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Capitalismo (V): Keynes, antisistema por obra y gracia del PPSOE
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www.laexcepcion.com (31 de agosto de 2011). Publicado previamente en El Blog de Cordura

Con la intolerable reforma constitucional para imponer un techo de gasto, viejos iconos del Sistema quedan desplazados a la ultraizquierda del mismo.

No faltó quien acusara al keynesianismo, en la Norteamérica maccarthista, de ser una forma de comunismo, pero lo cierto es que su autor era defensor del sistema capitalista (de hecho, fue uno de los padres de los Acuerdos de Bretton Woods y del Banco Mundial). Eso sí, con correcciones. John Maynard sostenía que no bastaba la libertad de precios para que la economía tendiese al pleno empleo. Descartaba que existiera esa propensión natural. Era necesario –decía– estimular la demanda agregada, lo que desde el punto de vista político implicaba gasto e inversiones públicas en bienes y servicios.

Las aportaciones de este economista británico resultaron revolucionarias desde finales de la Gran Depresión. Su paradigma dominó la teoría económica e inspiró la praxis durante décadas, sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial. A ellas se debe en gran medida el moderno estado del bienestar, sin perjuicio de otras influencias. El declive del keynesianismo empezó en los años setenta, con el auge del monetarismo (corriente liderada por Milton Friedman) y el fenómeno de la "estanflación" (desempleo e inflación simultáneos a raíz de la crisis petrolera de esa década). La era post-Keynes llegó con el thatcherismo y la Reaganomics, que abrieron la puerta al "neoliberalismo" hoy imperante. Una ideología después concretada programáticamente en el llamado Consenso de Washington, que a pesar del nombre fue impuesto a Iberoamérica por el Imperio a través del FMI y el Banco Mundial. Aquello fue un fracaso económico y social, pero poco importó.

Esa misma filosofía subyace a buena parte del descrédito que hoy tiene el endeudamiento público. Y es ella, de la mano de poderosos agentes que van desde Merkel a las agencias calificadoras, la que está detrás de la reforma del artículo 135 de la Constitución que impondrá un techo de déficit permanente. Todo ello, pese a sus ruinosos resultados en otros países. Y, al menos en el caso español, usada falazmente al basarse su aplicación en un discurso propagandístico esencialmente irreal. Se le echa la culpa al elevado gasto público cuando la realidad es que en España ese rubro ha estado en todos estos años muy por debajo de la mayoría de los países desarrollados de Europa (véase también).

De hecho (ver gráfica), España tuvo durante años –más que muchos otros países ricos– superávits presupuestarios de hasta el 2% del PIB, a lo que contribuyó el relativamente bajo nivel de gasto público (véase también este divulgativo, pero valioso, artículo de Torres y Garzón). Fue con la llegada de la crisis, avanzado el año 2007, cuando se pasó del superávit al déficit (pero, como muestra la gráfica, los déficits de los años previos a 2003 no impidieron en absoluto el crecimiento económico del periodo). Una crisis que, frente a lo que ahora se nos instila en la citada propaganda, llegó como fruto del reventón de las burbujas estadounidense y española, generando un gravísimo problema de endeudamiento privado: el producto final de tanto negocio (especulativo) con bienes de primera necesidad como la vivienda. Y es entonces cuando todo se desmoronó: retracción del crédito bancario, caída de la producción, desempleo disparado.

Fuente: OCDE (tomado de David Lizoain, "El insoportable error del 0,4%").

Con el descenso de la actividad económica se redujeron los ingresos fiscales y se aumentaron los gastos sociales ("anticíclicos"), básicamente los subsidios para los parados, así como otras partidas de gasto público que inicialmente se emplearon para tratar de reactivar la economía. Todo ello consecuencia, no causa, de la crisis y la recesión. Como lo fueron también las voluminosas ayudas públicas al sistema financiero (ver por ejemplo), concedidas pese a la decisiva responsabilidad de éste en la gestación de la crisis.


Y ahora llega el "reformazo"...

En resumidas cuentas:

1. Es falso, como se apunta interesada y capciosamente por la propaganda "neoliberal" prevaleciente, que el gasto público, y en particular el gasto social (sanidad, educación, pensiones...), esté en la base del actual estancamiento.

2. Es gravísimo, por lo extremadamente torticero del asunto, que los beneficiarios de la crisis sean los mismos que la provocaron tanto o más que nadie. Algo así inevitablemente tiene que abonar sospechas de maquiavelismo inductor de dicha crisis.

Maquiavelismo al que también podrían apuntar palabras como las de Christine Lagarde, la actual directora del FMI desde que estallara el extraño escándalo de Strauss-Kahn. Como ministra de Economía mundial, esta señora ha de saber que sus pronósticos sobre el futuro tienen mucho de profecía que se autocumple. Y cuando afirma, como hizo hace escasos días, que «los acontecimientos de este verano indican que hemos entrado en una nueva y peligrosa fase», no puede ignorar que declaraciones así retrasarán la recuperación en vez de animarla. ¿Por qué no se limita a proponer y disponer medidas razonables para enfrentar la situación? Pero todo se entiende mejor cuando, en el mismo foro y fecha, advierte que los bancos «deben ser recapitalizados con urgencia». ¿A qué juega Lagarde?

El colmo, pero no exento de lógica, es la precipitada reforma constitucional en España. Con una cláusula que destaca la «prioridad absoluta» de la devolución de los créditos a los bancos (todo encaja). Es decir, ellos primero –ya se vio en los famosos "rescates"– y sólo después, si queda algo, para necesidades sociales: educación, trabajo, sanidad, vivienda... Pero con el techo del déficit y tales prioridades, difícilmente quedará mucho.

Una reforma, además, muy adelantada al comienzo de su ejecución, previsto para finales de década. ¿Por qué? Pues porque su filosofía subyacente nos tiene que quedar clara ya. Los "mercados" no van a esperar a 2018 o 2020 para lucrarse con la privatización de la educación y otras empresas públicas, con el "copago" en sanidad y con los planes de pensiones. La premura de Zapatero y Rajoy, los dos líderes políticos principales de este país, en atender las presiones de Merkel y Sarkozy denota que hay "gato encerrado". [Es, por cierto, de lo más sintomático que cuanto más arreciaban las acusaciones de ser iguales, los representantes del PPSOE –por fin– hayan votado juntos en algo tan relevante. Dato que debiera curar cegueras remanentes.] Resulta muy llamativo que la recesión –que es a lo que volvemos– sea considerada una excepción a dicho artículo 135. Eso querría decir que en tal situación podría rebasarse el techo de déficit. Ahora bien, ese gasto extra tolerado, ¿no debiera ser lógicamente incompatible con las privatizaciones y contrarreformas en marcha? Pero es que esta gente juega con dos barajas...

Ante las críticas suscitadas por el "reformazo", egregios personajes afines al partido gobernante han corrido a justificarlo. Así, Gregorio Peces Barba, quien ha afirmado que «se trata de una reforma muy técnica, y no necesita de referéndum». Traducción: "Como estas cosas el pueblo no las entiende, mejor colárselas cuanto antes y santas pascuas." Aunque "estas cosas" sean nada menos que hipotecar, si no finiquitar, para siempre el estado del bienestar. Y esto lo dice uno de los "padres" de la Constitución...

El caso de Javier Pérez Royo no es menos clamoroso. Este catedrático supuestamente progresista declara: «Pongamos que se convoca un referéndum y sale que no. Ahí transmitiríamos el contramensaje más fuerte que podemos transmitir.» Y luego se dedica a recordar casos de referéndums en diversos países con resultados poco favorables para los gobiernos correspondientes. Traducción: "Los referéndums democráticos son malos porque puede salir lo contrario de lo que quiere el Poder."


Conclusión

Una vez más, del análisis previo no queda sino concluir que el Sistema lo tiene todo atado y bien atado. Nos lleva muchas jugadas de ventaja en esta peligrosa partida. A la vez, nos ataca y/o marea con muchas otras historias: desde atentados –pronto asistiremos a un nuevo lavado de cerebro con motivo del décimo aniversario del 11-S– hasta Libia y Siria pasando por el terrible huracán Irene y la Liga jurgolera. Con tanto "estímulo", difícilmente podemos dar abasto.

En el asunto que nos ocupa, es ética y socialmente indispensable el referéndum. Por pura salud democrática (ver este excelente artículo de Rubén Martínez Dalmau). Pues se diría que los mismos que ven tan mal el déficit financiero no tienen problemas con el déficit democrático.

La fecha ideal para el referéndum, por cierto, no parece que sea el 20-N (la misma que la de las elecciones generales), frente a lo sostenido por la líder populista Rosa Díez (que, nadie lo dude, está a favor del techo de gasto como el que más) o en alguna iniciativa vinculada al 15-M. Un asunto de ese calado no debería limitarse a "una tercera urna", sino que requiere una fecha autónoma de la marea electorera de la citada jornada. De todos modos, es obvio que mejor eso que nada, máxime cuando ni siquiera eso a día de hoy parece probable.

Pero derrotar al "reformazo" es necesario, sobre todo, por asegurar el futuro de todos frente a la codicia y la voluntad de poder de unos cuantos. Los mismos extremistas "neoliberales" (léase, voraces ultracapitalistas) que han hecho de un teórico y tecnócrata sistémico, el barón Keynes, un peligroso antisistema, sacándolo de la Constitución española. Se le atribuye, por cierto, a este pensador una frase que dice: "El capitalismo es la increíble creencia de que los hombres más malvados harán las cosas más malvadas por el bien común."

Efectivamente, increíble.

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