Bipartidismo
© G.S.V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (30 de diciembre de 2001)

El sistema político español, como muchos de los occidentales, ha evolucionado hacia un bipartidismo de facto, en el que están ausentes ciertos mecanismos correctores que, en los países anglosajones, mitigan algunos de los vicios de este sistema.

En los sistemas políticos anglosajones el bipartidismo estuvo consagrado desde sus primeras etapas de democracia liberal. La existencia de dos grandes partidos que se alternan en el poder, en detrimento de partidos pequeños con escaso margen de maniobra, está favorecida, al menos, por dos factores. En primer lugar, por un sistema electoral mayoritario: el territorio nacional se divide en pequeñas circunscripciones electorales, en cada una de las cuales sólo sale elegido un candidato, el que más votos recibe (con o sin la mayoría absoluta). Esto permite que en las elecciones para niveles administrativos locales en determinadas circunscripciones salgan elegidos representantes independientes o de partidos pequeños, y que en las elecciones generales el mismo electorado vote a uno de los grandes partidos.

En segundo lugar, por la flexibilidad ideológica y organizativa de los partidos políticos, que permite la presencia de numerosas corrientes contrapuestas o divergentes, muchas veces concretadas en líderes con una personalidad política muy marcada a los que el aparato del partido o el máximo líder de turno no pueden eliminar. El hecho de disponer de un espacio amplio en su propio partido evita la fragmentación política propia de países como Italia (modelo de atomización política, reforzado por el sistema electoral tradicionalmente proporcional).

El sistema bipartidista, favorecido por la ley y consagrado por la costumbre, presenta numerosos vicios y riesgos, quizá más apreciables que nunca en la actual época de desideologización y ascenso de la corrupción, cuando las componendas entre los representantes políticos y los poderes financieros se generalizan, incluso en los países con menor tradición de corrupción. Pero, por otro lado, los sistemas anglosajones cuentan con unos mecanismos correctores en la propia organización de los partidos: la ausencia de disciplinas fuertes en ellos implica que los resultados de las votaciones en las cámaras pueden llegar a ser inciertos hasta el mismo momento en que se producen, pues los miembros del partido en el poder pueden votar a favor de una propuesta de la oposición y viceversa. Este modelo sería casi impensable en los países mediterráneos de tradición católica, pues su último fundamento, el acusado individualismo anglosajón de profundas raíces protestantes, no responde tanto a unas decisiones institucionales impuestas desde el sistema, sino a una mentalidad social que conforma el modus operandi de la nación a distintos niveles (ver Mentalidades católica y protestante).

En España se han consolidado los vicios del bipartidismo, con la desventaja de no contar con los mecanismos correctores. La Constitución española y el sistema electoral elaborado a partir de ella (que combina elementos proporcionales con otros propios del sistema mayoritario) favorecen a los partidos mayoritarios en detrimento de los minoritarios con voto disperso, al repartirse los escaños entre las 52 circunscripciones provinciales, con peso demográfico muy desigual. De esta manera, desde la transición a la democracia se ha ido estableciendo un bipartidismo de facto, en el cual los partidos pequeños, a excepción de los nacionalistas (que cuentan con la ventaja de tener el voto muy concentrado en unas pocas provincias), han visto mermada su participación parlamentaria, mucho menor que la que les correspondería en un sistema proporcional.

Al margen de que se apoye el sistema mayoritario, el proporcional o el mixto, conviene señalar cómo la práctica política en España, en vez de compensar esta tendencia bipartidista con una mayor presencia social de los representantes de las minorías o mediante una mayor flexibilidad en la organización y funcionamiento de los partidos, ha profundizado el proceso simplificador. Síntoma de ello son las expresiones "jefe de la oposición" o "líder de la oposición" aplicadas al representante del partido opositor mayoritario, con las que parece darse a entender que el resto de los diputados, aunque sean de ideas y programas contrarios a los del segundo partido en escaños, están de alguna forma subordinados a su liderazgo.

Es más, se ha consolidado la idea de que estos diputados no cuentan nada, como demuestra el vergonzoso desprecio con que se les trata en debates como el del estado de la nación (ver Políticos mediocres). Y no cuentan nada porque entre los políticos no se entiende que el Parlamento sea una cámara de representación y debate de las mayorías y las minorías, sino sólo un instrumento de acceso al poder. Estos mecanismos, asumidos por los votantes, han traído males como el del "voto útil", según el cual no se vota en conciencia, sino según ciertas conveniencias matemáticas a la hora de formar gobierno. No es de extrañar, pues los propios diputados tampoco tienen la opción de votar en conciencia.

Gran parte de la población sigue creyendo que existen diferencias importantes entre los dos principales partidos españoles (o de cualquier otro país occidental, pues el fenómeno es general), basándose en la observación de ciertas medidas más o menos anecdóticas de política social. La realidad es que las políticas de fondo son prácticamente idénticas en las todavía llamadas "derecha" e "izquierda" (prueba de lo cual es el interés de todos por ocupar el "centro"). Por ello, el turnismo consagrado se considera, cada vez más, como el mecanismo mediante el cual se aparta del poder (cuando se hace) a los que ya lo han exprimido durante suficiente tiempo, a fin de que se renueven para su próximo mandato de turno, y lo tomen quienes tendrán la oportunidad de gestionarlo, con los mismos resultados político-sociales, pero para beneficio propio y de los poderes fácticos, amigos y clientes que les apoyan. De esta forma se refuerzan el pensamiento único y su expresión política, llámese ésta Tercera Vía, Nuevo Centro, o cualquiera de las formulas de que se viste.

© LaExcepción.com

[Página inicial] | [Actualidad] | [Asuntos contemporáneos]
[Nuestras claves] | [Reseñas]

copyright LaExcepción.com
laexcepcion@laexcepcion.com