Amenazas globales
© G. S. V. [guillermosanchez@laexcepcion.com] (27 de marzo de 2002)

Terribles amenazas globales (como el terrorismo y la criminalidad internacional) se ciernen sobre los distintos niveles de organización social en el mundo, desde los barrios urbanos hasta las redes internacionales. Paralelamente, los estados buscan sistemas de gestión global con gravísimas carencias democráticas.

El fiscal general de Estados Unidos, John Ashcroft, ha impulsado la campaña Neighborhood Watch (Vigilancia de barrio) que, lanzada hace 30 años y puesta en marcha en 7.500 barrios a través de Estados Unidos, hasta ahora estaba destinada a evitar los atracos y los robos. De aquí a dos años, se extenderá a 15.000 barrios. «Nuestro objetivo es crear una atmósfera en la que cada uno asegure la seguridad de los otros», afirmó (El País, 7.3.02). La población deberá estar alerta ante cualquier persona o movimiento extraño que pueda implicar, no sólo ya delitos comunes, como hasta ahora, sino también acciones terroristas.

Por mucho que se pueda pensar que todas estas medidas son fruto del clima de psicosis que recorre el país desde el 11-S, lo cierto es que esta fecha no es más que un hito simbólico de lo que ya sabíamos: nuestra antigua (y en gran medida ilusoria) confianza en la seguridad se ha desvanecido. Está sembrada, para siempre, la sospecha generalizada.

Pocos días después de los terroríficos atentados en Estados Unidos, un ciudadano entró en un parlamento cantonal de Suiza y asesinó a catorce diputados. Este hecho insólito, que fue oscurecido por la magnitud de la masacre en América, podría simbolizar también la pérdida definitiva de la "inocencia". En ese estable y pacífico país, gobernado mediante una democracia singularmente participativa (no entremos en la corrupción financiera en la que basa su prosperidad...), nadie podría imaginar un hecho así. Caía otro mito.

En la era anterior a la globalización (la era de los estados nacionales e imperialistas que gestaron la globalización) los sistemas autoritarios trajeron estabilidad y seguridad a costa de ralentizar la implantación de la democracia (que, paradójicamente, contenían en su seno como posible proyecto futuro). Desde las revoluciones liberales de finales del siglo XVIII y de todo el siglo XIX los sistemas políticos occidentales han luchado por compaginar seguridad y democracia, al menos en el interior de sus fronteras. Las tendencias antidemocráticas se exportaban al exterior mediante el colonialismo, el imperialismo y el expansionismo, que desencadenaron además las principales guerras (ver Nuevo Orden Mundial, democracia y libertades).

De aquella era nos quedan hoy los sistemas democráticos y la globalización. Son dos tendencias antagónicas: la democracia es inconcebible a niveles superiores al del estado-nación. Las carencias democráticas de organismos universales (como la ONU, con escasa capacidad ejecutiva y menor capacidad representativa) o regionales (como las instituciones de la Unión Europea, en crisis de legitimidad permanente) así lo demuestran. No cabe duda que un territorio pequeño (Suiza, por ejemplo) o un estado descentralizado y fuerte a la vez (véase Estados Unidos) son circunstancias que favorecen (¿favorecían?) la democracia.

Los principales gobernantes del mundo saben que democracia y globalización son incompatibles, de ahí que se estén diseñando sistemas de gestión global en los que la democracia no sea necesariamente el criterio definitorio. Mientras tanto, los utópicos hablan de "democracia global", a pesar del despliegue cada vez más evidente del totalitarismo global (ver ¿Fin del optimismo humanista?).

La "edad de oro" de la democracia está finalizando. Previsiblemente, no podrá resistir las amenazas globales de esta era de la mundialización acelerada, que "exigen" acciones y reacciones igualmente universales. El estado-nación no podrá proteger de forma efectiva a sus ciudadanos ni de la amenaza terrorista ni de la amenaza antiterrorista.

Llega el momento para las voces que hablan de un hombre nuevo, de una transformación del espíritu humano que, bajo el liderazgo moral de grandes personajes con visión de futuro, conduciría a la humanidad a mayor prosperidad y bienestar. Muchos serán engañados por estas vanas promesas. ¿Quién plantará cara a la bestia?

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