Los Tres Azores siguen libres...
© Juan Fernando Sánchez
www.laexcepcion.com (18 de marzo de 2008) [Previamente publicado en El Blog de Cordura]

En Crimen y castigo, Fiódor Dostoyevski analiza el peso de la culpa en un brillante criminal. A lo largo de sus páginas la excepcional novela muestra que una mente así no puede alcanzar la paz más que penando por su crimen.

Azores

Tanto ésa como otras obras dostoyevskianas (Demonios, Los hermanos Karamazov) van incluso más allá, insinuando que, cuando no recibe el castigo merecido, el criminal tratará de calmar su sentimiento de culpa negando ésta. Por causa de ello, acabará entregado a la comisión de nuevos crímenes en un diabólico proceso de cauterización de la conciencia. Para él, naturalmente, no serán propiamente crímenes sino actos legítimos.

El crimen

A mediados de marzo de 2003, Bush, Blair y Aznar (con la complicidad de su anfitrión portugués, Durão Barroso) se reunieron en las Azores. Allí, entre risas, declararon de facto la guerra contra Irak al margen de la legalidad internacional y una vez que Bush afirmó que «el Consejo de Seguridad [de la ONU] no ha estado a la altura de sus responsabilidades». Daban así un golpe de estado planetario cuyas consecuencias sigue sufriendo la humanidad.

Naturalmente, la primera de ellas fue la salvaje agresión al pueblo iraquí, al más puro estilo hitleriano y en flagrante violación del capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas. Se incurría, además, en el desprecio de la sentencia emitida por el Tribunal de Nuremberg, creado por los aliados "democráticos" y por la URSS para castigar los crímenes nazis, y que incluía frases como: «Iniciar una guerra de agresión [...] no es sólo un crimen internacional, es el mayor crimen internacional, diferenciándose de los otros crímenes en que contiene en sí mismo la perversidad acumulada de los otros» (negrita añadida).

Así pues, sus responsables se convirtieron en criminales de guerra, condición que quedaría ratificada por múltiples actos de muerte y destrucción producidos a lo largo de la todavía vigente contienda bélica.

* * *

Aunque la ONU no se prestó oficialmente a respaldar los planes de los criminales, éstos no quedaron sin apoyo internacional, como lo prueba el hecho de que muy pronto más de cuarenta países miembros de Naciones Unidas se apuntasen al bando golpista apoyando su agresión ilegal contra Irak. Así pues, en lugar del extremo rechazo universal que merecían sus actos, los principales responsables gozaron del asentimiento de decenas de gobiernos corifeos, en muchos casos con apoyo militar activo. Ya en la llamada "posguerra", a los pocos meses del comienzo de la intervención, sucesivas resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU "legitimaron" la ocupación y recomendaron la asistencia militar (incluso el gobierno español de Zapatero, que había tomado la valiente decisión de retirar las tropas españolas, se condujo cobardemente al apoyar esas medidas).

Transcurridos ahora cinco años del comienzo de la guerra contra Irak, ni uno sólo de los integrantes del Trío de las Azores ha mostrado el menor signo de arrepentimiento, a pesar de las universales evidencias de que mintieron en las excusas para la agresión. Lejos de ello, Bush y Blair (o, una vez retirado éste, su sucesor Gordon Brown) han mantenido la sangrienta ocupación del suelo iraquí a pesar del terrible saldo de muerte y desolación que trajo consigo y que se actualiza cada día. No contentos con ello, y ahora en conjunción con líderes de países que antes les dieron la espalda (como Francia y Alemania), tienen ya preparada una nueva guerra de agresión, cuya víctima será esta vez el pueblo iraní.

En cuanto a Aznar, el tercer miembro del trío criminal, pese a haber perdido su condición de gobernante hace cuatro años, sigue en la brecha belicista: no sólo justificando la guerra contra Irak que él activamente impulsó (fue el gran correveidile del Trío), así como la falaz "Guerra contra el Terrorismo" en su conjunto, sino también promoviendo el bombardeo del Líbano por la OTAN y, por supuesto, cooperando en la preparación del ataque a Irán.

Como Raskolnikov, el "antihéroe" de Crimen y castigo, el criminal Aznar sólo encontrará la paz interior confesando sus culpas y entregándose a la justicia internacional. Si se sigue negando a hacerlo, no sólo se condenará eternamente sino que seguirá contribuyendo a la barbarie guerrerista en la tierra.

Pero, al margen de lo que este hombre y los otros (que no por criminales dejan de ser humanos y con dignidad plena) decidan hacer con sus vidas (y, por desgracia, pues son poderosos, con las de los demás), hay que recordar el deber moral de exigir que no reine la impunidad. Del mismo modo que pagan sus culpas otros asesinos (etarras, islamistas, delincuentes comunes...), la condición de políticos de estos personajes no debería constituir jamás una eximente para librarles del serio castigo que merecen.

En este sentido, junto a la participación en los actos que recuerdan y denuncian sus crímenes, habrá que seguir apoyando las iniciativas que reclaman el procesamiento de estos criminales (ver 1, 2 y 3). Porque, como le gustaba recordar al gran poeta Antonio Machado, "nadie es más que nadie", y además toda la humanidad, pero sobre todo sus verdugos, tiene contraída una deuda con las víctimas.

Para escribir al autor: juanfernandosanchez@laexcepcion.com
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