sentidos) con respecto a las avanzadillas del planeta. En nuestro país, la revolución neoconservadora apenas acaba de iniciarse, mientras en otros lugares, sobre todo en los Estados Unidos, tiene ya más de veinte años de historia.

Como indica el nombre que le hemos dado, el nacimiento de la BA tiene una clara misión: combatir la hegemonía progre en la cultura y la política españolas. Y no le faltan buenas razones para ello. De unas décadas a esta parte, el predominio de la progresía en países como el nuestro ha adquirido el rango de un cuasimonopolio ideológico, que ha condicionado hasta extremos alucinantes tanto la evolución de la sociedad como las vidas privadas de los individuos que la integran.

Múltiples son los aspectos de nuestra realidad que se han visto afectados por el rodillo progre: las calificaciones y clasificaciones políticas, las tendencias literarias, artísticas y cinematográficas, los hábitos sexuales, la visión general de la religión... Como fruto de ello se ha ido conformando un ámbito de lo políticamente correcto desde el punto de vista de la progresía (ver Progres: El ocaso de una pose). Se trata de una concepción tenida por "progresista", pero que representa en la práctica un enfoque simplista, permisivo, antirreligioso y hedonista de la realidad. No sin elementos saludables y genuinamente edificantes (como la defensa, al menos verbal, de las minorías raciales, así como cierto rescoldo, apenas vivo, de juvenil idealismo), pero siempre empañados por su espíritu anti, negativista, y a menudo histéricamente reivindicativo. Esta visión ha impregnado, en mayor o menor grado, las conductas de la mayoría, con independencia de su adscripción política. Pues aunque el "rollo" progre es típicamente "de izquierdas" (lo que no implica que toda la izquierda, en particular la revolucionaria, sea progre), su influencia se ha dejado asimismo sentir en numerosos derechistas confesos.

La imposición de esa mentalidad jamás se basó en su capacidad de argumentar. De hecho, como buen rodillo, en muchos casos ni se molestaba en hacerlo. Le bastaba con descalificar la postura contraria, menospreciando e insultando a quienes osaran sostenerla, y amparándose siempre en la complicidad social con que contaban sus propios postulados. No es extraño que cada vez más personas, no carentes de espíritu crítico, se rebelasen desde su ser más íntimo contra los prepotentes excesos progres.

Pero han sido necesarios algunos acontecimientos políticos, de gran relevancia histórica, para llegar a conmover los cimientos de esa cultura dominante. La caída del "socialismo real" ya fue un fenómeno de consecuencias profundamente antiprogres, por más que muchos representantes de la progresía no quisieran o no fueran capaces de notarlo. Suponía el certificado de defunción de las ideologías de masas, lo que dejaba un vacío que solamente las religiones (los únicos sistemas de creencias, nos guste o no, capaces de reilusionar a la gente) podrían volver a llenar. Dicho de otro modo: los progres quedaban sentenciados a muerte. Eran ya, en la práctica, auténticos cadáveres, al menos en lo que respecta a su absoluta carencia de futuro como arrogantes dominadores de la opinión pública.

Es en ese contexto en el que empieza a gestarse la BA, cada vez más frontal y descarada en sus críticas a la cultura impuesta por la progresía. El 11-S supuso el definitivo envalentonamiento de los antiprogres, su total pérdida de complejos frente a una cosmovisión herida de muerte, la inmediata y exitosa difusión –en suma– del espíritu losantiano entre los ilustrados que estaban hartos de la omnipresencia progre. Y con ello, su agresivo salto al primer plano de la arena pública, de la mano de una Libertad Digital consolidada y una Linterna (cadena COPE) con las baterías recargadas. Paralelamente, notorios progres dieron un repentino viraje hacia posiciones claramente "reaccionarias" (de acuerdo, al menos, con su propio lenguaje de siempre). Su pose había quedado ya demasiado puesta en evidencia, y al parecer ellos mismos ansiaban dejar de arrastrarla, siquiera en algunos aspectos. Empezaron, pues, a desprenderse de ella como de un rígido corsé, circunstancia que ha facilitado las cosas a la BA, cada vez más segura de sí misma, y a su proyecto de reeducación general del país.

Un tercer caldo de cultivo para este paradigma emergente viene dado por una constatación: la continua degradación de la sociedad, tanto en el plano estrictamente moral (con todas sus secuelas: sida, fracaso escolar, sexualismo rampante, destrucción de la familia, cultura de la droga y el botellón...) como en el de la seguridad ciudadana (incluido el fenómeno terrorista), sin duda agravado con la masiva llegada de inmigrantes ilegales. Cada vez más gente, entre el amplio sector de las clases medias españolas, se ha ido dando cuenta del nefasto rumbo que la cultura progre había impuesto al país.


BA: rasgos y riesgos

Sobre la base anteriormente expuesta no será difícil comprender cuáles son los propósitos y, más significativamente, las pulsiones que caracterizan a la BA. En la siguiente exposición de sus rasgos y posturas básicas iremos dejando claros tanto unos como otras:

  • Se trata de una derecha que no tiene ningún miedo a proclamar su derechismo, o cuando menos a enarbolar los principios que tradicionalmente lo delatan. Es en gran medida consciente, sin embargo, de que nuestro tiempo ha superado la vieja dicotomía izquierda-derecha, a la cual ellos recurren, sobre todo, para desacreditar los talantes "izquierdistas" históricos o heredados. La BA es derechista, sí, pero es sobre todo antiizquierdista.

  • En concreto, se caracteriza por un profundo globalismo neoliberal, defensor a ultranza del capitalismo irrestricto, al que suelen apoyar más que por la vía de la argumentación positiva, recurriendo al constante descrédito de sus detractores.

  • Su simplismo bipolar (ver El condenado y el sistema y Una fecha y sus secuelas) es sólo comparable, en el mundo contemporáneo, precisamente al de los progres. Igual de reactiva y aún más reaccionaria que éstos, la BA constituye como ellos un hervidero de pasiones en el que las filias marcan las fobias y, sobre todo, las fobias definen las filias. A lo "bueno", según la BA, se llega por eliminación de (casi) todo lo progre (del mismo modo que era común, en la progresía, definir su identidad a partir de la negación del modo de vida "burgués" y "tradicional").

  • Hay, a pesar de lo anterior, algo que distingue en no pequeña medida al antiprogre de su contramodelo. A diferencia de éste, la BA no busca, al menos de manera preferente, el calor de las masas (a las que, al modo orteguiano, desprecia de hecho), sino el rebujo del poder. Así se ha visto, de manera significativa, a raíz del 11-S, donde no han faltado las apelaciones a la mismísima CIA para que viniera en busca... de Arzallus y de Pujol (ver La carta que Libertad Digital no quiso publicar). Es cierto que también la progresía, de esencia reaccionaria como es, tampoco le hizo nunca ascos al poder, pero la BA es mucho más cínica a este respecto.

  • Los antiprogres sienten especial aversión a cualquier veleidad nacionalista de las regiones del estado español. Esta postura se asienta (no tanto en Albiac, al menos de momento, como en el resto de los brigadistas) sobre un profundo españolismo, de rancio abolengo pero sin duda modernizado, a fin de estar a la altura que los tiempos europeístas y globalizantes exigen. Lo apoyan mediante un estimable conocimiento de la historia de nuestro país, la cual reivindican con fervor, aunque para ello sea preciso someterla a los pertinentes filtros revisionistas (los cuales pueden ir desde la reinterpretación histórica, no del todo infundada, de la II República española, hasta la total rehabilitación de Felipe II e Isabel la Católica). Esta actitud favorece, de facto, las ambiciosas pretensiones del catolicismo romano, religión tradicional en nuestro país, empeñada en recuperar su antigua supremacía a escala europea y, por tanto, española.

  • La agresividad típica de los representantes de la BA, de momento sólo dialéctica (lo cual no es poco), conlleva particular peligro por tratarse de acérrimos partidarios de un neoconservadurismo de índole fuertemente autoritaria. Su laudable rechazo de la impunidad del delincuente queda viciado por su apoyo a los recortes de las libertades con la excusa de la campaña "antiterrorista", así como por su desvergonzada justificación de la pena de muerte.

  • Un desmedido belicismo es quizá el rasgo que, al menos en el presente más inmediato, mejor caracteriza a la BA. Los brigadistas son capaces de ir aún más lejos que sus principales referentes a nivel internacional: los Bush, Cheney, Powell, Rumsfeld y demás. Impacientes y ávidos por ver exterminadas a sus bestias negras, parecen lamentar que la campaña "Maldad Duradera" lleve un ritmo tan "lento". "Si quieres la paz, prepárate para la guerra" es justamente el grito de guerra de estos defensores de la paz... de los cementerios (sólo, por supuesto, para los enemigos de Occidente).

Todos estos atributos, unidos a su vertiginoso ascenso, convierten a la BA en una fuerza temible, capaz de enturbiar aún más la realidad española, y de contribuir en grado no desdeñable al progresivo ensombrecimiento de la realidad mundial.

En medio de la llegada de la Época Neorreligiosa, tales rasgos, como ya se observa, sólo pueden impulsar la guerra y el genocidio, la xenofobia y el choque de civilizaciones, la restricción de las libertades y derechos de las minorías "sospechosas", el ecumenismo religioso basado en soluciones moralistas y autoritarias (es decir, papistas), el globalismo unipolar bajo la férula de un solo estado-nación, la definitiva hegemonía del sistema sobre los individuos.


Tristes conclusiones

Bajo una cacareada máscara liberal, estos antiprogres apenas ocultan un ánimo inquisitorial que no tiene parangón en la reciente historia de España. Expertos en hacer leña del árbol caído (el comunismo, el integrismo islámico declinante), ¿se detendrán ante la posibilidad de derribar nuevos árboles, aunque sean de naturaleza mucho más pacífica que la de aquéllos que cayeron? No resulta sensato pensarlo. La BA no parece dispuesta a detenerse ante nada ni nadie que se interponga en el camino hacia su idea (vaga y vaporosa, como todas las ideas), apenas explicada por unas cabezas pensantes más preocupadas en negar que en afirmar.

Ánimo inquisitorial que se yergue tanto más amenazador cuanto más se constata que éstos, a diferencia de los progres, en su mayoría (nuevamente, la excepción es Albiac..., de momento) no desdeñan la religión. Ésta, por cierto, no tiene la culpa de que la desprecien los progres ni de que la instrumentalicen los brigadistas, pero en manos de estos últimos puede convertirse en un arma terrible, perfectamente capaz de soliviantar a las masas, excitando sus emociones más primarias. La moral de la BA es una moral de linchamiento.

Los progres, que aún hacen daño aquí y allá, y, aunque en esferas paulatinamente reducidas, lo seguirán haciendo, contemplan cómo una fuerza aún más monstruosa va ganándoles terreno de manera inexorable. Vivimos, en términos de Kuhn (ver La estructura de las revoluciones científicas) el momento en que un paradigma emergente empieza a desplazar a un paradigma previo que, cargado de anomalías, adolece ya de obsolescencia. A corto, e incluso a medio plazo, aún seguirá la lucha, cada uno con su propia versión de lo "políticamente correcto", y ambos empeñados en imponer su particular pensamiento único.

Progres y antiprogres: dos caras de una misma moneda (ver El condenado y el sistema). Una moneda herrumbrosa e inútil salvo para hacer daño con sus aristas oxidadas. Y que ahora, cuando se lanza al aire y cae al suelo, exhibe con frecuencia creciente su cara más siniestra.

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